Capítulo 12

Salster, diciembre de 1385

Mientras Piers Mottis, el abogado de Daker, daba los pasos largos, lentos y necesarios para probar el derecho de su cliente a la tierra, Simon no podía hacer más que inquietarse. Con el caso pendiente, no podría haber sitio alguno que limpiar ni cimientos que marcar con estacas. Y tan incierto era el futuro que ni siquiera podría ordenar que trajeran piedra de Kineton para cortar en el cobertizo durante el invierno.

Empezó a tener la misma pesadilla noche tras noche, en la que estaba forzado a ver cómo los pergaminos donde estaban dibujados sus planos eran raspados por completo y los palimpsestos eran usados en el escritorio de la abadía para redactar las nuevas escrituras de la tierra en disputa. Por mucho que Simon odiara la idea de alterar sus diseños originales para que encajaran en un espacio más restringido que el que había pactado, esa alteración ahora parecía perfecta en comparación con la perspectiva de que sus planes se diluyeran en nada y la ejecución de los mismos se frustrara.

Miraba una y otra vez los dibujos enmendados.

Comprimiendo el plano en dirección este-oeste para tomar en cuenta un espacio de cincuenta pasos en lugar de sesenta y optando en cambio por angostar los jardines que lo limitaban en forma considerable, había preservado completamente el armazón del edificio. El bloque central de la estructura, despojado de gran parte de su marco, perdería en imponencia pero no por ello albergaría menos maestros y expertos.

Al contemplar sus dibujos, Simon reconoció que nunca se había sentido tan amilanado. Había sido muy paciente durante los años de espera, con la mirada fija en una meta: un edificio que mereciera su talento.

Y al fin, un hombre había puesto lo que él quería en su mano extendida. Su propia necesidad y la de Richard Daker habían coincidido de manera tal que debía de ser obra de la Providencia. Simon temió muchas veces haber enojado a Dios al negarse a aceptar un "no" por respuesta y agotar sus plegarias repitiendo sin cesar: «Concédeme esto y te demostraré que no he desperdiciado tu don».

Salvo que no había pedido aquella cosa sola, sino que entre él y Dios existía aquel otro asunto: el hijo.

Simon había mirado a Alysoun, y a su turno a Henry, con una profunda sospecha de que se vería obligado a aceptar la respuesta de Dios en ambos hijos por adopción.

Pero si Henry o Alysoun eran la respuesta divina, Simon no estaba preparado para escucharla. Aun así, se resistía contra el Cielo y la naturaleza e insistía en tener un hijo de su propia carne. Y su plegaria obstinada fue concedida. En un año milagroso se le habían concedido las dos cosas: un encargo que se ajustaba a su ambición y un hijo.

Simon ahora aprendía que las cosas que tanto anhelaba, una vez que las tenía en la mano, no siempre se conformaban con la imagen alimentada en su mente. Su hijo se había transformado en un muro entre él y Gwyneth y la obra maestra que ansiaba construir todavía no eran más que líneas sobre un pergamino.

¿Qué importaba ahora la renuencia de Gwyneth a dibujar para él? Si el colegio no se iba a construir, entonces la necesidad de que los planos mostraran un cimborrio no estaba ni aquí ni allí.

Así se decía Simon una docena de veces al día. Y no obstante, no era cierto que no importaba, porque la negativa de Gwyneth todavía lo desgarraba de dolor.

—Simon, no puedo hacerlo. Debes encontrar otro maestro carpintero, no tengo la habilidad de construir el techo que necesitas para el colegio.

Gwyneth se desesperó tanto por hacer que le salieran las palabras que él apenas tuvo tiempo de cerrar el pestillo de la puerta a su espalda antes de que ella hubiera terminado de hablar.

Él había correspondido a su apasionada prisa con un silencio dolorido. No podía hacer nada más: o guardaba silencio o montaba en cólera, y no respondería por semejante cólera como la que sentía. Podía sentir la desesperación de Gwyneth porque él dijera algo, pero no se conmovió. Simon caminó despacio hacia la silla que estaba delante de la ventana con los postigos abiertos, aquella silla que ella había hecho para él muchos años antes. Parado, de espaldas a la luz, fue controlando su violenta angustia y dijo de forma deliberada:

—Gwyneth, ¿has pensado en lo que dices?

La tensión que la hacía temblar estalló.

—¿Pensar? Simon, casi no he pensado en otra cosa. No descarto a la ligera una pregunta así, pero debes creerme cuando digo que no poseo la habilidad necesaria.

Tenía los ojos clavados en él y deseaba con todas sus fuerzas que le creyera. Simon respiraba hondo, haciendo un gran esfuerzo por controlar la voz.

—No careces de habilidad, Gwyneth, sino de confianza en tu oficio. Inténtalo, y verás que puedes hacer más de lo que imaginabas.

