XXIX. Visitas

Días después volvían a ser los pájaros los que traían al nuevo día a Danchart, pero entre sus cantos distinguió un ruido distinto a los cotidianos. Cuando se dio cuenta y sin todavía levantarse, puso toda su atención en identificarlo… Y, o poco sabía él de aquello, o aquel era el siseo de una guadaña en contacto con la hierba. Se levantó enfadado, resacoso como si la borrachera hubiese sido el día anterior, y salió del palacio a ver qué sucedía.

No se había engañado: Galé segaba la hierba frente a la entrada principal. Sin embargo, lo que extrañó a Danchart es que ya había cortado la de gran parte del jardín, desde la entrada, y la zona del estanque.

—¿Qué haces, Galé? ¿Pretendes dar de comer a todas las ovejas de la comarca?

Galé se detuvo y se giró hacia la puerta desde donde le había gritado Danchart.

—Buenos días, monsieur. No quería molestaros, pero se me acababa la hierba que limpiar.

—¿Y se puede saber quién te ha mandado hacerlo?

—Vamos, muchacho, ¿por qué no os animáis y me echáis una mano? A vos nunca se os dio mal el campo y os vendría bien algo de ejercicio.

Danchart no se mostró entusiasmado con la idea, pero se acercó a Galé.

—¿Pero por qué demonios te ha dado ahora por esto? ¿Por qué no puedes dejarme en paz a mí y a mis tierras?

—¡Ah, muchacho! Lo hago por dinero. Única y exclusivamente por dinero.

Danchart, asombrado, replicó:

—Pues no seré yo quien te pague. La casa del conde de Clermont ya no atiende por ninguna alma.

—Muchacho, a mí me pagan por ponerme al cargo de esto, por no permitir que todo se venga abajo. Y eso es lo que voy a hacer, os guste o no.

—¡Pero bueno! ¿Y podrías decirme quién te va a pagar por trabajar en mis posesiones? Porque esto sigue siendo mío, ¿verdad?

—De quién es ni me va ni me viene… Oíd, ¿y a vos no os interesaría un jornal? Hay que recoger la hierba, preparar una hoguera, empezar a retirar los escombros.

—¿Qué? ¿Estás loco? ¿Y eso con permiso de quién?

—¡Vamos, conde, dejad de molestar! Si no queréis ayudar, al menos podríais preparar algo de comer. He traído unas longanizas y un poco de queso; hasta hay una bota de vino…, pero esa la he escondido, je, je. A vos no se os puede dejar nada de beber cerca.

Y entonces Danchart simplemente se detuvo. ¿Para qué discutir?

—Está bien, Galé, haz lo que te dé la gana. Al fin y al cabo, ¿qué más da? Si este es tu gusto, no seré yo quien te lo quite.

Galé entonces detuvo el monótono roce de su guadaña con la hierba, se secó el sudor de la frente y se tomó un breve respiro.

—Mejor así, conde. Y ahora que estamos de acuerdo, ¿no os importaría ir cortando el queso y la longaniza? Esto ya está. Yo voy a por el vino. Lo dejé abajo, en el estanque. Por cierto, hay que drenar el agua y limpiar aquello. ¿Recordáis todos aquellos peces de colores? Qué bonitos…

La voz de Galé se fue perdiendo poco a poco en la distancia, pues Danchart ya subía hacia la leñera, donde colgaba bien visible un atado del que sobresalía una hogaza de pan. Danchart deshizo el hatillo y sobre la mesa extendió el pan y el queso, al tiempo que comenzó a cortar la longaniza. Minutos después llegaba Galé con la bota de vino al hombro.

—Qué bien se come aquí fuera, ¿verdad? Al aire libre. Da gusto esta mesita.

—Sí, Galé, será como tú digas. Pero prueba a disfrutar del silencio. Del maravilloso silencio. Verás como te sabe mucho mejor la comida.

—No creáis, lo bonito de la comida es poder disfrutar de alguien con quien compartirla. ¿Sabéis? Yo casi siempre como solo. Mi madre está muy enferma, no sale de la cama y…, bueno, como no tengo más familia, siempre como solo. Y no me gusta. Me gusta estar aquí, con vos, disfrutando de la charla.

