6

VISTO de lejos, el aparato de Ramez podía pasar por un avión de línea. El Mercedes metalizado cruzó todos los controles del aeropuerto hasta llegar al pie mismo de la pasarela. En la carlinga, el logo de la compañía: dos cuartos crecientes de luna en paralelo, de hecho una representación estilizada de la letra árabe con que empezaban los respectivos nombres de los dos fundadores de la Ramzi Ramez Works, una de las mayores sociedades de obras públicas de aquella parte del mundo.

Dentro, si no hubiera sido por las ventanillas, cualquiera habría podido olvidarse enseguida de que estaba en un avión. Había un despacho, un dormitorio y un salón que podía convertirse fácilmente en comedor. En la parte reservada a los eventuales pasajeros había asientos para unas veinte personas en el mismo espacio en que, en un avión de línea, habría alrededor de sesenta.

En cuanto se acomodaron los dos amigos, subió a bordo un oficial de los cuerpos de seguridad. Comprobó con una rápida ojeada los pasaportes, asintió con la cabeza y les deseó buen viaje. Luego bajó y se cerró la puerta. Un auxiliar de cabina vino a comprobar que los pasajeros tenían puesto el cinturón de seguridad. Luego, tras una seña del jefe, les trajo dos cafés turcos junto con un surtido de dulces orientales.

—¿Le pones azúcar al café?

Adam miró insistentemente la bandeja de los dulces antes de contestar:

—No, gracias. Sin azúcar.

Cruzaron una sonrisa de falsa culpabilidad. Los dos escogieron una golosina y se la pusieron con mimo en la lengua antes de arrellanarse en los asientos para saborearla despacio.

—Sin azúcar… —repitió Ramez, riéndose de buena gana.

 

Al acabar el último bocado, le preguntó Adam a su amigo:

—¿Qué siente uno cuando se hace rico?

—¡Tú no eres pobre, que yo sepa!

—No, no soy pobre. Pero el sueldo mensual de profesor daría justo para sacarme un billete de avión París-Ammán. No me quejo, que te quede claro, no paso necesidades y no deseo nada más. Pero, en vista de la profesión que he elegido, nunca seré rico.

Hasta ese momento, Ramez se había limitado a sonreír, quizá con una pizca de apuro. De repente, se le ensombreció el gesto. Empezó por repetir la pregunta de su amigo sin la entonación interrogativa:

—Qué siente uno cuando se hace rico… El día en que me di cuenta de que nuestra empresa había ganado la apuesta, que cada vez entraba más dinero y que me había convertido, efectivamente, en un hombre rico, sentí…

Parecía titubear al elegir las palabras.

—Sentí que había recuperado la mitad de mi dignidad.

La frase era oscura e inesperada. Adam se disponía a pedirle que le aclarase lo que pensaba, pero advirtió que su amigo estaba, de repente, muy emocionado y decidió darle tiempo para que se recobrase.

Ramez tomó unos sorbos de café antes de decir:

—Llevo años despertándome todas las mañanas con dos sentimientos encontrados, uno de alegría y otro de tristeza. La alegría de haber tenido éxito en mi profesión, de haber ganado mucho dinero, de tener una casa preciosa y una vida familiar feliz. Pero también la tristeza de comprobar que mi pueblo está en lo hondo del barranco. A los que hablan mi lengua, a los que profesan mi religión, no se les tiene consideración y, con frecuencia, los aborrecen. Pertenezco por nacimiento a una civilización derrotada y, si no quiero renegar de mí mismo, estoy condenado a vivir con esa mancha en la frente.

Un silencio. Como Adam seguía sin decir nada, su amigo insistió:

—No se trata sólo de solidaridad con los míos o de empatía. Yo me siento humillado, personalmente humillado.

»Cuando viajo por Europa, me tratan con miramientos, como a todos los ricos. La gente me sonríe, me abren las puertas con una reverencia, me venden todo cuanto deseo comprar. Pero, en su fuero interno, me aborrecen y me desprecian. Para ellos no soy más que un bárbaro que ha hecho dinero. Incluso cuando llevo el mejor traje italiano, sigo siendo para ellos, moralmente, un pelagatos. ¿Por qué? Porque pertenezco a un pueblo vencido, a una civilización vencida. Lo noto mucho menos en Asia, en África o en América Latina, a las que también maltrató la historia. Pero en Europa sí lo noto. ¿Tú no?

Había pillado a Adam de improviso.

—A lo mejor, a veces —dijo, sin comprometerse demasiado.

—En París, cuando hablas en árabe en un sitio público, ¿no tiendes espontáneamente a bajar la voz?

—Desde luego.

—¡Fíjate en los demás extranjeros! Los italianos, los españoles, los rusos, por no mencionar a los ingleses o los norteamericanos. Ellos no temen que vayan a mirarlo con hostilidad o desaprobación. Es posible que sean imaginaciones mías. Pero es lo que noto. Y, aunque llegase a ser el hombre más rico del mundo, eso no cambiaría nada.