—Simon, un cimborrio no se puede construir nada más que probando. Hay uno solo en Inglaterra, ¿tú crees que soy igual al hombre que construyó el techo de Ely?

—No, pero puedes aprender de él —Simon sintió una súbita oleada de esperanza—. Mandé un carpintero a Ely para que copiara los dibujos del libro de muestras donde aparecen.

Gwyneth se quedó muda ante aquella extravagancia y Simon percibió una ventaja y la aprovechó.

—Quiero que tú seas mi maestra carpintera, Gwyn.

Ella le clavó los ojos, y él se dio cuenta de que la tirantez que sentía contra él se aflojaba. Gwyneth meneó la cabeza, abrió la boca para hablar, pero al no encontrar las palabras, volvió a cerrarla.

—Solo necesitas práctica, Gwyneth —volvió a la carga Simon—. En estos meses que has estado sin hacer nada el oficio se ha convertido en algo extraño para ti.

Gwyneth recobró la voz.

—Siete meses no convierten en extraño un oficio que has practicado durante veinte años o más. —Titubeó y después, prosiguió con voz temblorosa—: Simon... una vez, hice a un lado el oficio durante dos años, para retomarlo con la misma frescura que si me hubiera despedido ayer.

Simon sintió sus palabras como un golpe. Contuvo la réplica apretando las mandíbulas y caminó a grandes pasos hacia la ventana para respirar el aire no contaminado por el recuerdo de un antiguo dolor.

No llevaban casados y sin hijos más que un puñado de años cuando Simon, temiendo que tales afanes nada propios de mujeres secaran su vientre, le había pedido categóricamente que colgara las herramientas de carpintera. Durante dos años, ella se confinó a los intereses de su marido y a la aguja de bordar. Sin embargo, de nada había servido. Sus manos se suavizaron, pero no el vientre que, aun así, había seguido cerrado con terquedad para su semilla. En silencio, sin pedir permiso a Simon ni hacer que se lo negara, volvió a retomar su oficio.

Con las manos apoyadas sobre el alféizar de la ventana, Simon dijo:

—Tu oficio significaba algo para ti entonces. ¿Ahora no significa nada?

—Claro que sí, sin duda, significa mucho, Simon...

Él no esperaría el inevitable codicilo de que aunque el trabajo de sus manos significaba mucho, su hijo lo significaba todo y que Tobías era la misma sangre de su vida. Se jugó el todo por el todo cuando vio un resquicio de ventaja.

—Gwyneth, sé fiel al oficio que tu padre te enseñó. Estudia los bocetos de Ely e inténtalo.

Ella no contestaría.

Por fin, alzó los ojos y lo miró a la cara, pero él se anticipó a lo que ella podría decir.

—Gwyneth, un maestro artesano podría esperar una vida entera un encargo como éste, un encargo que transformara su nombre...

Simon se detuvo. Supo que, a través de la vehemencia de sus palabras, ella por fin había comprendido.

Los maestros artesanos podían muy bien estar esperando semejante trabajo, pero ¿a quiénes podría convencer Simon de Kineton de que trabajaran con él, que diseñaba para alguien que desafiaba el poder de la Iglesia? El colegio tal vez nunca llegaría a construirse sin un carpintero del mismo temperamento rebelde de Simon.

Un llanto débil quebró el tenso silencio entre ellos. Atrapada por la intensidad de la pasión de Simon, la mirada de Gwyneth iba de la cuna a su esposo.

—Él me necesita, Simon.

Simon ignoró la súplica.

—No tenemos esperanzas de edificar hasta el próximo año, no necesitaré ver tus dibujos hasta entonces y tampoco necesitan ser milimétricamente perfectos, pues pasarán años antes de que lleguemos a techar el salón. Para entonces te necesitará menos...

Se hizo un silencio entre ellos, que se llenó con el llanto de Toby.

—¿Qué debo hacer? —Simon preguntó—. ¿Tengo que llorar, como él? ¿Entonces tu corazón se ablandará por mí?

Gwyneth se volvió hacia el niño que estaba en la cuna.

—No está en ti llorar, Simon, así como tampoco está en ti humillarte.

¿Lo desafiaba porque sabía que si él lloraba, ella debía responder? Simon había mirado a su esposa con el hijo de ambos y vio a una mujer que jamás había conocido antes, tierna y ansiosa. Si sentía eso por un ser, ¿podría sentirlo, de seguro, por otro?

Pero ella lo conocía y tenía razón: no estaba en él llorar que la necesitaba.

—Soy un hombre, Gwyneth. Con las necesidades de un hombre.

Su esposa levantó la vista del hijo.

—Y él es un niño, con sus propias necesidades.

—Entonces no construirás el techo.

Lo miró, mientras Toby tomaba el pecho.

—Simon, tú mismo lo has dicho: pasarán años antes de que se necesite el techo. Dibuja un cimborrio para el maestro Daker y deja que lo que tenga que suceder, suceda.

Testamento
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