XXXVIII. Primavera

Danchart pasó casi una semana sin decir nada. Dormía la mayor parte del tiempo y cada vez tosía menos, aunque seguía haciéndolo. Las fiebres mantenían aquel ciclo de ir subiendo conforme avanzaba el día, llegar a su cénit en la noche y prácticamente desaparecer por la mañana. Galé y Sonia mantenían sus turnos de cuidado y la muchacha se había hecho con el mando de la cocina, lo que garantizaba un plato de sopa o caldo todos los días y algún tipo de sabor en la caza y el pollo. Seguían comprobando regularmente que no había sangre en los fuertes tosidos de Danchart, lo que unido a la estabilidad que mostraba los hacía ganar en la confianza de que terminase por recuperarse.

Una mañana Sonia se despertó a mediodía, puso algo de caldo al fuego y se quedó por unos segundos mirando a Danchart, que dormía plácidamente. No vio a Galé por ningún lado y decidió regresar a la cocina, llenar un cazo con agua y ponerlo a calentar. Luego se hizo con una de las pastillas de jabón que Galé había traído, se acercó a Danchart y comenzó a embadurnarle la cara. Después cogió una sábana limpia y puso en el agua que ya hervía una navaja de afeitar. Totalmente decidida se sentó ante el conde de Clermont que, dormido o despierto, no abría los ojos. Puso la sábana alrededor del cuello y comenzó a afeitarlo. Lo hizo lentamente, con calma. Cuidándose de no manchar las sábanas. Al principio tenía que estar atenta a mantener la cara de Danchart alzada con la mano que le quedaba libre de la navaja. Cuando acabó con el lado izquierdo y comenzó con el derecho, notó que ya no necesitaba hacerlo porque Danchart se ocupaba de ayudarle en su misión. Terminó afeitándole la perilla y el bigote, para luego limpiarle bien la cara, que acabó mostrándose limpia y hermosa… Tan hermosa que Sonia se sorprendió llevando sus labios hacia ella, aunque tomó conciencia a tiempo de detenerse. Recogió sábanas, aparejos, jabón y palangana y se dirigió a la cocina, en cuyo camino escuchó:

—Gracias.

Al girarse sorprendida hacia Danchart, este seguía con los ojos cerrados, aunque en su radiante cara se podía adivinar el dibujo de una sonrisa.

Cuando llegó Galé felicitó a Sonia animadamente por haberse atrevido a acabar con las barbas del conde, a lo que ella respondió sonriente que pronto le seguiría el cabello. Galé dio después el caldo cucharada a cucharada al enfermo, que se mostró colaborador aunque sin decir nada. Tampoco dijeron nada los cuidadores, aunque en la cabeza de ambos rondaba el mismo hecho: Danchart apenas tosía. Mantenían los dedos cruzados, evitando que al mentarla la dicha desapareciese. Danchart también durmió plácidamente aquella noche y Sonia notó en su guardia que la temperatura del muchacho llevaba varios días descendiendo.

La mañana siguiente, mientras Sonia dormía, Galé pulía maderos en el jardín. Entró un momento a buscar algo de beber y al pasar por aquella sala de estar convertida en habitación, sorprendió a Danchart con los ojos bien abiertos e incorporado sobre la cama. Galé tentó entonces a la suerte y le preguntó:

—¿Qué tal esta mañana?

—Mejor, Galé, mejor. Con hambre.

—Fantástico. Voy a despertar a Sofía. Enseguida preparará la comida.

—No, déjala dormir. No creo que vaya a morirme por esperar algo más.

—No, seguro que no. ¡Sois un roble! —le dijo Galé con una sonrisa de oreja a oreja y una felicidad que no podía esconder.

—¿Dónde duerme Sonia?

—Las primeras noches dormía en el salón, donde lo hacíais vos antes de iros a la capilla. Ahora lo hace en uno de los cuartos que antiguamente usaban los criados, del otro lado de la cocina.

—Esa parte estaba toda en ruinas.

—Bueno, aunque vos no lo creáis, el trabajo de un hombre da para bastante, sobre todo si es tenaz y continuado. Espero que no os moleste que haya empezado por arreglar los cuartos de los criados en lugar de los de los señores.

—Me parece bien, Galé. Creo que no tengo razones para quejarme.

Entonces Danchart tosió levemente y Galé se dio cuenta de que, aunque la mejoría era evidente, el conde no estaba todavía preparado para dedicarse a la tertulia mañanera. Le ayudó a beber, y luego lo conminó a seguir descansando hasta que Sonia se levantase. Para su sorpresa, Danchart le dio la razón, se dejó acomodar y volvió a conciliar el sueño. Cuando Galé terminó, no volvió a su rutina con la sierra, sino que se fue hacia el cuarto de Sonia. Vaciló sobre si entrar o no a despertarla y aprovechó el primer ruido que notó salir del interior del cuarto para llamar a la puerta. Sonia respondió no con palabras, sino saliendo ya vestida.

