XVI. La toma de La Bastille

Danchart acudió temprano a su reunión con Mirabeau. Además estaban Lafayette y un amigo de este, Bailly. Mirabeau también había pedido a Necker que acudiese.

El suizo Necker ya había ocupado anteriormente la cartera de finanzas de Luis XVI. La primera vez fue destituido cuando comunicó al rey la necesidad de hacer reformas importantes en la maltrecha economía francesa. Sin embargo, dejó buen sabor de boca en la alta burguesía, que vio en él su primera esperanza de cambios. Fruto de la tensión que envolvía al tesoro en los últimos tiempos, el monarca había vuelto a llamarlo, aunque muchos pensaban que más por su vasta fortuna en unos tiempos en que ya nadie prestaba dinero al Estado francés que por una apuesta firme por su política económica.

Danchart hizo llegar a los cuatro hombres el tedio que podía empezar a adueñarse de las calles si no sucedía algo de una vez, y todos acabaron por darle la razón. Había que provocar a Luis. Había que hacer algo, y la única duda era ya el qué.

—Si tomamos cualquier medida esperando una respuesta de la Corona, esta la demorará indefinidamente… No podemos seguir esperando su refrendo y su aprobación para todo. La autoridad de la Asamblea proviene del pueblo, no del rey. Comencemos a legislar —dijo Mirabeau—. Necker, vos sois ministro de Finanzas. Haced las reformas que consideréis oportunas.

El banquero suizo dudaba: proceder en contra del rey no era lo mejor para su casa.

Cuando Danchart llegó a El Cuartel, Rasjwonski leía La Voix du Peuple y comía unas fresas.

—¿Has comido ya?

—No, todavía no.

—¿Cómo va tu revolución?

—Vacía. Está vacía —dijo Danchart en unas palabras que sonaban agotadas.

—Oye… ¿De verdad los rajás de la India apoyan al pueblo francés? —preguntó Rasjwonski con extrañeza tras leer la noticia en el diario de Danchart.

El redactor rio.

—No sé si todavía quedan rajás en la India. De hecho, ni siquiera sé muy bien qué son los rajás… Mirabeau quiere que la Asamblea empiece a tomar medidas aunque el rey no las apruebe.

—No entiendo de política, Danchart.

—Le ha dicho a Necker que reforme los impuestos.

—No lo hará.

—Pero Necker es reformista. Él quería los Estados Generales.

—Necker es un banquero y lo que quiere es oro en sus cuentas. Además, ha puesto dinero de su bolsillo: más de dos mil millones de libras. No se arriesgará a perderlo.

—Así que Necker ha prestado dinero al Estado francés.

—Es un rumor en boca de toda Francia.

—¿Qué haría el rey si pensase que Necker es leal a la Asamblea?

—Lo destituiría de inmediato. Necker nunca hará lo que le pide la Asamblea.

Danchart se quedó pensativo.

—¿Vas a publicar eso en tu periódico? —le preguntó con ironía Rasjwonski.

—No, eso no, pero… ¿Y si el rey creyese que Necker está con la Asamblea…? El pueblo quiere pan y luchará si es necesario, pero los burgueses ya tienen pan, no es eso lo que piden. Sin embargo, si les hacemos creer que Necker les va a bajar los impuestos y el rey lo destituye, tendremos una buena oportunidad.

—Para eso necesitas que Necker dicte una medida sin el apoyo del rey, y no lo va a hacer.

—No, Rasjwonski. Lo que nosotros necesitamos es que el rey lo crea, que el pueblo lo crea. Es como la noticia de los rajás: da igual si es verdad o no; lo importante es que lo crea quien nos interesa.

—Danchart, habla claro. No te entiendo.

—Necesito que todo Versailles tenga a Necker por traidor.

—El propio Necker lo negará.

—Pero se moverá algo.

—¿Y?

—¿Y? No sé…, pero hay que hacer algo y hay que hacerlo ya.

