III. La imprenta
Cuando Danchart llegó al palacio de Clermont no encontró la algarabía que esperaba, con capataces yendo y viniendo, hombres a caballo, doctores, sacerdotes e incluso obispos. Por un momento, temió que hubiesen atrapado a Rasjwonski y todos estuviesen en la plaza poniéndole ya una soga al cuello. Cuando entró en el gran salón del palacio, donde en su día se habían celebrado bailes y banquetes para reyes y en el que hacía años que no compartían mesa más de tres personas, encontró a su padre el conde y al abad mayor de Clermont, el padre Farlousse, clérigo principal del condado aunque retirado de los quehaceres diarios, que habían quedado en manos del padre Rubán.
Danchart esperaba recibir alguna información sobre la salud del fraile, o sobre el destino del que ellos consideraban ladrón y quizá asesino, y él, simplemente, su amigo; pero lo que encontró fue la ira del padre Farlousse y por algo que no se podía ni imaginar.
—¡Ah! ¡Estáis aquí, incendiario inconsciente! —fueron las primeras palabras que escuchó del viejo abad, que se dirigía encolerizado hacia él—. ¡Vos, desgraciado hijo de Satanás! Vos, con vuestros panfletos revolucionarios, sois el que instiga al pueblo contra la Iglesia y contra Cristo. Ni vuestra sangre azul os salvará de la espada del arcángel cuando llegue el día del Juicio.
Danchart se quedó absolutamente perplejo. Sabía de los delirios del viejo clérigo, pero realmente no comprendía por qué era él el objetivo de sus maldiciones, si bien no tardaría en hacerlo.
—¿Qué sucede? —dijo temeroso.
—¿Y vos lo preguntáis, pluma de Belcebú?
La mano extendida del conde hizo callar al padre Farlousse mientras tiraba una hoja impresa sobre la mesa.
—¿Has escrito tú eso?
Danchart la cogió, alzó la cabeza y contestó afirmativamente:
—Es la hoja parroquial. La imprimo cada mes.
Y entonces volvió Farlousse a la carga:
—¡Y en ella lanzáis vuestras proclamas contra la Iglesia y no traéis más que desgracias, rebeliones y muertos! ¡Pero a vos nadie os salvará del castigo divino!
El conde volvió a tomar el mando de la conversación.
—¿Y has escrito tú que la Iglesia debe compartir sus bienes con el pueblo, que no es más que lo que Nuestro Señor hizo?
Danchart volvió a responder afirmativamente sin entender todavía la situación.
Desde hacía tres años utilizaba una vieja imprenta situada en los sótanos de una de las casas del condado sin arrendatario para imprimir no solo la hoja parroquial —que, por cierto, redactaba junto al padre Rubán—, sino también un boletín de anuncios que se repartía por toda la comarca con los precios de las mercancías y la llegada de barcos a los distintos puertos de la costa. Aquella actividad era sin lugar a dudas su principal divertimento e inspiración, y primero había pasado semanas para comprender el funcionamiento de aquella maravillosa máquina, los mecanismos que imprimían las letras, el tamaño del papel, el esparcimiento de la tinta…, y luego para ir mejorando las impresiones y la información. Estaba muy orgulloso del boletín de mercancías, y había accedido a editar el boletín parroquial simplemente porque se lo había pedido el padre Rubán.
—No quiero que vuelvas a utilizar ese invento del diablo. ¿Está claro? —le dijo su padre mirándolo fijamente.
Había algo que se le escapaba a Danchart y no estaba dispuesto a dejar de utilizar aquella máquina, que tanto le gustaba, por los desvaríos de Farlousse, y así se lo hizo ver al conde.
—No. No sé a qué viene todo esto. Pero no está nada claro que yo no vuelva a utilizar esa imprenta.
El tono y la arrogancia de Danchart no sorprendieron a su padre. Decir que la relación entre ambos era mala sería faltar a la verdad, porque objetivamente no se podía decir que entre ambos existiese relación alguna. Al conde de Clermont nunca le interesó ni le preocupó nada que tuviese que ver con su hijo, y el vizconde había crecido tan alejado de su padre que no sentía hacia él ningún tipo de afecto. Si a esto añadimos que el vizconde se creía por herencia materna más rico que su propio padre, no es de extrañar que entre ambos se tratasen de tú a tú, de noble a noble, por encima de sentimientos paternofiliales.
El conde intentó entonces hacer ver al joven el porqué de su decisión.
—Supongo que conoces los sucesos de esta mañana en los que un hombre ha robado en la capilla del palacio y ha matado a un fraile.
—¿El fraile ha muerto? —fue la pregunta temblorosa de Danchart.
—Sí, ha muerto, y de una certera puñalada en el corazón. El que lo ha hecho no le ha dejado ni una oportunidad de sobrevivir. —Y un profundo silencio lo caló todo durante unos escasos pero terribles segundos—. Pues bien, el padre Farlousse cree que esos artículos envenenados de tu hoja parroquial rebelan a las gentes del pueblo contra la Iglesia, pues las inducen a creer que, por ejemplo, un santo cáliz les pertenece.
