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Sede del Primer Circuito de ComStar

Isla de Hilton Head, América del Norte, Tierra

19 de agosto de 3028

Tamara Allard se unió al reducido grupo de ciudadanos de la Federación de Soles y enarcó una ceja al ver las dos jarras de cerveza negra que sostenía Dan. El señaló con una jarra el balcón.

—Esta pertenece al coronel Kell, madre.

—No tienes escapatoria, Dan —le dijo Ardan Sortek—. A pesar de todos mis esfuerzos, mi madre también sigue preocupándose por mí, aunque ya sólo piloto un escritorio.

Tamara se volvió hacia Ardan con una expresión reprobatoria.

—¡Qué vergüenza, coronel! Su madre está muy orgullosa de usted, y lo sabe.

Ardan guiñó el ojo a Dan.

—Tiene mucha razón, condesa. Créame, siento un gran afecto por mis padres y sé que Dan también. —Sonrió con malicia—. De hecho, la última vez que nos vimos, hace año y medio en Pacífica, me habló de usted...

—¡Un momento, coronel! —lo interrumpió Dan—. No saque a colación algo que no podré dominar.

Riva le dio un codazo a su hermano en las costillas.

—¡Vamos, Dan! Deja hablar al coronel.

Dan se volvió hacia su madre y respondió a su severa expresión con una suave risa.

—Vamos a cambiar de tema. ¿Dónde está papá? Hay algo que quiero preguntarle.

Tamara se encogió de hombros.

—Ha vuelto al bungalow. Han llegado algunos informes a última hora y dijo que tenía que repasarlos. —Echó un vistazo a su cronómetro y agregó—: Espero que vuelva pronto.

Dan vio que Riva susurraba algo al oído de Ardan. Estoy perdido. Ardan contará a Riva que acribillaron mi 'Mech en Pacífica y ella me pondrá verde.

—Toma, Riva, sostén esto —le dijo, y le entregó ambas jarras. Saludó a su madre y a Ardan y añadió—: Si me perdonan, iré a buscar a mi padre. Coronel, confío a su cuidado a las mujeres Allard.

—Será un honor y un placer —repuso Ardan, sonriente.

Dan se abrió paso entre la multitud, cruzó la puerta y salió al frío ambiente de la noche. La suave brisa marina agitaba las frondosas palmeras sobre su cabeza y hacía bailar en la noche las oscuras copas de los pinos. Echó a andar por un sendero de hormigón alumbrado por farolas cada veinte metros alternativamente a cada lado. Mientras caminaba, meditaba sobre la tranquilidad y la belleza de aquella noche.

Inspiró hondo y llenó los pulmones y la nariz con aire salino. Entiendo por qué la errante Humanidad ha guardado con cariño a la Tierra en un rincón de su corazón. No importa dónde se haya nacido, ni en qué planetas se haya vivido: en la Tierra, uno siempre se siente en casa.

Tal vez sea sólo el encanto de la Tierra lo que te ha subyugado, Dan. 0 quizá sea Jeana quien te ha dado esa nueva y optimista perspectiva. Sin embargo, todo lo que sabes sobre ella es que procede de la Mancomunidad de Lira, que está muy próxima a la heredera del Arcontado y es probable que recibiera entrenamiento como MechWarrior. Aparte de aquel breve encuen-

tro en Tharkad, en realidad sólo la conoces de las últimas treinta y seis horas. No es propio de ti el dejar que una mujer te coma el coco de esta manera tan rápida y absoluta.

Dan sonrió al recordar los ratos que habían pasado juntos. Evocó con cariño sus paseos por la isla y cómo habían empezado adivinar cómo acabaría las frases el otro. ¡Diablos! No pronunciamos en voz alta la mitad de las conversaciones, pero todo se entendía. Entonces, mientras miraban los escaparates de las tiendas y las galerías comerciales del pequeño pueblo civil cuya existencia en la isla había permitido ComStar, descubrieron lo similares que eran sus gustos.

Y luego hicieron el amor. Al principio deprisa, pero siempre con ternura y amor. Fue algo más que la mera unión de sus cuerpos. Se ansiaban mutuamente, pero también ansiaban complacer al otro. Deseos expresos o callados eran satisfechos por el otro y compartían físicamente el amor que ligaba sus espíritus.