Otro silencio prolongado. Ramez miraba las nubes por la ventanilla. Adam se puso a mirarlas también. Se acercó el auxiliar de cabina. Al hacerle una seña su jefe, se llevó la bandeja de dulces y volvió pocos segundos después con una fuente de fruta.

—¿Conoces estos albaricoques blancos? —preguntó Ramez con un asomo de orgullo.

Escogió uno especialmente carnoso y de un amarillo tan claro que parecía blanco efectivamente. Se lo alargó a Adam, quien lo mordió despacio, cerrando los ojos.

—¡Qué delicia! No los había comido nunca.

—Se producen tan pocos que nunca los comercializan. Me los traen ex profeso de un pueblecito que está cerca de Damasco.

—Ni sabía siquiera que existiese este sabor.

—Me alegro de que te gusten. Es mi fruta favorita. También a Ramzi lo volvían loco. Solía mandarle dos cajas al año. A partir de ahora, te las mandaré a ti.

Saborearon religiosamente otro albaricoque jugoso. Y, luego, otro más. Pero ahora les amargaba el gusto el recuerdo del amigo perdido.

Al cabo de un momento, Adam dijo sencillamente:

—Así que fuiste a verlo…

Ramez reaccionó con un hondo suspiro al que siguieron varias inclinaciones de cabeza.

—Sí, fui a verlo. Estaba seguro de que si le brindada argumentos sólidos podría convencerlo para que volviese. Nuestra amistad no se basó nunca, como tantas otras, en el silencio, la mentira o la ceguera. Siempre hablamos mucho y razonamos mucho, respetando la opinión del otro. Pensaba que ese día sucedería lo mismo. Que él me diría qué lo preocupaba, que yo me esforzaría en tranquilizarlo y en compensarlo y que, al final, conseguiría sacarle una fecha de regreso o, al menos, una promesa.

»Pero me di cuenta enseguida de que estaba equivocado. En cuanto lo vi con hábito de monje, me quedé sin recursos. ¿Qué argumentos se me iban a ocurrir a mí, al ingeniero musulmán, para convencer a un monje cristiano de que volviera a la vida civil? No sé nada de teología y me parecía ridículo hablarle de las dificultades de nuestra empresa. O de lo que fuera. Me había quedado en blanco, como un actor a quien se le hubiera olvidado de golpe el papel. Entonces empecé a decir trivialidades torpes. "¿Estás bien, Ramzi?" "Sí, gracias; estoy bien." "¿No te falta de nada?" "No; tengo todo lo que quiero." "¿Te tratan bien?" "Ramez, no estoy en la cárcel, estoy en un monasterio, y por mi libre voluntad." Me disculpé. Era cierto que me daba la sensación de estar en el locutorio de una cárcel. Intenté rectificar el tiro. "Quería decir que si la vida que llevas aquí, con los demás monjes, corresponde a lo que tú esperabas." Contestó: "¡Sí! Quería una vida sencilla en la que tuviera tiempo de meditar, de rezar y de pensar. Y eso es exactamente lo que he encontrado". Le pregunté si quería que lo pusiera al tanto de lo que sucedía en nuestra empresa; me dijo que no. Le pregunté si sabía algo de sus hijos; me dijo que no. Le pregunté si le había molestado que hubiera ido a verlo; me dijo que no, pero tras dos segundos de vacilación. Así que me di cuenta de que, en realidad, no era bien recibido. Me levanté. Se levantó. Me estrechó la mano como a un extraño. Dijo que rezaría por mí.

»Salí, bajé hasta donde había dejado el coche, me senté atrás y me puse a llorar como no había llorado desde que se murió mi padre. Mi chófer me miraba en el retrovisor, pero me importaba un bledo lo que pudiera pensar y no me contuve, dejé correr las lágrimas. Ramzi era para mí más que un hermano y, de repente, sin motivo, se había convertido en un extraño. ¡Ésta es la triste historia de esos a quienes llamaban los inseparables!

—¿Y me recomendarías que no fuera a verlo?

—No, desde luego que no. Hay que mantener el contacto. Conmigo estaba con la guardia alta, tenía miedo de que lo presionara para que volviera a la vida anterior. Y además fue nada más ocurrir la… la transformación; era demasiado pronto, habría valido más que esperase. Ahora que ya ha pasado un año a lo mejor le apetece volver a ver a un amigo.

—Voy a intentar ir en los próximos días. En realidad, le estoy dando vueltas en la cabeza a un proyecto. Quería hablarte de eso, precisamente, cuando se nos fue la conversación por otros derroteros. Estoy intentando organizar una reunión para que volvamos a vernos los amigos de antes.

