Capítulo 65

Salster, en la actualidad

El helicóptero permanecía suspendido en el aire como una libélula palpitante y de vientre abultado sobre la ciudad soleada mientras las cámaras filmaban sin cesar la escena que tenía lugar abajo. Una mano invisible cubría la vista aérea del centro de Salster en líneas onduladas realizadas por ordenadores en diez millones de pantallas de televisión. Alguien explicaba el reglamento de Fairings y analizaba las pautas de la carrera.

Los círculos englobaban a los colegios, las líneas señaladas con una flecha eran las probables rutas entre unos y otros, y la estrella del centro señalaba St. Thomas', destino final de Fairings de la Universidad de Salster.

Las cámaras de los helicópteros hacían un rápido acercamiento de los colegios de Salster, uno por uno y, superpuestas sobre la imagen de un patio principal o de una fachada imponente, aparecían las fotos de jóvenes atletas sonrientes, exhibiendo sus estadísticas principales, los honores deportivos ganados y la materia de estudio mientras los corredores de los colegios eran presentados ante la nación que los miraba.

Duncan McTeer (reserva del año anterior) 1,79 de estatura, 60 kilos; estudiante de Derecho.

Sally Mackle (segundo año que corre), 1,70 de estatura, 56 kilos, campeona de los 800 m; estudiante de Filología Clásica.

Ellen Ballantyne (segundo año que corre), 1,61 de estatura, 50,5 kilos, AAA (Amateur Athletic Association) categoría inferior a los 18 años campeona nacional de los 1500 metros; estudiante de Medicina.

Sam Kearns (corre por primera vez), 1,85 de estatura, 63 kilos; estudiante de Psicología.

Damia dejó de mirar el cielo para mirar a sus corredores.

—El ojo en el cielo —comentó—. La BBC, supongo. —Retomó la charla para infundirles ánimo—. Muy bien, veinte minutos hasta que debamos subir al puente para el despegue. ¿Estáis todos bien?

Los cuatro corredores estaban frente a ella con sus colores de corredores granate y azul marino, el logo audaz de Stephan Kingsley bordado en el pecho y el tonel de Kineton y Dacre y el compás, en la espalda. Los que no eran finalistas también estaban allí, con sus equipos deportivos listos para «reconocer el terreno» para sus compañeros de equipo.

Como el patrocinio había levantado las apuestas en las dos últimas décadas, los «exploradores» se habían convertido en una parte de la carrera tan fundamental como los propios corredores. Ellos eran los que determinaban la estrategia de las últimas etapas de la carrera observando las pautas de carrera que seguían los otros equipos y la posición de las rosas que permanecían en las espalderas. Reuniéndose con los corredores en paradas determinadas con antelación, podían transmitirles los códigos de carrera que enviaban a los corredores a su próximo destino, confirmando o cambiando las pautas predeterminadas. El sistema había permanecido mucho tiempo sin reglamentar hasta que las recompensas económicas para los ganadores del Rosebowl habían hecho que el St. Dunstan's College se asegurara la supremacía de su equipo, dotando a exploradores y corredores con móviles de manos libres.

El consejo del colegio había censurado con mucha severidad al equipo ganador y le había prohibido competir en la carrera del año siguiente.

Los mariscales de la carrera vigilaban en forma continua y los exploradores y los corredores eran revisados antes y después de la competencia en busca de aparatos escondidos.

Damia escrutó las caras de sus corredores. Sabía que ella era la causante de la aprensión que sentían pues había formulado un plan para Fairings que haría que los atletas de Toby fueran vistos en todas las pantallas de televisión del mundo.

—Debemos llegar a todo el globo, contactar a todos nuestros antiguos miembros, e impactarlos con un buen mensaje —había dicho. Y aquellas cuatro personas iban a empujar aquel mensaje con todas sus fuerzas.

Edmund Norris, mantenido en la ignorancia respecto a los planes de Damia para la carrera suponiendo que pudiera tener motivos para no estar de acuerdo, se encontraba en el Patio del Octógono dando una entrevista a la BBC. Cerca de él, pero ubicado en un ángulo como para no aparecer a su lado, estaba Ian Baird.

—Doctor Norris, ¿qué se siente cuando uno ha sido abandonado por el colegio asociado?

La extraña sonrisa que cruzó como un relámpago por la cara de Ed Norris insinuaba que la pregunta había sido lo bastante previsible como para haber hecho una apuesta personal.

