XX. Tribulaciones

Danchart pasó nuevamente la tarde en los alrededores del Seine. Tan pronto caminaba nervioso de un lado a otro sin dirección, como se sentaba y permanecía pesaroso con la mano en la mandíbula y moviendo la cabeza de un lado a otro sin sentido. Por momentos se henchía y comenzaba a andar presuroso hacia el Palais Royal, pero a medio camino volvía a detenerse y regresaba a la ribera del Seine. ¿Qué mantenía a Danchart en aquel estado?

Dejando a un lado su creciente abuso del café y la hoja de coca, a Danchart le preocupaba el cariz que los acontecimientos estaban tomando en provincias. No conseguía recibir información clara de Clermont y eso lo enervaba aún más. Quería dar a su padre una lección. Quería demostrarle que se había equivocado con él al tratarlo como a un niño, al no tomarlo en serio; que él era capaz, hallándose a kilómetros de Clermont, de levantar a todo el pueblo en su contra si se lo proponía.

Eso era lo que atormentaba a Danchart, y por más que intentaba encontrar sosiego, no podía evitar aquella angustia que recorría su cuerpo. Por eso en los momentos de mayor tensión, enfilaba el camino al Palais Royal, porque sabía que aquella tarde podría estar allí el único lugar en el que encontraba calma su corazón: los brazos de Marie.

Danchart se sabía nervioso, tenso, alocado… Conocía su enfermedad, no necesitaba que nadie se la dijese; pero también sabía que Marie era el antídoto a esa locura que se adueñaba de él. Entonces, ¿por qué no acudía a ella? ¿Por qué había dejado pasar las semanas de aquella manera sin ir a verla? Danchart no había buscado a Marie por orgullo; quería mostrarse ante ella como un gran hombre de la revolución. Quería que ella viese el respeto que se había ganado a los ojos de los representantes del pueblo, tan venerados en aquel momento… Danchart soñaba con que a oídos de Marie llegasen sus éxitos, para poder presentarse ante ella con la cabeza alta y que ella se acercase a él llena de orgullo, que se colgase de su brazo y que ese brazo fuese el de un gran hombre…

Pero lo cierto es que Danchart tenía miedo. Tenía un miedo atroz a acercarse a Marie y que no se produjese esa reacción que tanto ansiaba, y más miedo aún a perder la esperanza de que esa reacción se produjese. Cada vez que Danchart se llenaba de valor y comenzaba a caminar hacia el Palais Royal, lo hacía con la esperanza de ver a Marie, que esta lo abrazase y que sus angustias encontrasen paz; pero cuando llegaba a la mitad del camino, se apoderaba de él el miedo a que ese encuentro fuese el último. Y a eso sí que no estaba dispuesto: a la posibilidad de ver a Marie por última vez.

En una de esas idas y venidas, en medio de una calle anegada de revolucionarios en la que los comentarios políticos corrían de boca en boca, Danchart, absorto, fue sorprendido por Desmoulins.

—¡Danchart, amigo! ¿Adónde vas?

Danchart sintió un leve sobresalto al ser sacado de su ensimismamiento, pero respondió a Desmoulins con una sonrisa, quizá agradeciéndole que lo liberase de su largo paseo a ninguna parte.

—Yo paseaba, Desmoulins, simplemente paseaba. ¿Y tú?

—Vengo de una reunión en la Asamblea. Cada vez llegan noticias más preocupantes de provincias.

Desmoulins acompañó el comentario de un rostro serio, que Danchart interpretó como una muda reprimenda por los panfletos revolucionarios que llamaban a la sublevación en toda Francia, y que ambos sabían bien de dónde venían.

—Danchart, voy a ser franco contigo. Mirabeau y el resto de los miembros de la Asamblea están preocupados con lo que está sucediendo en El Cuartel.

El vizconde dejó definitivamente sus pensamientos más íntimos para poner toda su atención en Desmoulins.

—No creo que deban preocuparse.

—Danchart, hay mucha tensión. Los nobles temen que los campesinos asalten sus casas, porque circula un rumor, casi siempre en papel, que dice que si se destruyen los títulos de propiedad, la tierra pasará a ser del que la trabaja.

—¿Y no es verdad?

—Sabes que no.

—Dime, Desmoulins, ¿hemos hecho una revolución para que el pueblo consiga su libertad o simplemente para cambiar de manos el poder?

