XLIX. Tañidos a lo lejos

La misa dominical y el resto de los actos religiosos parroquiales recayeron en un joven sacerdote recién salido del seminario, y en el pueblo, tan acostumbrados a sus idas y venidas, nadie echó en falta al padre Rubán: sus adeptos, porque creían que su vuelta no se haría esperar, y los más críticos, porque vivían más relajados y tranquilos sin sus soflamas.

A Danchart le vino de perlas la marcha del sacerdote, pues Couthon dejó de pedirle que intentase apaciguarlo y sus visitas al palacio se convirtieron en anecdóticas. Al dejar de recibir la presión que, hacia un lado u otro, siempre ejercían los dos sobre él, Danchart comenzó a sentir una nueva sensación de indiferencia hacia todo lo que le llegaba de París. De repente se sentía ya totalmente ajeno a lo que sucedía en el país. Le daba igual el destino de la Iglesia, del rey, de la Asamblea… Dejó de leer la prensa, de atender en El Español cuando alguien hablaba de revoluciones o impuestos…; solo le interesaban las pequeñas cosas del día a día. Cortar leña, limpiar las cuadras de los caballos, podar los árboles…

Danchart también se dio cuenta de que cada vez dormía más y mejor. Y sobre todo, lo hacía más a menudo en su habitación, acostándose incluso algunas veces temprano, aunque todavía se quedaba dormido algunas noches al calor de la hoguera y Sonia seguía arropándolo entre caricias.

La verdad es que Sonia parecía acariciar cada cosa que hacía. Decoró la casa con hermosas cortinas, majestuosos candelabros y cientos de pequeñas figuras que consiguieron que hasta el gran salón pareciese un lugar acogedor. Las camas se cubrieron con las mejores colchas y las habitaciones se llenaron de colores, de tocadores y espejos. El palacio de Clermont relucía incluso más que antaño.

Danchart hablaba a veces de dar una gran fiesta, pero Sonia siempre se mostraba reacia.

—Si quieres organizar una fiesta, hazlo, pero no me pidas que acuda.

Y aunque Danchart intentaba convencer a la joven, esta siempre encontraba algo muy urgente que hacer y dejaba al muchacho con la palabra en la boca.

A Sonia no le temblaba el pulso para coger la calesa e ir a Clermont. Vestía elegante, y hacía y deshacía en nombre del conde sin ningún miedo. Ahí no la vencían los cuchicheos de las mujeres que no se detenían a su paso ni las groserías de algún hombre que quizá antes le había puesto la mano encima. Además, notaba que cada vez los cuchicheos eran menos y las groserías habían recibido alguna respuesta violenta de más de un tendero que sabía valorar la bolsa que la muchacha traía. Eso Sonia lo soportaba sin problemas. Pero no se imaginaba escuchar esas palabras —¡qué escucharlas!, ¡simplemente imaginar que alguien las pensaba!— estando Danchart a su lado. Entonces el bochorno la tomaría atormentándola y a eso no estaba dispuesta a enfrentarse.

Danchart no conocía con certeza las inquietudes de Sonia, pero las intuía. Intentaba por todos los medios hacerle ver que a él no le importaba el pasado de ella y continuamente le pedía que le acompañase.

Una nueva oportunidad se le presentaba a Danchart para convencerla y estaba dispuesto a intentarlo de nuevo. Aunque las visitas de Couthon al palacio se habían reducido y Danchart huía de la conversación política del abogado a la menor ocasión, el cariño mutuo seguía existiendo y Couthon no dudó un solo instante en ponerlo en un sitio preferente en la lista de invitados a la fiesta que daría para celebrar su nuevo cargo de presidente del Tribunal de Clermont.

Danchart le había venido diciendo a Sonia los días anteriores que estuviese lista y guapa para el día de la fiesta de Couthon; y ella siempre le había sonreído y había acompañado esa sonrisa de alguna expresión del tipo «¡Qué loco estás!».

En el último momento de la tarde, con él correctísimamente vestido y sentado en la salita, se produjo el último intento para que le acompañase. Sonia iba hacia la cocina con una tinaja vacía bajo el brazo cuando Danchart, mostrando normalidad, la azuzó:

—Pero Sonia, ¿aún así? Cenamos en casa de Couthon en media hora.

