XIII. Los Estados Generales
Danchart abandonó a Serrant cabizbajo, tremendamente afectado por la situación en la que había quedado aquel hombre al que tanto aprecio había cogido en tan poco tiempo. Pensó en dirigirse inmediatamente a Versailles y cumplir la promesa que le había hecho al viejo impresor; sin embargo, había tomado una determinación, y esa no era otra que la de leer antes aquella misteriosa carta. Si Serrant le había engañado, si los hombres del rey habían puesto su vida en peligro, si Marie no había hecho caso a sus súplicas, si su padre lo había colocado en la trágica disyuntiva de coger un dinero manchado de sangre… Si, en resumidas cuentas, no podía confiar en nadie, tampoco estaba dispuesto a volver a correr un riesgo por nadie, y no entregaría aquella carta sin conocer su contenido.
Así pues, desdobló el pergamino y pudo leer en una letra poco cuidada:
Mantenemos una imprenta, pero no puedo utilizarla. Los hombres de Bouillé me han descubierto. La imprenta se encuentra en el 11 de la Rue de les Ciprians. Está en pésimas condiciones, y mis muchachos no podrían hacerla funcionar. Linguet debe volver lo antes posible a París y tomar el mando de la propaganda reformista. Intentar cualquier cosa sin el apoyo del pueblo sería una locura. Espero que toméis la mejor decisión posible. Tened cuidado, estáis en la lista de Bouillé y pueden ir a por vos en cualquier momento.
A Danchart tampoco le sorprendió nada de la misiva: lo que no sabía antes de leerla podía haberlo intuido perfectamente. En aquel momento solo le intrigaba quién era aquel conde que se ponía a la cabeza de protestas contra el rey, y sin más dilación tomó camino hacia Versailles, donde por separado se reunían los Estados Generales.
El parlamento estaba tomado por las fuerzas del rey, como le había informado Serrant, y Danchart tuvo problemas para llegar al salón de la nobleza, donde esperaba encontrar a Mirabeau. Lo detuvieron dos guardias reales, pero Danchart, con la mayor de las arrogancias, se presentó como vizconde de Clermont y los guardias, temerosos de represalias, lo dejaron pasar.
Gran parte de la nobleza de Francia se reunía en distintos corrillos que se formaban a lo largo de los pasillos. Danchart palideció en aquel momento, pues cayó en la cuenta de que tras cualquier esquina podría encontrarse con su padre. A pesar de su condición de noble, apenas conocía a los que por allí estaban, pues además de su juventud, criado en el campo y alejado de la vida palaciega y los bailes de Versailles, nunca había alternado demasiado con sus supuestos correligionarios. Danchart se puso nervioso y pensó en entregar cuanto antes la carta y salir de allí. Se acercó a un corrillo de tres hombres que permanecían algo separados del resto y preguntó por el conde de Mirabeau.
—¿Quién lo busca?
—Soy el vizconde de Clermont.
—¿Clermont? Llegáis con un mes de retraso.
—¿Perdón? —Y Danchart clavó en aquel hombre aquella mirada incisiva que siempre le acompañaba con aquella expresión.
—Habéis faltado a todas las votaciones de la Asamblea… No sé qué deberes más importantes que el futuro de Francia habéis tenido que atender. Soy el marqués de Lafayette —aquel hombre le extendió la mano—, y estos son el duque de Rochefoucauld y el conde de Rochambeau.
—Perdonad, amigos, busco al conde de Mirabeau.
—El conde no forma en nuestro estado, aunque sí en nuestra causa, y me alegraría saber que vos también lo hacéis.
—Disculpad mi desconocimiento, pero he pasado algún tiempo fuera y desconozco los mecanismos que rigen esta reunión…
—No os disculpéis por eso. Ninguno de los presentes sabemos a ciencia cierta cuáles son los criterios. —Y rio tras hacer este comentario el duque de Rochefoucauld.
—Mirabeau está en la reunión del tercer estado.
—Pues si me disculpáis…
—Perdonad, joven, si vais a reuniros con él, ¿podéis hacerle llegar un mensaje?
Danchart se sintió como uno de sus sirvientes del palacio de Clermont, de un lado para otro llevando mensajes. Lafayette se acercó a su oído y le dijo:
—Confirmadle que puede contar con nosotros si lo considera preciso.
Danchart se despidió y salió sobresaltado.
El tercer estado se reunía en otra sala, rodeado del doble de guardias que la reunión que ya unía a nobleza y clero. Lo detuvieron en la puerta y le pidieron que se identificase.
—Soy el vizconde de Clermont.
—¿Estáis convocado a los Estados Generales?
—Sí —contestó algo tembloroso Danchart—. Represento al condado de Clermont.
El guardia comprobó un listado de los asistentes.