—No quiero ponerme en tu contra, pero, por favor, no trates tú de ponerte en la mía. Deja de instigar a la población en provincias o serás responsable de que se vierta mucha sangre.

—¿Ah, sí?

—Danchart, sabes bien que los nobles no saltan de alegría en sus palacios después de lo que ha sucedido en París.

—Pues quizá tendrían que hacerlo.

—Me alegra que te lo tomes con sentido del humor, pero resulta que muchos se están armando, y algunos reuniendo auténticos ejércitos.

—No creo que haya mucha gente dispuesta a seguirlos.

—Me sorprende ese error en ti, que deberías conocer a la nobleza mucho mejor que yo, pues, al fin y al cabo, eres uno de ellos.

—Ya ves, Desmoulins. Cualquier hombre, incluido tú, puede llegar a sorprenderse.

—¿Ah, sí? ¿Y te sorprende a ti saber que el conde de Clermont es el que más activamente busca a mercenarios que se pongan a su servicio? ¿Te sorprende que Clermont se haya convertido en una cueva de maleantes dispuestos a servir al rey bajo el mando de su conde? ¿O prefieres que me refiera a él como tu padre?

A Danchart le sobresaltó escuchar tan directamente aquellas noticias. No por el tono o la intención de Desmoulins, sino porque las husmeaba desde hacía días y no esperaba encontrarlas de aquel modo ni en aquel momento.

—¿Qué sabes de Clermont?

—Pues lo que oyes: que se reclutan hombres y que no reconocen la autoridad de la Asamblea. Consideran al rey un rehén en manos de delincuentes y nombrarán una regencia hasta que el rey y París sean liberados.

Danchart agachó la cabeza e imaginó a su padre. Lo conocía bien, a él y a sus más cercanos colaboradores, y sabía que lo que le decía Desmoulins no solo era cierto, sino el anticipo de lo que podría llegar a hacer.

—¿Entiendes ahora lo que trato de decirte? Con tus panfletos no arengas al pueblo, sino a los nobles a que se armen y se preparen para defenderse.

—Está bien, ¡está bien!

Danchart estaba turbado y Desmoulins lo ayudó a sentarse en un banco cercano. Las palabras de Desmoulins habían colocado a Danchart en una realidad que no preveía. Se había imaginado victorioso, incluso clemente con su padre; pero ahora veía que aquella lucha nimia y personal se había convertido en un polvorín que podría hacer estallar toda Francia y los recién adquiridos sueños de libertad. Danchart se sintió derrotado, con un enorme peso sobre los hombros e incapaz de moverse.

—Desmoulins, me alegro de que seas tú el que está aquí en este momento. Voy a dejar de imprimir panfletos, periódicos…, todo. A partir de ahora, que imprima quien quiera, lo que quiera… Y ahora, por favor, déjame…

Y allí se quedó Danchart sentado hasta que comenzó a caer la noche en el centro de París.

Fue Rasjwonski quien lo sacó de su estado inerte con una violenta sacudida.

—Danchart, ¿qué haces?

—Hola, Rasjwonski… Nada, ver pasar el día.

—¿Se puede saber qué pasa? Desmoulins me dijo que estabas aquí, y ha querido llevarse la imprenta esta tarde de El Cuartel. Dice que le has dicho que imprima lo que quiera.

—Sí, que imprima lo que quiera.

—¡Maldita sea, Danchart! ¿Qué te pasa? ¿Qué te ocurre ahora? ¿Por qué pasas de ese estado de ebriedad impulsiva a este de laconismo infinito? Dime, ¿por qué? Tú no eras así, Danchart…

Pero este no le contestaba y Rasjwonski apenas consiguió de él que se levantase y comenzase a andar sin mucho sentido.

Rasjwonski, preso de ira, lo cogió violentamente y lo metió dentro de un coche de caballos. Horas después, lo sacaba con la misma rabia de un barreño en el que dos muchachas lo habían fregado con tal virulencia que habían conseguido dejar algunas partes de su cuerpo en carne viva. Después lo vistió como a un príncipe y le dijo:

—Y ahora, vamos a ver a Marie y a acabar con esto de una vez por todas.