Sonia cambió la habitual sonrisa por una mueca.

—Vamos, Danchart. Vete ya y déjate de tonterías.

Danchart impulsivamente cogió a la muchacha del brazo.

—Vamos, Sonia. Ven conmigo.

Danchart la miraba fijamente a los ojos. Y en la mirada del joven y la fuerza con la que la agarraba, Sonia notó una inusual carga de deseo.

—No, Danchart. Sabes bien que no voy a ir. Y suéltame el brazo.

Danchart la soltó, sorprendido de la fuerza con la que la había agarrado.

—Perdona, Sonia. Lo siento.

—No te preocupes. No ha sido nada.

Sonia recuperó la sonrisa e intentó seguir su camino, pero Danchart volvió a detenerla. Esta vez suavemente. Dejando caer sus dedos sobre el brazo de la muchacha. Deslizándolos hasta juntarlos con los de ella y deteniéndola simplemente con la yema de su dedo índice.

—Ven conmigo, por favor.

Sonia posó la tinaja y permaneció unida a Danchart por aquel escaso roce de los dedos.

—Por favor.

—No me pidas eso, Danchart. No quiero sentir esa enorme felicidad; la de estar así a tu lado. No podría superar perderla.

Danchart se levantó entonces, sin dejar de sentir el roce de la piel de la muchacha. Se puso tras ella y se hundió entre su cabellera de rizos negros.

—Quizá ha llegado el momento de que los dos nos atrevamos.

Sonia cogió entonces los brazos del muchacho y se rodeó de ellos al tiempo que cerraba los ojos.

—No digas nada más, Danchart. Por favor, no digas nada. Déjame disfrutar de este momento. Déjame grabarlo en todo mi ser para poder revivirlo cuando estés lejos. Cuando este momento esté lejos.

—Quizá no necesi…

—Calla, Danchart, calla. Déjame disfrutarlo un poco más.

Danchart cedió y aspiró con fuerza intentando impregnarse de la esencia de la joven. Quizá fueran unos pocos segundos… Quizá llegasen al minuto. Sonia se soltó, se dio la vuelta y acarició la mejilla del joven.

—Gracias, Danchart. Me has hecho muy feliz.

Danchart se lanzó sobre la muchacha para besarla y ella, sorprendida, lo llevó hacia su cuello.

—Danchart, Danchart…

—Ven conmigo, Sonia.

—No. Así no, ahora no. Tienes que ir donde monsieur Couthon.

Danchart continuaba besando el cuello de la joven. Enredando sus dedos en aquellos rizos negros.

—Ahora solo quiero estar contigo.

Sonia consiguió por fin deshacerse de Danchart, que respiraba ansioso.

—Ahora no. Ve a la fiesta de Couthon. Yo te esperaré.

Danchart seguía jadeando. Se dio la vuelta y salió corriendo. Pensó que cuanto antes llegase, antes se marcharía.

***

El conde salió tan acelerado que llegó un poco antes de la hora convenida al despacho de Couthon, convertido para la ocasión en lo más parecido a uno de los elegantes clubes de los que hablaban las crónicas galantes parisinas. Dos camareros estaban terminando de preparar la mesa y una mujer sentada en una esquina, al lado de la ventana y bajo una lámpara de aceite, leía un libro. Cuando Danchart reparó en ella, Couthon entraba en la sala sentado en una silla con ruedas que empujaba otro hombre, bastante mayor que ellos y desconocido para el joven noble.

—Danchart, llegáis temprano.

—Sí, Couthon. Son las ganas que tengo de felicitaros por vuestro nombramiento.

—Muchas gracias.

—Además, tendré que irme pronto.

—Bueno, como vos veáis. Mirad, os presento a monsieur Roland. Va a París para una misión de la Asamblea.

Danchart sonrió forzadamente, temeroso de caer en una de las interminables conversaciones políticas de Couthon.

—¿Sabéis, monsieur Roland? Albert de Danchart estaba en París en julio del 89. Bueno, os presento. El conde de Clermont. Quizá hayáis oído hablar de él.