—¿Sabe usted? La sensación de abandono que podría haber sentido —replicó— ha sido borrada con el enorme sentimiento de orgullo que siento por la manera en que la comunidad mundial del colegio respondió al desafío de apoyar económica y moralmente a nuestros atletas. —Dio unos golpecitos en la solapa de su chaqueta liviana de verano, donde una pequeña insignia esmaltada ocupaba un lugar de honor—. La campaña con el lema «Por, para y con» demostró que es posible sostener una postura moral respecto al patrocinio y aun así alinear un equipo bien financiado.

—Su entrenadora, Damia Miller, es también la gerente de marketing de Kineton y Dacre; presumo que ella es la fuerza conductora que está por detrás de esta resurrección de la identidad del colegio como una institución que se resiste a la tónica actual.

—No creo que Damia sostenga que ha hecho todo esto sin ayuda de nadie, pero ha sido una figura importantísima para concentrar y aprovechar el ethos del colegio y redefinirlo, para el siglo xxi y para los próximos seiscientos años de servicio independiente a la ciudad y a la nación.

—Sir Ian —el entrevistador hizo un giro de noventa grados en dirección a Ian Baird—, ¿en este momento trata de poner fin a esa independencia?

—¡Dios bendito, David! —rió entre dientes Baird—, me haces aparecer como un dictador fascista! Le aseguro que la cosa no es tan unilateral. No, respondo a la percepción que existe dentro del propio Kineton y Dacre College respecto a la necesidad de tener un socio mayor y con más poder económico que pueda responder a los desafíos cada vez mayores con los que se enfrenta la educación superior. Si aquí en Salster hemos de continuar ofreciendo una educación de talla mundial, es imperativo que desarrollemos métodos nuevos y avanzados de investigación y erudición; no podemos funcionar con un modelo de tradición y patrimonio decimonónico o del siglo XX. Debemos ser realistas. Me parece que la fusión propuesta de Kineton y Dacre con mi colegio, Northgate, será la primera de varias fusiones semejantes en Salster para crear no solo instituciones más grandes sino más eficientes y más capacitadas que puedan competir con las Yale y Harvard de todo el mundo.

—Doctor Norris... ¿un modelo del siglo XX de tradición y patrimonio?

Norris repitió su enigmática sonrisa.

—Oh, no, nuestras tradiciones son mucho más antiguas. Nuestro colegio fue fundado a fines del siglo xiv para enseñar a los jóvenes a pensar con independencia y a no adoptar una postura cómoda o políticamente conveniente. Creo que es un patrimonio que vale la pena preservar. De hecho, creo que en nuestra era no sólo merece la pena preservarse, sino que es esencial para nuestra libertad y democracia que algunos intelectuales estén dispuestos a mantener su independencia de los negocios y el comercio y puedan suministrar una crítica de nuestra sociedad con integridad.

—Sir Ian, en diez segundos: ¿la fusión propuesta por usted ahogaría la crítica independiente que tanto preocupa al doctor Norris?

—Se lo puedo asegurar en un segundo, David: de ninguna manera.

Cobbles, como cualquier otra calle de Salster entre las once y la una del mediodía en el día de Fairings, estaba cerrada al tráfico. Únicamente los corredores y los miembros de los equipos podían entrar en las calles sin vehículos, mientras los miles de espectadores ruidosos y pintorescos quedaban confinados a las aceras mediante barreras de control, jueces de la carrera y agentes de policía.

* * *

Damia y los corredores formaban un pelotón granate y azul marino dentro de un batallón de jóvenes con equipos deportivos y cintas de seda colgadas del cuello que caminaban confiados a zancadas por Cobbles hacia el puente de Pilgrim's Gate. Igual que los atletas en la ceremonia de apertura de las Olimpíadas sonreían, saludaban y ostentaban sus mejores galas buscando a amigos o familiares entre los simpatizantes y espectadores que abarrotaban la acera. Por todas partes flameaban los estandartes con los colores del colegio y mensajes de aliento: «¡Adelante, Kings!» «Prince te». Los pañuelos del colegio habían sido sacados de los armarios y la ropa de promoción comercial del colegio, original o pirateada, estaba por todas partes. Damia vio un gigantesco estandarte de seda de color granate con el logo azul marino de Stephan Kingsley y saludó con la mano a los estudiantes que lo llevaban. La gente que los rodeaba saludó también cantando a los competidores que mostraban una ancha sonrisa de júbilo: ¡Toby! ¡Toby! ¡Toby!

Una procesión de cámaras montadas a hombros para minimizar los golpes de la superficie implacable los seguía por Cobbles, transmitiendo imágenes de un río multicolor de seda: el marrón y dorado del equipo mixto de King's y Eversholt'; el verde y plata de St. Thomas' y su asociado John Wyclif; el púrpura y cereza de Traherne y Dover; y St. Dunstan's y su socio del siglo XXI, Fakenham, de rojo y negro. Prince Edward's College, que anteriormente era el único colegio de fundación sin asociado, y su librea de plata con ribetes negros casi parecía ascética vista en compañía de los colores suntuosos como joyas de las sedas de los otros colegios.