A mediodía, Danchart ya trabajaba duramente en las imprentas junto a Beauchamp y Girardin, cada día más fieles al vizconde de Clermont. El Cuartel estaba atestado de gente, y las cuartillas, simples y claras, salían a cientos. «Habrá pan, libertad e igualdad. Necker da a la Asamblea el visto bueno del rey. Se reformarán los impuestos.» Desmoulins y Hébert hacían correr el rumor por París… Rasjwonski, por increíble que pareciese, lo hacía en Versailles. Mirabeau, por su parte, trataba de mantener a Necker aislado…

Rasjwonski irrumpió con el fin de la noche en El Cuartel. Danchart dormía en una esquina del sótano.

—¡Danchart, despierta! ¡El rey ha destituido a Necker! ¡Las tropas avanzan hacia París!

—¿Qué?

—Venga, levántate…

A primera hora de la mañana todo París sabía lo que esta vez sí era una noticia: todos los periódicos publicaban la destitución de Necker. En El Cuartel Danchart volvía a repartir tareas.

—Hébert, todo el mundo en las calles. En Les Tuileries, en el Palais Royal. Organiza una merienda si quieres, pero que todo el mundo esté fuera de sus casas… Desmoulins, yo creo en el pueblo y sé que el pueblo no fallará. No dejes tú que lo hagan los burgueses. Todo el Palais Royal te escuchará. Saca a relucir toda esa fuerza que tienes, dependemos de ti.

Una hora después, los parisinos del centro salían hacia el Palais Royal y los de las afueras hacia el centro. Desmoulins estuvo realmente brillante y no se quedó en un discurso por la libertad, sino que arengó directamente al pueblo a armarse y a defender a Necker, con la sangre si era necesario. A mediodía todo París estaba en la calle, pero esta vez la consigna era la vuelta de Necker, y nadie regresaría a su casa hasta que Necker no lo hiciera a las finanzas, y para bajar los impuestos.

Después de comer, Danchart volvía a entrevistarse con Mirabeau.

—Necker se ha molestado un poco conmigo. Creo que no me lo perdonará. Y veo a Lafayette celoso. Si no os importa, preferiría que a partir de ahora lo buscaseis a él y no a mí —dijo Mirabeau.

—Bueno, decidle a Necker que lo importante es que Francia pague, seguro que le gustará oírlo, y a Lafayette, que él ya es un héroe en América. —Y ambos sonrieron—. ¿Qué va a pasar a partir de ahora? —preguntó Danchart.

—Sinceramente, espero que el rey apruebe la constitución y que cumpla con Francia. Si es leal, todavía puede hacer mucho bien a este país.

Danchart, cabizbajo, se miraba las manos, lo que extrañó a Mirabeau.

—¿Qué os sucede, muchacho?

—No lo sé.

—¿Tenéis miedo?

—Mucho…, mucho…

—Es lícito tener miedo, pero no os preocupéis. Seguro que el rey también lo tiene en este momento.

—¿El rey?… Claro, el rey… ¿Creéis que ganaremos algo con esto?

—Ya hemos ganado, vizconde. Hemos ganado que el pueblo deje de considerar al rey un enviado de Dios. Hemos cambiado ya mil años de historia y de pensamiento. Que el pueblo sea el que pase a elegir su rumbo es ya solo cuestión de tiempo. Si no es ahora, será mañana… La libertad ya ha ganado. Nosotros solo somos sus medios.

—Hermosas palabras, pero suenan lejanas cuando uno se enfrenta a la vida cada día… Es terrible la espera cuando las cosas son cuestión de tiempo. —Danchart cambió radicalmente la expresión de su rostro y sonrió—. Debates filosóficos.

Apareció entonces Lafayette y les reprochó a ambos con palabras llenas de ironía.

—Brillante maniobra la suya, generales. El Royal Alemán de caballería ha cargado contra la multitud en Les Tuileries.

***

Danchart abandonó su tertulia con Mirabeau precipitadamente y puso rumbo a El Cuartel. Comenzaba a caer la noche y era ahora otra noticia la que preocupaba entre aquellas cuatro paredes: los regimientos suizos estaban en los Champs-Élysées. En la cocina no faltaba ninguno de los habituales. Hébert era firme:

—Hay que armar al pueblo.

—Eso sería una masacre —decía Serrant—. Mañana las calles de París serían un cementerio.

—Si el rey quiere un cementerio, ¡tendrá un cementerio! Se han acabado sus días de arrogancia —alzó la voz de nuevo Hébert.