Monsieur Roland negó con la cabeza al tiempo que le tendía la mano, e hizo un comentario frívolo sobre la belleza de los paisajes locales, lo que le pareció a Danchart una súplica al viento para que lo liberasen de la temática política. El conde iba a salir en su apoyo con otro comentario igual de frívolo sobre el tipo de aves de la región cuando la mujer del fondo se levantó y se acercó a ellos.

—¿No te cansas nunca de leer, querida? —dijo Roland.

Antes de que los presentasen formalmente, Danchart intuyó por el tono del comentario de Roland que era su esposa, y no su hija, como podía parecer al ver la familiaridad entre ambos y la aparente diferencia de edad.

La mujer se unió al corrillo. Desde el primer momento Danchart se sintió impresionado por ella. De más de cuarenta años, era alta, garbosa, de generoso pecho y rodeada de un aura que encandiló al conde. Enseguida comenzaron a llegar el resto de los invitados, pero Danchart no se apartó en ningún momento de madame Roland. La mujer dirigió sin titubeos la conversación de la mesa. Sus continuas referencias a la Grecia clásica asombraban a los oyentes. Couthon llegó a exclamar sorprendido:

—Parece que hubieseis vivido en la misma república.

—¿La griega o la romana?

Todos sonrieron. A nadie quedó duda de que madame Roland no era lectora de las vidas de reyes y que, además de haber recreado la república en sus lecturas, tenía la aspiración de vivirla en la vida real. De repente, Danchart comenzó a escuchar opiniones que nunca habían pasado por su mente. Se hablaba de república. De un gobierno sin rey. Algo que parecía muy normal al leer algunos clásicos, pero que a Danchart no se le había ocurrido ni contemplar en los tiempos que vivían y con una realeza que llevaba siglos dominando el mundo contemporáneo.

Tras la cena pasaron al salón, donde madame Roland continuó protagonizando la velada. Aquello recordó a Danchart el ambiente de los salones parisinos y no tuvo la menor duda de que aquella mujer triunfaría en la capital. A monsieur Roland no parecía molestarle que su mujer fuese el centro de atención. Sentado en una esquina, Danchart juraría que incluso echó alguna cabezada mientras se acaloraba el debate. Madame Roland, por su parte, no tardó en hacer ver que era la única mujer presente: entre las chanzas de los contertulios, reflexionó en voz alta sobre la necesidad de que la mujer adquiriese más notoriedad en la vida pública.

—¿Acaso creéis que la mujer no puede ejercer en la política? ¿Que no puede ser profesora, jueza o incluso diputada?

Las bromas continuaron entre los hombres que, al tiempo que mostraban un enorme respeto por todo cuanto decía, no daban crédito a estas palabras. Madame Roland no se amilanó:

—Ya veo, sois más de la opinión de que las señoras son un lugar sobre el que hacer ejercicio.

Más de uno enrojeció al oír tal comentario y, hecho el silencio, madame Roland continuó monopolizando el uso de la palabra.

—Rousseau, messieurs. Leed a Rousseau. Hay que leer más. Así empezarán a entender que no hay libertad si la mujer no es igual al hombre.

Danchart, que había sido cómplice silencioso de las risas que habían acompañado las palabras de madame Roland, acabó por abrir sus oídos, bajar la cabeza y escuchar atentamente.

—Habrá libertad cuando la mujer decida libremente a quién unir su mano. Y el mundo será mejor cuando la unión de hombre y mujer sea la unión de dos espíritus puros, que busquen el conocimiento y la verdad en condiciones de igualdad.

Danchart empezó entonces a sentir un cosquilleo y a cubrir su cara con una mueca llena de contradicción. En el silencio no pudo evitar abrir su boca. Tímido, temeroso de una respuesta que conocía, despegó sus labios:

—¿Solo se puede amar cuando se hace libremente?

La mujer sonrió.

—Bueno, no es sobre el amor sobre lo que versa el futuro de Francia. Y no veáis en mí a una experta en las pasiones más allá de lo que va la mía hacia mi hija… y mi marido, pero estoy segura de que solo hay amor cuando hay libertad… y, lógicamente, es correspondido.

