Capítulo 42

Salster, en la actualidad

Muy temprano por la mañana de un día gris y en el que pronto llovería, el viejo gato se dejó caer al suelo desde lo alto de la cerca y atravesó el jardín. El suyo no era el paso circunspecto de un invasor, sino el de un amo y señor que acecha; este jardín, que carecía de un gato residente, era una parte indisputable de su territorio.

El terreno proveía buena caza, mucho mejor que el pasto cortado y de bordes afilados como los de una regla que rodeaban la casa en la que el gato entraba por la gatera magnética, la casa donde comía alimento sin piel o huesos. Aquí, el césped crecía desordenado hasta el seto vivo y se enredaba con malas hierbas; se levantaba en matas marchitas y húmedas rodeando el pie nudoso de un cerezo en flor donde se posaban pájaros rollizos, y se extendía entre la maraña de arbustos debajo de la cual el gato se introducía a veces. Este jardín ofrecía aquella protección adorada por las cosas pequeñas que corretean y que el gato, aunque viejo como era, cazaba con la tenacidad del instinto.

Se dirigió hacia la vivienda para ver si todavía quedaban miguitas de pan y manteca que habían sido arrojadas a los pájaros la tarde anterior. El pan en sí no ofrecía ningún interés, pero la figura humana surgida de adentro había perturbado el lamido de la manteca. Y puesto que todavía no se había hecho amigo de ningún humano de la casa, el gato se había batido en retirada.

Ahora no quedaba nada del grasoso festín en el que, sin duda, algún otro forajido nocturno había estado rebuscando algo. La decepción no interrumpió los trancos del gato, que siguió andando hacia las habitaciones sin luz.

Se detuvo del lado de afuera de la puerta-ventana de la cocina y se sentó, enroscando la cola entre las manos. Con el modo penetrante y dueño de sí de los gatos, miró por el cristal a la mujer que estaba adentro. No se movía y por lo tanto exigía poca atención; de hecho, apenas era visible, sentada inmóvil a la mesa mientras examinaba algo que había frente a ella.

Si el gato hubiera tenido capacidad de reflexionar o siquiera de comparar, se habría dado cuenta de que aquella era la misma mujer que la tarde anterior lo había perturbado, cuando abrió de golpe la puerta detrás de la que ahora estaba sentada tan quieta, y había mirado sin ver el jardín, con el rostro cubierto de lágrimas. Se habría dado cuenta de que ésta era la misma mujer a la que había visto, más tarde, pasear incansable de un lado a otro por la casa iluminada, con el deambular estéril de una reina atigrada en busca de sus gatitos ahogados, mientras el mundo exterior callaba bajo la luna del cazador.

El gato se desentendió de ella considerando que el nivel de movimientos de la mujer era demasiado bajo para ser digno de observación y empezó a lamerse las zarpas. Al descubrir gran cantidad de tierra seca entre las uñas, extendió bien las garras y la royó, lamiéndose de vez en cuando con una lengua de velero color rosa.

Estaba tan ensimismado en su tarea, que no advirtió que la mujer se había levantado y atravesado la puerta interior, mientras dejaba sobre la mesa el ordenador que había absorbido su atención por completo.

La vista de un gato está diseñada para observar movimiento, las cosas estáticas no le interesan. Aunque se hubiera preocupado por mirar, el mensaje tecleado debajo del título Venir a Nueva York no habría significado nada para una criatura cuya visión no está diseñada para dos dimensiones.

Testamento
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