—¡Pero eso es absurdo! —replicó Danchart—. El padre Farlousse sabe tan bien como yo que son apenas dos o tres los campesinos que saben leer, y más mal que bien lo hacen. La hoja parroquial tiene como destinatarios a sacerdotes y frailes, y quizá alguna monja. Y no creo que el padre Farlousse desconfíe de sus propios hombres.
—No son hombres míos —se volvió a alborotar el abad—, sino hombres de Dios. Son dos o tres tan locos como vos los que leen esas blasfemias en los púlpitos, y los que toman la casa de Dios por su casa y las propiedades de la Iglesia por las suyas.
—Perdonad, padre, pero siempre pensé que la casa de Dios era la casa del pueblo.
—¿Veis? ¡Hereje! Ya volvéis a faltar al Altísimo.
El conde volvió a mediar en la discusión.
—Está bien. No prosigamos con esto. Mientras no se sepa quién y por qué ha robado el cáliz y ha matado a un pobre fraile, tú dejarás de utilizar la imprenta. Y después veremos qué se hace.
—Eso no será así —dijo Danchart mirando fijamente a su padre y, dándose media vuelta, se encaminó hacia la puerta, aunque no pudo evitar oír las últimas palabras del conde de Clermont:
—Esa dichosa máquina está en mis posesiones, y mientras sea de mi propiedad, te prohíbo terminantemente que la toques.
Danchart salió del gran salón y se dirigió hacia la capilla donde aquella mañana se había cometido el cruel crimen. Allí sí encontró revuelo de frailes que rezaban ante el cuerpo ya amortajado de la víctima de Rasjwonski. Danchart posó su mano sobre el hombro del padre Rubán que, al verlo, dejó el rosario y se levantó con intención de seguirlo. Ambos salieron de la capilla y comenzaron a dar un paseo por los jardines, como hacían siempre que el vizconde se confesaba.
El padre Rubán gozaba de una gran consideración en el corazón de Danchart y, de hecho, si el joven vizconde tenía alguna escasa noción de lo que significaba padre, de lo que significa el amor, respeto y admiración debidos a quien le da a uno la vida, la volcaba en aquel sacerdote alto y rubicundo con circulares lentes y siempre envuelto en una larga sotana negra.
Danchart no se detuvo en preguntas sobre el fraile muerto o el cáliz, y directamente abordó lo que él consideraba desvaríos del padre Farlousse y la prohibición de utilizar la imprenta.
—Danchart, bien sabes que mi situación, aunque lo pueda parecer, no me permite contradecir al padre Farlousse, y también que no comparto sus ideas. Pero creo que lo mejor es que accedas a los deseos del conde mientras no se detenga al asesino. —Y entonces lo miró con esa ternura de padre con la que lo había visto desde que era un niño—. No temas, pronto lo atraparán. No ha podido ir muy lejos… Pero sospecho que tu aflicción no es solo por la vieja imprenta.
El padre Rubán no se equivocaba. Estaba al tanto del profundo amor de Danchart por Marie y sabía más de lo que el joven creía sobre la próxima partida de la muchacha.
Danchart, sin saber por qué, rompió a llorar.
—No entiendo nada, padre. Se supone que debería ser un hombre absolutamente feliz. Tengo una posición que solo el rey de Francia no envidiaría y, sin embargo, me siento solo, cada día más y más solo.
—El Señor concede penas y alegrías. Hay que saber esperar en la fe. A buen seguro que te mostrará el camino.
—Yo la quiero, padre. Vos sabéis que la amo con absoluta devoción, por encima de todas las cosas.
—No deberías decir eso, hijo; es solo al Señor a quien se debe amar sobre todas las cosas.
—Tengo miedo. Tengo un miedo atroz a pasar un solo día sin saber de ella, sin su cercanía, sin la esperanza de que su sonrisa pueda ser lo último que vea antes de caer el sol. No quiero estar lejos de ella.
—Debes tener paciencia, hijo mío. El Señor sabrá compensarte por ello.
Danchart se enjugó las lágrimas que recorrían sus mejillas.
—No se me ocurre un lugar en el que pasar las horas mientras ella no esté, y sin esa vieja imprenta se hará más atroz para mí el transcurso del tiempo. Allí por lo menos consigo olvidarme unos segundos de que no estoy a su lado. Padre, van a conseguir entre todos que me vuelva loco.
—Fe, hijo mío. Fe.
—No podéis pedirme que tenga fe en mi padre; en su caso solo tengo certeza: la de que no me dejará acercarme a esa imprenta.
—Deja que el tiempo siga su curso. Quizá mañana mismo detengan a ese desalmado, o incluso puede que ya lo hayan hecho.
Pero al pensar en esa posibilidad se aterraba más su corazón, imaginando cuál sería entonces el destino de su amigo Rasjwonski.
