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CUANDO Adam abrió los ojos, la habitación estaba a oscuras. Cogió el reloj de pulsera que estaba encima de la cómoda. Eran las seis y cuarto. Levantó las persianas y el sol le dio en plena cara.

Seguía en albornoz. El pijama nuevo estaba en su caja todavía, pero ya no encima de la cama. Alguien lo había puesto encima de una mesa, con las camisas y toda la demás ropa sin desenvolver.

Así que no se había movido en toda la noche. Y eso que se suponía que tenía que bajar para cenar con sus amigos. Seguramente habían venido a buscarlo. Al encontrárselo profundamente dormido, decidirían no despertarlo.

Tomó otra ducha, se afeitó y se dio unas palmaditas en la cara con agua de colonia; luego se vistió y salió de sus habitaciones. Una joven de delantal blanco lo esperaba tras la puerta para llevarlo a la veranda inundada de luz donde estaban desayunando sus amigos

—¡Menos mal que no te esperamos para cenar! —dijo Ramez, riendo de buena gana.

Adam se deshizo en disculpas, mientras Dunia se dedicaba a defenderlo de los sarcasmos de su marido.

—No son formas de tratar a nuestro invitado ya desde por la mañana. ¡Lo que tienes que hacer es preguntarle si ha dormido bien!

—No necesito preguntárselo; ya lo vi con mis propios ojos —dijo su marido, que seguía riéndose a más y mejor—. Roncaba como un motor diesel.

—Con menudo patán me he casado, ¿no?

Se rió; y su marido también. Adam le dio la razón.

—Si me hubieras pedido opinión, te habría avisado. Lo educaron fatal. Ahora ya es demasiado tarde. ¡Has tenido muy mala suerte!

Ramez parecía encantado de que se metieran con él.

—Así eran las cosas antes, en nuestro grupo. Nos llamábamos continuamente analfabeto, descerebrado y chacal. Pero no era más que un ritual de complicidad. Nos queríamos mucho, y nos apreciábamos, ¿a que sí?

Adam afirmó con la cabeza. Luego, la joven de delantal blanco que lo había acompañado volvió con una cafetera humeante para servirlos por turno. En cuanto se volvió a marchar, Ramez le dijo a su mujer:

—En el avión, vinimos hablando de Ramzi. Adam tiene intención de ir a verlo.

Desde que había llegado la víspera, el invitado sólo le había visto sonrisas a Dunia. Sonrisas dulces, espontáneas, sin afectación alguna. Pero, ante la mención del amigo perdido, la sonrisa se desvaneció en el acto.

—Seguimos sin reponernos de que se haya ido. Debo decir incluso de que «desertase». Lo altera a uno mucho que un hombre decida, de ayer para hoy, dejar su trabajo, su casa y a sus amigos para ir a encerrarse con unos desconocidos en una choza de la montaña.

»Para Ramez, y también para mí, era como un hermano. Cuando se marchó, los dos nos quedamos anonadados. Tienes un amigo, lo ves a diario, le cuentas tus secretos, te da la impresión de que lo conoces como a ti mismo y, un día, descubres que no lo conocías. Descubres que había en él otra persona que nunca sospechaste. Ramez todavía le anda buscando disculpas, pero yo le guardo rencor. Un hombre no tiene derecho a irse así, porque le dé un repente.

—No creo que fuera un repente —comentó pensativamente Ramez.

—Pues si no era un repente, peor me lo pones. Eso quiere decir que anduvo madurando la decisión en secreto, sin decirnos nada, sin hablarlo nunca con nosotros. Eso quiere decir que diez veces, veinte veces, estuvimos sentados en esta mesa con él, como estamos sentados esta mañana; y nosotros le hablábamos a corazón abierto mientras él ya estaba fraguando en su cabeza la decisión de dejarnos y de no volver a vernos nunca.

