Capítulo 17
Kineton y Dacre College, en la actualidad
El día siguiente a la reunión del JCR, cuando Damia llegó a su despacho se sintió incapaz de enfrentar sus tareas, y cruzó deprisa el patio bajo el tironeo de un viento turbulento y subió correteando los peldaños del Octógono que la llevaban hasta el Gran Salón. El silencio allí adentro parecía total tras el azote que sus oídos habían sufrido afuera.
La singular arquitectura medieval del salón ya le parecía familiar y acogedora pese a que hacía menos de dos meses que estaba en Toby. Los edificios en los que había transcurrido toda su vida laboral anterior habían permanecido ajenos a ella. Entraba a diario a un mundo incrustado de antiguo humo de cigarrillo, vinilo y ventanas de marcos metálicos mugrientos con la sensación de que no era allí adonde ella pertenecía, que sentarse en los márgenes con los desposeídos, con los que nadie amaba y los parias no era su legítimo lugar. Después de haber soportado una niñez en la que no por propia voluntad había desempeñado el papel de una rara intrusa, de haber vivido con «un grupo de hippies», con la piel del color equivocado y una adolescencia borrosa y confusa de muerte y drogas, el sueño de su adultez era ser bien acogida en el redil de la normalidad, de los aceptados, de las personas que no habían caído por el agujero de las redes de protección de la sociedad. Toby, con su aire inexpugnable de permanencia y de pertenencia, de que ocupaba un lugar legítimo y merecido en el mundo, se convirtió en un refugio por cuyo abrazo protector se dejó envolver.
Decir el nombre de los once colegios de Salster le habría resultado imposible seis meses antes; eran parte de otro mundo. Con una actitud supersticiosa, como si rezara una letanía que confirmaba su derecho a estar allí, Damia repitió deprisa los nombres de los colegios. Kineton y Dacre, siempre primero, aunque no era el más antiguo, y los demás colegios de fundación: Kings, Prince Edward's, St. Thomas's, St. Dunstan's, Traherne. Luego venían los asociados: Fakenham, Eversholt, John Wyclif, Dover y, por supuesto, Northgate. Nombres que ahora eran tan familiares como lo habían sido los de los clientes de Gardiner Centre hacía un año y medio.
Quizá no supiera bien si su lugar estaba entre los estudiantes del JCR, los académicos o los administradores, funcionarios y personal doméstico que hacían funcionar al colegio, pero en tan poquísimo tiempo, Toby se había transformado en un hogar como jamás le había sucedido con ningún otro sitio. Y su pequeña casa dentro de las murallas de la ciudad, comprada con la ayuda del dinero que Toby podía aportar con dificultad, se asociaba íntimamente con su vida allí. Todo era una sola cosa: Toby, su casa, su vida; era lo que siempre había anhelado, pero nunca había mencionado.
El trabajo de conservación del mural estaba en plena etapa de desarrollo y no se escatimaban esfuerzos para manipular hasta las mínimas partículas. Las barreras metálicas que Damia asociaba con el control de multitudes en las visitas reales todavía estaban colocadas. Detrás de ellas, dos restauradores trabajaban con su críptica magia los pigmentos minerales y el yeso. Damia había deducido que se desarrollaba un imprevisto y encendido debate sobre la doble exigencia de exhibir y preservar. Puesto que la luz del sol que entraba por las enormes ventanas del salón inevitablemente desvanecería y degradarían el color y la línea indefectiblemente, una perspectiva conservadora sostenía que las pinturas debían ser protegidas de la luz y mostradas solo cuando las excursiones vinieran en forma expresa a ver el ciclo. En oposición a ella, los que veían la pintura como parte esencial del Gran Salón sostenían que el ciclo había sido pensado para exhibirse ante el público y que eso debía respetarse.
Damia, confiando en su instinto de que el «Ciclo del Pecado» era mucho más que un mural convencional, apoyó con firmeza, aunque nadie se lo solicitara, la segunda opinión.
