29

Llevaba dos días sin dormir. Ese hecho no podía no afectar a mis capacidades físicas. Veía la vida a través de un prisma de puntitos multicolores, como quien se despierta dolorido o sumido aún en un sueño. A mi alrededor, las formas se desdibujaban en una realidad resbaladiza y torpe, y yo me esforzaba sin tregua por atrapar algo que no existía. Sentía como vértigos, pero no me atrevía a decir nada. Mi jefe, que ahora ya venía a verme todas las noches, reparó en mi palidez. En cuanto le expliqué la situación, me reprochó con vehemencia:

—Tendrías que habérmelo dicho enseguida. Vete a casa y descansa.

—Pero… ¿y cómo se las va a apañar usted?

—¡Eso no es problema tuyo!

Seguía portándose muy bien conmigo. Se las arreglaría, aunque tuviera que sustituirme él mismo por las noches. «Me recordará mis años mozos», añadió con una sonrisa de oreja a oreja. Tema esa capacidad que tienen algunos de hacerte un favor y que encima parezca que la nueva situación les conviene a ellos. Su actitud me conmovió. Volví a mi casa y redescubrí que también se puede dormir por las noches.

Me desperté varias veces sin saber dónde estaba. Cada vez necesitaba varios segundos para distinguir los contornos de mi habitación, y a partir de ese punto de partida visual recuperaba la conciencia de la situación. Pensé que quizá se encontrara ahí la felicidad, en el primer instante del despertar, cuando abres los ojos a tu vida, sorprendido casi de ser tú mismo. Ese instante se asemeja a los recuerdos que uno puede tener de su infancia, esos retazos extraños que perduran a lo largo de los años sin que uno sepa de verdad por qué[6]. No se sabe por qué la memoria elige un momento y no otro. Es cierto, la elección es irracional: recuerdo el color de un cochecito de bebé, el rostro de una niñera, el asesinato de John Lennon; pero no conservo ninguna imagen de la guardería en la que pasé tres años, de los viajes por España con mis padres ni de la muerte de un perro al que, según dicen, quería más que a nadie. Hay colores, voces e instantes que son como una avanzadilla en nuestra memoria balbuciente; esas imágenes son espeleólogos capaces de cavar en la roca intacta de la infancia. Eso fue lo que pensé aquella mañana; seguramente lo hice para dejarme acunar por la ilusión del tiempo detenido. Para permanecer el mayor tiempo posible en el umbral de la consciencia; para quedarme en el andén de ese día que aún tenía que afrontar.

Tenía planeado ir a ver a mi madre, pero antes quería pasarme por la residencia, por si acaso. Sabía sin embargo que si la directora no había llamado a mi padre sería porque no tenía nada nuevo que decirnos. La situación seguía en punto muerto. Y, nada más llegar, pude ver ese punto muerto en su rostro. Me dijo que no había pegado ojo en toda la noche, que la situación la disgustaba enormemente. Había llamado a sus colegas directores de establecimientos geriátricos, y todos le habían contado de casos similares. Pero en todos se trataba de personas seniles o que ya no estaban en posesión de todas sus capacidades mentales. Un caso como el de mi abuela no era frecuente. Me propuso entonces tomar un café o un té, o lo que yo quisiera, pero preferí marcharme. No alcanzaba a percibir del todo hasta qué punto era sincera. Me preguntaba si no fingía estar muy afectada para que la dejaran en paz. Pero algo me había irritado en esa estúpida —pues, ahora que vuelvo a pensar en ello, lo puedo escribir lisa y llanamente: era una auténtica estúpida—, y era esa manera que tenía de querer apropiarse de mi desazón. Llegué sintiéndome incómodo, angustiado, y que ella fingiera estar afectada me hizo sentir aún peor. Como si me correspondiera a mí tranquilizarla y decirle que todo iba a salir bien. No tenía derecho a hacerme eso. Me traía sin cuidado que me ofreciera café o té, yo sólo quería que encontrara a mi abuela.