Dan suspiró. Soy tan feliz que me da miedo. Desde estas alturas emocionales, sólo puedo estar seguro de que acabaré cayendo. Detesto tener que separarme de Jeana pero, como anoche, no tengo elección. Soy un mercenario y ella sirve a la casa real lirana. Tengo su corazón, pero creo que necesito aferrarme a algo más firme...

Se apartó del sendero y prosiguió con cautela por un camino enlosado que se desviaba hacia el este. La silueta del bungalow podía distinguirse contra el fondo del océano iluminado por la luna, en medio de un pinar. Un amplio porche rodeaba el achaparrado edificio y había una columna en cada esquina soportando la inclinada techumbre.

Dan subió los escalones de madera, cruzó con paso rápido la plataforma de entrada y llamó a la puerta.

—Soy Dan, papá.

Quintus abrió la puerta, sonriente.

—No esperaba verte por aquí, Dan.

—Vi a mamá en la recepción y me dijo que no tardarías en volver. Pensé que podría encontrarte aquí y charlar contigo un rato. —Bajó la mirada—. Quiero decir que..., bueno, supongo que si hay algún lugar seguro en esta isla, es éste...

Quintus asintió e invitó a entrar a su hijo en el amplio recibidor. El tercio central de la pared del fondo era de vidrio, lo que ofrecía a padre e hijo una vista excelente del océano y una parte de la blanca playa. El ventanal se extendía hasta la mitad del tejado, formando un tragaluz parcial que proporcionaba el espectáculo del brillante cuarto creciente de la luna.

La alfombra, de color crema, hacía juego con las paredes y daba a la estancia un ambiente alegre. Un ventilador giraba despacio en el cavernoso techo. Dan hizo una mueca al ver varios cuadros neocubistas colgados de las paredes, pero comprendió que habían sido seleccionados porque sus colores hacían juego con los tonos rosados y azules, más apagados, de las almohadilladas sillas, el sofá y el confidente colocados en el centro de la habitación. Una enorme chimenea de piedras poco pulidas dominaba la pared exterior. Enfrente, un corto pasillo se adentraba en el bungalow.

Dan miró los papeles amontonados en el sofá y se fijó en una copa medio llena de un líquido ambarino, que se hallaba sobre una mesa de superficie de cristal situada entre las sillas.

—Espero no haber interrumpido nada —comentó Dan, señalando la copa.

—En absoluto, hijo mío. Acababa de servirme una copa cuando llamaste a la puerta. Tengo un bar bien aprovisionado en la cocina. ¿Quieres tomar algo?

Dan meneó la cabeza. Aquí había alguien. Tú no bebes nunca solo, padre, ni tampoco bebes whisky.

—Mientes como un bellaco.

Quintus sonrió a su hijo, con expresión ladina.

—¿Llamas mentiroso a tu padre, Dan? —Su rostro adquirió una exagerada expresión de pesar—. Supongo que debe de ser cierto eso de que ser un mercenario despoja al MechWarrior de su moralidad.

—Touché. —Dan se echó a reír y señaló la copa—. No es necesario que te la acabes para convencerme.

—¡Gracias a Dios! El whisky escocés me parece espantoso.

Dan asintió y se sentó en la silla acolchada más próxima. La giró hacia la que había ocupado su padre, con lo que disfrutaba de una vista parcial del océano. Al sentarse, Dan oyó ruidos en el tejado. Quintus se fijó en su actitud preocupada, pero no le dio mayor importancia.

—Mapaches. Ésta es una de las pocas regiones en que se los puede ver en estado salvaje. ComStar los reintrodujo en su medio ambiente hace un siglo, utilizando ejemplares de su zoológico.

—ComStar ha cambiado la Tierra, ¿verdad? Cuando uno viene en una Nave de Descenso, nadie podría adivinar lo mal que estaban las cosas durante las guerras que precedieron a la conquista del planeta por ComStar.

Quintus asintió.

—Supongo que no has venido a hablar del éxito de ComStar al crear condiciones ambientales terrestres en la propia Tierra.

—Es cierto —reconoció Dan. Se mordisqueó el labio inferior y sonrió débilmente—. He conocido a una mujer..., bueno, de hecho la conocí en Tharkad..., pero he vuelto a verla aquí. Estoy...

