Capítulo 34
De: Datniarainbow@hotmail.com
A: CatzCampbell@hotmail.com
Asunto: arte
... fíjate, necesitamos organizar un gran evento, algo que acapare la atención de los medios, para que podamos armar un revuelo y nuestro mensaje llegue a los antiguos miembros con los que necesitamos volver a tener contacto. Por eso —¡naturalmente!— pensé en un evento artístico. La idea de una subasta me parece divertida y algo a lo que los medios podrían prestarle atención; una artista importante (i. e., tú) que dona una obra de arte al colegio y la tiene como eje de un evento donde subastamos obras de arte de varios artistas vinculados con el colegio. No es porque tú necesites elevar tu perfil, pero tampoco te haría daño.
Se me ocurrió que podríamos tener un tópico central. Todas las obras deberán inspirarse en el colegio: su historia, su arquitectura, el trabajo actual o lo que sea.
Bien, ¿estás dispuesta a hacerlo?
Sé que esto te parecerá horrible, pero me gustaría de verdad que participaras un poco de lo que trato de hacer aquí.
Es posible que tengas razón, y que sea demasiado pronto para que empecemos a pensar en tener un niño, quizá primero debemos hacer juntas algunas cosas...
De: CatzCampbell@hotmail.com
A: Damiarainbow@hotmail.com
Asunto: muchas cosas...
... Tienes razón, tenemos que hacer más cosas juntas, estar más involucradas una en la vida de otra... cometimos un error en no vivir juntas. Ahora lo veo claro de verdad. Me parece ver las cosas con mucha más claridad desde aquí... Quiero que vivamos juntas.
Ven a Nueva York, Mia. Ven a Nueva York a vivir conmigo...
Damia contemplaba la copia del e-mail que se había reenviado a su oficina. Abrir el mensaje en Toby, en el escritorio que daba al patio, ubicaba con firmeza la petición de Catz en el mundo real; ahí, a la vista de la estatua de Toby, no había ninguna posibilidad de que fuera una manifestación de su propio mundo de fantasía, el mundo en que ella y Catz y entre dos y cuatro niños sonrientes y de pelo rizado vivían en apacible armonía.
«Ven a Nueva York a vivir conmigo...».
La vaguedad de Catz respecto al marco temporal le provocó una profunda inquietud. ¿La mudanza a Nueva York se convertía en un final abierto, sin un límite nocional?
«Me parece ver las cosas con mucha más claridad desde aquí...».
¿Eso incluía su trabajo todavía estancado de manera considerable en Navidad?
Aunque lo que más había anhelado durante los cuatro años de relación con Catz era vivir con ella, Damia jamás había cuestionado la declaración inicial de su amante de que «no me va bien vivir juntas, no es lo mío». Que Catz diera un giro de ciento ochenta grados ahora, cuando los factores geográficos eran tan catastróficamente poco propicios, era amargo.
Y si Catz quería que ella fuera a Nueva York, ¿era esta su respuesta oblicua a la pregunta por la subasta de arte? ¿Deja de obsesionarte con ese colegio pequeño de Salster y haz algo de verdad importante: ven a vivir conmigo?
Un repentino ¡plaf! electrónico la sobresaltó de manera injustificada: había llegado un e-mail. Damia movió el cursor sobre la bandeja de entrada.
De: Peterdefries@dmlplc.co.uk
A: Damia.Miller@kdc.sal.ac.uk
Asunto: Fw: Algo que los ex alumnos deberían saber acerca de Kineton y Dacre College
Estimada Damia:
Como comprobará por este mensaje que le reenvío, parece que alguien tiene acceso a su directorio de correo.
¿Debo suponer que las acusaciones no son ciertas y que la fotografía del encabezamiento es una manipulación digital o es algo más inocente de lo que sugiere el remitente?
Por cierto, intenté responder a la dirección de e-mail del original y el mensaje volvió rebotado. Evidentemente es una casilla creada para enviar el mensaje y cerrada de inmediato.
¿Le parece que es una tarea para la policía?
Un abrazo.
Peter
La fotografía que precedía al texto del mensaje reenviado era de Edmund Norris en el acto de estrechar la mano de un hombre que Damia desconocía. Sintió aprensión tanto por el tono como por el contenido del mensaje de Peter y localizó más abajo el cuerpo del texto.