—Perdonad, aquí pone que los representantes del tercer estado en la conferencia por Clermont son Laurent Munot y Christopher Rigaudeau…
—Represento a la nobleza y vengo en nombre del rey. Si no queréis que vuestra cabellera pase a formar parte de la colección de un guerrero iroqués del Québec, dejadme pasar inmediatamente.
El guardia titubeó un segundo, pero acabó por dejarlo entrar.
El ambiente en la sala que ocupaban los miembros del tercer estado era muy distinto al que Danchart había observado en la reunión de la nobleza y el clero. Todos los hombres estaban arremolinados salvo uno, que hablaba desde un altillo.
—Si el rey no accede al voto individual de todos los convocados, no podemos decaer. Debemos mantenernos unidos y rechazar cualquier otro sistema de voto. ¡Un hombre, un voto!
Y todos corearon al unísono al orador. Era evidente que allí se respiraba mucha más unidad que en la sala contigua. Los hombres se dispersaban y Danchart preguntó por Mirabeau. Le indicaron que era el tribuno que acababa de hablar, así que se dirigió hacia él. Estaba rodeado por decenas de personas que lo abrazaban y le vitoreaban, por lo que Danchart logró acercarse con dificultades.
—Conde, necesito hablar con vos. —Danchart apenas conseguía hacerse oír, pero, víctima de los empujones, acabó frente al conde—. Tengo un mensaje para vos de Maurice Serrant.
Mirabeau lo escuchó y le hizo un gesto de paciencia. Minutos después y ya deshecho el tumulto, Mirabeau se acercaba a Danchart.
—Por fin, ¿dónde está Serrant? ¿Está todo previsto? Me tenía impacientado.
—Me ha pedido que os entregue esta carta.
Mirabeau le arrebató la carta de entre las manos y la leyó con ansiedad.
—Maldita sea, ¿qué ha sucedido? ¿Cómo me avisa tan tarde? Linguet no llegará a tiempo a París.
—Serrant ha perdido la vista.
—¿Qué? —Mirabeau se quedó mirando fijamente a Danchart.
—Su revolución no la verá Serrant.
—¿Sois uno de los muchachos de Serrant?
—No, más bien una de sus víctimas…, aunque le aprecio… Tengo otro mensaje para vos. El conde de Lafayette me ha dicho que están a su disposición.
—A disposición de una causa perdida…
—Suerte, conde.
Danchart hizo una reverencia a Mirabeau y salió del parlamento. Si Serrant y sus amigos tenían problemas, no eran los suyos. Él ya no tenía nada que hacer en París. Había tomado una determinación: volvería a Clermont y esperaría a Marie. Si se daba prisa, podría coger la diligencia de aquella misma noche…, pero antes quería verla por última vez.
***
Danchart estaba llegando a la residencia femenina de madame Rovanier cuando observó a varias personas que se arremolinaban en mitad de la calle. Pudo distinguir entre las muchachas a Marie, y su corazón se revolucionó. Nunca había estado tanto tiempo sin verla. Echó a correr hacia ella, y al verlo, Marie también salió a su encuentro. Ambos se abrazaron en mitad de la calle, y algunas de las jóvenes centraron en ellos sus miradas por un instante.
—¡Danchart! Me tenías preocupadísima. Llevo un mes angustiada… ¡Oh, Dios mío, cuánto me has hecho sufrir!
Danchart no decía nada. Simplemente hundía la cabeza en sus cabellos y besaba su cuello.
—¿Dónde has estado?… Estás más delgado… ¿Qué te ha ocurrido?
—Me marcho a Clermont, Marie. Te quiero. Haré lo que tú consideres oportuno. Si quieres que te espere, te esperaré… Toda la vida si hace falta.
—Oh, Danchart. ¡Qué feliz me haces! Así sabré que estás bien, con los tuyos.
Danchart quería decirle que «los suyos» eran solamente ella, y que no podía dejar de tenerla entre sus brazos, pero aquella vez calló. No merecía la pena volver a entrar en disputas. Lo más importante para él era que ella fuese feliz, y si tenía que ser a costa de sus sufrimientos, estaba dispuesto a aceptarlo sin decir palabra.
Los dos jóvenes se acercaron a la acera, donde Danchart vio al doctor Pouget, arrodillado en el suelo y sosteniendo en sus brazos a una niña, sucia y escasamente vestida, que no tendría más de ocho años. Estaba desvanecida, y el doctor Pouget frotaba su pecho mientras las muchachas de la mansión de Rovanier lo observaban expectantes. Marie se separó de Danchart y también ella siguió sus movimientos con atención. La pequeña tosió entonces y aspiró una profunda bocanada de aire. El doctor Pouget, en mangas de camisa y sudoroso, volvió a frotar su pecho, y entonces la niña cambió su tos por una respiración ansiosa.
—¡Respira! ¡Ya respira! —exclamó con júbilo la compañera de Marie; y entonces Danchart observó fijamente a Marie: sus ojos brillaban, su sonrisa era amplia. Desplegaba una belleza y una alegría que jamás había visto en ella… Y Danchart tembló al verla tan radiante y hermosa.