Danchart suspiró resignado y un tanto avergonzado entre las miradas curiosas del resto de los tertulianos. Monsieur Roland pareció recobrar entonces la razón más allá del ligero sueño.

—Bueno, Manot, es tarde. Mañana seguimos viaje a París y quizá deberíamos dejar la charla sobre gobiernos y mujeres…

Los contertulios mostraron su disgusto, pero con resignación aceptaron que la velada se había terminado. Se despidieron de madame Roland con efusividad y respeto, y Danchart le hizo saber el enorme placer que había tenido en conocerla:

—De entre todas las personas que conocí en París, gobernantes, asamblearios, abogados, obispos, periodistas…, no sé de nadie en quien depositaría mi confianza para el gobierno antes que en vos.

Manot agradeció el cumplido.

—Seguro que será un placer volver a veros.

Danchart se despidió también de Couthon y de monsieur Roland, que seguía empujando la silla del nuevo presidente del Tribunal Superior de Clermont. Los dos habían trabado una gran amistad y Danchart les deseó que fuese por muchos años.

La noche era ya plena cuando el conde recuperó la inquietud con la que había llegado a la casa de Couthon y, presa de ella, aceleró el galope de su caballo para llegar a los brazos de Sonia lo antes posible. Quería tener sus hermosos rizos negros entre las manos, abrazarla, besarla, hundirse entre sus pechos y hacerle el amor toda la noche. No podía seguir dándole vueltas a lo mismo toda la vida. El amor debe vivirse al lado de los que están cerca. De los que también se dejan querer.

Entró ansioso en la casa y luego en el salón. Todavía había fuego en la chimenea. Sonia no había dejado de esperarle. Estaba en la misma silla en la que cosía cada noche, aunque vencida por el sueño y apoyada sobre la mesa. Danchart se acercó a ella, la cogió en brazos y no la dejó despertar, calmando con susurros las palabras sin sentido que balbucía la muchacha. La posó sobre la cama, la tapó con una manta y la besó en la frente. Iba a empezar una nueva vida y no le importaba esperar a mañana.

Apagó el fuego de la chimenea, las lámparas de aceite, y subió a su habitación. Se sacó la chaqueta, la camisa y la camiseta cuando escuchó un ruido lejano. Abrió de par en par la ventana. El frío lo tomó por sorpresa, pero decidió vencerlo para llenar sus pulmones de aire fresco. El sonido volvió a turbarle…; aun así, cerró los ojos y volvió a respirar profundamente. La tercera vez que se rompió el silencio de la noche a Danchart no le cupo la menor duda de que era la campana de la iglesia de Clermont la que sonaba. Danchart nunca la había oído desde allí y, sin embargo, sonaba como si quisiese hacerlo en la misma puerta del palacio. Con firmeza y secamente, dejando que a cada campanada siguiese un sepulcral silencio… Alguien había muerto en Clermont.

***

Cuando Danchart se despertó, todavía cantaba algún gallo. Se levantó ansioso y, vestido únicamente con el largo calzoncillo de invierno con el que habitualmente dormía y la chaqueta, bajó las escaleras dispuesto a ver a Sonia. A abrazarla, a besarla… En la misma entrada de la casa le sorprendió encontrarse con Galé.

—Buenos días, Galé. ¿Cómo has llegado tan temprano?

Galé bajó la cabeza. Sus manos jugaban nerviosas con un grueso gorro.

—No sé si debo deciros esto…, pero si no lo hago, quizá no os parezca bien.

—¿Decirme qué? Me asustas cuando te andas con tantos rodeos, Galé.

Galé levantó entonces la cabeza y, al tiempo que posaba una mirada interrogante en el joven, le sacaba de su incertidumbre.

—Ha muerto el banquero Munot. Falleció anteayer, en París. Su cuerpo llegó esta madrugada, y bueno…, supongo que lo enterrarán hoy mismo.

Danchart se sentó en las escaleras. Lo hizo despacio. Sus ojos grises quedaron perdidos.

—Gracias, Galé. Has hecho bien en decírmelo.

—Al parecer le falló el corazón… Supongo que no lo había pasado bien en los últimos meses.