El silencio que había en el aire y la veneración con que los restauradores llevaban a cabo su tarea se depositó como una suave caricia en Damia, quien se encontró caminando por el salón sin hacer ruido con los zapatos e intercambiando sonrisas mudas con los conservadores conectados a sus MP3 hasta que, por último, se sentó a descansar en el borde de un banco de comer.
Contempló la obra de restauración que se realizaba en la pared noroeste. Mientras que el primero de los óvalos gemelos, con la figura humana desvalida y los demonios que la acosaban estaba intacto, el segundo estaba lejos de tener un perfecto estado de preservación. La humedad o las impurezas del enlucido habían disuelto bastante la nitidez, mientras que parte de la escena que estaba a la derecha se encontraba muy dañada. Lo único que quedaba era la insinuación de una figura humana de pie, quizá con los brazos extendidos hacia la figura opuesta. Los demonios del óvalo precedente habían desaparecido, pero no así la impotencia de la figura del hombre ordinario frente a los adláteres del mal y los pecados que ellos instaban a cometer. Su condición pecadora ya no necesitaba el continuo acicate demoníaco; ahora se había consolidado a su alrededor con la forma simbólica de una jaula.
El mundo visto como una jaula repleta de pecado, una prisión cuya única escapatoria era el cielo o el infierno. Damia se preguntaba si la perspectiva medieval había sido verdaderamente tan sombría. ¿El ciclo habría sido pintado para recordarles a los estudiantes del colegio que no podían hacer nada para evitar la maldad de sus naturalezas..., que estaban condenados a pecar una y otra vez? Por supuesto que no. Si el objetivo de la enseñanza era aumentar la capacidad de comprensión y la perfección del hombre, con toda seguridad semejante visión fatalista sería un anatema en una institución académica.
Miró con ojos escrutadores la figura tan corroída del lado derecho de la pared. ¿Los brazos supuestamente extendidos no serían los de Jesús, que luchaba por salvar al pecador y atraerlo hacia la dicha, alejándolo de su estado de pecaminosa prisión?
Un pensamiento cruzó por su cerebro con la velocidad de un relámpago, tan rápido que no le dio tiempo a captar su significado y tuvo que rastrearlo despacio para ver qué había originado aquella impresión. El encarcelamiento. El pecador estaba en una jaula de pecado. Era un prisionero.
Peter, ref. estatua. Veía con toda claridad en su imaginación la entrada del Libro de Negocios y la letra extravagante del desconocido Charles que expresaba con fluidez su opinión. ¿Te refieres a esa horrible estatua del prisionero que, gracias a Dios, alguien ocultó detrás del rododendro?
—No —replicó Neil, diez minutos más tarde cuando levantó el auricular del teléfono de su oficina—, en las cartas no hay nada sobre estatuas. Bueno, en todo caso no hasta donde he leído. Pero eso lo sabes, ya te lo conté todo.
Casi no habían hablado de otra cosa que de las cartas del prior a su obispo cuando quedaron a comer la semana anterior.
—Sí, ya sé, todo eso respecto a que la Iglesia trató de impedir que Dacre edificara el colegio. A propósito, ¿ya descubriste por qué?
Aunque había hecho la pregunta más para llenar el silencio que con una expectativa auténtica de recibir una respuesta positiva, de pronto Neil estalló de entusiasmo a través de la línea.
—Sí. ¡Lo descubrí!
—¿Y?
—Era lolardo.
No dijo nada, esperando que él le explicara. Su inclinación a usar términos técnicos como una forma de agrandar su importancia siempre la irritaba.
—Es una forma primitiva de protestantismo. Fue parte de un movimiento anticlerical que comenzó durante la Peste Negra y recibió un impulso enorme durante el caos del siglo posterior, el xiv. Las personas sentían que las cosas se escapaban de control y que la Iglesia debía de actuar mal para que Dios permitiera aquellas catástrofes.