Entonces ella se giró hacia él.
—¿Has visto a Pouget? Ha salvado la vida de esa pequeña. —A Danchart le flaquearon las piernas y se le cubrió la frente de sudor. Marie le tocó la cara—. Estás frío.
Y Danchart se abrazó a Marie como si fuese la última vez que iba a hacerlo en la vida. Había visto en Marie la expresión que siempre había deseado. Una expresión que mezclaba ilusión, admiración y felicidad al mismo tiempo… Sin embargo, algo aterraba a Danchart: aquella expresión de vida y alegría llena de orgullo no la había motivado él.
Danchart seguía abrazado a Marie. Cerraba los ojos y deseaba que aquel momento no terminase nunca. Pero Pouget se levantó entonces y Marie se separó de Danchart.
—Vos sois un hombre del pueblo. ¡Un héroe del pueblo! —exclamó Marie mientras sus ojos brillaban con más fuerza.
Y Danchart solo acertó a decir mientras soltaba la mano de Marie:
—He de irme, o no llegaré a la diligencia que sale para Clermont.
Cuando Danchart dobló la esquina, echó a correr. Quería salir de París lo más rápido posible, así que mandó parar a la primera calesa que vio. Un hombre se le acercó.
—Perdonad, ¿os importaría acompañarme? —le abordó cuando se disponía a subir.
Danchart lo miró entre altivo y angustiado.
—Tengo prisa. ¿Quién sois?
El desconocido sacó una navaja y la puso en el costado de Danchart.
—Por favor, acompañadme a aquel carruaje. Alguien desea hablar con vos.
—No son las maneras propias de alguien que me estime —dijo Danchart mientras hacía lo que aquel individuo le pedía.
Cuando ya se aproximaba al carruaje y aprovechando un despiste de su secuestrador, Danchart lo golpeó con el codo en la cara y comenzó a gritar:
—¡Ayuda! ¡Soy Albert de Danchart! ¡Avisad al Príncipe! ¡Príncipe! ¡Príncipe!
Del carruaje salieron dos hombres que lo golpearon y lo introdujeron rápidamente en el coche. En el interior, además de los dos hombres que le habían empujado, había otro tranquilamente sentado. Fue este quien le habló:
—No sois una persona apacible, vizconde.
Danchart miró fijamente al hombre.
—¿Quién sois?
—Soy yo el que pregunta. Vamos a dar un breve paseo mientras me respondéis a algunas cuestiones. ¿Qué le habéis entregado a Mirabeau?
—Algo privado.
—Joven, no temáis. Soy amigo de vuestro padre. Me ha pedido que cuide de vos, y ni a él ni a mí nos gustan esas compañías.
—Yo elijo a mis amigos, y ni lo sois vos ni lo es el conde de Mirabeau.
—¡Conde! No le llaméis conde. Se ha vendido al vulgo… Al igual que vos, no quiso seguir los consejos de su padre.
—No sé qué asuntos tenéis con él, pero no me interesan. No tengo nada que ver con Mirabeau. Aunque si es enemigo de mi padre, empieza a ser amigo mío.
—Sois insolente, como vuestro padre me había advertido. ¿Sabéis que compadreáis con los enemigos del rey? ¿Con los que tratan de recortar los privilegios que con nuestra propia sangre nos hemos ganado?
—No parecéis haber vertido ni una gota de sangre por el rey.
—Tened cuidado con lo que decís, muchacho, o será la vuestra la primera que haga verter en su defensa.
—Quizá ha llegado el momento de que la situación cambie. Gente como vos o como mi padre solo poseen lo que les han robado a otros.
El hombre clavó su mirada en la de Danchart.
—Joven, seguís con vida únicamente porque sois hijo de vuestro padre.
En aquel momento se detuvo el carruaje. La cara de Rasjwonski se asomó a través de la ventanilla.
—¡Pero si es el marqués de Bouillé! ¡Un placer conoceros!
—¿Quién sois vos? ¿Qué queréis? —inquirió el hombre, levantándose del asiento.
Rasjwonski le apuntó con una pistola.
—Sentaos, os lo ruego… Danchart, de verdad, me tienes preocupado. Te dejo unas horas y ya te metes en problemas. ¡Tengo cosas que hacer, no puedo estar todo el día pendiente de ti…! He quedado con una baronesa para tomar café… Si sigues así, no conseguiré encontrar una madre decente para mis hijos.
Danchart se levantó y abrió el carruaje.
—Realmente no sucede nada en París sin que tú te enteres.
—Has tenido suerte. No andaba lejos de aquí.
Danchart, ya fuera del carruaje, miró fijamente al marqués de Bouillé y le dijo:
—Si seguís vivo, es porque sois amigo de mi padre.