—Padre, voy a ir a por la imprenta. La cogeré y la sacaré de allí. ¡La esconderemos!
—Danchart, me pides cosas complicadas…
—Eso es lo que hace Nuestro Señor, padre Rubán. Vos me lo decís desde pequeño: servirle es una cosa complicada. Cojamos el carro y vayamos a buscarla. Vos me ayudaréis, ¿verdad, padre? Yo siempre os he ayudado.
El sacerdote bajó la cabeza y resopló.
—Está bien, buscaré ayuda. Necesitaremos más de cuatro manos para mover ese armatoste.
A media tarde, partían Danchart y el padre Rubán junto a dos frailes hacia el caserón donde se encontraba aquel instrumento para unos del diablo y para otros del mismísimo Espíritu Santo. Danchart se puso nervioso en el mismo momento que divisó a lo lejos las viejas paredes de aquella casa que había convertido en su guarida. Dos capataces de su padre salían de allí. Picó su caballo y galopó tan rápido como pudo hacia ella. Cuando llegó los capataces ya se encontraban bien lejos. Danchart entró ansioso y acelerado en el sótano, donde encontró una imagen que le llenó de rabia y de dolor: la imprenta había sido destrozada. Por el suelo estaban desperdigadas letras, papel…, y partida en cientos de astillas la caja principal de impresión.
Danchart salió de la casa a toda velocidad al tiempo que bajaban los tres frailes de sus mulas.
—¡Desgraciados! ¡Sicarios! ¡Herejes! ¡Colgaré vuestras cabezas de todos los campanarios de Clermont!
—Pero Danchart, hijo mío, ¿qué absurdos dices? ¿Qué ha ocurrido?
—Han destrozado la imprenta, padre Rubán. ¡La han destrozado! —alcanzó a decir jadeante entre lágrimas. Cuando Danchart parecía que se iba a hundir definitivamente hincado de rodillas en el suelo y con la cabeza entre las manos, se levantó repentinamente.
—¿Dónde vas, hijo? No violentes más las cosas.
—Me voy a Clermont, padre. Me voy a ver a Marie. Necesito pedirle que no se vaya. Si ella no está aquí, no sé qué acabaré haciendo.
El padre Rubán se puso ante el caballo y sujetó las bridas.
—Danchart, por favor, no lo hagas. Estás exagerándolo todo y llevas a los demás a hacer lo mismo. Si hubieses tenido paciencia, nada de esto habría sucedido. Quizá mañana cojan a ese desgraciado, pero la herida entre tú y tu padre será más honda. Danchart, debes tranquilizarte. Si no controlas tus sentimientos, ellos acabarán por controlarte a ti.
—Nunca cogerán a ese hombre. Y esa herida de la que vos habláis ya no cerrará jamás. Y ahora dejadme marchar. Yo sé dónde está mi sosiego, la calma de mi alma atormentada, y os garantizo que no voy más que en su búsqueda. Solo encuentro paz en los brazos de Marie.
—Danchart, te lo suplico… Marie ya no está en Clermont.
Danchart palideció.
—¡Pero si he estado con ella hace unas horas!
—Salía en la primera diligencia de la tarde… Tengo una carta que me entregó para ti hace dos días.
Danchart se estremeció, desmontó a toda prisa y cogió la carta que el padre Rubán apenas había sacado del bolsillo.
Querido Danchart:
Espero que no te enfades conmigo, porque cuando leas esta carta —si el padre Rubán ha sido fiel a su palabra, que no lo dudo—, sabrás que me han faltado las fuerzas para decirte toda la verdad. No temas, mi amor, espero que como yo juzgues esto como una pequeña falta que no tiene otro porqué que nuestro amor. He partido hacia París. Te quiero tanto como el primer día que te besé, pero he tenido miedo de que me pidas que no me vaya, pues no habría sabido decirte que no. Ya no habría sido capaz de volver a decirte que aún no quiero casarme contigo, porque es lo que más deseo en esta vida.
Danchart, mi amor, no dudes jamás de mi amor por ti, y espérame como yo te esperaré, hasta que muy pronto volvamos a vernos y estar juntos para siempre.
Tu amor
Marie Munot
Y Danchart ya no tuvo fuerzas para levantarse del suelo durante días. Allí se quedó, tendido en la pradera de la vieja casa en la que acababan de destrozar la imprenta. Con los ojos cerrados y bañados en lágrimas. Sin hacer caso a las palabras del padre Rubán, ni al frío ni al calor, ni a la noche ni al día… Todo el mundo se marchaba a París…
Danchart respondió por fin al roce del rocío sobre sus mejillas en el ocaso de la noche. Se levantó. Pasó más de un mes enclaustrado en aquella casa desvencijada tratando de reparar aquella imprenta irreparable. Sin hacer caso ni a nada ni a nadie. Intentando pasar más de un par de minutos sin pensar en Marie…
Finalmente se dio por vencido: él también se iría a París…