XLVII. Tentación

A pesar del frío que reinaba aquella mañana, Danchart no quiso que Sonia le lavase la cabeza y le cortase el pelo en otro lugar que no fuese la puerta del palacio. La muchacha ya en faena se había ofrecido también para afeitarlo, y lo hacía en el mismo viejo sillón que Danchart salvara una vez de la hoguera. Sonia lavó primero su cabeza con pastillas de jabón recién llegadas de París, hundiendo sus manos en los cabellos del joven, que habían recuperado su color oscuro, quedando para el recuerdo aquellos mechones largos y grisáceos que otrora parecían definitivos.

Danchart se dejaba llevar en las manos de la muchacha. Cerraba los ojos y se reía escuchando una canción totalmente arrítmica que Sonia inventaba sobre la marcha y que hablaba de un joven conde que salía a cazar pero al que todas sus presas escapaban en el último momento. Danchart reía y gritaba «¡ya!» cuando Sonia situaba al conde a punto de disparar, pero entonces ella cantaba «Y el pajarillo se marchó, se marchó, se marchó». Danchart movía entonces su mano y buscaba uno de los barreños para salpicar a Sonia, que escapaba y reía prometiéndole mejor suerte en la próxima ocasión.

Los masajes en el cabello acabaron convirtiendo el canturreo sin sentido en una suave nana que hizo a Danchart entrar en un frágil sueño, el cual Sonia respetó al terminar con las tijeras que había utilizado para cortar las puntas de la larga cabellera del muchacho y comenzar a embadurnarle la cara de jabón de afeitar. Y, tras terminar, quizá allí mismo lo hubiese dejado durmiendo si un joven bien vestido no hubiese cruzado a caballo la puerta de la finca del palacio. Sonia aún esperó a ver si lo reconocía antes de sacar a Danchart de su remanso de paz con una caricia en la cara y un susurro en el oído.

—Danchart, viene alguien.

El conde abrió los ojos, los centró en el visitante y pronto esbozó una amplia sonrisa.

—¡Beauchamp! ¡Beauchamp! Bienvenido a mi hogar.

El muchacho aceleró el paso y pronto se encontró desmontando, dispuesto a fundirse en un fuerte abrazo con Danchart si Sonia, presa de un temor incomprensible, no hubiese impedido al conde levantarse antes de que ella terminase su faena. Listo a los ojos de Sonia y a buen seguro que del resto del mundo, pudo al fin responder a los brazos abiertos de aquel chico que tan fielmente le había servido en días que a Danchart parecían tan lejanos y que, sin embargo, tan poco tiempo atrás había dejado.

Beauchamp puso rápidamente al conde al corriente de su vida. La imprenta marchaba maravillosamente y los había convertido tanto a él como a Girardin en prósperos empresarios. Eso y una hermosa jovencita que esperaba un niño habían acabado por llevar al joven impresor ante el altar. Aunque Danchart quiso almorzar con él en aquella mesita del jardín que le gustaba tanto, el clima le venció esta vez y acabaron en el despacho del conde, alrededor del fuego y picoteando mientras degustaban un seco vino tinto. Eran solamente dos muchachos y, a pesar de ello, en su manera de hablar se escondían frases que los convertían en viejos, en ancianos que cuentan historias de juventud en las que a veces se confunden los recuerdos y las leyendas. Danchart no quiso dejar de preguntar por Serrant, por aquel buen hombre al que le unía la misma sangre que lo unía con Beauchamp y Girardin: la sangre negra de la tinta, pero también la sangre negra de un maravilloso deseo de contar, de decir a los demás que suceden un montón de cosas sencillamente revolucionarias cada día a nuestro alrededor. Que en cada esquina se esconde un héroe o un villano que solo necesita de alguien que descubra la proeza de sus pequeñas cosas y que en grandes letras se lo diga a todo el mundo.

Serrant estaba bien. Los suyos lo arropaban. Era alguien por el que sentían devoción muchos de los que entonces se sentaban en la Asamblea, y ni un día le faltaban las visitas llenas de cariño de sus leales amigos. A Danchart le alegró que tuviese esa recompensa. Que aunque no fuese con sus ojos, pudiese ver los acontecimientos que él tanto deseaba para su país, para sus gentes, y que lo viese con sus propios oídos de boca de las personas que más lo apreciaban.

Beauchamp le dijo que desde que Girardin había venido a visitarlo y le había dicho que gozaba de tanta salud y felicidad, había ardido en deseos de ir también él a Clermont, y que por eso no le había contado lo de su hijo y su matrimonio por carta, pues esperaba ansioso esa visita. Sin embargo, el constante trabajo le había obligado a aplazar aquel viaje una y otra vez hasta que por fin encontró una excusa inexcusable. En aquel momento se hizo un halo de silencio que sorprendió a Danchart, y Beauchamp se recubrió de un misterio que sorprendió al conde. Parsimoniosamente llevó su mano a la camisa, debajo de la chaqueta, y de un escondido bolsillo sacó un sobre.