En época reciente, tú, al igual que otros ex alumnos de Kineton y Dacre habrán recibido un mensaje de correo electrónico invitándote a contribuir con la campaña «Por, para y con». Aunque en principio la campaña apunta a apoyar al equipo de Fairings, «Por, para y con» es, de hecho, una convocatoria para aportar donaciones libres de impuestos a la institución.
Antes de que te plantees donar dinero para lo que quizá consideres una causa justa, por favor, tómate antes un momento para reflexionar acerca de los siguientes hechos respecto a las finanzas de Kineton y Dacre.
1. Me parece que el proceso de licitación para la construcción del edificio de alojamiento que casi ha enviado al colegio a la quiebra merece un análisis minucioso. La compañía ganadora fue Smith y Cowper, una elección interesante dado que esta firma nunca antes emprendió un proyecto de esta envergadura. Hay que reconocer que existe una asociación que data de hace mucho tiempo entre la compañía y el colegio —Smith y Cowper han hecho numerosos proyectos de edificación más pequeños para Kineton y Dacre—, pero esto parece ser una razón endeble para haberse expuesto a un riesgo que ha tenido resultados desastrosos. ¿Los constructores corrientemente asociados con los arquitectos encargados no habrían sido una elección más lógica?
Esto plantea algunos interrogantes, como mínimo en cuanto al criterio del rector, el doctor Edmund Norris.
2. La señorita Damia Miller, nueva gerente de marketing de Kineton y Dacre College, ha opinado que la reciente convocatoria lanzada por el colegio para recaudar fondos para la construcción del edificio antes mencionado fue manejada con incompetencia. Puesto que ella se encuentra en una posición subalterna respecto a todos los personajes respetables que supervisaron aquel llamamiento, es difícil saber cómo «Por, para y con» saldrá mejor parado. Como resultado de esta convocatoria, ¿habrá quizás un exceso de gastos que termine provocando más dificultades económicas?
3. Los documentos medievales fueron descubiertos antes de Navidad, mientras el colegio estaba abocado a la búsqueda de escrituras o documentos de la donación para poder vender la tierra arrendada a los promotores inmobiliarios. Estos documentos, incluida una extraña «prueba de edad» y otros papeles no especificados, fueron encontrados dentro de la estatua de Kineton y Dacre junto con un juego de herramientas medievales de cantero.
Edmund Norris, sin la aprobación del consejo rector ni el conocimiento del resto de colegio, vendió estos artefactos únicos a un coleccionista no identificado, mediante un convenio privado.
Solo es posible hacer conjeturas sobre los motivos de Norris para proceder de una forma tan poco ortodoxa, en especial cuando las minutas de un comité formado para rescatar al colegio de la ruina económica revelan que se había acordado que debía consultarse con Sotheby's sobre la valuación antes de tomar otras decisiones.
Estos son temas que deben aclararse antes de que los ex alumnos pongan más dinero a disposición del colegio.
El mensaje terminaba en forma abrupta. Damia se quedó inmóvil, mirando fijo la pantalla y el corazón latiendo furiosamente de indignación y no de miedo. Movió el ratón con sus dedos temblorosos y releyó el e-mail, incluida la introducción de Peter Defries. A pesar de su sugerencia, le parecía improbable que la policía se interesara en el tema.
Sin saber qué más hacer, Damia imprimió rápidamente el mensaje y salió de la oficina.
Cuando encontró que Norris tenía previsto estar fuera toda la mañana, Damia conversó brevemente con su secretario sobre el almacenamiento de direcciones de e-mail y luego fue a buscar a Jason, el técnico en informática.
Después de treinta minutos muy instructivos, se dirigió al Gran Salón, con la esperanza de que un cambio de escena le inspirara ideas nuevas.
Las luces de trabajo de los restauradores disiparon la oscuridad del día nublado y húmedo cuando Damia entró en el Salón y fue rodeada de inmediato por zonas vívidamente contrastantes de luces y sombras. El trabajo cuidadoso y sin prisa de aquellos, cuyos pequeños movimientos apenas perturbaban el silencio, le trajo calma y se sentó a descansar en un banco que miraba a los óvalos de la pared sudeste del Salón.
Mientras contemplaba a la madre y al hijo envueltos en mutua adoración, en su mente apareció la imagen de una foto que había visto al pasar en la vidriera de un estudio fotográfico: una mujer que abrazaba a su hijo pequeño y desnudo contra su cuerpo sin ropas. La fotografía en blanco y negro y las extremidades entrelazadas de ambos hacían difícil distinguir, a primera vista, dónde terminaba el bebé y comenzaba la mujer. Sus miradas, intensas y adustas, reforzaban todavía más la impresión de que cada uno de ellos estaba por igual inseguro de los límites que separaban a uno de otro. De la forma indefinible en que se crean esas impresiones, Damia supo que el bebé era una niña. Madre e hija, adustas y embelesadas. Envueltas una en la otra.
