XXXII. Una extraña visita

Danchart poco permaneció divisando las luces de Clermont. La fuerza de la lluvia disminuyó y él siguió con su paseo nocturno, vara en mano y ojo avizor en la oscuridad de la noche. Si había tardado media hora en ascender, casi cuatro tardó en volver a estar dentro de la finca del palacio de Clermont. Entró casi por el mismo lugar por el que horas antes había salido, con lo que se dio de bruces con la capilla familiar. No llevaba intención de volver a ella y caminaba con paso firme hacia el palacio de Clermont, pero cuál fue su sorpresa al ver que las puertas de la capilla estaban abiertas de par en par. Danchart no titubeó. Cualquier otro podría haber sentido algún temor —la situación no dejaba de ser un tanto extraña, y la noche suele hacer que se disparen los miedos humanos—; pero él respondió a esos miedos con un violento golpe con su vara sobre las puertas.

—¿Quién anda ahí? ¡Sea quien sea, que salga de su escondite y se muestre al legítimo dueño de estas tierras, el conde de Clermont!

Danchart entró en la capilla y volvió a golpear con fuerza contra las paredes, buscando hacer el mayor ruido posible.

—Da la cara. No voy a hacerte daño.

Un susurro le llegó por la espalda.

—¿Sois el conde de Clermont?

Danchart iba a girarse, pero notó algo que se clavaba en su espalda.

—Esperad, no os deis la vuelta todavía.

Sin embargo, Danchart hizo caso omiso y se giró bruscamente al tiempo que dejaba caer su vara sobre aquel hombre. Después de un primer golpe lleno de coraje, el intruso suplicaba para no recibir un segundo.

—¡Deteneos! ¡Deteneos! Soy el marqués de Bouillé. Quiero hablar con vos.

Danchart soltó la vara y agarró a aquel hombre con fuerza para sacarlo de aquella esquina en la que se había agazapado. Lo llevó hacia uno de los huecos por los que se colaba la escasa luz de la luna y allí lo miró fijamente a la cara.

—¡Bouillé, qué sorpresa! La última vez que os vi, erais un hombre poderoso, o eso parecía. ¿Habéis perdido vuestro boato?

—Tenéis buena memoria, muchacho.

—Mejor de la que me gustaría tener. Os recuerdo en París, secuestrándome… y amenazándome. —Ahí le soltó las solapas Danchart.

—Sí, y mejor nos hubiese ido a todos si me hubieseis hecho caso a mí y no a ese amigo vuestro…

—Rasjwonski.

—No sé cómo se llama. En París se le conocía como ladrón, a secas, salvo los que, como vos, le llamaban Príncipe.

Bouillé ganó algo de dignidad ante la pasividad de Danchart, quien, sin prestarle atención, le dejaba levantarse.

—Está bien, marqués, dejemos el pasado a un lado, no vaya a ser que entre reproches absurdos acabemos por matarnos.

—Me alegro de que penséis así. Es momento de mirar al futuro.

—No os alegréis tanto. ¿Qué hacéis aquí?

—Pues he venido a hablar con vos.

—¿A hablar conmigo? ¿Y eso no sería más lógico hacerlo a media tarde? ¿Cómo sabíais que yo pasaría por aquí?

—Perdonad. Mi objetivo era hablar con vos, pero sinceramente no pensaba hacerlo hoy. Había quedado aquí con otra persona. Alguien que debía llevarme hasta vos. ¿No os han dicho que quería hablaros?

—No, la verdad es que la última alma a la que esperaba encontrar esta noche es a vos, y mucho menos aquí y en esta situación.

—Bueno, dejemos eso a un lado. Lo que importa es que vos y yo podemos hablar.

—No. —Danchart volvió a coger la vara—. Aquí importa lo que yo digo. Y quiero saber quién entra en mis posesiones sin mi permiso. Quién convoca reuniones que me atañen sin que yo tenga conocimiento de ellas… ¿Quién os ha citado aquí, Bouillé?

—Escuchadme. Quizá así me entendáis mejor.

—No quiero oíros. El recuerdo que tengo de vos es el de un ser repugnante que me amenazó en nombre de mi padre.

—Es en honor a su nombre mi petición para que escuchéis.