—Estás enamorado de ella —dijo Quintus, y se arrellanó en la silla.

—Eso creo. ¡Diablos, no! Estoy seguro.

Quintus sonrió jovialmente.

—Bien. Me alegro por ti, Dan. Tu madre dirá que es demasiado joven para ser abuela, pero a mí no me importa que nazca una nueva generación de Allard. —Le guiñó el ojo—. Y ya sabes que tu abuelo estará encantado.

—¡Eh, no tan deprisa! —dijo Dan, levantando las manos—. No he venido a pedirte que le digas al Príncipe que convierta la ceremonia en una boda doble. Pero es verdad que quiero a esa mujer y creo que ella comparte mis sentimientos. —Suspiró hondo—. Confío en ella más que en la gente de mi lanza de ’Mechs, pero hay algunas cosas que no puede revelarme sobre sí misma. Quiero saber si tú podrías investigar en su pasado.

Quintus entornó los ojos.

—¿Estás proponiéndome que abuse de mi cargo como ministro de Inteligencia, Información y Operaciones de la Federación de Soles?

—¡Por favor...!

—Por descontado, hijo mío —respondió Quintus, asintiendo—. ¿Qué sabes de ella?

Dan tragó saliva y se concentró.

—Es un poco más baja que yo y no debe de pesar más de sesenta kilos. Tiene el cabello castaño y los ojos verdes...

—Todo eso puede cambiarse.

—Es cierto. Dice llamarse Jeana y diría que tiene veintitantos o treinta años. Creo que ha sido adiestrada como MechWarrior, pero no tiene cicatrices ni heridas de combate. Ha venido con la comitiva real lirana y está muy próxima a la heredera del Arcontado.

Quintus enarcó una ceja al oír el último dato.

—Podría pertenecer al CIL. ¿Algo más?

Dan levantó la mirada, tratando de recordar algún otro detalle que Jeana hubiera dejado escapar durante el tiempo que pasaron juntos. Cuando abrió la boca para añadir un último dato a la lista, vio una sombra a través del tragaluz. La suave luz de la habitación se congeló y brilló en un lado de la sombra. Dan reaccionó como un resorte.

Recogió los pies bajo la silla, se abalanzó sobre su padre y, cogiéndolo a la altura del pecho, dio un vuelco. Ambos hombres cayeron de la silla y rodaron por el pasillo.

Sobre ellos brotaron varias llamaradas de la boca de una ametralladora. Una ráfaga de balas atravesó el tragaluz y dibujó una irregular línea de orificios a lo largo de la alfombra. La lluvia de proyectiles envolvió la silla de Quintus en una nube de astillas y plumas. Las detonaciones ahogaron el estrépito de balas rebotadas y cristales rotos.

Dan aprovechó su impulso para meter más adentro del pasillo a su padre. Luego buscó con la mirada al asesino. El resplandor de los fogonazos dibujaba oscuros surcos en el odioso semblante del pistolero y teñía de color rojo sangre sus anchos dientes. Cuando se cruzaron sus miradas, Dan se sintió dominado por el pánico. El asesino sonrió como un demente y apuntó hacia el pasillo.

Una luz verde de brillo cegador bañó la habitación. Dan entrecerró los ojos para protegerlos de aquella luz tan intensa y vio que un rayo fino y centelleante atravesaba el costado izquierdo del asesino, debajo de las costillas, y volvía a salir por su hombro derecho. El pistolero se quedó paralizado, como si todos los músculos de su cuerpo hubiesen quedado tensados por la afluencia extra de energía. La luz verde desapareció de repente y el asesino se desplomó hacia adelante como una marioneta a la que hubieran cortado los hilos. Cayó a través del tragaluz y chocó contra el suelo, entre los fragmentos de cristal y las plumas blancas del relleno de las sillas.

Dan se frotó los ojos, en un vano intento de eliminar de su mirada el resplandor del láser. Quintus se arrodilló junto a su hijo.

—¿Estás herido, Dan? ¡Dios mío, tienes la cara bañada en sangre!

Dan apartó las manos del rostro y vio sangre en la diestra. Se volvió hacia su padre y se alivió al ver que la preocupación se desvanecía de su semblante.

—Es sólo un pequeño corte sobre el ojo derecho, Dan. Ni siquiera se te formará una cicatriz.

