Capítulo 6

Londres, agosto de 1385

Dos mujeres se mueven en silencio y resueltamente alrededor de una alcoba. Una coge ropa de un arcón que está a los pies de la cama y la extiende para que la otra la doble o coloque en una pila. Hablan poco, y además con medias frases y palabras tan singulares que serían incomprensibles para cualquiera, salvo para ellas. El tono y las miradas de complicidad les permiten entenderse una a otra con la facilidad dada por una larga práctica. De tanto en tanto, la mujer mayor alza una prenda de la cama y la sostiene en alto haciendo un comentario. Un asentimiento de cabeza indica que se dobla, un sacudimiento la desecha a la pila para los pobres.

Podría considerarse que tal facilidad de comprensión es la de una madre con su hija si no fuera por el contraste entre las dos mujeres. La mayor es alta y angulosa, descarnada y adusta que sugiere de algún modo que, alguna vez, una carnadura más plena la suavizaba; la más joven es bien proporcionada en su juventud, una cabeza más baja, con la tez oscura mientras la otra es pecosa y de un rubio apagado. Un largo mechoncito de pelo oscuro ha escapado del lino ajustado que cubre la cabeza de la joven, y cada tanto lo empuja en forma ausente detrás de la oreja con una mano pequeña y veloz.

Sin embargo, las dos mujeres se asemejan en sus silenciosos movimientos: claros y precisos, comparten la seguridad de los que desconocen la torpeza. La mujer mayor levanta las cosas con movimientos largos y expertos; cogiendo dobladillo y cuello, dobla un vestido, estirándolo primero contra su pecho. La niña se inclina y se levanta, se dobla y endereza con la ligereza de alguien para quien los huesos que crujen están a una distancia eterna.

Una vez vacío el arcón, cierra la tapa.

Alysoun señaló con un gesto las cortinas que colgaban de la pared.

—Si me ayudas a mover el arcón —dijo con tranquilidad, mientras dirigía una mirada rápida al niño que dormía en el rincón—, podré sacarlas.

Los ojos de Gwyneth se apartaron de Tobías y, siguiendo a su hijastra con la mirada, dijo:

—Yo las quitaré, al fin y al cabo yo las puse —Gwyneth gruñó mientras movían el arcón—. Espero que estas cortinas vayan bien en la casa que el señor Daker nos provee —dijo—. Les he cogido cariño, aunque sean de lino pintado. —Pisó la tapa y empezó a retorcer la primera estaquilla—. Si fuéramos ricos —dijo—, te encargaríamos a ti un tapiz, muchacha. —Miró a Alysoun, esbozando una sonrisa.

Alysoun abrió grandes los ojos simulando horror.

—¿ Sabes cuánto tiempo llevaría hacer un tapiz como ese, que ocupa toda una pared, si una sola persona trabajara en él?

—El mismo tiempo que le demandará a Simon edificar el colegio de Daker. —Gwyneth respondió muy seria—. Años. —Volvió a mirar a Toby que dormía—. Tiempo suficiente de ver crecer a nuestro hijo.

—Sí.

—Las paredes de la casa de Daker estaban revestidas de tapices —agregó Gwyneth— si le crees a Simon.

—Por lo general nunca exagera.

—No, pero no repara en las cosas que no le interesan —dijo su mujer—. Puede haber distraído su mirada mientras iba de la albañilería y la carpintería a un tapiz... —dejando la conclusión en el aire.

—Sí, pero Daker debe de ser rico para construir y dotar de fondos un colegio —Alysoun señaló con razón.

—Es cierto, mi pequeña obrera milagrosa —sonrió Gwyneth.

Alysoun sonrió arrepentida.

—La esposa del juez se arrepentirá mientras viva de haberme llamado así —dijo—, ahora todas sus amigas también me acosan para que trabaje para ellas, ya que soy semejante maravilla.

Puso en blanco los ojos ante aquel pensamiento, pero no engañó a Gwyneth.

—La señora Stowald, esposa o no de un juez del tribunal real, debería haber aprendido a estas alturas a no presumir —dijo—. Las personas no pueden robar lo que no conocen. Dice tantas tonterías respecto a tu capacidad, que cualquiera pensaría que esto no es Londres sino una aldea y tú no fueras una artesana libre sino la esposa de algún villano que no tuviera más alternativa que hacer lo que a ella se le antoja.

—Bueno —Alysoun dijo risueña—, sufre por ese motivo y una vez que su arcón se llene y se pavonee en la nueva casa del juez, habré terminado con ella. —Apartando las manos de las caderas, se agachó sobre el arcón, levantándolo con facilidad una vez que Gwyneth puso su mano en el otro extremo—. Ella ignora —continuó mientras su madre se paraba en la tapa adornada al estilo gales— que vendré de Salster a comprar las sedas.

