Capítulo 80
– ¿Has intentado llamarla, Dom? -preguntó Manny.
La fiesta de Nochevieja le había dejado algo de confeti dorado en la cabeza, y estaba achispado, como casi todos los presentes.
– Sí, y solo me sale el contestador. Estoy empezando a preocuparme, Manny.
– Lo sé, amigo. Tómate otra cerveza. ¡Mari! -llamó al otro lado del abarrotado salón de la casa de Eddie Bowman, lleno de policías y detectives con sombreros de fiesta que bebían en copas de champán de plástico-.Tráele otra cerveza a Dom.
Marisol desvió la atención de la conversación que mantenía con otras seis mujeres. Iba vestida con un traje púrpura de lentejuelas de pies a cabeza, al que le faltaba un conspicuo pedazo en la parte del estómago. Le lanzó a Manny una mirada de irritación y le hizo un gesto para que callara.
– De acuerdo. Tráele una cerveza a Dom. Por favor -repitió Manny, y se volvió hacia su amigo-. Dios mío, un solo revolcón y ya tengo que ponerme en plan finolis. Estoy empezando a echar de menos mis días de soltero, Dom. Quizá deberías pensártelo.
– No quiero más bebida, Manny, gracias. De todas maneras, voy a irme a casa.
– Pero si no es ni medianoche. El reloj todavía no ha sonado. Puede que ella no esté en casa. Quizá se ha ido a pasar el fin de semana fuera.
– Puede, pero su coche sigue en su aparcamiento.
– No te pongas en plan detectivesco conmigo, colega.
– Estoy preocupado, Oso. Tiene muy mal aspecto. Ha perdido peso, no come y salta a la vista que no pega ojo. Y no nos llamará a ninguno de los dos. Ese tío, Bantling, está jugando con su mente y lleva las de ganar. Algún poder tiene sobre ella. Tú hace años que la conoces, ¿la habías visto así antes?
– No. Así nunca. Y no me gusta. Puede que este caso le quede grande, aunque a lo mejor resulta que ha decidido tomarse el fin de semana libre. -Hizo una pausa y tomó un trago antes de acabar de exponer lo que pensaba-. O quizá es que tiene a otro, Dom.
– Mira, si fuera eso, yo me retiraría discretamente, pero no creo que esté con otro. Creo que ha decidido hacer las cosas a su manera y se ha echado a la espalda algo demasiado gordo que no quiere compartir con nadie. Y eso está acabando con ella. Lo veo en sus ojos, en la forma en que me mira.
– En todo caso, como fiscal ha concluido. ¿Cuánto queda, unos días más?
– Solo la defensa.
– Ese es el problema. Nadie sabe con qué va a salir ese chiflado. Ni siquiera si va a subir al estrado. No hubo suerte con lo de ese taller, ¿verdad?
– No. Lo comprobamos todo. Eddie incluso ha estado siguiendo una pista esta mañana. Nada. No tenemos más remedio que esperar y ver qué hace Bantling. Empezar a partir de ahí.
– Esa abogada suya es un saco de mierda. -Manny imitó la voz de Lourdes Rubio-: «Demostraremos que es sangre de animal. Demostraremos que no sabía lo que había en su jodido maletero, y lo haremos a pesar de que no estamos obligados a hacerlo». ¡Y una mierda! El Luminol no nos dice de qué tipo era la sangre que había por todas partes, solo nos deja verla. Lo sabe, pero tiene que retorcerlo. Lo mismo vale para el camelo de Bantling de que se trataba de sangre de pájaro. Ella tampoco puede probarlo. ¿Qué jodido pájaro conoces capaz de rociar como si fuera un surtidor aquel cobertizo? Pero, claro, eso a Rubio no le importa. Solo se preocupa de llevar al jurado por la polla hasta toda esa mierda suya.
– O por otro sitio.
Manny movió la cabeza en señal de disgusto.
– Y que lo digas. ¿Sabes lo que me contó el alguacil de Chaskel? Me dijo que la jurado esa de la primera fila le ponía ojos tiernos a Bantling, incluso después de que Neilson les largara toda su historia. ¿Qué tipo de mujer puede estar tan desesperada para algo así?
Como si quisiera rubricar aquellas palabras, Marisol salió de la cocina con dos cervezas.
– Aquí tienes, Oso -ronroneó, entregándole las bebidas-. Solo porque me lo has pedido por favor.
– Mira, Manny, me largo. Hay algunas cosas que necesito hacer mañana, unos cuantos tipos a los que debo entrevistar. Quizá consiga algunas respuestas antes de que Bantling monte su numerito la semana que viene.
– ¿El día de Año Nuevo?
– No hay descanso para los menesterosos. Mantiene mi mente ocupada.
– Llámela mañana, colega. Insiste. Está todo a punto de acabar.
– ¿Llamar a quién? -preguntó Marisol a Manny con un susurro.
Dominick se despidió y atravesó la multitud camino de la puerta.
– ¡Cinco! ¡Cuatro! ¡Tres! ¡Dos! ¡Uno…! ¡Feliz Año Nuevo! -gritó Dick Clark desde el televisor, y todo el salón prorrumpió en gritos de alegría, silbidos y risas.
– ¡Y qué buen año va a ser este del dos mil uno! -vociferaban los altavoces.
– Lo dudo -murmuró Dominick para sus adentros, cerrando la puerta y alejándose por el camino de acceso de la casa-. Francamente, lo dudo.