—El marqués de Mirabeau me pidió que viniese a traérosla personalmente, y que me cerciorase de que nadie más que vos teníais acceso a ella.

—¿Mirabeau? Será una carta del marqués…

Danchart la cogió y, dejándola entre los papeles que cubrían su mesa, principalmente cartas de su contable y periódicos viejos, devolvió una sonrisa y se propuso continuar con su afable charla con Beauchamp. En cambio, este se mostró nervioso y bajando la voz le detuvo.

—Me ha pedido que le lleve una respuesta.

Danchart le respondió con un gesto de sorpresa y volvió a coger el sobre. Encima de la mesa había un abrecartas que le ayudó a abrirlo rápida y limpiamente. Desplegó varias dobleces en las que venía el papel y leyó con atención.

—No… No… No…

De su rostro se apoderó la tensión.

—¿Has leído esto, Beauchamp?

—No, claro que no. Soy leal a vos, incluso al marqués.

—Dime la verdad, porque si has leído esto, estás en peligro.

Beauchamp se levantó entre asustado e indignado por la falta de confianza.

—¡Os digo que no!

—Está bien. Hagamos como si esto no hubiese sucedido. Olvida que has traído hasta aquí esta carta. Piensa que este viaje ha sido solo por el placer de venir a conocer este lugar y visitar a un viejo amigo.

—Está bien, está bien. Pero ¿qué le digo al marqués de Mirabeau?

—Dile que no cuente conmigo. ¡Que se olvide de mí!

Danchart llevó las manos a la cabeza y resopló con fuerza.

***

Aquella visita rompió la monotonía del conde y el resto del día lo pasaron caminando por la gran finca del palacio, hablando Beauchamp de su mujer y Danchart de cazar y pescar. Con todo, en ningún momento volvió a ser fluida y clara la comunicación entre los dos. Danchart estaba la mayor parte del tiempo absorto y respondía con onomatopeyas a las parrafadas de Beauchamp. Además, estaba nervioso. Se tocaba continuamente el bolsillo de la chaqueta donde había guardado la carta de Mirabeau y caminaba en círculos para evitar alejarse demasiado del palacio.

A media tarde, llegó Couthon. Enterado de que Danchart tenía visita de un joven bien vestido, quiso ir a conocerlo, seguro de que sería alguien de París con noticias de primera mano. No se equivocó; se mostró encantado de conocer al impresor y aún más al saber que por las manos de aquel muchacho pasaban los periódicos que él recibía con tanto entusiasmo. A Danchart la visita de Couthon lo puso todavía más nervioso, y sorprendió a todos cuando les dijo que se encontraba mal y que quería retirarse a descansar. Couthon enseguida se fue y Beauchamp terminó por hacerlo también. Aunque tenía previsto pasar la noche allí e irse al día siguiente, se dio cuenta de que el malestar de Danchart no era físico, sino más bien mental, y que marchándose él, el conde se recuperaría mucho antes de la ligera angustia que comenzaba a embargarle. Esa situación de desasosiego no evitó que los dos se fundiesen en un abrazo antes de despedirse, y que Danchart le insistiese en que volviera pronto a visitarlo y le mantuviese informado de su próxima paternidad.

Danchart pasó el resto del día en su habitación. Tumbado sobre la cama. Aquella carta seguía revoloteando en su mente y lo más terrible era que aquel «No, no, no», que había exclamado nada más leerla, ya no era un «No, no, no», sino un «Quizá, ¿por qué no? Tal vez esa sea la solución». Y aquello lo hacía sentirse cada vez más nervioso. Lo hacía levantarse repentinamente y salir corriendo hacia la puerta. Pero no. Se detenía y se sentaba en la ventana. Viendo caer el sol. Viendo un maravilloso atardecer sobre los jardines en los que tanto había trabajado…

Vencido por su lucha interior, acabó por bajar a la cocina buscando algo que llevarse a la boca cuando le detuvo un ruido en el gran salón. Decenas de candelabros lo iluminaban todo, y Danchart se apoyó en el dintel de la puerta, embobado con la visión de una Sonia radiante, con un hermoso vestido azul claro y bailando al son de la misma música que tarareaba. Giraba sobre sí misma, y en cada giro volaba más la cola de su vestido. Y volaban también sus hermosos rizos negros hasta que adivinó la sombra del conde bajo la puerta y, avergonzada, se detuvo. Danchart entonces caminó hacia ella. La joven esbozó una sonrisa nerviosa.

—Pensé que habías salido a El Español.

—¿Sabes? Habría que dar aquí un gran baile. Podríamos hacerlo este año nuevo.

—No, no. Sabes que no me gusta… la gente.

Danchart la tomó por la cintura y la condujo al centro del salón. Una vez allí, la cogió de la mano y le hizo una pronunciada reverencia.