Con el ojo entrenado por Catz para ver la intención al mismo tiempo que la ejecución, Damia notó que el fardo envuelto de blanco y agarrado al pecho de la mujer de túnica verde encontraba un eco en la cubierta blanca de la cabeza inclinada. Si las líneas superiores de la cofia de la mujer y el borde inferior de las envolturas del bebé se hubieran extendido hasta llegar a unirse, se habría formado una elipse que encerraba a la madre y al hijo en una unidad visual.
Sus ojos retrocedieron con rapidez al cantero y al infante que surgía de forma grotesca. Aún sin adoptar la interpretación del mural de Neil, aquellos dos óvalos, sin duda, representaban dos formas de mirar la misma realidad: el horror, el dolor y los peligros del nacimiento apareados con la engañosa serenidad de la nueva maternidad.
Siempre había dos formas de mirar la vida, reflexionó; a veces en forma simultánea, a veces en forma consecutiva. El catolicismo ortodoxo y los lolardos. Antiguas creencias, nuevas formas de pensar. Un tiempo de llorar y un tiempo de reír...
Damia creía que aquel era tiempo de luchar; Charles Northrop creía que era tiempo de capitular, de inclinarse ante lo inevitable y sacar el mayor provecho posible. ¿Era posible que los dos tuvieran razón? ¿La lucha y la capitulación eran moralmente equivalentes en el caso del futuro de Kineton y Dacre?
Su mirada recayó en el listado que aún llevaba consigo.
No podía existir equivalencia moral si alguien trataba de imponer un punto de vista usando aquella táctica anónima.
Considerando la evidencia y las sospechas que tenía, sacó un bolígrafo lleno de pelusa del bolsillo de su chaqueta de punto y dio la vuelta el listado.
«1. Imposible piratear las listas de direcciones de e-mail», escribió con su letrilla puntiaguda.
La lista principal de direcciones de e-mail nunca había sido usada de forma exhaustiva hasta su llegada y solo existía una copia tecleada en el despacho del rector. Su propia lista personal no estaba guardada en el ordenador, sino en la memoria de una tarjeta de almacenamiento, un memory stick, para evitar que en caso de infección el virus se expandiera a todos sus contactos del colegio. Ella y Jason habían llegado a la conclusión de que había tres opciones posibles: o alguien había pegado su propia lista de direcciones, presumiblemente, por medio de una red de contactos muy utilizada entre los ex alumnos de Toby, o habían copiado el listado tecleado, o alguien había extraído el memory stick de Damia sin que ella lo supiera y lo había copiado.
«2. Fácil acceso al colegio de día y de noche», volvió a escribir.
Simon de Kineton había construido un colegio sin muros defensivos ni patio que mirara hacia adentro. Las enormes arcadas que daban a las esquinas del Patio del Octógono eran como brazos de bienvenida de una generosidad monumental, extendidos para admitir a todos. Kineton y Dacre College pudo haber sido construido fuera de las murallas de la ciudad, pero su arquitectura abrazaba al pueblo de la ciudad que había sido y siempre era bienvenido y podía atravesar sus recintos y observar la labor que se realizaba allí dentro.
Por desgracia, esa libertad de entrar y salir bajo la sombra del Octógono también significaba que aquellos que tenían un propósito más nefando que la simple apreciación podían entrar sin levantar sospechas y tener acceso a las oficinas vacías, siempre que ingresaran al Edificio de Profesores con paso convenientemente autorizado.
«3. Propósito del e-mail: hacer naufragar "Por, para, con"».
Damia se echó hacia atrás y volvió a mirar las imágenes que tenía frente a ella. Desprendiendo en forma inconsciente un pedacito de piel seca del labio, resumió en forma concisa las implicaciones de los hechos establecidos hasta que adquirieron una coherencia en cierto sentido sorprendente.
Se levantó del banco de improviso y alivió la tensión marchando con decisión hacia el siguiente par de óvalos. Observó la pequeña figura postrada con la mente hecha una maraña de dudas y sospechas. Todos los miembros y sentidos de la pobre criatura eran atizados y aguijoneados por demonios cuya falta de humanidad era resaltada, en cierto modo, por sus rasgos humanos agrandados de una forma grotesca: dientes, manos y ojos eran de un tamaño sobrenatural. Como el lobo-abuela de la pequeña Caperucita Roja, estos demonios eran humanos en la superficie y bestiales en su esencia.