Escuchar aquellas palabras a Rasjwonski reactivó a Danchart, que no dejó esta vez que llegasen a aflorar sus miedos y temores y que acabó agradeciendo a su amigo que tomase aquella decisión que él había sido incapaz de tomar. De repente, volvió a recuperar el humor y el habla.

—Está bien, Rasjwonski. Yo te insulto y te ninguneo y tú no dejas de ayudarme.

—De sobra sé que tú harías lo mismo por mí. Así que déjate de cumplidos y tonterías y vamos a comer un poco.

—Está bien.

Danchart acompañó a Rasjwonski por un largo pasillo hasta un gran comedor con unos enormes ventanales que daban a la zona más bulliciosa del Palais Royal.

—¿Dónde estamos?

—En mi nuevo hogar. Quería decírtelo, pero parece que últimamente no nos comunicamos.

—¿Tu nuevo hogar?

—Sí, he decidido mudarme, dejar los barrios bajos y empezar a codearme con la gente bien, la gente rica y poderosa.

—O sea, la gente como tú. —Y Danchart sonrió al tiempo que Rasjwonski titubeaba, para pasar también a mostrar un esbozo de sonrisa.

—Bueno, la verdad es que sí.

Danchart se sentó a una inmensa y elegante mesa en la que se había servido un gran banquete. Rasjwonski se sentó sobre ella, apoyó los pies en una de las sillas y cogió un apetitoso melocotón de un frutero. Luego tocó una campanilla y entró un mayordomo perfectamente uniformado, que sirvió sendas copas de vino a los dos amigos.

—Puedes retirarte, Sebastián.

—Veo que tu cambio de vida va muy rápido —dijo Danchart al tiempo que comenzaba a comer con gran apetito.

—Quizá cambiemos un poco las formas, pero en el fondo todos llevamos a un pequeño burgués dentro.

—¿Cuáles son tus planes?

—Pues convertirme en un honrado hombre de negocios…, al menos todo lo honradamente que puedan convivir esas palabras. Los nuevos tiempos ofrecen grandes posibilidades… Te hablaría de mis negocios y de mis socios, pero… —Rasjwonski interrogó con la mirada a su amigo.

—No…, no lo hagas… Te agradezco nuevamente tu benevolencia conmigo, pero creo que no sería bueno ni para mí ni, no nos engañemos, para ti. Aunque no lo creas, me doy cuenta de que soy demasiado voluble y creo que no sería un buen aliado.

—Está bien, ya sabes que hoy me he propuesto no llevarte la contraria.

—¿Y qué va a pasar con El Cuartel? ¿Con la casa de Saint-Antoine?

—Pues de momento no lo sé, esperaba que me lo dijeras tú.

—¿Yo?

—Sí, a mí ya no me interesa. Si la quieres, tuya es.

—¿Mía? Sabes mejor que yo que no puedo pagarla, y aunque pudiese, ¿para qué?

—Entonces…, ¿la imprenta?

—La libertad de prensa es algo muy importante, Rasjwonski… Tienen que acabarse las salidas nocturnas que tú y yo sabemos.

—Tú verás, pero, aun así, creo que una imprenta y gente que sepa manejarla puede ser un buen negocio. Ahora llueven sobre París miles de intelectuales y políticos, y todos traen la fórmula salvadora para la pobre Francia. Todos necesitarán una imprenta y a un impresor para contarle al país sus maravillosas ideas… Sin pensar mucho, ya se me ocurren varios clientes.

Danchart dejó de comer y miró fijamente a Rasjwonski, que continuó hablando:

—Piénsalo. Salvaguardarías esa libertad que consideras tan importante y mantendrías cierto poder, cierta capacidad de decisión y, posiblemente, ganarías un buen jornal.

—Pero necesitaría dinero para cubrir los gastos de al menos un par de meses.

—No te preocupes, cuenta con él.

—Bueno, siendo así…, creo que podemos intentarlo.

—¡Fantástico! Esta misma noche te presentaré a tu primer cliente.

Aquella mención de Rasjwonski a esa misma noche hizo que Danchart dejase de comer repentinamente y le preguntase:

—¿Y bien?, ¿adónde vamos a ir? ¿Dónde está Marie?

Rasjwonski se levantó de la mesa.

—De acuerdo, está claro que se ha acabado la cena. Acude casi todas las noches al salón de madame de Staël. Allí podrás verla.

Ni la belleza salvará al mundo
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