De repente, Sally miró a su alrededor.

—¿Dónde está Northgate? —gritó por encima del ruido de la gente.

Sam la cogió del brazo y apuntó en silencio hacia el puente donde un puñado de corredores aguardaba a los coloridos manifestantes. Northgate, que corría por primera vez en su historial con su propio nombre, había elegido el azul y el blanco como distintivos. Los colores de Microsoft e IBM, pensó Damia.

—Ese es un truco ingenioso —dijo Duncan articulando para que le leyeran los labios—. Llegar allí antes que todo el mundo como si nos estuvieran dando la bienvenida.

—Sí —coincidió con él Damia, habiéndole casi al oído—, pero piensa cuánto tiempo han tenido que estar parados allí poniéndose nerviosos mientras esperan a todos los demás.

—Estar nervioso es bueno —dijo Duncan girando la cabeza hacia el oído de Damia y poco dispuesto a calmarse—. Hace fluir la adrenalina.

—Hasta un cierto punto —lo tranquilizó Damia, apoyando la mano en la espalda—. Nada más que hasta un cierto punto.

Aquella mañana temprano, Damia se había reunido en su casa a desayunar y a repasar el programa de la carrera por última vez con sus corredores. Había pasado despierta gran parte de la noche representándose una y otra vez diferentes escenarios. No habría mejor oportunidad que esta de enviar un mensaje a todos los tobienses del mundo convocándolos a participar en la reunión sin precedentes de la comunidad del colegio que tendría lugar en una semana. Si la tarea de Damia y los chicos fracasaba, entonces el Kineton y Dacre College, su historia y lugar único en el mundo, podrían perderse.

Hacía horas que Damia estaba levantada cuando Duncan, Sally, Sam, Ellen y los dos corredores de reserva, Jim y Ali, llegaron a las ocho de la mañana. En la mesa de la cocina descansaba una gran ensaladera con fruta, rodeada de platos, boles y cubiertos, y sobre la mesa había una tetera y una cafetera, varias clases de cereales integrales y pan listo para tostar.

Después de haberle preguntado a Duncan y a Sally cómo marchaba el repaso para los finales, Damia tomó una profunda bocanada de aire que hizo callar al equipo.

—Necesito preguntaros una vez más a todos: ¿estáis contentos de que hagamos esto de acuerdo al plan? Porque esto será una novedad, y si no ganamos, puede que las noticias no nos traten con amabilidad.

Los corredores, a quienes les había hecho varias veces antes la pregunta, se serenaron, sin embargo, con su tono y la proximidad de los quince minutos de fama o infamia.

—¡Sí! ¡Diablos, hablamos del futuro de Toby! —estalló al cabo Sam—. ¿Y qué tiene de malo si terminamos apareciendo en los periódicos?

Aunque había amanecido un precioso día, para cuando los corredores se dirigían hacia el puente comenzó a soplar un viento que tiraba de la sedas mientras unos nubarrones grises en el horizonte avanzaban sobre la ciudad. Damia les entregó los buzos de los equipos a los corredores que se estaban congelando y esperaba fervientemente que no lloviera porque aunque no impediría sus planes, los patios mojados y una lluvia persistente perjudicarían su ejecución.

Aquí y allá aparecían paraguas llevados por precaución con el distintivo «Por, para y con», lo mismo que algunas sudaderas con el logo, por lo que el verano inglés daba pruebas de ser una herramienta de ayuda para el marketing. Damia veía trabajar a los periodistas en medio de la gente y se preguntaba si algunos tobienses con los productos de marketing de Fairings lograrían llegar a las pantallas de televisión, ya que la publicidad gratis sería muy útil.

Cuando llegaron al puente donde los competidores debían registrarse con los miembros del servicio de vigilancia, consultó el reloj por milésima vez desde que salieron de Toby, pero todavía faltaban diez minutos antes de que partieran los primeros corredores. Se dio media vuelta hacia a sus atletas.

—Muy bien, chicos, me voy a mi puesto. Buena suerte —dijo abrazándolos fuerte uno por uno—. Sois geniales, todos, ya lo sabéis, ¿no es cierto? —Y con una señal de cabeza ante el embarazo de éstos, se fue al trote por Cobbles.

Con la última y definitiva señal del mediodía de Greenwich, la torre del reloj de King's College sonó con un timbre vibrante y las aceras repletas de Salster estallaron en ovaciones, silbidos, cornetas y aullidos cuando comenzó la cuenta atrás del evento más emocionante del año en Salster. Damia sonreía pese al nerviosismo; Ellen y Sam partirían a todo correr impulsados con una velocidad adicional por el ruido de la gente y el zumbido de la adrenalina propio de la ocasión.