Sospechoso, la palabra aparecía en forma intermitente en su cerebro, Robert Hadstowe. Sospechoso, Charles Northrop. Sospechoso, Ian Baird.
Pero... ¿era así?
Tal vez Baird estaba dispuesto a ignorar las habituales delicadezas de la lealtad, el juego limpio y la gratitud, pero ¿recurriría a una campaña de desprestigio?
Por lo visto, se había quedado absorta mirando fijo el mural. El restaurador que se encontraba más próximo se acercó para compartir su ensimismamiento.
—Aquel es fascinante, ¿no?
Damia levantó la vista, sobresaltada al mismo tiempo por su acercamiento y por el grado de enajenación de todo lo que no fueran sus propios pensamientos a que había llegado.
—¿Ha hecho algún progreso en la búsqueda de la estatua que correspondería a éste? —le preguntó él, indicando con la cabeza al prisionero de la jaula.
Damia sacudió la cabeza, con aire de culpabilidad, consciente de que la «otra supuesta estatua de Toby» era un tema que había dejado que se deslizara en el fondo su mente enmarañada.
—Si alguna vez aparece, me fascinaría ver si la estructura de esta supuesta jaula es la misma —dijo él apuntando con los ojos al prisionero.
Nadie la había alertado antes de que hubiera algo en especial fascinante en la forma en que estaba hecha.
—¿Qué tiene de especial?
—Bueno, es que es poco habitual que esté hecha de madera. Y si suponemos que se trata de una metáfora más que de una representación literal —continuó—, es más extraño todavía. Se supone que una jaula metafórica debería estar representada de la manera más fuerte posible o por lo menos es lo que yo supondría: hierro forjado grueso.
Damia giró para mirar al prisionero. Para sus ojos no instruidos, se parecía mucho a las horcas donde se exhibían los cuerpos de los hombres colgados en siglos más brutales. Igual que una jaula colgante, la del prisionero del Ciclo del Pecado tenía la forma de una gayola para aves, con los barrotes verticales que convergían en la parte superior mientras que la sección transversal era curva y cruzada por barrotes horizontales como meridianos. Pero, a diferencia de aquellas en las que se exhibía a los delincuentes, ésta no encerraba por completo al prisionero; la cabeza sobresalía libre de su confinamiento y al parecer, pendía de sus hombros.
Tuvo que coincidir con el restaurador: estaba muy claro que los barrotes no eran pesados sino livianos y delgados, aunque ella había supuesto que el color marrón oscuro sugería un metal añejo.
—¿Cómo sabe que es madera?
El hombre dio un paso hacia el óvalo.
—Estas ensambladuras —dijo, con el dedo extendido en forma explícita, pero deteniéndose antes de llegar a la prístina superficie de la pintura recién renovada—. Son de carpintería y, de hecho, muy resistentes, del tipo de las que se usarían para que soportaran muchas tensiones y presiones, más que para lucir bien.
—¿Y... qué? ¿No es de esperar encontrarlas en esa clase de estructuras? —Damia estaba intrigada tanto por la información que él le había dado como por saber adónde podría conducir aquello.
—Bien, colocado de esta forma, este tipo de empalme (una especie de encastre de espiga adaptado) por lo general solo se usaba en construcción o en elementos muy resistentes como los carros de bueyes. —La miró avergonzado—. Perdón, es una jerga de carpintería medieval; creo que estas estaquillas atraviesan el aro de madera que probablemente está compuesto de dos capas de tiras de madera, con las ensambladuras normales de mortaja y espiga, pero luego en puntos cruciales estas estaquillas han sido colocadas de modo que atraviesan la estructura de lado a lado y están cerradas con otras más pequeñas que empalman hacia arriba sujetándolas. —Levantó la vista para ver si Damia entendía.
—Muy bien —dijo ella despacio—, entonces... ¿qué sucede aquí...? ¿Por qué la madera?
El hombre se restregó la barbilla con los nudillos.
—Bueno, los muralistas pintaban lo que conocían. Tenían en mente un mensaje y sus obras lo reflejaban, pero solo contaban con su propia experiencia para continuar. Si este individuo tenía más experiencia en carpintería que en metalurgia, entonces es posible que siguiera adelante y empleara lo que sabía.
Damia lo miró con los ojos entornados.