—¿Entonces era un fundamentalista?
Neil hizo un ruido equívoco.
—La mayoría de los lolardos de clase alta eran más anticlericales y radicales que fundamentalistas. Deseaban una reforma política y social radical... una sociedad más igualitaria.
—No entiendo; fundar un colegio se parece más afín a la idea de mantener el orden establecido, el establishment, que a la de radicalismo.
—Sí, pero lo crucial está en la naturaleza de la institución que él construía. Porque como era radical, quería erigir un colegio universitario que no tuviera nada que ver con la Iglesia. Eso era ultra radicalismo en una época en que (en Inglaterra, por lo menos) toda la enseñanza estaba dominada por la Iglesia.
—¿Ultra radical?
—Según la Iglesia, y en especial para el prior y el obispo, equivalía a una herejía.
Damia, decepcionada aún porque él no había arrojado ninguna luz sobre el prisionero, se esforzó por dejar de responder en piloto automático y se obligó a pensar.
—Bien, si la Iglesia se oponía tanto a lo que él hacía, ¿cómo lo logró? Digo, un hombre solo no puede ir en contra del poder monolítico de la Iglesia, ¿no es cierto?
—Aparentemente sí.
—¿Pero cómo? ¿Tenía alguna influencia contra el obispo... sabía dónde estaban enterrados los cuerpos o algo así?
—No tengo idea. Pero debió de haber sido riquísimo. Digo, «viñatero de la ciudad de Londres» no significa que comerciara con vino. Sería como si dijeras que Bill Gates está a cargo de un negocio de software. Los viñateros conformaban uno de los gremios más poderosos de la ciudad. Eran fabulosamente ricos. Si Dacre no apoyó al rey con dinero en ningún momento, sin duda hubo otros igual a él que sí lo hicieron.
Damia comprendió.
—¿Entonces el rey pudo haberlo protegido?
—No lo creo probable. Aunque Ricardo II se inclinó bastante a favor de los lolardos al principio de su reinado mientras Juan de Gante dirigía la política, más tarde, y cuando la mayor parte de Kineton y Dacre ya se había construido, Ricardo fue depuesto y Enrique IV subió al trono. Y él no era para nada amante de los lolardos.
—Pero debe de haber contado con amigos influyentes. Me refiero a Dacre.
—Lo que estoy tratando de decirte, so boba, es que él era la persona influyente. No estoy diciendo que la Iglesia no pudiera tocarlo, pero el obispo se lo habría pensado dos veces antes de golpearse la cabeza contra él.
—Correcto.
La decepción debía haber sido patente en su voz porque él dijo:
—Lamento no tener ninguna novedad sobre lo de la estatua.
—No es para preocuparse.
—¿Puedo pasar después del trabajo —dijo él de manera imprevista—, y podemos echarle una ojeada a la pintura para ver si puedo descubrir algo que tú no hayas visto?
Damia vaciló. Aparte de la mirada descuidada que había sorprendido al entrar al restaurante, Neil no había hecho ni dicho nada que confirmara ni siquiera remotamente los prejuicios de Catz o sus recientes sospechas sobre sus sentimientos. Y ella no quería desechar ninguna posibilidad de resolver «el enigma de Toby» cortando toda relación con Neil y la información que contenían las cartas del prior.
—Claro —respondió con decisión tajante—. Venga. Terminaré a eso de las cinco y media.
De: Damia.Miller@kdc.sal.ac.uk
A: Peterdefries@dmlplc.co.uk
Asunto: Libro de Negocios 1968/estatua
Estimado Peter,
Muchas gracias por su e-mail y por la descripción de la estatua. Le adjunto una fotografía de una de las imágenes del mural; pese a que por desgracia es la que ha sufrido algún daño, comprobará que «el prisionero» aparece del lado derecho del óvalo. ¿Se parece a la estatua que solía estar en el jardín de Toby?
Si es así, ¿qué le parece que hagamos con ella?
Saludos, Damia