—La burguesía tiene miedo a que la gente vaya por ahí armada. Comienza a correr el rumor de que hay bandidos que saquean casas de comerciantes por las noches. La gente teme que se pierda el orden.

Tras oír a Desmoulins, Danchart buscó entre los presentes a Rasjwonski con intención de reprobarle, aunque solo fuese con la mirada, pero no lo encontró en la sala. ¿Dónde estaba? Lo que estaba claro es que no había detenido su actividad delictiva en todas aquellas noches.

Hébert volvía a dominar la conversación:

—Los burgueses no son más que nobles sin título y sin privilegios. ¿Dónde está Rasjwonski? Si han atacado al pueblo en Les Tuileries, no les temblará el pulso para hacerlo en los Champs-Élysées. Arrasarán París si es necesario. Hay que defenderse.

—No, no, no. Eso será una masacre —repetía Serrant.

Danchart permanecía callado. Se había propuesto convertirse en un hombre templado, que no se dejase manejar por sus instintos. Eso era lo que siempre le reprochaba Marie: que se dejase llevar por el momento y que hiciera las cosas sin tener en cuenta las consecuencias. Había luchado contra eso y creía que lo había conseguido, pero ahora dudaba. Aunque pensaba que todo lo realizado hasta ahora había sido meditado, quizá no fuera así y la sucesión de acontecimientos lo encaminara a unas consecuencias que realmente no había previsto.

Hébert lo zarandeó entonces por la solapa y lo trajo de nuevo a tierra firme.

—Despierta, muchacho. Algo está pasando delante de tus narices y no eres capaz de hacer nada.

—¡Suéltalo, Hébert!

Rasjwonski apareció entonces bajo el dintel de la puerta. Su chaqueta estaba manchada de sangre.

—Maldita sea, ¿dónde has estado?

—No vuelvas a hacer eso, Hébert, o tendré que matarte… Danchart, tu revolución ha empezado. Los regimientos suizos se han retirado de los Champs-Élysées, pero pueden volver a la carga en cualquier momento. No hay tiempo que perder: hay que armar al pueblo.

Danchart tomó entonces la determinación que rondaba en su cabeza, pero que no se atrevía a decir:

—Está bien. Desmoulins, ve al ayuntamiento y crea allí un cuartel. Tenemos que estar cerca de la gente. Que tus burgueses se armen, porque si no los mata el rey, lo hará el pueblo… Hébert, ya tienes tu baño de sangre a la vista.

—Tomaremos el guardamuebles —replicó este—. Allí hay bastantes armas y apenas está vigilado. Mañana por la mañana cada parisino será un soldado.

Rasjwonski volvió a hablar:

—Esta noche no se apagará el fuego en todas las puertas de París. Quien quiera entrar o salir tendrá que tirar abajo sus murallas.

A la mañana siguiente el humo todavía se alzaba sobre las barricadas en las que se habían convertido las puertas de acceso a la capital. El guardamuebles había sido tomado según lo previsto, y artesanos, dependientes, herreros e incluso mujeres portaban fusiles y bayonetas. En el ayuntamiento de París se había congregado una gran multitud de gente junto con los electores de la ciudad. Desmoulins había creado una milicia burguesa…

Danchart habló a media mañana con Mirabeau, quien le aseguró que la Asamblea seguiría firme. El pueblo solo tenía que resistir un poco más. Necker era ahora esclavo de la voluntad del pueblo y exigirían su vuelta, y si el rey aceptaba y le restituía en el cargo, aceptaba también implícitamente el éxito de la revuelta y tendría que aprobar la constitución.

Danchart pasó la tarde en el ayuntamiento. Algunos creían que eran necesarias más armas, y una delegación de electores acudió al Hôtel National des Invalides a reclamarlas. Ya en la noche, Danchart se lo contaba todo a Rasjwonski, quien no pudo evitar reírse al escucharlo.

—Dios mío, ¿y esos son los que quieren gobernar Francia? La próxima vez que quiera robarle a alguien, mandaré primero una comisión diplomática.

—¿Qué va a hacer el rey?

—¿Por qué me preguntas eso a mí?