Danchart, resignado, miraba hacia el estanque, hacia la entrada de la gran finca, tratando de no mostrar ningún interés en Galé y en lo que decía. Pero eso no hacía callar al bravo campesino.

—Vos y yo somos un buen ejemplo de la nueva Francia, ¿no os parece? Deberían pintar un cuadro con nosotros dos y mostrarlo en todos los edificios públicos: el campesino y el noble compartiendo el pan y el vino… Eso era lo que quería Jesús, ¿verdad?

—Galé, ¿es que no puedes comer callado?

—Monsieur, ¿no sentís curiosidad por quién me paga? También es quien paga el queso y la longaniza…, y figuraos: ¡me ha encargado que no os falte de nada!

Aquello despertó por primera vez el interés de Danchart.

—¿Ah, sí? ¿Eso incluye algo de ginebra?

Galé se sonrió con tristeza.

—¡Ah, Señor, qué pena caer así en tan perniciosos vicios!… Pero sí, también ginebra.

Esta respuesta hizo girarse al conde y comenzar a prestar atención a Galé.

—¿Y dónde está?

—¿No os parece triste? Os digo que os traeré todo lo que necesitéis y vos solo me preguntáis por la ginebra.

—Pues sí, Galé. Sin ella no puedo dormir, y es lo único que quiero hacer: dormir.

Galé se quedó entonces mirando a Danchart. Intentó enfrentar su mirada, pero no lo consiguió. Danchart estaba cabizbajo, y su mente comenzaba a alejarse…

—¿Qué pasó, monsieur? ¿Qué ocurrió en vuestra vida para llegar a esto?… ¿Es verdad eso que se cuenta de que todo es por la hija del banquero Munot?… No puedo creerlo. Es una chica hermosa, sí, no lo niego, pero no más que muchas otras del condado… Y ya no le digo si habéis estado en París… ¡Allí debe de haberlas a cientos!… En un pobre como yo, lo entendería, pues está claro que siendo hija de banquero debe de tener muy buena dote, pero ¿vos? Hasta hace poco pensé que la revolución os había dejado sin una libra, pero al parecer no es así… Decidme, ¿qué os ha pasado?

Danchart se levantó entonces, dejó el trozo de queso que mordisqueaba sobre la mesa y se giró hacia la casa.

—¿Cuándo llegará esa ginebra, Galé?

—En cualquier momento. Hice esta mañana un pedido en el almacén de Clermont. Traerán la bebida y más cosas.

—Avísame cuando llegue la ginebra.

Danchart volvió al gran salón, a acostarse en el catre, mientras Galé acababa de comer para luego apilar la hierba segada. A media tarde terminaba Galé de preparar una gran meda cuando un carromato llegó de Clermont. El campesino le mandó parar justo en la puerta del palacio, y allí él y el empleado del economato comenzaron a descargarlo. Al rato salió Danchart, que se quedó bajo el dintel de la puerta mirando a los dos hombres.

—Podríais ayudar —dijo Galé.

Pero Danchart desoyó su sugerencia y continuó observando la descarga.

—No busquéis la ginebra. Fue lo primero que bajé.

Danchart abandonó su posición y se acercó al montón que ambos hombres hacinaban. Galé, entonces, aprovechó que dejaba un paquete en el suelo para dar un golpe, haciéndose el distraído, a Danchart, que casi cae de bruces.

—Si no ayudáis, al menos no molestéis.

Danchart se encolerizó y comenzó a bajar cosas con más ímpetu y fuerza que ninguno. Galé, orgulloso de su hazaña, relajó su ritmo e indicó al otro hombre que también lo hiciese, dejando ambos que fuese Danchart el que descargara lo que quedaba en el carro.

Cuando terminó, Danchart volvió a encararse con Galé.

—¿Dónde está lo mío, Galé?

—Tranquilo, monsieur, tomad un vaso de vino con nosotros. Los que trabajan juntos beben juntos. Además, creo que hay algo más para vos…

Galé se sentó en la mesa entre el palacio y la leñera, y el hombre del almacén le acompañó. Galé rellenó tres vasos de vino y comenzó a cortar queso. Danchart, que había permanecido callado mirándolos, acabó por sentarse también él a la mesa. Entonces Galé cogió el zurrón del mozo de almacén y se lo dio a Danchart.

