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CUANDO Adam abrió los ojos, le habían metido una nota por debajo de la puerta. Semiramis le pedía que fuera a desayunar a su veranda en cuanto se despertase. Le había hecho llegar la misma invitación a Naím, que ya estaba allí comiendo pan de higos.

—Ayer, cuando cerré los ojos, lo dejé tragando. ¡Abro los ojos y sigue tragando! —comentó su amigo.

El tragador se disponía a contestar, pero la anfitriona se le adelantó:

—¡Dejad las peleas de gallos para luego! Estábamos haciendo el programa de la mañana. A Naím le gustaría ir a ver la casa que sus padres alquilaban en verano. Sólo se tarda media hora en llegar. Os acompaño.

—No voy a eternizarme allí —prometió el brasileño—. Sólo quiero comprobar si mis recuerdos se ajustan a la realidad o si los he embellecido.

—Si eso es lo que pretendes, prepárate desde ahora mismo a perder las ilusiones —lo avisó Semiramis—. Aunque tus recuerdos se ajustaran a la realidad de ayer, seguro que ya no se ajustarán a la de hoy.

—No te preocupes, Semi, sé a qué atenerme. Ir a ver los lugares de la infancia es una práctica masoquista. Uno intenta llevarse una decepción y, efectivamente, se la lleva.

 

La famosa casa era desde luego decepcionante. Daba la impresión de que nunca se habían pintado las paredes por fuera, ni tampoco los postigos. El tejado era bajo y plano. La puerta de entrada estaba a dos metros de una carretera ancha por la que pasaban muchos camiones trepidantes. Flotaba en el aire olor a fuel y a aceite quemado.

En cuanto Naím reconoció el edificio, Semiramis aparcó en la misma puerta. Hubo entonces unos minutos de titubeo. El «peregrino» miraba por la ventanilla sin decidirse a bajar del coche. Sus acompañantes esperaban, observándolo con el rabillo del ojo, en un silencio compasivo. Fue él quien acabó por declarar, esforzándose por parecer más divertido que triste:

—Ya no tiene parecido con nada.

Era difícil negárselo.

—Ha pasado por aquí la guerra —suspiró Adam a modo de consuelo.

—El problema no es la guerra, es la carretera —dijo Naím—. En mis tiempos era sólo un caminito de tierra. Y delante de la casa había un patinillo vallado, con una portilla de hierro forjado y un paseo de varios metros que llevaba a esa puerta que veis ahí. Ahora la carretera se ha tragado el paseo, el patinillo, la valla y la portilla.

«Todos los años, cuando llegábamos, a primeros de julio, había un ritual inmutable. El casero nos estaba esperando. Lo llamábamos, cortésmente, ustaz Halim. Era funcionario de aduanas e iba siempre con traje y corbata. Le dábamos las llaves, para que abriera él la puerta; nos daba la bienvenida formalmente y nos devolvía el llavero. Luego, mi padre le alargaba un sobre donde iba el importe del alquiler anual. Él empezaba por decir: "¡No corre prisa!"; luego: "¡Otro día!"; y, cuando mi padre insistía por tercera vez, cogía el dinero y se lo metía, sin contarlo, en el bolsillo de la chaqueta.

»Cuando se iba el casero, mi madre salía al jardín y decía, invariablemente: "¡Es una selva virgen!". Y, no menos invariablemente, mi padre contestaba: "¡Mejor! Naím limpiará toda la maleza. ¡Así hará músculos!". Pero era una broma. Nunca hice gran cosa en el jardín.

—¿Y dónde está ese jardín tuyo?

—Del otro lado. ¡Venid!

 

Nada diferenciaba ya el jardín de la casa de veraneo del pinar que la rodeaba. Las paredes las prolongaba un murete de cemento que más bien hacía de banco corrido que de barrera de separación. Los tres amigos se sentaron en él, al amparo del sol bajo un árbol de follaje tupido. Se les olvidó en el acto la primera impresión. Cadera contra cadera, con los pies colgando, embriagados por el aroma de los pinos, notaban ahora la dulzura silvestre de aquel lugar de infancia.

—En dos o tres ocasiones durante el verano, ustaz Halim venía a ver a mi padre. Tomaban café juntos y hojeaban libros viejos. El casero decía: «En este pueblo, no se sabe quién es musulmán, quién es judío ni quién es cristiano, ¿verdad?». Mi padre asentía con la cabeza. Era mentira, por supuesto, y los dos lo sabían. Cuando te encontrabas a alguien por la calle, siempre sabías, como por instinto, a qué comunidad pertenecía. Pero sentaba muy bien oír palabras así. Porque la intención era generosa.

—Era una mentira civilizada —coincidió Semiramis—. Ahora se oye a la gente decir: «Yo, como cristiano, pienso esto; y yo, como musulmán, pienso lo otro». Siempre me quedo con ganas de decir: «¡Vergüenza debería daros! ¡Incluso aunque penséis según vuestra comunidad, fingid por lo menos que sois capaces de pensar solos!». ¡Que tengan por lo menos la decencia de mentir!

—Esas mentiras antiguas eran desde luego más decentes que esta forma de «hablar claro» de ahora —apostilló Adam—. La gente pensaba ya según el grupo al que pertenecía, no lo podía remediar. Pero sabía que era un fallo y que tenía que avergonzarse de ello. Así que mentía. Y, con esas mentiras transparentes, demostraba que tenía capacidad para distinguir entre el comportamiento real y el comportamiento deseable. Ahora la gente suelta en voz alta lo que lleva dentro, y no suena nada bien. Ni en este país ni en el resto del mundo.