Gwyneth, hablando con una voz que reflejaba el esfuerzo de sacar con cuidado las estaquillas de su lugar, preguntó:

—¿Qué importancia tiene? No tiene poder sobre ti ni sobre ninguno de nosotros. La casa del juez estará terminada para entonces, terminada y amueblada para que se muden a ella. Simon cobrará y estará fuera del alcance de la ira de su marido, aunque él quisiera ponerse de parte de ella, cosa que dudo.

El suspiro de Alysoun se convirtió en gruñido.

—No es la ira de él ni la de ella lo que me preocupa, sino que me ruegue. No soporto que me rueguen.

Ni rogar, pensó Gwyneth. Una sola vez en su vida oyó rogar a Alysoun.

—¡Por favor, enséñame! ¡Por favor! Soy la hija de un constructor, y ahora soy tu hija. Por favor, enséñame a ser cantera.

—No puedo. —Gwyneth había oído el carácter definitivo de las palabras de Simon. Alysoun, de once años y empeñada en su idea, había cerrado los oídos a la negativa.

—Pero le enseñas a Henry.

El rostro de Simon se ensombreció y Alysoun se encogió ligeramente, pese a que Gwyneth sabía que no era enojo lo que había cruzado por el rostro del hombre, sino dolor.

—No le enseño a Henry, lo guío. Él tiene un don natural.

—¿Cómo sabes que yo no lo tengo?

—No puedo enseñarte ni ahora ni nunca, Alysoun.

—¿Por qué no?

Simon no respondió, pero Gwyneth lo hizo más tarde, cuando la tormenta de llanto, de rabia y frustración de la niña terminó. Era la madre de Alysoun desde hacía seis años y sabía que solo la honestidad resolvería el caso, aunque esa honestidad significara cortar por lo sano y no dejar ningún lugar para la esperanza.

—Simon ha tomado a Henry bajo su dirección porque debía hacerlo. Es tal como él te dice: no le enseña nada, lo guía mientras él aprende solo. Simon no buscó a Henry, él vino a verlo; quizás Dios trajo al niño para su provecho, no lo sé. Pero sí sé que Dios te trajo a ti. Tú eres mi hija y te quiero mucho, y también eres la hija de Simon, razón por la que no puede tomarte como pupila. Los hombres que les enseñan el oficio a sus hijas confiesan que han perdido toda esperanza de tener un hijo varón y Simon no puede confesarse eso a sí mismo ni al mundo.

Nunca más volvió a preguntarle nada a Simon. Gwyneth, que reconocía que su hija tenía necesidad de ejercer un oficio, le habría enseñado con mucho gusto el suyo, pero Alysoun no sentía inclinación por trabajar en la madera. Gwyneth sospechaba con fundamento que en realidad ella quería ser cantera para mantenerse en contacto con Henry al que adoraba pese a que él solía tratarla con una condescendencia despiadada.

Alysoun, por fin, hizo tablas con su torturador. Sabiendo que Henry se embelesaba con las ropas finas, le rogó a su madre que la ayudara a hacerle una túnica nueva y, una vez terminada, se puso a bordarla con toda la habilidad que sus tiernos años le permitían. Para la eterna sorpresa de nadie, demostró rápido que a los once años ya poseía más habilidad que la de muchas mujeres en toda una vida. Sus dedos no sólo eran diestros y prolijos, sino que tenía un ojo infalible para formas y colores que traducía en un mundo de aves y animales, hojas y líneas de viñas en el frente y en la espalda de la túnica. Su bordado alegre hacía que el brocado pareciera trillado y antes de que un cuarto de la prenda estuviera terminado Henry ya la deseaba mucho más de lo que jamás había deseado algo. Alysoun, exultante por la ventaja obtenida, hizo que le enseñara los rudimentos de la albañilería.

Las lecciones dominicales que ella le arrancaba le permitieron dominar la teoría y le mostraron cómo tallar (que era lo que ella más deseaba) sin darle a Henry la prerrogativa normal del tutor de hacer que su alumna modelara y puliera primero la piedra. Todas las semanas juraba que no la consentiría más y todos los domingos por la tarde lo encontraban sentado con ella, respondiendo sus imperiosas preguntas y mirando con ansiedad la túnica que siempre llevaba en su bolsa de lino, para que él no olvidara lo que perdería si no se doblegaba al empeño de su voluntad.