—¿Qué pasa, Galé? ¿Se ha puesto peor?

—No, no. Al contrario. He hablado con él. Me ha dicho que tiene hambre. ¡Está mucho mejor!

Sonia salió corriendo entonces hacia el cuarto, pero al llegar vio que Danchart volvía a dormir. Lejos de amilanarse o entristecerse, con alegría echó leña a la cocina, dispuesta a preparar una excelente sopa. Galé salió entonces también hacia la leñera donde, en vez de retomar su trabajo en una de las futuras vigas del ahora derruido gran salón, decidió terminar una pequeña mesa con la que Danchart pudiese comer en la cama.

Apenas dos horas después, los tres habitantes del palacio de Clermont volvían a reunirse alrededor del improvisado catre de uno de ellos. Danchart mantenía la viveza que había mostrado antes y colaboraba con Sonia que, sonriente, le daba la sopa como quien se la da a un niño. Galé hablaba sin parar de que ya tenía todo preparado para levantar el piso de la segunda planta y que cada día veía más cerca la reconstrucción del palacio de Clermont. Danchart descansó por la tarde y por la noche volvía a venir el médico, al que Galé había ido a buscar deseoso de que le confirmase la que parecía una notable recuperación del conde. El doctor también se sorprendió de encontrar a Danchart lúcido y coherente, aunque más cansado y debilitado de lo que Galé le había dicho. Recomendó no echar las campanas al vuelo, descanso y algo de oración, pero también él se mostró confiado en que lo peor había pasado.

El doctor se marchó entonces acompañado de Galé, que prometió a Sonia llegar temprano a la mañana siguiente. Pero la del doctor no fue la última visita del día. Poco después de su partida, cuando Danchart ya dormía y Sonia simplemente le veía dormir agarrándole de la mano, volvió a abrirse la puerta de aquella salita convertida en habitación. El susto que se llevó Sonia fue descomunal, y Danchart, aunque no llegó a despertarse, se revolvió en su cama al dejar de notar sus manos entrelazadas. Sonia, acorralada contra la pared, levantó una vela que iluminó una gran sotana negra de la que sobresalía la cara sonriente del padre Rubán.

—Perdona, hija. No era mi intención asustarte.

—Pues lo habéis hecho y, la verdad, seguís haciéndolo. ¿Quién sois vos?

—Lamento que no me reconozcas, porque eso me hace pensar que tu alma no está a bien con Dios.

—Bueno, parecéis ser un cura o un obispo.

—Un simple cura.

El padre Rubán se acercó entonces a Danchart, se inclinó y le hizo una señal de la cruz sobre la frente.

—¿Qué tal está?

—Creemos que mejor, pero aún no nos atrevemos a asegurarlo.

—He estado en París hasta hoy mismo. He venido en cuanto lo he sabido.

—Bueno, hace tiempo ya que de una manera u otra estaba mal.

—Sí, lo sé. Hace mucho que rezo por él.

—Pues esperemos que vuestra oración tenga efecto.

El padre Rubán se incorporó y vio la cara irónica con la que Sonia había acompañado aquel comentario.

—Yo si sé quién eres tú. Y quiero que sepas que con tus actos nos acercas a todos un poco más a Dios.

Sonia no entendió qué quería decir el padre e instintivamente hizo una genuflexión y cogió su mano para besarla. El padre Rubán sonrió entonces y se agachó para ayudarla a levantarse.

—No, hija mía. Eso es con los obispos y yo no soy más que un cura de pueblo. Gracias por cuidar de él. Me voy más tranquilo de lo que llegué. Vendré a visitarlo otro día a mejores horas y espero encontrarlo cada vez un poco mejor.

Efectivamente, en los días siguientes Danchart se encontró cada vez más saludable y finalmente llegó a levantarse de la cama. Fue Sonia la que lo vio una mañana en pie, descalzo y en ropa interior buscando algo que ponerse. La muchacha se llevó las manos a la cabeza y corrió instándole para que se abrigase lo antes posible, pues aunque el tiempo era ya primaveral, la mínima corriente de aire traicionera podría devolverlo a la cama y quién sabe si esta vez con funestas consecuencias. Después del susto inicial, la muchacha no pudo hacer otra cosa que alegrarse, pues aquel gesto era una prueba palpable de que la salud del conde había mejorado. Aprovechando la situación, la joven decidió hacer un trato con el conde: ayudarle a vestirse convenientemente y acompañarlo a disfrutar de aquella soleada mañana a condición de que le dejase repasar el afeitado y poner fin a aquel cabello largo y enmarañado. Un desconocido Danchart le contestó:

—Serías mala comerciante, Sonia, pues en ese trato solo gano yo.

Esa fue la razón por la que, cuando llegó Galé, que había pasado la mañana en Clermont comprando una mesa, encontró a Danchart en la puerta del palacio, sentado en el maltrecho sofá y disfrutando de la mañana, y a Sonia tras él rasurándole la barba. Galé no venía solo: a su lado, pero a caballo, también entraba en la finca del palacio de Clermont Georges Couthon.