—Por lo menos deberían disculparse, pero ni se les ocurre —ratificó Semiramis—. Todos los de alrededor hacen lo mismo, así que se imaginan que ésa es la forma normal de portarse. Y se enorgullecen de eso, en vez de avergonzarse.

—Queridísimos amigos míos —intervino Naím—, no querría ser el portador de las malas noticias. Pero ya tenéis edad para saberlo: el tiempo del decoro ha pasado. O dicho de forma más brusca: el decoro ha muerto.

Adam recibió la frase tonante de su amigo con la sonrisa que se merecía antes de preguntar.

—¿Cuándo se murió según tú?

—En 1914 —dijo Naím con firmeza, como si se tratase de un hecho comprobado—. En 1914 fue cuando se murió el decoro. Ni que decir tiene que nunca hubo en la historia ninguna época ni ningún pueblo irreprochables, y también es cierto que el decoro no es la principal característica de nuestra especie. Dicho lo cual, desde mi punto de vista, todo cuanto sucedió antes de 1914 entra en la categoría de pecados de juventud.

»Antes de esa fecha, la humanidad era impotente. Su peor enemigo eran las calamidades naturales; su medicina, más que curar, mataba; y su tecnología era balbuciente. Fue en 1914 cuando empezaron las grandes calamidades de fabricación humana: la guerra mundial, el gas mostaza, la Revolución de octubre…

—¡No siempre dijiste eso del comunismo! —comentó Semiramis.

—No, es cierto, de joven decía otra cosa. Pero ahora estoy convencido, visto a distancia, de que fue una calamidad de primera magnitud. ¡El gran sueño de igualdad entre los hombres malversado en una empresa cínica y totalitaria! ¡Todavía no hemos acabado de pagarlo! Con la carnicería de las trincheras y el tratado de Versalles —el insidioso progenitor de todas las guerras siguientes— ya estaba el decorado a punto en apenas cinco años. Nunca más pudimos librarnos de él. Todas las cosas espantosas que se nos han venido encima proceden de ahí. En Levante, en Europa central, en Extremo Oriente y en todas partes. ¿No es de esa opinión nuestro eminente historiador?

—Sí y no —contestó Adam, despertando en sus dos amigos guiños cómplices y risas sarcásticas. Pero lo dejaron ordenar las ideas—. Creo que hubo en este siglo que acaba dos ideologías destructoras; el comunismo y el anticomunismo. Es cierto que aquélla pervirtió el concepto de igualdad, el concepto de progreso, el concepto de revolución y otros mil conceptos que habrían tenido que seguir siendo respetables. Pero el balance de la otra es peor aún. Tanto se ha dicho: «Mejor Mussolini que Lenin», «Mejor Hitler que Stalin», «Mejor el nacionalsocialismo que el Frente Popular» que se ha consentido que el mundo entero se hunda en la indignidad y en la barbarie.

—No te falta razón —admitió Naím—. Con la salvedad de que nunca profesé el anticomunismo, mientras que en los ideales del comunismo creí, todos creímos en ellos. Adoptamos esa doctrina por razones honorables y luego nos vimos cornudos y apaleados.

Adam tenía in mente una comparación parecida.

—Nuestro destino es que nos traicionen —comentó—. Nuestras creencias, nuestros amigos, nuestro cuerpo, la vida, la historia…

Sus dos acompañantes se quedaron callados unos segundos; luego Naím bajó del murete con un salto torpe, declarando con buen humor un tanto forzado:

—¡Y ahora nos vamos! Ya he tenido mi cuarto de hora de melancolía. Vine, vi y me llevé un chasco. Ahora, en marcha. Bien pensado, prefiero mi choza en Brasil.

—¡Espera, no corras tanto! —intervino Adam—. Creo saber que esta casa se usó hace tiempo para encuentros muy licenciosos; eso es lo que me gustaría que nos contaras. Yo he venido por eso. ¿No estás de acuerdo conmigo, Semi?

A Naím le iluminó la cara una sonrisa infantil, como si regresaran las imágenes del pasado; y sus amigos pensaron que, con su proverbial locuacidad, iba a iniciar un largo relato. Pero no era ésa la intención que tenía.

—No tengo inconveniente en revelarte mis secretos, Adam. Pero hay algo que me está chinchando desde ayer por la noche.

Volviéndose a Semiramis, la puso por testigo:

—¿No te parece raro que nuestro amigo aquí presente nos obligue a ti y a mí a contar nuestras vidas, incluyendo las cosas más personales y más íntimas, y que él no cuente nada?

—Si apenas acabamos de reunimos. Ya tendremos tiempo de sobra —se defendió Adam.

—¡Semi y yo ya hemos tenido tiempo, pero tú no! Yo os he hablado de mi intemperancia, de los defectos de mi mujer y de los de mi madre. Semi nos ha contado su depresión y cómo salió de ella. Y tú no nos has dicho nada. ¡Ni una confidencia! Todo cuanto sé de ti es que das clases de historia y que se supone que estás escribiendo una biografía de Atila. Pero ¡de tu vida personal, nada! No me voy a poner a juzgarte, pero es un defecto tuyo que noté hace mucho. A lo mejor deberías pensar en enmendarlo antes que los tres lleguemos a la senilidad.

Y Semiramis insistió, como si se hubieran puesto de acuerdo:

—Es verdad, Adam. Las confidencias tienen que ser recíprocas. Naím nos ha enseñado la que fue su casa de campo, tú deberías enseñarnos tu casa. Sabemos que existe, algún día tendremos que verla. Ahora o nunca, ¿no te parece?