»Se me pide que lo disculpe porque la Fe se apoderó de él. ¿Qué Fe es esa que le dice a un hombre que tiene que dejar a sus amigos más íntimos y más sinceros para poder encaminarse hacia Dios? ¿Por qué está Dios allí, en la montaña, y no aquí, en la ciudad? ¿Por qué está Dios en el monasterio y no en el tajo ni en las oficinas? ¡Si creemos en Dios, tenemos que creer que está en todas partes!

«Perdona, Adam. No estoy criticando la religión. No sé qué creencias tienes y no querría contrariarte.

—No te preocupes, Dunia —dijo el invitado—. Delante de mí puedes criticar todas las religiones del mundo. La mía y las de los otros. ¡No pienses que me voy a ofender!

—De todas formas, no critico a tus correligionarios, los míos son peores. Cuando se van a las montañas, no es sólo para orar y meditar… Lo que me exaspera es este sistema de ahora de meter la religión en todas partes y de usarla para justificarlo todo. Si me visto como me visto, se debe a mi religión. Si como esto o aquello, se debe a mi religión. Abandonamos a los amigos y no hace falta dar explicaciones, es que me llama mi religión. Vale para todo y la gente cree que la sirve, siendo así que la está poniendo al servicio de sus propias ambiciones o de sus propios antojos.

»La religión es importante, pero no más que la familia, no más que la amistad, no más que la lealtad. Cada vez hay más personas para quienes la religión sustituye a la ética. Te hablan de lo lícito y de lo ilícito, de lo puro y de lo impuro, y con citas para fundamentarlo. A mí me gustaría que se fijasen más en lo honrado, en lo decente. Como tienen una religión, se creen que pueden prescindir de una ética.

»Yo vengo de una familia creyente y piadosa. Mi bisabuelo fue sheij al-islam en tiempos de los sultanes otomanos. En mi casa, siempre se ayunó en ramadán. Era lo natural, caía por su propio peso, nadie montaba ningún número. En nuestros días, no basta ya con ayunar, también tienes que enseñarle a todo el mundo que ayunas y hay que vigilar de cerca a los que no ayunan.

»Algún día se cansará nuestra gente de una religión tan cargante y prescindirá de todo, de lo mejor y de lo peor.

Dunia se había exaltado. Ramez puso la mano encima de la de ella.

—Cálmate, cariño. No fue la religión la que ordenó a Ramzi que se retirase del mundo. Y los monjes no fueron a secuestrarlo. Pasó por una crisis y a lo mejor éramos nosotros, sus amigos, los que teníamos que habernos dado cuenta y anticiparnos a las consecuencias.

—¡No, Ramez! ¡Deja de acusarte! ¡Deja de culparte! No te correspondía a ti adivinar lo que le pasaba a Ramzi por el ánimo. Eras su mejor amigo; era él quien tenía que sincerarse contigo, que confiarte sus preocupaciones para que pudierais hablarlo. Tú y yo no tenemos nada que reprocharnos. Y, tienes razón, tampoco tienen la culpa los monjes. Quien se portó mal fue Ramzi. Y esa mujer… No se maldice a un muerto, pero, si aún estuviese viva, no me importaría nada maldecirla.

Dunia se interrumpió, como para buscar las palabras, o para calmarse, o quizá para recordar alguna escena. Los dos hombres se limitaron a esperar en silencio.

—Cuando viene gente a nuestra casa —siguió diciendo—, siempre la miro a los ojos. E intento adivinar lo que piensa. Supongo que la mayoría se dice que le gustaría tener una casa como la nuestra. Pero no todos se lo dicen con la misma mentalidad. Unos lo piensan maravillados; otros, con envidia. Algunos de nuestros visitantes son más ricos que nosotros; la mayoría son mucho menos ricos; y algunos son pobres. Pero que se maravillen o que nos envidien no depende de su riqueza o de su pobreza. Es una actitud ante la vida. Harun al-Rashid era califa, su imperio iba desde el Magreb hasta la India, pero envidiaba la prosperidad de su visir, Giafar, y se empecinó en arruinarlo y dejarlo sin nada. Hay personas a quienes hace felices la dicha de los demás, incluso aunque no la compartan más que por poco tiempo, y de forma parcial, y desde fuera. Y hay otras que sienten la dicha de los demás como una agresión.