—¿Qué pasa? ¿Qué hacéis ahí? —les sorprendió la medio dormida voz de Sonia desde la sala de estar.

Danchart se levantó, se acercó a ella y la besó en la frente. Fue un beso largo, lo que asustó a la muchacha.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué tenéis esas caras?

Galé decidió entonces borrarse de la situación.

—Bueno, me marcho, tengo cosas que hacer.

Danchart pidió a Sonia que le buscase jabón y sales mientras él ponía agua a calentar para darse un baño. La muchacha fue a buscar lo que le pidió, pero un incomprensible nerviosismo comenzaba a apoderarse de ella. Tiró cuatro o cinco frascos al suelo antes de dar con las sales en su cajón habitual. Cuando al fin dio con ellas y sin recoger nada del suelo, salió hacia la cocina. Danchart no estaba allí y no había ninguna olla al fuego. Sin embargo, un rastro de agua conducía hacia la habitación en la que se solían bañar.

El joven estaba dentro del barreño. El agua apenas le cubría.

—¿Qué pasa, Danchart? ¡Qué pasa! ¿Te has metido en el agua fría?

—Sí, por favor. Tráeme otro cubo.

Sonia le llevó un par de cubos más. Danchart apenas reaccionó cuando el agua helada le cayó encima. Ni a eso ni a las preguntas de Sonia.

—¿Qué pasa, Danchart? ¿Qué ha ocurrido?

Aunque el agua ya le cubría hasta el pecho, Sonia volvió con otro cubo. Insistió en sus preguntas y Danchart le contestó sin salir de su ensimismamiento.

—Nada, Sonia. Nada.

La muchacha dejó entonces caer el agua fría sobre la cabeza de Danchart que, tras soltar un alarido, se sumergió por completo en el barreño. El joven pasó un buen rato en el agua. Alternó momentos frotando con fuerza y despilfarrando el jabón y las sales con otros de mirada perdida. Cuando terminó de bañarse, pasó por la cocina buscando a Sonia con el ánimo de darle una explicación, pero no estaba allí. Se puso un chaleco y una chaqueta negra sobre la camisa blanca y un largo pantalón oscuro. Volvió a intentar encontrar a Sonia sin éxito, montó su mejor caballo y se marchó a Clermont.

De camino, miles de dudas, ideas, contradicciones le venían a la cabeza. Planeaba cosas que hacer y que decir, y al mismo tiempo pensaba en dar la vuelta y volver al palacio. En esas estaba cuando sin preverlo se plantó frente a la casa Rocheteau en Clermont. Fue un fogonazo repentino que a punto estuvo de tirarlo del caballo. Ante él se presentaba más cruda que nunca aquella mansión de la que seguía pendiendo un cartel con el letrero de «Se vende» y a la que los matorrales y las zarzas comenzaban a atacar por todos los lados. Dos cristales rotos afianzaban la idea de abandono y de la verja ya habían caído un par de barrotes. Danchart no pudo mantener la mirada y picó su caballo para que acelerase el paso y lo sacase de delante de aquella casa lo antes posible. Y se dio cuenta entonces de que cabalgaba sin rumbo fijo. Supuso que la familia del banquero se habría alojado en el hotel del pueblo frente a la misma iglesia. Decidió entonces evitar el centro y en una de las tabernas más escondidas del pueblo ató su caballo y entró.

Era temprano y estaba vacía, pero aun así pidió unos huevos con pan y chorizo para comer. Se sentó en una esquina, en el lugar más oscuro. No quiso nada de beber y pagó al ser servido. La taberna se fue llenando y Danchart esquivó la mirada de las dos o tres personas que podían conocerle. No tardó en convertirse en el tema de conversación de la taberna la muerte del banquero. Danchart cogía frases de una y otra mesa.

—Estaba arruinado.

—Lo enterrarán a las dos.

—Se mató.

—El cuerpo ya desprende hedor.

—Lo mataron.

—Pidió a sus hijas que le dieran sepultura aquí, junto a su mujer.

