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ESE día de mayo iba a ser el del reencuentro. Fue el de la postrera separación y la postrera dispersión.

Adam tenía prevista una programación muy concreta que había escrito, seguramente para aclararse las ideas.

 

Nos encontraremos en la casita de Semiramis a eso de las doce del mediodía y no más tarde de la una y media. Si Ramzi viene, dejaré que diga unas cuantas palabras ecuménicas y pronunciaré luego un discurso de bienvenida. Puede parecer fuera de lugar en una reunión de amigos, pero vale más hacerlo así para dar el tono y que los presentes se enteren bien de que no se trata de una reunión cualquiera.

Ramez me ha prometido que traerá algo así como un folleto que ha encargado a su hija que preparase en la oficina de su empresa y donde han reunido unas cuarenta fotos, la mayoría antiguas, en las que me dice que salen todos los presentes y además los dos desaparecidos, Mourady Bilal. Nos regalará a cada uno un ejemplar en que pone: «Convención del 5 y del 6 de mayo de 2001. Auberge Semiramis». Este nombre tan pomposo le dará mayor solemnidad aún a la reunión. Pero ¿por qué no? No me desagrada.

Ramez ha tenido la delicadeza de incluir a Dolores en ese álbum. Yo no llevaba ninguna foto de ella, pero Semi dio con una, tomada en París el día en que vino a cenar a nuestra casa. Se nos ve a los tres, enlazados y mejilla con mejilla; una cercanía que adquiere para nosotros, en vista de nuestras recientes «peripecias» íntimas, una resonancia bastante curiosa.

Dunia y Ramez saldrán en avión al alba. No tengo ninguna duda de que llegarán los primeros, aunque vienen de más lejos que todos los demás.

Albert me ha prometido que su «padre adoptivo» lo traerá a las doce en punto; también me fío de él por completo.

Nidal ha vuelto a confirmarme que viene y que no llegará tarde. No tengo ninguna razón para no creerlo: los militantes siempre son puntuales. Semi sigue pensando que he hecho mal en invitarlo… Pero, pese a todo, le ha comprado un pack de cervezas sin alcohol.

Tania, en cambio, nunca llega puntual, según me han dicho. Si tomo en cuenta su comportamiento de estos últimos días, casi debería alegrarme; pero no puedo pronunciar el discurso de bienvenida antes de que se presente. A fin de cuentas, ella es el origen de esta reunión. Ya veremos.

La ausencia que más me afectaría sería la de fray Basile. Nadie como él podría elevar este encuentro a otras dimensiones. No sólo por lo que diga, pues no habrá riesgo de que se pierda en futilidades cotidianas; sino por el mero hecho de acudir y por el efecto que su presencia no podrá por menos de causar en los demás, sobre todo en Ramez y su mujer. Habrá forzosamente entre ellos algunos reproches y algunos arrepentimientos, y también unas cuantas lágrimas seguramente; pero estoy convencido de que se separarán reconciliados.

La presencia del monje nos aportaría, pues, al tiempo, estímulo intelectual e intensidad afectiva. Pero eso será si viene… En contra de lo que han hecho los demás, no me lo ha prometido formalmente. Ha dicho: «A lo mejor» y «Haces bien en reunidos», pero no tengo la sensación de que vayamos a verlo llegar espontáneamente. Y tampoco creo que fuera buena idea llamarlo. Estoy casi seguro de que por teléfono daría con un pretexto para escabullirse.

Lo único que podría hacerse sería que fuera yo a buscarlo con el insustituible Kiwan; sin avisarlo y basándome sólo en nuestra última conversación junto al laberinto. Si ve que he hecho todo ese trayecto sólo para recogerlo, le dará apuro dejar que me vaya con las manos vacías, acallará sus aprensiones y vendrá.

Para eso, tendría que salir muy temprano. Deberíamos llegar al monasterio a las nueve y media y ponernos en camino antes de las diez para estar en el hotel algo antes de las doce. Lo que nos obliga a irnos a eso de las siete y media.

Dolores me ha dicho que vendrá conmigo.

 

Pero su compañera renunció a hacerlo. Volvieron muy tarde del restaurante, alrededor de las dos de la madrugada. Cuando sonó el despertador a las seis y media no se movió. Adam le dio dos o tres golpecitos suaves en el hombro. Ella preguntó la hora sin abrir los ojos. Adam se la dijo. Dolores masculló algo y volvió a quedarse dormida.

El entonces se afeitó, se duchó, se vistió y volvió a inclinarse sobre ella para darle un beso en los labios. Ella, como por reflejo, alzó los brazos para rodearlo con ellos. Luego lo soltó. Adam se fue.