—No sé. Te veo muy bien informado de lo que sucede en Versailles.

—No quieras saber demasiado, Danchart… Bueno, he puesto algo de empeño en esta revolución de la que no voy a sacar ningún provecho, así que, si no te importa, voy yo a pedirte ahora un pequeño favor.

—¿Hacerte un favor a ti? Me parece casi imposible, pero será un placer para mí, desde luego.

—Está bien. Sabes que cuatro de mis hombres están presos en La Bastille. Quiero que salgan de allí.

—La Bastille… Creo que nos coge de camino…

Aquel 14 de julio el trigo alcanzó su precio más alto en lo que iba de siglo XVIII. Al igual que Rasjwonski, Hébert también se había reído de la ocurrencia de los electores de París de pedir las armas en Des Invalides, así que a media mañana encabezaba a decenas de hombres que las tomaban por la fuerza. En el ayuntamiento eran mayoría las voces que pedían moderación. El rey mantenía algunas tropas en el mismo París y muchos no entendían por qué no las había mandado todavía cargar contra la población… De hecho, había un lugar en el que podía hacerlo y acabar con casi todos los parisinos de una sola tacada, y ese lugar era La Bastille. Había que anticiparse.

—¡A La Bastille! —Aquellas palabras comenzaron a correr de boca en boca por todo París—. ¡A La Bastille!

Había un nuevo objetivo para las gentes de la ciudad y la gente de El Cuartel lo azuzaba en las calles. Los miembros del ayuntamiento trataban a toda costa de detener las derivas urbanas, pero no eran capaces: la revolución era del pueblo.

Mientras las gentes se arremolinaban alrededor de la fortaleza, algunos trataban de negociar la rendición de los miembros de la guardia que la protegían. A mediodía, sus defensores disparaban sobre la gente. Rasjwonski y Danchart lo vieron desde bien cerca. El Príncipe estaba más nervioso que de costumbre, masticando coca compulsivamente como en él ya era habitual, y decidió tomar la iniciativa. Danchart le siguió, y dos horas después ambos llegaban con artillería y un destacamento de guardias franceses al mando de Hulin. Durante hora y media aquello se convirtió en el baño de sangre que Serrant tanto temía. Finalmente cedieron las puertas y el pueblo, guiado por la libertad, tomaba la plaza. Mientras todos se dirigían al arsenal a hacerse con más armas, Rasjwonski y Danchart tomaban el camino de los calabozos. Solo ocho prisioneros, entre ellos los cuatro amigos de Rasjwonski, se encontraban detenidos y, de no haber ido ellos a liberarlos, quizá allí mismo hubiesen muerto abandonados.

Rasjwonski tomó el mando de La Bastille y a su gobernador como rehén, al que maniató en su despacho. Las noticias corrían como la espuma y Danchart pudo volver a aquella oficina con las últimas novedades.

—Rasjwonski, el rey ha ordenado salir a las tropas de París. Hemos ganado…

Rasjwonski se acercó entonces al gobernador y le pasó su puñal por el gaznate. El semblante de Danchart palideció.

—¿Por qué has hecho eso?

—Si dejas a tus enemigos vivos, corres el riesgo de que ellos no lo hagan contigo.

Aquella cabeza sobre una pica se convirtió en un trofeo que el pueblo de París paseó por las calles como símbolo de victoria.

Ni la belleza salvará al mundo
titlepage.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-1.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-2.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-3.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-4.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-5.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-6.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-7.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-8.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-9.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-10.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-11.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-12.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-13.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-14.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-15.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-16.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-17.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-18.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-19.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-20.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-21.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-22.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-23.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-24.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-25.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-26.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-27.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-28.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-29.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-30.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-31.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-32.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-33.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-34.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-35.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-36.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-37.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-38.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-39.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-40.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-41.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-42.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-43.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-44.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-45.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-46.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-47.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-48.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-49.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-50.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-51.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-52.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-53.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-54.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-55.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-56.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-57.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-58.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-59.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-60.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-61.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-62.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-63.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-64.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-65.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-66.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-67.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-68.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-69.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-70.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-71.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-72.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-73.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-74.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-75_split_000.xhtml
NiLaBellezaSalvaraAlMundo-75_split_001.xhtml