»Tú, Adam, al llegar aquí, has debido de decirte: "Mi amigo Ramez se ha hecho rico, se ha construido una casa preciosa, su mujer es hospitalaria; voy a pasar con ellos un rato agradable". A ella, la mujer de Ramzi, en cuanto ponía los pies en esta casa, le leía la envidia en los ojos y, sobre todo, en los labios apretados. Cuando había algo nuevo, lo veía enseguida. Ramez, cuando compro una alfombra nueva, puede pasar por ella cincuenta veces sin fijarse. Tengo que decirle siempre: "¡Mira!" para que repare en las cosas. Aquella mujer, en el preciso momento en que entraba, localizaba la cosa nueva y yo la veía echar la cuenta para sus adentros de cuánto había debido de costarme.

»Cuando nos vinimos a esta casa, tuvimos escapes de agua tres veces y comenté, delante de la mujer de Ramzi, el temor de que una mañana nos despertásemos con toda la casa inundada, las paredes, los muebles, las alfombras, las colgaduras… La miré y sólo le vi alegría en la cara, una alegría desbordante, sin control, como si le hubiera anunciado el más feliz de los acontecimientos.

»Me acuerdo de que aquel día me dio miedo y me dije: "¡Le va a echar mal de ojo a mi marido!". No suelo ser supersticiosa, pero no se me quitaba el miedo, sobre todo cuando Ramez cogía el avión. Le hice jurar incluso que no mencionaría nunca el aparato en presencia de ella.

El interesado lo ratificó con una sonrisa, al tiempo que se encogía de hombros y enarcaba las cejas, para dejar claro que él no creía en esas historias del mal de ojo. Pero Dunia prosiguió, sin hacer caso de esa reacción:

—Ramez y Ramzi subieron los peldaños juntos, de la mano, ninguno tiene menos dinero que el otro. Aunque a Ramzi se le notaba menos la riqueza, siempre fue discreto y reservado. Cosa que, en sí, es una virtud. Pero su mujer lo vivía como un castigo. Ramez es más derrochador, más expresivo, más show off…

El interesado abrió unos ojos como platos.

—¿Show off yo?

Dunia le pasó la mano por el pelo a su marido con ternura maternal.

—Sí, cariño; te encanta enseñar tu casa, tu avión privado, tu Mercedes.

—¿Te imaginas lo que diría la gente si un hombre tan rico como yo vistiera como un mendigo y fuera en un cacharro viejo?

—No te critico, cariño, me gusta como eres. No habría sido feliz si me hubiera casado con un avaro. Pero es un hecho que no ocultas tu fortuna, mientras que tu socio prefería que dijeran: «¡Se ha hecho rico y no ha cambiado en nada su estilo de vida!». ¿Estoy equivocada?

—Es cierto lo que dice Dunia —admitió su marido—. A Ramzi le gustaba que le dijeran que había trabajado mucho para salir adelante, pero le entraba la timidez en cuanto decían de él que era rico. Casi se avergonzaba del dinero que tenía. A lo mejor era por eso, por cierto, por lo que se portaba su mujer así. Debía de apetecerle gastar, y él se lo impedía.

—A fin de cuentas, os habían puesto de mote «los inseparables», pero erais muy diferentes —comentó Adam en voz baja, como hablándose a sí mismo—. Los dos os hicisteis ricos, pero no sacasteis las mismas enseñanzas. A ti te pareció que el Cielo quería premiarte; y a él, que el Cielo quería hacerlo sufrir.

A su anfitrión le faltó tiempo para asentir:

—¡Eso mismo! Precisamente así es como pensaba Ramzi. Decía que el Cielo les había dado petróleo a los árabes no para recompensarlos, sino para hacerlos sufrir, y quizá incluso para castigarlos. Y debo decir que, en eso, tenía toda la razón. El petróleo es una maldición.

—Pues si los dos hicisteis fortuna fue gracias al dinero del petróleo —le recordó Adam.