Saliendo como alma que lleva el diablo, el equipo de Toby se proponía dar la falsa impresión de que iban a dar el primer paso clásico, es decir, que los corredores más veloces del equipo intentaban coger los objetivos más fáciles de los colegios que estaban más cerca, Traherne y St. Dunstan's. Por tradición, cualquier equipo cuyos dos primeros corredores eran capaces de asegurarse esas rosas seguirían hasta ganar la carrera, ya que entonces podían enfrentarse en parejas a dos de los tres colegios que quedaban antes de combinarse para el quinto colegio y dirigirse juntos hacia St. Thomas'. El agregado de la rosa de Northgate a la competencia había complicado la proporción, pero los expertos todavía opinaban que conseguir enseguida las rosas de St. Dunstan's y Traherne serían la clave de la victoria.

Pero en el momento en que uno de ellos debía de haber atravesado como un bólido por la puerta de Traherne echando a correr a toda velocidad por el patio delante de los demás corredores del pelotón, Sam y Ellen se separaron adelante disminuyendo la velocidad al mismo tiempo. Ellen pasó por delante de St. Dunstan's una vez perpetrado el engaño y Sam salió por las calles del fondo, detrás de Cobbles hacia el colegio King's. Luego Ellen giró en ángulo cerrado a la izquierda en Mummer's Cross y le hizo una seña con la mano a Damia, que estaba entre la gente que gritaba y se apretujaba. No la seguía nadie porque los demás corredores se concentraban en los primeros colegios solos o, no habiendo podido coger la rosa más baja, como dobles.

Cien segundos exactos después de que Ellen y Sam se alejaron del puente a la carrera, Duncan y Sally partieron en el fondo del pelotón que faltaba, yendo cada uno por su lado a lo largo de Cobbles: ella hacia Traherne y él hacia St. Dunstan's ignorando los frenéticos aullidos de la muchedumbre: «¡Las más bajas ya desaparecieron, hacedlo juntos!».

Las cámaras de televisión ubicadas en Traherne y St. Dunstan's transmitían las imágenes de los corredores individuales, que entraban a los patios hacía mucho despojados de las rosas accesibles con solo tender la mano. Las parejas ya habían cogido las flores que estaban más bajas y dejaban solo las que estaban más arriba. Los productores estaban desconcertados con la entrada de corredores solos que, por derecho, deberían haber luchado por alcanzar las rosas más altas incluso en parejas y dieron instrucciones a los camarógrafos para que se quedaran en aquellos dos patios mientras los comentaristas describían lo que sucedía.

El equipo de Kineton y Dacre corre con una pauta inexplicable: no entiendo lo que hacen. Habríamos esperado que Duncan McTeer y Sally Mackle trabajaran en parejas si ella fuera hábil en pararse sobre los hombros, pero se han separado. Y aquí entra Sally Mackle al patio de Traherne a toda carrera... qué hace... Ay, Dios bendito, no... corre derecho pared arriba y la trepa... veamos eso otra vez... sí, aquí viene, sube la pared, derecho como si desafiara la ley de gravedad, luego hace esa voltereta, cogiendo la rosa con habilidad mientras se baja y ahora ya está fuera del patio... Con toda honestidad, en todos los años que llevo de presenciar Fairings, jamás he visto nada igual a esto... las horas de práctica que debe de haber llevado...

Menos de un minuto después, Duncan McTeer realizaba una proeza casi idéntica en St. Dunstan's y se reunía con Sally para dirigirse a Toby por la Puerta Romana.

Mientras tanto las cadenas de televisión de repente se interesaron mucho en lo que Sam y Ellen hacían. Los productores ordenados detrás de los camiones contemplaban las imágenes del magnífico patio de King's, haciendo un acercamiento a la espaldera alta y estrecha amarrada al famoso reloj de sol que se elevaba del centro mismo del césped inmaculado del patio. Sam corría por uno de los senderos flanqueados con banderas que dividían el césped en cuatro triángulos isósceles, disminuía el ritmo apenas lo suficiente para coger la rosa que estaba en el lugar más bajo de la espaldera y luego volvía a salir corriendo a toda velocidad por los claustros de King's College hacia el jardín.

Aquí en King's no hubo proezas de corredores libres y quizás ahí está el punto; como a los corredores no se les permite tocar la espaldera, y no había ninguna pared a los costados por donde trepar, la única forma en que un corredor solitario podría cortar la rosa sería llegar aquí antes que nadie. El plan del Kineton y Dacre College de pronto parece ser mucho más claro. Me pregunto si Ellen Ballantyne se dirige a Prince Edward por una razón similar.