—Tenéis correo. Bastante, además. Es de París.

Danchart, absolutamente sorprendido, se quedó viendo la bolsa que le extendía Galé, y tras un titubeo alzó su mano para cogerla y la miró ensimismado, tocándola, palpando hasta la última esquina. Sin decir nada más, se levantó de la mesa y volvió a entrar en el gran salón del palacio para tenderse nuevamente sobre su catre.

El resto de la tarde la pasó Galé sacando cosas del ala oeste del palacio, de lo que antiguamente habían sido las habitaciones de los criados, la cocina, la sala de estar… Principalmente piedras y palos que quizá habían sido utilizados como peligrosas armas, pero también maderas y restos de cortinas, tapetes, ropa…, que habían permanecido escondidos del pillaje enterrados bajo los escombros. Galé encontró que algunas cosas aún podían ser útiles, pero la gran mayoría pasaron a engrosar, junto a la ya seca hierba, un gran montón al que prender fuego al caer la noche.

Cuando todo estuvo preparado, Galé llamó a Danchart, quien, para su sorpresa, salió al segundo grito. El campesino sostenía un hacho humeante en la mano y se lo ofreció al conde, al que volvían a caerle las lágrimas por las mejillas.

—¿Por qué no le prendéis fuego? Sea lo que sea, ¿por qué no lo arrojáis ahí, con cientos de despojos, y dejáis que arda, que se queme hasta consumirse y que desaparezca?

Danchart se acercó a Galé, cogió el hacho ardiente y caminó hasta la enorme meda de hierba, maderos y demás restos. Permaneció inmóvil, recio, con un único hálito de vida en su cuerpo; las lágrimas cabalgaban sobre sus mejillas. Entonces tomó aire… y finalmente se volvió a Galé, a quien, sin mirarle a la cara, le entregó de nuevo el hacho encendido. Galé se indignó, agarró con violencia la antorcha y la tiró con rabia sobre la hierba, que enseguida se prendió y expandió la llama.

—¡Corred! ¡Corred! La ginebra está en la leñera, escondida tras el segundo montículo. ¡Corred a emborracharos!

Danchart hizo caso al campesino. Encontró donde le había dicho la ginebra y, sentándose a su lado, esperó a que Galé se marchase para comenzar a beber, para dejarse caer de rodillas frente a la hoguera. Absorto, llorando y bebiendo, intentando encontrar aquel momento, pasó toda la noche hasta que llegó la mañana, se apagaron las últimas candelas y él pudo, allí mismo, dejarse caer para quedarse dormido.

A mediodía despertó. Galé aprovechaba algunas brasas del fuego que durante toda la noche había iluminado el exterior del palacio para asar un conejo. Danchart se levantó del suelo y, avergonzado, marchó hacia el interior del palacio.

El buen campesino lo detuvo a medio camino con un cariñoso grito.

—¡Danchart! Venga, ayudadme con este conejo.

Danchart no opuso resistencia y se fue hacia la mesa de la leñera.

—Mirad, he encontrado un sillón. ¿Qué os parece?

Efectivamente, Galé se había hecho con un hermoso sillón de terciopelo azul, cuyos únicos defectos eran que estaba algo roto en el respaldo y que tenía un reposabrazos destrozado. Sin embargo, mantenía una impecable almohadilla que lo convertía en una exquisitez en aquel momento y en aquel lugar.

Danchart lo reconoció rápidamente.

—Es el sillón de lectura de mi padre.

Galé, que lo tenía a su lado, se incorporó contrariado y, frunciendo el ceño, lo levantó en peso y lo llevó hasta el jardín, frente a la puerta del palacio. Volvió junto al conejo con el entrecejo fruncido, y Danchart supo que el campesino había perdido la ilusión por sentarse en el sillón donde había reposado el conde de Clermont. Este hecho disgustó tanto a Galé que comió callado, cosa que Danchart agradeció.