—Sí, es verdad. Para Ramzi y para mí era la riqueza, pero para los árabes en conjunto el petróleo fue una maldición. Y no sólo para los árabes, por otra parte. ¿Sabes de un solo país al que haya hecho feliz el petróleo? Pásales revista a todos. En todas partes, el dinero del petróleo trajo guerras civiles y trastornos sangrientos; favoreció la aparición de dirigentes caprichosos y megalómanos.

—¿Y por qué, según tú?

—Porque la gente pudo hacer mucho dinero de un día para otro y sin necesidad de trabajar para ganarlo. Resultado: hemos visto cómo prosperaba una cultura de la pereza. ¿Por qué vas a cansarte si puedes pagar a otro para que se canse por ti? Nos encontramos con muchedumbres de rentistas, y, a su servicio, con muchedumbres de servidores, por no decir de esclavos. ¿A ti te parece que así se pueden edificar naciones?

—¿Tú te has sentido esclavo alguna vez? —dijo Dunia, algo ofendida.

—Sí, siempre que estoy delante de un emir me siento un poco esclavo. Un esclavo de lujo, un esclavo rico y bien alimentado, pero un esclavo pese a todo.

Se calló, como para recordar algunas escenas concretas. Y, luego, siguió diciendo:

—El fundador de la OPEP, un venezolano, decía que los hidrocarburos eran los «excrementos del diablo»… Y tenía razón. ¡Quienes escriban la historia dentro de cien años estoy seguro de que dirán que el petróleo no enriqueció a los árabes más que para arruinarlos mejor!

Unos pájaros había empezado a gorjear en el jardín. Los anfitriones y el invitado se callaron para oírlos e impregnarse de su despreocupación y de su aparente júbilo.

Luego dijo Ramez a su amigo:

—¡Cuéntale a Dunia lo de ese encuentro que piensas organizar!

Adam refirió la génesis del proyecto. Enumeró a las personas a quienes pensaba reunir y dijo unas cuantas palabras de cada una. Recordó luego brevemente lo que había sido su círculo de amigos, mencionando las peleas, los ideales y las promesas vanas de no dejar nunca de verse, antes de añadir:

—En el avión le venía diciendo a Ramez que me gustaría mucho que nos acompañasen nuestras mujeres, pero tenía miedo de que se aburrieran al oírnos contar nuestros recuerdos de antiguos militantes. Después de nuestra conversación de esta mañana, tengo la seguridad de que dos de nuestras mujeres por lo menos tendrían que sumarse a nosotros de forma imperativa: la mía, Dolores, y tú, Dunia, si te parece bien.

—Con mucho gusto. Ramez me habla continuamente de aquella época que no conocí y estaré encantada de oír vuestras historias; no me aburrirá en absoluto. ¿Y para cuándo sería?

—Todavía no hemos fijado la fecha. Estoy pensando en…

—Da lo mismo; soy una esposa oriental sumisa y no tengo compromisos ajenos a mi marido; si está libre ese día, yo también lo estaré.

El citado marido alzó los ojos al cielo; luego, le besó la mano a Dunia antes de decir:

—Antes de que se me olvide: Semiramis telefoneó anoche. Estaba preocupada al no verte en el hotel. Y cuando le dije que te habías venido conmigo a Ammán, dijo unas cuantas palabras crudas que no pienso repetir.

—La culpa la tengo yo —reconoció Adam—. Tenía intención de llamarla y me quedé dormido. Debe de estar furiosa…

—Ya te darás cuenta cuando vuelvas al hotel. En mi opinión, más te valdría quedarte en Ammán, te concedo asilo.

El invitado sonrió:

—No, tengo que ir a recibir el merecido castigo. ¿A qué hora crees que podremos irnos?

—Le he dicho a la tripulación que esté lista para despegar a eso de las once. ¿Te va bien?

Adam miró el reloj. Eran las ocho y media.

—Perfecto. Nos da tiempo a prepararnos con tranquilidad.

—Mi sumisa esposa ha decidido llevarme a ver a su madre. Pasaremos el día en su casa, en la montaña; volveremos a Ammán a última hora de la tarde y nos traeremos a nuestra hija.