Ellen corría con la aceleración de la llegada respirando agitadamente pero con regularidad por el puente del hospital hacia Prince Edward Street. Subiendo a saltos la escalera poco empinada que llevaba al patio del frente del colegio con su césped a nivel más bajo, corrió haciendo un esfuerzo final por la terraza enlosada, situada a un costado de aquél, y siguió hacia la pared del fondo del patio, detrás de la cual se encontraba la biblioteca del colegio con su famosa torre del reloj. Unos enormes ventanales dejaban entrar toda la luz imaginable y el armazón de la espaldera de rosas cuyos bordes casi topaban contra los cristales, había sido montado entre dos de aquellas ventanas. Ellen cogió la rosa más baja, arrancándola del clavo prácticamente sin cabeza con el que habían sujetado el tallo al espaldar y retrocedió sobre sus pasos.

Cuando se acercó a la puerta, oyó el retumbar de unas pisadas y se dio cuenta de que acababa de conseguir la rosa solitaria solo por un pelo. ¿Quién había llegado tan rápido allí?

La respuesta, de color blanco y azul, pasó junto a ella mientras se deslizaba peldaños abajo: Northgate corría como si sus vidas dependieran de ello. Un antiguo compañero de equipo le sonrió mientras pasaba a toda velocidad frente a ella; Ellen le respondió con una sonrisa breve y luego partió con un ritmo más sereno por Prince Edward Street hacia Fairway, y al lugar señalado como encuentro con el resto del equipo en St. Thomas'.

Northgate era la incógnita. Cuando Damia se encontró con Sophie, una exploradora de Toby en medio de la muchedumbre compacta que rodeaba Mummer's Cross cantando consignas, descubrió que contenía la respiración a la espera de que Duncan y Sally aparecieran ante la vista, a la entrada de Popers Lane, una de las calles que daban a Fairway a unos cincuenta metros de allí.

Medio minuto después, cuando Freddy, otro explorador, se detenía a su lado tras dar un patinazo, todavía seguían sin aparecer.

—Northgate es una derrota completa. Sam no puede conseguir la rosa. Necesitamos que Duncan y Sally vayan allí. —Se puso las manos en las caderas jadeando fuertemente.

Damia había calculado las probabilidades, los corredores que habían sido sobrepasados y pautas de carrera. No necesitaba pensar. Si Sam no podía conseguir la rosa de Northgate, la apuesta había fallado y la decisión ya estaba tomada.

—No —respondió—. Seguimos con el plan B.

Los exploradores, que estaban bien preparados, corrieron en busca de sus corredores.

Al llegar a aquella etapa de la carrera, las cámaras de televisión en Mummer's Cross se redujeron a hacer tomas de la gente y poco a poco disminuían su presencia, previendo que la acción futura estaría en St. Thomas'; tan solo la vigilancia del equipo desde lo alto del helicóptero aseguraba que los eventos más extraordinarios que habían de tener lugar en Fairings eran captados por las cámaras.

La cámara se inclinaba a un lado y a otro debajo de las aspas giratorias enfocando con el teleobjetivo escenas que nadie, salvo Damia Miller y sus corredores, habría podido anticipar. El comentarista a bordo del helicóptero le informaba al productor del camión de exteriores en tierra, que en cuanto el equipo ganador hubiera cogido la rosa en St. Thomas' tenía que pasar en forma directa a las secuencias que obtenían desde el aire.

—Esto es oro, Nick —farfulló a su productor—, oro puro, macho.

Catorce minutos después de las doce del mediodía GMT, millones de pantallas de televisión de todo el mundo pasaron abruptamente de la imagen de cuatro jóvenes vestidos de seda celeste y blanca en extática celebración dentro del patio de la biblioteca de St. Thomas' College a una extraña procesión en la Puerta Romana de Salster. Las cámaras aéreas habían captado la escena cuando ocho exploradores con ropa deportiva de Toby entraban al edificio en North Lañe y unos momentos después salían, con dificultad, transportando entre todos ellos una especie de camilla; una vez en la acera, los portadores se acomodaron dos en cada punta y cogieron las varas que sobresalían de la angarilla. Los cuatro corredores de Toby que se habían agrupado alrededor de Damia, en respuesta a los mensajes de los exploradores, esperaron a que la angarilla se detuviera en medio del cruce de las calles y luego, guiados por la entrenadora, ocuparon sus posiciones: Sam adelante, Ellen atrás, y Sally y Duncan en los flancos de la angarilla. Damia continuó andando por el asfalto vacío de la Puerta Romana, y con paso lento y solemne condujo a la extraña procesión hacia el sur, rumbo a Toby.