—¿Bailáis conmigo, mademoiselle?

La joven aceptó el desafío con la elegancia debida y siguió los pasos que le marcaba el conde. Las elegantes reverencias, los pequeños saltos, los giros de la mano, acabaron dando paso a un baile quizá más pausado y lento, en el que los cuerpos de ambos acabaron pegados, abrazados; con Danchart hundiendo su cabeza en los rizos de la muchacha al son de una música imaginaria. Sonia le besó el cuello. Danchart le pasó la mano por la mejilla… Cuando despegaron sus cuerpos, Sonia corrió nerviosa hacia la puerta, sujetando el vestido con una mano y llevándose la otra a los ojos. Apenas escuchó a Danchart que, cabizbajo, se detuvo en la inmensidad del gran salón.

Cuando Danchart salió de su letargo y fue a buscar a la muchacha, esta había cerrado con llave la puerta de su habitación y fue el silencio la única respuesta que ofreció a la dubitativa llamada del joven. Danchart acabó por coger algo para cenar y sentarse en su nuevo sillón, al pie de una hoguera atestada de leña que junto a unas velas iluminaba la habitación. Apenas leyó aquella noche y pasó la mayor parte del tiempo con la vista perdida en el fuego. Finalmente, se llevó la mano al bolsillo de la camisa y sacó aquella carta que Mirabeau le había mandado. La abrió nervioso y volvió a leerla:

Querido Danchart:

Espero perdonéis mi osadía al recurrir a vos en este momento de encrucijadas que vivimos. Lo hago basándome en el aprecio mutuo que me consta sentimos y en vuestra lealtad de sobra contrastada. A esa lealtad apelo, pero no para conmigo, sino para con los principios que nos han hecho llegar a nuestros días y que por desgracia se ven amenazados por arribistas que tratan de convertir las mejoras que tanto anhelamos las gentes de buena voluntad en salvajes medidas propias de individuos sin valores. Solo así se entiende que hayan puesto entre la espada y la pared a los que tanto hemos luchado por que las cosas cambiasen en este país.

Por eso recurro a vos, leal y fiel amigo, para que acudáis a la llamada de nuestro rey y nuestra reina, acosados por infieles.

Danchart, la monarquía está en peligro. Esta no es la revolución por la que nosotros luchamos. Ahora más que nunca, la Corona necesita a los leales, a los que llevan la sangre azul en sus venas. Y no a viejos como yo, sino a los jóvenes capaces como vos. Danchart, hay que sacar al rey de Francia. Es la única manera de devolverle la libertad. De dejarle gobernar con libertad al que hoy es rehén de las pescaderas de La Halle y del populacho de los arrabales. Por eso me atrevo a pediros que contactéis con el conde Fersen y os pongáis a su servicio para planear la fuga de la familia real de París.

Consciente del favor que os pido, os ruego seáis consciente vos también de lo que yo arriesgo con estas letras que llevan mi firma, como signo claro de mi compromiso con la causa.

Confiando en que sabréis cumplir con vuestro deber, se despide vuestro amigo, deseoso de volver a abrazaros en tiempos mejores para todos.

Mirabeau

Danchart giró de nuevo la cabeza de un lado a otro, y el «No, no, no» volvió a cubrirlo todo. Aquello no era para él. Él no creía en eso. No creía en lo que le pedían. Y aunque lo hiciese, Mirabeau le sobrevaloraba. ¿Quién era él para conseguir nada? Si alguna vez hizo algo por la revolución, algo que cada vez le parecía más lejano e irreal, había quedado ya muy atrás. Y no había sido mérito suyo en ningún momento. Él solo había sido un peón más, quizá guiado desde el Palais Royal, en manos de Felipe de Orleans, de Talleyrand…, de tantos personajes que pensaron lo que otros hicieron sin saber por qué. Mirabeau le pedía demasiado. Él era feliz en Clermont. Tenía allí todo lo que necesitaba… Bueno, quizá no todo, pero lo que a él le faltaba no podría dárselo Mirabeau; ni siquiera un omnipotente Luis XVI. No como él lo deseaba. Eso solo estaba en manos de la libertad, y si algo había aprendido era que respetar la libertad era respetar precisamente los actos de otro con los que uno no está de acuerdo. Eso también tendría que aprenderlo el rey.

Danchart se levantó y arrojó la carta al fuego. Permaneció observando cómo las llamas consumían el papel hasta que este se deshizo por completo. Luego se sentó en su sillón, cerró los ojos y respiró profundamente. Al poco rato, y liberado de nuevo de toda tensión, concilió el sueño al pie de la chimenea. Un profundo sueño del que solo se despertó unos segundos cuando, cerca de la mañana, Sonia lo arropaba con una gruesa manta, después de pasar la mano por sus mejillas y mesar sus cabellos…

Ni la belleza salvará al mundo
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