—¡Buenos días! ¡Qué gran día es hoy! —gritaba radiante Galé.

Couthon también sonreía, y sin desmontar aún también se dirigió a Danchart:

—Creedme que me alegra veros tan mejorado. Y esa nueva imagen sin duda os favorece.

—Gracias —le respondió Danchart.

—Hubiese venido antes a visitaros, pero como sabéis mi salud no es la mejor y los médicos me aconsejan que huya como un rayo de cualquier enfermedad. Dicen que mi cuerpo es un gran anfitrión para todas ellas.

—No tenéis de qué disculparos. Enseguida termina Sonia, y seguro que podemos tomar todos un café y algún croissant. Confío en que seré de ahora en adelante mejor anfitrión para vos.

Couthon agradeció aquel gesto amable con una amplia sonrisa, y al mismo tiempo que mostraba su alegría sacaba unos papeles de su fardo.

—Toma, Galé, entrégale al conde de Clermont su prensa de París y de paso dale estos documentos.

Galé acercó a Danchart los periódicos y aquellos misteriosos papeles. Couthon volvió a tomar la palabra.

—No hace falta que los leáis, yo os diré lo que ponen. Os nombra a vos junto a otros nobles en lo que podríamos llamar una lista de conspiradores contra la Asamblea. No sé quién ha podido llegar con esas noticias a París, pero algunos creen que sois la mano derecha de Bouillé, o incluso peor: él la vuestra. De cualquier modo, creen que estáis entre los que apoyan un golpe de mano que devuelva los poderes absolutos al rey. Os incluyen en una lista de traidores que desde Turín, Viena y Londres, después de haber abandonado su patria, conspiran como emigrados contra la voluntad del pueblo. ¿Tenéis algo que decir en vuestra defensa?

—¿Valdrá de algo lo que yo diga?

—No aquí y ahora, pero sí quizá en otro lugar y en otro momento. Por de pronto, lo que valdrá en París será lo que yo diga a través de la cámara municipal… Y lo que yo diré será que es imposible que un hombre terriblemente enfermo, por largo tiempo en cama y sin ser dueño de su sentido, que no ha salido de Clermont desde hace ya más de medio año, y que como visitas no ha tenido más que las de este servidor de la Asamblea al que siempre ha recibido con profundo afecto, no parece que conspire contra ella, por mucho que algunos allí, en la capital, lo doten de poderes que semejan sobrehumanos… Así que echad esa carta al fuego, y cuando estéis más restablecido, aseguraos de que no queda en la capilla ninguna cosa que pueda comprometeros a vos… y ahora también a mí.

—Gracias, Couthon. Entiendo un poco mejor a los que no se cansan de decirme que tenéis un gran corazón. Os reitero que es esta también vuestra casa y que aquí siempre encontraréis lealtad a vos, al pueblo de Francia y a los representantes que él elija.

—Gracias, conde de Clermont. Ahora he de marcharme, pero gustosamente vendré a visitaros otro día.

Couthon dio entonces la vuelta y salió de la finca. Danchart lo veía partir, y justo después encargó a Galé que consiguiese una de esas elegantes vajillas en la que tomar el té y también buenas sillas en las que monsieur Couthon pudiese sentirse lo más cómodo posible. Sonia terminó entonces de adecentar la cabellera de Danchart y los tres entraron a comer. Danchart volvió después a la cama y guardó reposo hasta el día siguiente, cuando volvió a levantarse, y del brazo de Sonia dio un paseo alrededor del palacio. Examinó las obras que había realizado Galé en la cocina y en los antiguos aposentos de los criados, aunque se abstuvo de entrar en la habitación que Sonia había tomado como muestra de decoro y haciendo hincapié en que su dormitorio era única y exclusivamente de su incumbencia. Danchart mostró especial interés en que aquel mismo día estrenasen la mesa que Galé había traído. La instalaron en el jardín del este del palacio, al pie de las ruinas del gran salón y a la sombra de dos grandes robles, donde comieron no solo aquel día, sino también los posteriores.

A medida que pasaba el tiempo, Danchart iba encontrándose mejor. Se levantaba un poco más temprano y por la tarde se acostaba menos rato. Comía con más apetito, y en sus paseos del brazo de Sonia se alejaban cada vez más del palacio, aunque nunca salían de los límites de la finca. En uno de los primeros paseos llegaron a una zona que estaba repleta de agujeros: los árboles tenían a su alrededor anillos escarbados, algunos de ellos con bastante profundidad. Sonia preguntó qué era aquello, y al hacerlo notó que Danchart se entristecía, aunque rápidamente se giró y le pidió que continuasen su paseo por otro lugar.

—Buscaba algo que escondí una vez, una prueba de que las cosas no podían haber cambiado…, pero no lo encontré.

Ni la belleza salvará al mundo
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