—Probablemente me hirió algún fragmento de vidrio.

Quintus contempló las sillas destrozadas.

—Me has salvado la vida, Dan. —Sacó un pañuelo del bolsillo de sus pantalones y añadió—: Estuvo tan cerca que espero que no me vuelva a suceder nada igual.

Dan cogió el pañuelo y se lo llevó a la frente. Se apoyó en la pared y se incorporó poco a poco. Se acercó al cadáver y dio una patada a la ametralladora que aún empuñaba el asesino en su inerte mano.

—Cabellos oscuros, piel morena. —Miró a su padre—. Parece proceder de algún enclave indio o azami... Esos pueblos no suelen mezclarse con otros. Los antepasados de Subhash Indrahar fueron indios y los azami viven en el Condominio Draconis. ¿Crees que podría tratarse de una operación de las Fuerzas Internas de Seguridad de Kurita?

Quintus se arrodilló junto al cadáver.

—No. Si el Condominio quisiera matarme, habrían usado a los nekekami.

—Los Gatos Fantasmas. Tengo entendido que son invisibles como el viento y alumnos de la propia Muerte.

Quintus hizo una mueca.

—Tienes razón. Sin embargo, es probable que este tipo sea indio. —El conde echó un vistazo a las botas—. Mojadas y con arena en las suelas. Ha venido del mar.

—Eso explica las marcas rojas bajo los ojos —corroboró Dan—. Se las causó la máscara de buceo. Seguramente dejó el equipo junto a la orilla y se puso este mono negro.

Quintus señaló la quemadura y el orificio que tenía bajo las costillas.

—Tuvo que ser un fusil láser. Un blanco nítido.

—Por el ángulo de entrada, el rayo ha debido de atravesar ambos pulmones y el corazón. Pero no ha sangrado. El rayo lo cauterizó todo.

De súbito, la puerta principal del bungalow se abrió de par en par. Dan se puso en cuclillas al ver que entraban dos individuos ataviados con armaduras personales de combate de la Infantería Aeromóvil. Los dos soldados cubrieron toda la estancia con los cañones de sus fúsiles automáticos. Los cascos y las viseras opacas les tapaban el rostro, pero Dan reconoció enseguida el emblema de la estrella dorada que lucían en las corazas.

—Todo limpio —anunció la voz alterada por ordenador de uno de ellos. Él y su compañero se pusieron firmes y el capiscol de Tharkad entró en la habitación.

—Ministro Allard..., capitán,.., ¿están heridos?

Quintus meneó la cabeza y Dan se encogió de hombros.

—Sólo es un rasguño —dijo.

El capiscol asintió con gesto distraído y echó un vistazo al cadáver.

—¿Les disparó a través del tragaluz?

—Sí —respondió Quintus—. Dan me apartó de la silla cuando iba a atacamos. Rodamos por el pasillo y eludimos la primera ráfaga de disparos.

El capiscol de Tharkad se esforzó por sonreír de manera despreocupada.

—¡Qué suerte! Excelente disparo, capitán.

—Ojalá pudiese atribuirme el mérito, capiscol —replicó Dan—, pero el disparo se hizo desde el exterior.

El capiscol entornó los ojos durante una fracción de segundo. Luego, una amplia sonrisa alegró su semblante.

—¡Bien! Me alegro de que nadie haya sido herido de gravedad. Si nos permiten que nos quedemos por aquí un par de horas, les aseguro que volveremos a ponerlo todo en orden.

Dan titubeó. Mientras alguien merodea por esta isla con un fusil láser, ¡usted se preocupa por nuestra comodidad! La ira agitó sus rasgos como una tormenta, pero Quintus lo cogió del brazo.

—Ven, Dan. Dejemos que el buen capistol y su gente arregle este... incidente.

El capistol asintió y sonrió con amabilidad.

—Sabía que usted lo comprendería, ministro. No querríamos estropear la boda alarmando de manera innecesaria a los invitados. Todo se llevará a cabo con suma discreción.

Quintus sonrió y acompañó a su hijo hasta la puerta, pasando entre los guardias de ROM.

—¡Ah, capiscol! —exclamó, volviéndose.

—¿Sí, ministro?

—Que la Paz de Blake sea con usted...