Así que me marché enseguida, sin imaginar que nunca volvería a poner los pies allí. Caminé por las calles aledañas, guiado por la misma incertidumbre que el día anterior. ¿Adonde debía ir? Justo cuando me estaba diciendo que no servía de nada, que más me valía abandonar esa búsqueda inútil, pasó algo. Es lo que suele ocurrir, ¿no? Pasé delante de la peluquería a la que solía ir mi abuela. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? La peluquera debía de conocerla bien. Los peluqueros suscitan confidencias, todo el mundo lo sabe. Bueno, digo los peluqueros pero esto también se aplica a todas las profesiones relacionadas con los cuidados personales y la sanidad. Todas las profesiones en las que el cliente está sentado o tumbado sin hacer nada. La palabra se libera con más facilidad. Era una peluquería muy pequeña, que vivía esencialmente de las cabelleras canas de la residencia de al lado. Seguro que la jefa se llamaba Marilyn, pero me falla la memoria, así que pongamos que se llamaba así, Marilyn. Estaba sentada en un sofá, leyendo una revista. Al verme, exclamó:

—¡Madre mía, qué trabajera me espera!

—Esto… no, no vengo por mi pelo sino por mi abuela.

—Pues qué pena, con usted habría trabajo para dar y tomar.

Me miré un momento en el espejo. Había salido de casa sin peinarme; de todas maneras, mi pelo era un pueblo rebelde difícil de someter.

—¿Dónde está su abuela? —quiso saber Marilyn.

—Eso es precisamente lo que no sé.

—¿Y quiere que la peine cuando no sabe dónde está?

—No… Discúlpeme, no me he explicado bien… Es sólo que mi abuela ha desaparecido, y como venía mucho por aquí… he pensado… que quizá usted supiera algo…

—¿Cómo se llama su abuela?

Le dije su nombre, pero no le sonaba de nada. Me puse a describirla, tratando de precisar algunos signos distintivos. En vano. Le sonaba vagamente, pero nada más. Entonces saqué de una bolsa uno de los carteles que había estado pegando por la calle el día anterior, y, al ver la fotografía, se mostró tajante: no la conocía.

—¿Está usted segura?

—Sí… bueno, viene tanta gente por aquí… Espere… vuelva a enseñarme el cartel… Ah, sí, vino una vez… pero hace meses, ahora ya me acuerdo… Una señora muy simpática…

—¿Hace meses? ¿Nada más?

—Sí, desde entonces no he vuelto a verla.

—¿No ha vuelto? ¿Está usted segura?

—Pues… sí, a veces me despisto, pero no chocheo.

Todavía sé a quién peino.

—¿Está usted segura?

—¿Qué pasa, hablo chino o qué?

—…

Se instaló un silencio, y de pronto oí un ruido en la trastienda, un ruido muy tenue, como si alguien intentara ser discreto sin conseguirlo. Me apresuré a preguntar:

—¿Hay alguien más aquí?

—… Sí, mi hija.

—¿Su hija? ¿Está ahí… detrás de la cortina?

—Sí, mi hija está ahí… está jugando.

—¿Jugando?

—Mire, joven… no le entiendo bien…

—¿Puedo ir a ver?

—¿Ver el qué?

—Detrás de la cortina. Me gustaría ver qué hay detrás de la cortina.

—Pero bueno, ¿usted está bien de la cabeza?

—Por favor.

—Será mejor que salga de aquí.

—Se lo pido por favor.

—¡Y yo le pido por favor que se vaya!

Me miró a los ojos. Seguramente debía de parecerle un tipo raro, pero en absoluto peligroso. Imagino que debió de darse cuenta de que era sincero, así que al final dijo: «Bueno, de acuerdo». Avancé hacia la cortina y pensé que mi abuela estaba ahí, que se estaba escondiendo allí desde el principio. Ese ruido sólo podía tratarse de ella. Ante mi angustia y mi desazón, la peluquera había decidido confesármelo todo. Se había resistido un poco, pero al final había comprendido que era mejor poner fin a ese numerito que no tenía ni pizca de gracia. Caminé hasta la cortina, la descorrí despacio, muy despacio, y descubrí a una niña sentada en el suelo, jugando con una muñeca.

Retrocedí sin decir nada y salí de la peluquería, sin cambiar una palabra con la dueña. Durante un instante había creído en mi intuición. Sí, había avanzado hacia la cortina con la certeza de que mi abuela estaría detrás, y ahora me daba cuenta de lo absurda que era esa certeza. ¿Qué habría podido hacer mi abuela en la trastienda cutre de una pequeña peluquería de barrio? Qué tonto había sido. Cogí el tren de cercanías para ir al chalé de mis padres y, durante todo el trayecto, no dejé de sentirme como un idiota. Hasta que no llegué y me vi delante de mi padre no lo entendí todo, de repente.