Demostró que no poseía ninguna aptitud especial para esculpir. Tenía una mirada de lince, pero carecía de verdadera sensibilidad artística para modelar la piedra. Esculpir demanda ver y recrear las cosas en figuras de perfiles redondeados y volúmenes, mientras que el labrado de Alysoun tendía a ser plano, como si dibujara en una superficie en lugar de practicar el verdadero truco del escultor que extraía la semejanza del corazón mismo de la piedra.

Terminada la túnica, se la entregó encantada a Henry y jamás volvió a pedir que le enseñaran. Había encontrado su oficio.

—¡Tranquilízate! En Salster estarás a salvo de los ruegos de la señora Stowald.

Bajándose del arcón y encorvándose para levantarlo de un extremo, Gwyneth dijo provocativamente:

—La ausencia de la señora Stowald no es la única delicia que Salster te deparará...

Alysoun no era dada a enrojecer y entonces tampoco cambió de color.

—Alysoun, ¿sabes a lo que te expones con Henry? ¿A una vida de constante movimiento, sin tener nunca un lugar al que podrás llamar hogar?

Alysoun, con los ojos fijos en el piso mientras llevaban el arcón de un rincón al otro, dijo:

—No he aceptado a Henry, mamá, y nadie me lo ha pedido. —Sus ojos miraron rápidamente el rostro de Gwyneth, sin mostrar sorpresa porque su madre hubiera interpretado con tanta facilidad la situación—. ¿Simon lo sabe?

Gwyneth sonrió.

—Sí, pero solo porque yo se lo dije. —Se enderezó y miró a su hija—. Ya lo conoces, Alysoun, es hombre. —Se rió en su nariz, con los ojos todavía puestos en su hija—. Simon es un maestro artesano, en su oficio no hay quien lo iguale. Apostaría mi vida por su juicio respecto hasta dónde debe trabajarse la piedra, pero en materia de sentimientos es tan torpe como una maza.

Sus ojos se dirigieron sin querer al bebé que seguía durmiendo en la cuna.

Alysoun vio la dirección que seguía su mirada, pero no quiso abandonar el tema de Henry.

—No tiene por qué ser tan malo para nosotros —dijo—. Henry tiene la ambición de dejar la construcción y trabajar como escultor e imaginero. Si puede hacerlo..., y si él no puede, entonces nadie será capaz, pues ya conoces lo hábil que es.

—Sí, siempre lo ha sido —dijo Gwyneth ausente, con los ojos todavía puestos en el bebé.

—Convenció al señor del castillo de Salster para que le permitiera esculpir los santos de la nueva capilla de la esposa. Si al rey le causan buena impresión, ¿quién sabe cuál podría ser el resultado?

—Sí —replicó Gwyneth reflexivamente, volviendo a prestar atención—. Hay mucho trabajo por hacer para el rey y sus nobles en Londres; y los escultores pueden trabajar lejos de la obra. —Sus miradas se cruzaron—. Pero así y todo, el polvo se asentará en su pecho, mi niña, y a medida que envejezca respirará con más dificultad.

—Cuando se haya hecho famoso, no tendrá necesidad de trabajar tanto.

Su voz tenía la confianza despreocupada de la juventud y la fe sin mengua en que su amado haría siempre lo que quisiera. La salud de Simon había inquietado a Gwyneth durante muchos años y le había pedido que dejara la construcción y establecieran su hogar en Kineton, donde podría comerciar su piedra y criar ovejas; el deseo de creación de su marido siempre la había frustrado. Pero ahora, quizás el fin se acercaba. Cuando el colegio de Daker se construyera, tal vez no precisaría seguir cortando piedras. Si aquella iba a ser en verdad su obra maestra arquitectónica, otros podrían verla y le encargarían que trabajara para ellos. Construir era un proceso lento, pero dibujar era mucho más rápido. ¿Sería posible que Simon siguiera el ejemplo dado por canteros de primer nivel como Henry Yevele, que supervisaba varias obras en construcción dejándolas bajo el control diario de un maestro en cada planta?

El sueño de Gwyneth era vivir en Kineton y que Simon proyectara sus edificios en el taller de dibujo que construiría para él, donde no tendría que respirar a perpetuidad el polvo del lugar ni dormir por las noches con la persistente tos seca que había empezado a asediar a Simon el año anterior.

«¿Y dónde aprenderá su oficio mi hijo? Si debo dejar las herramientas y me convierto en un mercader itinerante, ¿cómo aprenderá Tobías de mí?».

Simon nunca pronunció aquellas palabras, pero ella podía oírlas con claridad como si las hubiera dicho. Miró la cuna de su hijo. El nacimiento de Tobías había decidido el futuro de los tres.

Testamento
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