Ahí Danchart calló, y Bouillé aprovechó ese silencio, que no era para él, sino para la memoria del antiguo señor de Clermont, para seguir hablando:

—Vamos. Sois conde. Por vuestras venas corre sangre noble… Está bien… Actuasteis alocadamente, un error de juventud. Todos los hemos tenido, si no de esa manera, de otra. Olvidemos eso ahora. Es el momento de que nos unamos y devolvamos a este país la cordura, lejos de ideas ateas que atentan contra Dios y contra el hombre.

Danchart volvió a prestar atención a Bouillé.

—¿Es eso lo que habéis venido a ofrecerme? ¿Una conspiración?

—No, conde de Clermont. Lo que yo os ofrezco es que restituyáis a vuestro país y a vuestro rey algo que, no nos engañemos, habéis ayudado a quitarle.

—¡Tonterías!

—Vamos, muchacho, ¿creéis que las potencias extranjeras dejarán que se consolide la locura de París? Nos estamos reorganizando. Pronto todo volverá a la normalidad. ¡Sois noble! Os debéis a vuestra clase.

—Yo ni siquiera a mi propia sangre me debo. ¿Estáis ciegos? ¿Cuatro nobles nostálgicos creen que podrán acabar con todas las gentes de Francia? ¡Ni aun con las tropas españolas, austríacas e inglesas a sus puertas cederá el pueblo de París!

—No somos cuatro, sino muchos más. Y también los hay jóvenes. Sí, quizá ese fue nuestro error: no preparamos a nuestros hijos para defender lo que tanto costó ganar a nuestros padres. Por eso os necesitamos. Necesitamos a jóvenes como vos, que manejen la prensa, que sean capaces de guiar al pueblo.

—¿Entonces es una imprenta lo que buscáis?

—El alzamiento está preparado. En Turín se recaudan fondos y se está negociando con las potencias extranjeras el cómo y el cuándo. Lo que necesitamos es a alguien capaz de poner al pueblo de nuestro lado. Que cuente las cosas como nos interesan. Y ese solo podéis ser vos.

—Olvidadlo. Estáis loco.

—¡Se lo debéis a vuestro rey!

—¿A mi rey? Yo no tengo rey.

—¿Y qué hay de vuestro padre? ¡Lo mataron como a un perro!

—Dejad en paz a mi padre. Yo no soy mi padre. Yo no creo en lo que creía mi padre.

—Pues entonces hacedlo por vos. Miraos. ¡Miraos! Dais pena. No tenéis por qué estar así. Todos estos cerdos de Clermont deberían besar el suelo que pisáis. Cuando se restaure el verdadero poder de la Corona, vendrán como perros a reconstruir lo que destruyeron, y uno a uno los colgaremos por…

—¡Callaos ya! Dejadme en paz. Yo viviré como yo quiera. No seré más feliz por privar a mis semejantes de su libertad.

—¡Muchacho estúpido! ¿Quién os ha metido esas ideas en la cabeza? ¿Quién lo ha hecho? ¿Los mismos que os robaron a vuestra prometida?

Danchart reaccionó cogiendo a Bouillé por el cuello y empujándolo contra la pared.

—Sí, podéis matarme si queréis, pero más ganaríais si en vez de volcar vuestra ira contra mí, lo hicieseis con los que os han abocado al estado en el que os encontráis. En el que estáis vos y en el que estamos todos. ¿No os dais cuenta? Es por eso por lo que luchamos por nuestros derechos divinos. ¿Creéis que a mí me gusta viajar de noche? ¿Por qué he de esconderme? ¡Yo, que desciendo de una de las familias fundadoras de Francia! Si no fuese por nosotros, no tendrían país que destrozar con sus estúpidas revoluciones. Serían esclavos de los germanos, o posiblemente de los árabes.

—¡He dicho que os calléis! Eso a mí no me importa, no es mi vida.

—Sí es vuestra vida. Os han robado lo que os pertenece y vos no hacéis nada por recuperarlo. ¡Vamos!, vuestro país os llama a vuestras obligaciones y tendréis vuestro premio. Al día siguiente de recuperar el orden en París, os juro que ahorcaremos por traición a quien vos mandéis. ¡Quien vos digáis! Y el mismo rey será el padrino de vuestra boda con esa muchacha.

Danchart dejó repentinamente su actitud amenazante y se quedó mirando fijamente a Bouillé, quien volvió a aprovechar un silencio que no le pertenecía.