La cámara hizo un acercamiento con el teleobjetivo y la voz del comentarista se oyó por encima del ronroneo de los rotores del helicóptero.

«Parece que llevan una especie de angarilla o plataforma. No podemos ver bien lo que hay encima porque está cubierto con una tela o una sábana, pero es evidente que es pesado ya que se necesitan ocho personas para transportarlo».

Al principio, la muchedumbre se desconcertó y quería saber qué sucedía. ¿Aquello era parte de Fairings o qué? Se hacían preguntas a gritos, la gente empujaba y daba empellones con más o menos afabilidad, codeándose, riendo y tratando de pasar por encima de las barreras y participar de lo que sucedía. Los encargados de supervisar al público, al igual que la policía, se mantuvieron firmes de cara a la multitud para alivio de Damia.

De improviso, cuando la procesión bajaba por la Puerta Romana, dos oficiales de uniforme, armados y con chalecos antibalas, se pusieron uno a cada lado, mientras un tercero los acompañaba con un perro sujeto de la correa al costado.

—Debo pedirles que bajen eso y que lo destapen —dijo uno de ellos mientras el otro hablaba por radio de manera inaudible.

Damia no titubeó y haciéndoles una señal a los exploradores para que bajaran la angarilla, llevó al oficial a un lado y le habló rápido, con expresión tensa. Luego se volvió y levantó una punta de la sábana para que viera lo que había debajo. El perro lo olfateó y siguieron conversando hasta que al fin los tres agentes se quedaron detrás de Ellen y el pequeño desfile se reanudó.

El silencio se trasladó con ellos a medida que avanzaban a marcha lenta hacia la Puerta Romana. La gente, influida por los rostros reservados y tranquilos de los porteadores y corredores, fue haciendo silencio en forma paulatina mientras miraba a la expectativa de que sucediera algo y se aclararan las cosas.

El ruido de un motor rompió el silencio cuando la procesión se acercó al extremo de la Puerta Romana y a Toby; todas las cabezas giraron para ver que la furgoneta de transmisión de exteriores venía por la calle escoltada por dos policías. La puerta se abrió y un hombre fornido bajó con la cámara al hombro seguido de inmediato por otras dos figuras que corrieron detrás de la procesión, pero ninguno de los porteadores se dio vuelta a mirarlos.

Damia se dio cuenta de que los policías que los habían acompañado ahora le permitían a la gente dejar las aceras custodiadas para seguir detrás de la procesión. Oía el ruido de muchos pies pero poca conversación. El silencio era expectante y la multitud tomó la delantera del cortejo silencioso.

Al llegar a la arcada nordeste de Kineton y Dacre, el desfile se detuvo y Damia bajó la mochila de la espalda y sacó cuatro velones. Después de que los oficiales de policía y el perro rastreador las revisaron, las repartió entre los cuatro corredores, que las encendieron una por una. Entonces volvió a pasarse la mochila por los hombros y condujo la procesión alrededor del perímetro del colegio.

La multitud siguió detrás con aire inseguro haciéndose oír un poco más y sintiendo que las cosas llegaban a un punto crítico. Damia tomó una decisión inmediata. No podía dejar que la gente llegara demasiado lejos quebrando el silenció y tenía que actuar antes de que la situación se transformara en un carnaval. En cuanto finalizaron la vuelta al colegio y regresaron al punto de partida, les hizo una señal a los porteadores y llevó la procesión al Patio del Octógono.

Las nubes que más temprano se habían tendido sobre el horizonte, en aquel momento cubrían el cielo con líneas de plomo. El viento soplaba y hacía remolinos, alborotando el pelo en los rostros, arrugando la seda de los corredores contra los torsos musculosos y haciendo girar los molinetes de plástico multicolor comprados en la calle por padres irritados.

Damia miró en torno. El corazón le latía con furia ante la enormidad que estaba a punto de cometer.

Esperó a que la mayor cantidad posible de gente se acomodara en el Patio y a una señal suya, los porteadores, que habían ocupado una posición debajo del nicho de la estatua vacío, bajaron las andas. Cuatro miembros del grupo desataron los nudos que amarraban la tela y entonces, con la reverencia y la gracia lograda tras mucho ensayo, la levantaron dejando al descubierto la figura que cubría y se quedaron allí. La tela fue doblada con mucho decoro y colocada en el suelo, junto a las andas, mientras la multitud murmuraba, intercambiaba miradas y agitaba la cabeza. Los cuatro porteadores restantes cogieron la figura con las manos y la colocaron en posición vertical y una vez que lo hicieron, los ocho, en parejas alineadas con mucho cuidado, fueron hacia la escalera del Octógono, donde permanecieron en silencio.