—Pero usted no lo cree, ¿verdad?
El restaurador se ruborizó un poco, avergonzado de que un extraño lo interpretara con tanta facilidad.
—No sé, pero no parece muy creíble, no.
Damia volvió a mirar el óvalo con la figura que forcejeaba dentro de la jaula, las manos estiradas que se extendían hacia él.
—¿Qué cree que significa? —le preguntó.
—No lo sé, pero me parece extraño que esta jaula llegue a los hombros; ¿no sería más efectiva si él atisbara por los barrotes?
—¿La voluntad del espíritu frente a la carne débil? —dijo ella, citando una interpretación sugerida por uno de sus colegas.
El asintió con más esperanza que convicción.
—Quizás, pero, en realidad, me gustaría ver la estatua.
—Escucharme contar todo esto me parece muy escabroso —admitió Damia frente a Norris después de que él leyera el mensaje de Peter Defries y escuchara en silencio y con calma sus sospechas.
—Sí —replicó imperturbable—, pero, no obstante, alguien envió este e-mail a todos nuestros miembros en la red.
Por más que a Damia le hubiera gustado que Norris despotricara y se mesara el cabello de indignación, sus palabras mesuradas, en sentido general, la tranquilizaron asegurándole que no estaba loca.
—Así que Baird recluta a Northrop —dijo Norris—, Northrop recluta a Hadstowe y todos atacan el problema con sus propias perspectivas y su propio potencial de destrucción. —Giró en redondo para mirarla desde su lugar junto a la ventana—. ¿Tenemos alguna prueba concreta de colusión entre ellos?
—Lingüística únicamente —masculló Damia.
Norris era un especialista en Clásicas, empapado en análisis lingüístico; enarcó de inmediato las cejas con un gesto inquisitivo.
—Los dos usaron la misma frase cuando comentaron mi capacidad de comercializar Toby con éxito —explicó con lentitud—. «Clase marginada a súper privilegiada»... Suena bien. —Su boca se retorció en un gesto de auto desaprobación—. Northrop la empleó como una señal de desprecio por la reunión del comité de rescate después de que te negaras a prescindir de mis servicios. Hadstowe la empleó semanas atrás cuando hablábamos frente al brasero. No lo hizo con intención de insultar, pero sí en el mismo contexto, comentando lo difícil que me resultaría adaptar mi práctica laboral. Y si Charles y Hadstowe hablan de mí —siguió adelante— ¿de qué más podrían estar hablando?
—Sí, entiendo.
Damia lo miró a la cara. Norris fruncía el entrecejo, moviendo los músculos de la mandíbula como si masticara la idea y la encontrara indigerible.
—¿Edmund?
—El documento «no especificado» —dijo apoyando ambas manos en el respaldo de la silla que se encontraba entre ellos.
Damia lo miró alarmada por el repentino cambio de tono.
—Existe. El archivista de la catedral aceptó dejar que siguiera sin clasificar, no revelado, a petición mía.
—¿Quieres decir que hay otro documento?
—Sí. Aparte del señor Gordon y yo, nadie sabía nada respecto al hallazgo adicional. La gente —la miró a la cara divertido e irónico— estaba decepcionada por la falta de documentos que prueban el derecho del colegio a la tierra o animada por la evidencia concreta de que la estatua era sin duda de Tobías Kineton. Fue fácil ocultar lo demás que se había encontrado dentro de la estatua.
—¿Y Neil Gordon lo sabía?
Norris entrecerró los ojos ante la acusación que traslucía su voz.
—Fue él quien sacó los otros documentos de la estatua. Sí.
El sentimiento de traición porque Neil no le había dicho nada se atemperó con cierta admiración por su negativa a usarlo como un medio para mejorar sus buenas relaciones con ella.
—Y bien, ¿de qué se trataba ese documento no especificado? Es evidente que nada relacionado con el colegio.
Norris se quedó callado durante un rato, luego alzó la vista y la miró a los ojos.
—Si te lo digo, no debe salir de aquí, Damia. Ya comprenderás por qué tiene que conservarse en el anonimato.
Damia asintió, sin dejar de mirarlo.
—Muy bien. Era una copia manuscrita y rudimentaria de algunas páginas del Nuevo Testamento de Wyclif. El evangelio de Marcos, para ser exacto, capítulos diez, once y doce.
Aunque eso no era precisamente lo que Damia esperaba, sus implicaciones hicieron que el estómago se le pusiera tenso como un tambor.
—¡Hostias!