—Será así, muchacho. Os lo juro por la memoria de vuestro padre, al que apreciaba como a mi propio hermano. Yo puedo devolveros lo que más ansiáis. Yo puedo hacer que todo vuelva a ser como antes. Si estáis de nuestro lado, estos meses habrán sido para vos solo un mal sueño.

Bouillé se acercó a Danchart, que permanecía inmóvil y cuya única señal de vida era su respiración jadeante.

—Por ahora, lo único que necesito es saber que, llegado el momento, podemos contar con vos. —Y Bouillé apretó la mano fría e inerte de Danchart, quien por un instante creyó estar sellando un pacto con el mismísimo diablo.

***

A la mañana siguiente Galé se sorprendió de no hallar a Danchart en el palacio. Buscó al conde por todos los recovecos y, ya un poco nervioso por si le había pasado algo, subió a la zona del bosque donde se había tirado semanas escarbando y donde lo había encontrado más de alguna mañana. Al no verlo allí tampoco, volvió al palacio y continuó con su labor de limpieza, retirando escombros, aunque no se quitó al muchacho de la mente en ningún momento. Pensaba que habría bebido, como siempre, y que se habría quedado dormido en cualquier esquina. Se alegró al recordar que le había dado un grueso abrigo con el que protegerse del frío, pero luego volvió a preocuparse al pensar que en la noche, y siendo consciente de que el noble a buen seguro estaría borracho, alguien podría robárselo y, lo peor de todo, darle una buena tunda para hacerlo.

Las horas transcurrieron así para Galé, a ratos tranquilo y relajado sin pensar demasiado en el conde, a ratos totalmente azorado imaginando lo peor. Al día siguiente, Galé volvió a sorprenderse de no toparse con él, y nuevamente lo buscó por los sitios acostumbrados. Al seguir sin aparecer, Galé preguntó en el pueblo por si alguien lo había visto, sin obtener respuestas afirmativas. Temeroso de que algo malo le sucediese, el día de Navidad pidió ayuda al padre Rubán para que escribiese una carta a París a los hombres que le mandaban el dinero regularmente para su sueldo, mantener el palacio, las obras… Sin embargo, el padre Rubán quiso comprobar una cosa antes de poner sobre aviso a los parisinos, y preguntó a Galé si había buscado en la ahora abandonada capilla del palacio de Clermont. Este se sorprendió, pues desde la zona boscosa que Danchart había sembrado de agujeros se podía ver a lo lejos la capilla, y nunca se le había ocurrido ir hasta allí ni que ese pudiera ser el nuevo cobijo del conde.

Galé hizo lo que le pidió el sacerdote y, para su asombro, comprobó que el padre Rubán estaba en lo cierto. Esa misma tarde se acercó a la capilla y al primer grito de «¡Danchart!», este salió como un rayo, ansioso… Aunque esa ansia no tardó en convertirse en un rostro de decepción que no se molestó en ocultar al ver a Galé.

—Ah, eres tú.

Galé suspiró aliviado al volver a verlo después de habérsele pasado tantas veces por la cabeza lo peor. Además le llamó la atención y hasta le alegró un poco que Danchart estuviese fuertemente abrigado.

—Ya podíais haber bajado un día a decirme que estabais bien.

—Vamos, Galé, déjame en paz. Deja ya de actuar como si fueses mi padre.

Galé no le hizo el menor caso y entró en la capilla. Allí vio las ascuas de un fuego y el resto de una perdiz, lo que le indicó que Danchart por primera vez se había preocupado por comer. Esto, unido a su interés por abrigarse, le hizo pensar que el muchacho había recuperado la ilusión por la vida. Una nueva alegría para el buen campesino de Clermont. Por el contrario, vio una de las garrafas de ginebra prácticamente vacía, que le confirmó que el conde seguía abusando del licor como remedio casero para conciliar el sueño.

Galé le dijo entonces que prácticamente había terminado de retirar los escombros y que pronto haría venir a un arquitecto que organizase la remodelación del palacio…, cosa que no despertó ningún interés en Danchart. De todos modos, pensó que algo de mejoría se podía ver en el joven y que si aquel retiro le estaba sirviendo para recuperar el sentido, bienvenido era. Así que decidió continuar con su tarea de limpieza —mucho menos avanzada de lo que había confesado al conde— y por una vez hacerle caso, sin más, y dejar de molestarlo.

Ni la belleza salvará al mundo
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