A una señal de Damia, los corredores abandonaron la posición de guardia y se pararon frente a ella. Fue entonces cuando volvió a bajar la mochila de los hombros, abrió el cierre del bolsillo delantero y extrajo cuatro sobres, luego la depositó en el suelo detrás de ella y entregó un sobre a cada corredor. Advirtiendo que el cámara titubeaba respecto a dónde tenía que ubicarse ya que Sam, Ellen, Duncan y Sally se movían en diferentes direcciones, Damia le hizo una seña de que se quedara en su lugar, formando apenas un ángulo delante de ella.

Mientras los corredores ocupaban sus lugares al norte, sur, este y oeste del gran Octógono, las enormes puertas del Gran Salón se abrieron de golpe y cuatro personas descendieron la escalera. Al llegar al Patio giraron y se ubicaron alrededor del Octógono.

Damia, consciente de todo lo que ocurría a su alrededor pero sin mirar, esperó hasta que notó que los ojos de la multitud se volvían a concentrar en ella. La jirafa de un micrófono grande fue maniobrada en dirección a ella, aspiró aire y comenzó a pronunciar el texto que había memorizado:

«Este colegio, llamado Kineton y Dacre College, fundado por Richard Dacre, viñatero del gremio y comerciante de la ciudad de Londres, construido por Simon de Kineton, maestro cantero y Gwyneth de Kineton, maestra carpintera, será un monumento dedicado a Tobías Kineton, su hijo, mientras permanezca en pie y los hombres lo contemplen».

Cuando terminó de pronunciar las últimas palabras, extendió la mano hacia la estatua que se encontraba sobre las andas y esperó hasta ver que la cámara giraba hacia la estatua de un niño torcido y torturado; un niño al que una jaula, que era a la vez prisión y libertad, mantenía erguido.

«Tobias Kineton —la cámara giró de nuevo hacia Damia—, considerado con menosprecio y llamado maldito y abominación, tenía un corazón grande. Su vida fue un modelo de amor y perdón, donde se le mostró odio y olvido. Amó mucho y dio mucho, tanto como cualquiera de nosotros es capaz de dar, incluso su propia vida».

Damia recorrió la multitud con la mirada; la gente estaba confundida, pero la fuerza de sus palabras y la sensación de que allí se representaba un ritual mantenía en vilo su atención. ¿Comprenderían que aquel niño, aquel niño tullido y preso, había dado su vida para que el colegio en cuyo patio se encontraban pudiera existir?

De pronto sintió que la dominaba la sensación de que aunque Toby había muerto, también había vivido. Sí, había vivido y, lejos de luchar simplemente contra su deformidad, había alcanzado la grandeza, la madurez de perdonar como aquellos que lo quintuplicaban en edad no habían podido hacerlo, y había comprendido el lugar que ocupaba en el orden del universo dando lo único que poseía para que la ambición de su padre pudiera cumplirse: su vida. No podía ser aprendiz; no podía tallar o modelar la madera o la piedra ni manifestar sus ideas, pero podía ofrecer su vida, y eso hizo. La voz de Damia se quebró y se transformó en un hilo, pero se recompuso y continuó.

«Puesto que John Dacre, hijo único de Richard Dacre, murió en este lugar sin llegar a la edad adulta, entonces Tobías Kineton eligió su propia muerte como expiación por el fin de aquel otro. Una vida por la otra, la una arrebatada por una acción sin sentido, la otra dada con amor desinteresado.

Y a la memoria de éste, y en nombre de los dos, fue construido este colegio.

Porque cada hombre posee su propio valor.

Cada hombre, aunque sea humilde y tullido, es igual ante Dios.

Cada hombre, aunque no siga los pasos de su padre, tendrá un lugar en el mundo.»

Damia sintió que se le inundaban los ojos de lágrimas y se le hacía un nudo en la garganta, pero tragó saliva y siguió.

«Y este colegio se levanta aquí para preparar a los hombres, cualquiera sea su condición, para ocupar ese lugar, cuidar de los pobres y modestos y recordar el amor, la fidelidad y el perdón, incluso hasta la muerte.

Aquellos cuyos nombres serán pronunciados ahora, adelantaos y aceptad vuestras limosnas, dadas en memoria de Tobias Kineton, tullido de cuerpo y de corazón grande».

Niños enfermos por quienes Gwyneth de Kineton habría llorado, como cualquier madre, estaban presentes allí, con sus brazos y piernas inútiles y las cabezas sedosas en representación del hospital de enfermos terminales a cuyo delegado Ellen Ballantyne les entregó sus limosnas. A las palabras: «Tú, a quien entregamos estas limosnas en memoria de Tobías Kineton, ¿rogarás por la continuidad y el buen gobierno de este colegio durante todos los días de tu vida?», el representante oficial del hospital replicó sin titubear: «Sí, lo haré».