Los labios apretados de Norris y la profunda bocanada de aire que aspiró indicaron que coincidía con ella. Luego, en medio del silencio, dijo:
—El e-mail es cierto a medias. Vendí, sí, algunos papeles encontrados en la estatua: el documento de Wyclif.
Damia se quedó mirándolo; una multitud de expresiones de incredulidad a medio formar se atropellaban en su cerebro.
—Pero... no... quiero decir... Edmund... ¡eso podría habernos provisto de un flujo de ingresos durante años!
Sacudió la cabeza, pero no lo negó.
—Ya lo sé. Pero unos pocos miles, año tras año en cuotas de inscripción, no resolverían nuestros problemas. Necesitamos el dinero ahora.
Damia no podía expresar lo que sentía. Probado, cien por cien probado, que Simon de Kineton profesaba las mismas creencias de lolardo que su cliente. Parte de la historia de los Kineton había desaparecido. Su existencia ni siquiera sería reconocida.
—Así que, fíjate —Norris seguía hablando—, la persona que envió el e-mail sabía cosas que nadie más en el colegio sabía. Sí, le vendí los documentos a un coleccionista particular y sin el permiso del consejo rector.
—¿No vendiste la prueba de edad?
—No.
Se mordió el labio mientras esperaba que continuara y pensaba en las tres personas que habían puesto sus manos en la prueba de edad de Toby. ¿Hasta qué punto era valioso un documento como aquel para un coleccionista de papeles medievales? Mucho menos valioso en términos monetarios por lo menos, que un fragmento de la primera traducción de la Biblia al inglés, burdo o no, concluyó. Sin embargo, se alegró de que el certificado que probaba la edad de Tobias de Kineton quedara y de que fuera el Wyclif lo que Norris había comerciado por el futuro del colegio.
—Pero —prosiguió Norris— le pedí a Sotheby's que tasara el fragmento de Wyclif. Concerté una cita para hacerlo el día de la reunión del Comité de Rescate, tal como habíamos acordado, y fui a Londres temprano, en Año Nuevo.
—¿Y allí ellos te pusieron en contacto con alguien que sabían que lo querría?
—No, en realidad, seguimos lo que presumo que debe de ser el trámite de rutina. Al fin me dijeron lo que me sugerirían como reserva, en caso de que los autorizáramos a manejar la venta, y acordamos que una vez que yo hubiera hablado con el consejo rector, programarían una fecha para la subasta. El Wyclif... porque ya había decidido, basado en su probable valor, que deberíamos conservar la prueba de edad en el colegio.
—¿Y entonces...?
—Esa noche recibí una llamada telefónica de una persona que decía actuar en nombre de alguien al que solo identificaría como un «renombrado coleccionista de textos bíblicos medievales». Este agente dijo que sabía que había un fragmento del Nuevo Testamento de Wyclif a la venta y que su cliente deseaba comprarlo en forma particular sin esperar a que la «pieza», como él la llamó, se subastara. Agregó que su representado, a quien declinó nombrar, pagaría el doble del monto valuado por Sotheby's, pero solo si yo aceptaba en ese mismo momento venderle a él el fragmento.
—¿Qué? ¿Y él mandaría a uno de sus hombres con un estuche de violín en una mano y un maletín lleno de dinero en la otra?
—¡Nada tan melodramático! —Norris sonrió, con una mirada todavía recelosa—. Dijo que su cliente era muy conocido y que si el manuscrito se subastaba, todo el mundo sabría que era él quien lo había comprado y recibiría una presión constante de los demás coleccionistas para que lo vendiera, así como de los museos y colecciones privadas para que se los prestara. Con la venta particular evitaría todo eso y estaba dispuesto a pagar por su anonimato. El agente dejó bien claro que el cliente quería que no se hiciera ningún anuncio público de que el documento había salido a luz, y mucho menos que era él quien lo había comprado.
Damia reconoció que aquello parecía verosímil.
—¿De modo que alguien de Sotheby's le había pasado el dato?
—Eso es lo que presumo.
—¿Entonces quién se lo dijo a la persona que envió esto? —Damia señaló con la cabeza la copia del e-mail que estaba sobre el escritorio de Norris.
Norris suspiró hondo.
—Obviamente expliqué mi proceder al consejo rector en cuanto pude —dijo incómodo.
—Todo vuelve a Northrop —dijo Damia, aunque casi no podía creerlo—. Baird, Northrop, Hadstowe.
Norris asintió, poco dispuesto a pronunciar una simple palabra.
—Sí.