La taberna comenzaba a vaciarse cuando Danchart decidió salir de su escondrijo y encaminarse con paso firme hacia la iglesia. En el reloj del campanario iban a dar las dos, pero al doblar la calle que debería conducirle a la plaza dio la vuelta. Callejeó durante un buen rato, ahora hacia un lado, ahora hacia el otro. A media tarde volvió a entrar en una taberna. «El cuerpo ya debía de estar enterrado. Ya debían de haberlo enterrado», oyó decir. Bebió dos jarras de limonada y pidió una botella de ginebra que permaneció a su lado sin ni siquiera abrirla. Pasó horas en una esquina. Oculto. Esquivando las miradas de todo el mundo. Nadie pudo ver su rostro, cada vez más hirsuto conforme pasaba el día. Ni sus ojos grises con la mirada perdida. Volvió a salir a la calle y volvió a emprender decenas de viajes de ida y vuelta.

Ya caía el sol cuando se descubrió en la parte de atrás del jardín de la mansión Rocheteau. Allí la vegetación era todavía más salvaje. Las zarzas trepaban la valla y Danchart también lo hizo. Se coló en aquel jardín donde sobrevivían las mesas redondas de mármol blanco rodeadas de bancos de piedra con forma de media luna. Los llorones dejaban llegar sus ramas hasta el suelo. Decenas de estatuas permanecían inertes, más frías que nunca. Las ramas rebosantes de hojas oscuras compartían espacio con ramas peladas, desnudas, alejadas de la primavera y también de los días felices. Los días felices de aquel jardín, que lo habían sido también de Danchart. Se sentó en una de las medias lunas. Se sorprendió paseando sus manos por cada lugar al tiempo que él paseaba por sus recuerdos en la memoria. Mezclaba sonrisas tiernas en su rostro mientras traía a su mente esos recuerdos. Mientras traía a su mente a aquel niño y aquella niña que jugaban a besarse ante la risa estruendosa de un tercero…

Entonces oyó un ruido. El chasquido de una rama al partirse bajo un zapato y, después, alguien doblando la esquina de la casa. Danchart se escondió tras un árbol y permaneció agazapado. Observaba cómo Marie pasaba sus manos por cada esquina, sobre cada figura…, quizá también sobre cada recuerdo. Danchart se agachó. Asustado. Temeroso. Su corazón palpitaba a toda velocidad. Marie se sentó en la otra mesa. Vestía un traje negro, con un hermoso y pequeño sombrero negro que dejaba caer por delante un velo del mismo color. Sobre el hombro llevaba una sombrilla que hacía girar sobre sí misma con un leve movimiento de los dedos. Marie volvió a levantarse. Continuó pasando sus dedos por cada recoveco.

Danchart dio entonces un paso al frente, volvió a sentarse sobre la media luna y bajó su cabeza. Marie se acercó a él. Despacio. Sin dejar de deslizar sus dedos entre las ramas, hasta que acabó por posarlos sobre la cabeza de Danchart. Los hundió entre sus cabellos.

—Lo siento… —dijo Danchart.

—Lo sé.

Danchart se abrazó entonces a la muchacha. Posó su cabeza sobre su vientre y lo besó despacio.

—No sé vivir sin ti. —Marie mesaba los cabellos del conde—. Nunca he dejado de esperarte, Marie. Aquí, en Clermont…, como tú me pediste.

Marie bajó sus labios y besó la cabeza de Danchart.

—Me he casado.

—¿Te quedarás, verdad? Ahora te quedarás y todo volverá a ser como antes.

—No puedo, Danchart. Mi marido es el médico del rey.

—¿Y qué hago yo, Marie? No sé vivir sin ti. ¿Qué hago yo sin ti?

—El rey lo necesita. El rey tiene que salir de Francia y solo los más valientes pueden sacarlo. Mi marido lo conseguirá. Es un gran hombre. El más audaz y leal. Y yo voy a estar a su lado.

Marie volvió a besarlo en la cabeza, jugó con su cabello, acarició su rostro, se soltó y se fue. Lo hizo despacio, volviendo a pasar sus dedos por cada recoveco de aquel jardín y su mente por cada recuerdo de la memoria. Danchart permaneció observándola. Inerte. Sin que de él brotase ni una sola lágrima, pues hacía tiempo que ya no le quedaban.

Ni la belleza salvará al mundo
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