Terminada la comida, Galé comenzó a preparar una nueva hoguera con los restos de escombros que quedaban. Sería más pequeña que la del día anterior, pero lo primordial era deshacerse de toda la basura. Fue Danchart el que encontró entonces utilidad al sillón, y sobre él se recostó, con un vaso de ginebra en la mano, para observar al atareado Galé. A este no le hizo mucha gracia la maniobra, pues pensaba alimentar el fuego con aquella butaca; sin embargo, pasados unos minutos, y aunque Danchart permanecía en su mundo, Galé agradeció la compañía del joven, aunque fuese silenciosa y nada colaboradora.

Así estaban los dos hombres: uno trabajando duramente en la preparación de una hoguera y el otro tumbado a un sol oculto tras las nubes, complacido en el licor y con la mente en otra parte. Ninguno de los dos pensó que el lejano sonido de caballos que tintineaba a lo lejos trajese con él una calesa que acabó por franquear la puerta de la finca en dirección al palacio. Galé interrumpió su trabajo, y horquilla en mano, se quedó mirándola. La calesa siguió y se detuvo en las puertas del palacio.

Danchart no prestó al principio atención, pero luego se levantó y giró su sofá hacia el lugar cuando escuchó a uno de los dos tipos hablar.

—Buenas tardes. Busco al nuevo conde de Clermont.

—¿Qué hacéis vos aquí, monsieur? ¿Hay algún problema?

—Ninguno, Galé. ¿Dónde está el conde?

—Lo tenéis ante vos.

El recién llegado se volvió hacia Danchart y sonriente le saludó:

—Encantado de conoceros. No sabéis las ganas que tenía de hacerlo.

Danchart permanecía callado. Escrutando, intentando saber qué sucedía sin llegar a preguntarlo, y para ello escudriñaba todo con atención. Observaba la calesa, pero no tenía nada peculiar. Coche de paseo con caballos trotones. El conductor había bajado de ella y permanecía al lado del hombre que hablaba y que no había movido más que la boca desde su llegada.

—¿Hay algún lugar donde sentarnos? Me gustaría hablar con vos —dijo nuevamente con una amplia sonrisa en la cara.

—Decid lo que tengáis que decir y marchaos.

Galé reprendió los modales de Danchart:

—Deberíais ser más educado, y sobre todo con la gente de honor y bondad.

—No te preocupes, Galé, el que está en su casa habla como quiere —dicho lo cual, volvió a dirigirse a Danchart—: Simplemente quería conoceros y que me contaseis cosas de París.

Danchart se sorprendió.

—No me apetece contaros cosas de París. Leed los periódicos.

—Pues eso también os lo agradecería: que me dejaseis leer los periódicos.

Danchart entonces mostró cara de asombro. Sin embargo, se levantó y sin decir nada entró en el palacio. Galé, enfadado, dejó la horquilla en el suelo y se encaminó también hacia el palacio; justo llegaba a la puerta cuando se encontró a Danchart saliendo. Llevaba bajo el brazo el zurrón que había recibido de París el día anterior. Galé lo miró sorprendido y de nuevo volvió junto a la montaña de hierba y escombros. Danchart fue hacia la calesa y allí, abriendo la bolsa, sacó de ella un montón de periódicos y hojas y se las extendió a aquel curioso hombre que no dejaba de sonreír. Algunos cayeron al suelo. El conductor de la calesa se agachó, los recogió y se los entregó al otro, que permanecía sentado.

—Podéis marcharos ya —dijo Danchart, que regresó a su flamante nuevo sillón.

—¿Os importaría si leo la prensa con vos? Podríais ayudarme a entender muchas cosas. Me gustaría bajar. ¿Sabéis dónde puedo sentarme?

—Parece que no vais a marcharos de aquí, ¿verdad? Pues sentaos en el suelo y leed lo que queráis.

El hombre se giró entonces al que a todas luces parecía su criado y le hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Entonces el sirviente se acercó a él y este se dejó caer. El criado, con el hombre en brazos, se acercó a Danchart, que estupefacto observaba la escena mientras Galé bajaba la cabeza y la movía de un lado a otro en señal de desaprobación. El criado lo dejó en el suelo, al lado de Danchart, que se levantó entonces servicial.

—Perdonad, sentaos aquí. Yo no sabía…

Sin embargo, el hombre desde el suelo le tendía la mano y le mostraba una amplia sonrisa.

—Mi nombre es Georges Auguste Couthon.

Ni la belleza salvará al mundo
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