Los ancianos que residían en la ciudad, muchos de ellos abandonados de una forma que hubiera sido impensable para los que habían construido el colegio, estaban representados por Ayuda a los Ancianos, y cuando Sally Mackle le preguntó a su portavoz si ella rogaría por la continuidad y el buen gobierno del colegio, ésta respondió con un sentido «Así lo haré».

El sobre de limosnas de Duncan McTeers era para los descastados del siglo XXI, los individuos sin techo que utilizaban las instalaciones de Gardiner Centre. Los antiguos compañeros de Damia prometieron que ofrecerían la plegaria que se les solicitaba mascullando a causa del embarazo.

Mientras miraba el desarrollo del extraordinario evento que ella había promovido, Damia se preguntada cómo habría recibido la multitud del siglo xv aquel primer óbito por Tobías Kineton. El óbito de Toby. ¿Había cambiado la forma en que veía a un niño tullido? ¿Lo habían creído capaz de entregar la propia vida? ¿Habrían sostenido la misma idea del deán y del obispo de que Toby estaba maldito, era hijo de un mal presagio y un alma poseída por el diablo? ¿O habían visto lo que Simon había visto con claridad: una persona «grande de corazón»?

Cuando le llegó el turno a Sam Kearns, le dio sus limosnas a un representante del Comité Paralímpico de Gran Bretaña. El deportista inclinó la cabeza como respuesta al pedido de oración y dijo simplemente: «Sí».

Sam era el último, y al tiempo que lo miraba, Damia se preguntaba qué haría aquel joven de su vida. Durante una conversación que sostuvieron al terminar el entrenamiento, admitió que había elegido Psicología porque quería dedicarse a la publicidad y a «ganar mucho dinero», pero que después de haber venido a Toby había cambiado de opinión.

—Quizás el marketing sea más lo mío —le había dicho a Damia con una sonrisa provocativa—. ¿Qué opinas?

A medida que los corredores y exploradores rompían filas y empezaban a saludar a las personas que estaban en el Patio, dando pie a que la multitud se dispersara, el camarógrafo y sus dos compañeros se apresuraron a acercarse a ella.

—Querríamos hacerle una entrevista...

—Muy bien, tengo algunas cosas que decir.

Testamento
titlepage.xhtml
sec_0001.xhtml
sec_0002.xhtml
sec_0003.xhtml
sec_0004.xhtml
sec_0005.xhtml
sec_0006.xhtml
sec_0007.xhtml
sec_0008.xhtml
sec_0009.xhtml
sec_0010.xhtml
sec_0011.xhtml
sec_0012.xhtml
sec_0013.xhtml
sec_0014_split_000.xhtml
sec_0014_split_001.xhtml
sec_0015.xhtml
sec_0016.xhtml
sec_0017.xhtml
sec_0018.xhtml
sec_0019.xhtml
sec_0020.xhtml
sec_0021.xhtml
sec_0022.xhtml
sec_0023.xhtml
sec_0024.xhtml
sec_0025.xhtml
sec_0026.xhtml
sec_0027.xhtml
sec_0028.xhtml
sec_0029.xhtml
sec_0030.xhtml
sec_0031.xhtml
sec_0032.xhtml
sec_0033.xhtml
sec_0034.xhtml
sec_0035_split_000.xhtml
sec_0035_split_001.xhtml
sec_0036.xhtml
sec_0037.xhtml
sec_0038.xhtml
sec_0039.xhtml
sec_0040.xhtml
sec_0041.xhtml
sec_0042.xhtml
sec_0043.xhtml
sec_0044.xhtml
sec_0045.xhtml
sec_0046.xhtml
sec_0047.xhtml
sec_0048.xhtml
sec_0049.xhtml
sec_0050.xhtml
sec_0051.xhtml
sec_0052.xhtml
sec_0053.xhtml
sec_0054.xhtml
sec_0055_split_000.xhtml
sec_0055_split_001.xhtml
sec_0056.xhtml
sec_0057.xhtml
sec_0058.xhtml
sec_0059.xhtml
sec_0060.xhtml
sec_0061.xhtml
sec_0062.xhtml
sec_0063.xhtml
sec_0064.xhtml
sec_0065.xhtml
sec_0066.xhtml
sec_0067.xhtml
sec_0068.xhtml
sec_0069.xhtml
sec_0070.xhtml
sec_0071.xhtml
sec_0072.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_000.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_001.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_002.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_003.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_004.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_005.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_006.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_007.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_008.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_009.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_010.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_011.xhtml