Ramez casi pegó un salto fuera del asiento:

—¡Qué idea tan maravillosa! Llevo tanto tiempo soñando con algo así. ¡Me sentía tan bien en aquellas veladas nuestras! ¡Todavía me acuerdo de nuestras conversaciones y de nuestras risas! Nunca me consolé de que se desperdigase el grupo. Nada sustituye el afecto de una pandilla de amigos. Nada, ni el trabajo, ni el dinero, ni la vida en familia. ¡Nada sustituye esos momentos en que los amigos se reúnen, y comparten ideas, sueños y comidas! Yo, por lo menos, lo necesito. A lo mejor soy un nostálgico incurable, un adolescente cuya alma no aceptó nunca el mundo de los adultos, pero soy así. Eso era lo que buscábamos Ramzi y yo: una amistad de juventud que se prolongase a lo largo de la vida y que estuviera presente en la actividad profesional tanto como en el ámbito privado. La tuvimos durante años y nos iba muy bien. Y luego la perdimos…

Otra vez se le estaba ensombreciendo la cara, pero recuperó el control enseguida.

—Ni que decir tiene que puedes contar conmigo, basta con que me digas la fecha y el sitio de la reunión e iré. Aunque esté en la otra punta del mundo, iré. En cambio, si crees que vas a convencer a Ramzi de que salga del monasterio para reunirse con nosotros, te vas a llevar un chasco. A menos que haya cambiado radicalmente en estos últimos meses.

—Si me baso en lo que acabas de decirme, es una causa perdida. Pero de todas formas iré a verlo. Y lo invitaré; ya veremos cómo reacciona.

—¿A quién más piensas invitar?

—Ya he escrito a Albert, que está en los Estados Unidos; y a Naím, que está en Brasil. Y, por supuesto, estaremos tú y yo y Tania y Semi. Aparte de en Ramzi, he pensado también en Nidal, el hermano de Bilal.

Adam estaba al acecho de la reacción de su interlocutor, pero éste se limitó a mover la cabeza con expresión ambigua. Entonces le hizo una pregunta más directa:

—¿Te parece buena idea invitar a Nidal?

Ramez pareció titubear antes de responder, con un mohín de resignación.

—Sí, ¿por qué no? ¡Invítalo!

—No pareces muy entusiasmado.

—Entusiasmado, no. Pero tampoco estoy en contra.

Se quedó pensativo unos instantes.

—Te voy a decir lo que pienso en el fondo. Los militantes radicales como él acabarán por convertirse forzosamente un día en opresores. Pero ahora mismo los persiguen en la mayor parte de los países y en Occidente los miran como al diablo. ¿Te apetece defender a un oprimido si sabes de forma pertinente que dentro de poco se portará como un tirano? Es un dilema que no sé resolver… Así que, si piensas invitarlo, hazlo; ¿por qué no?

Se encogió de hombros y se permitió una pausa antes de añadir:

—¿En quién más has pensado?

—Me gustaría que nuestros amigos vinieran con sus mujeres, A lo mejor se aburren oyéndonos contar nuestras batallitas, pero será algo que ayude a crear lazos. Espero, en cualquier caso, que tu mujer pueda venir.

—Dejo a tu cargo la invitación cuando lleguemos a Ammán, Tengo la seguridad de que estará encantada.

—Yo no estoy tan seguro de que Dolores, mi compañera, pueda unírsenos. Trabaja de sol a sol.

—¿Es francesa?

—No, argentina. Pero lleva veinte años viviendo en Francia.

—Supongo que Naím se habrá casado con una brasileña.

—Ni idea. Sé que está casado y que tiene hijos con edad de ir a la universidad. Pero no tengo ni idea de quién es su mujer. Si ha mencionado alguna vez su nombre, no se me ha quedado.

—¿Te das cuenta de lo que acabas de decir? Naím y tú eráis como hermanos y hoy ni siquiera sabes cómo se llama su mujer. Como tampoco sabías esta mañana el nombre de la mía, ni yo el de la tuya. Ese tipo de cosas me apena y me asquea. Tengo la sensación de que todos nos hemos traicionado mutuamente.

—Tienes razón. Pero tenemos la disculpa de la guerra y de la dispersión.

—Siempre es posible encontrar disculpas. Pero si sintiéramos la mínima consideración por la amistad, habríamos buscado, pese a todo, en un cuarto de siglo, algunas ocasiones para reunimos. No estoy censurando a los demás, sino a mí en primer lugar. Recorro el mundo continuamente y habría podido sin dificultad clavar alfileres en un planisferio con el nombre de mis amigos; y los habría visto cuando hubiera pasado por allí. Pues mira, eso es lo que voy a hacer, nunca es tarde. Tú, en París; Naím, en Brasil, ¿en Sao Paulo o en Río?

—En Sao Paulo.

—¿Y Albert?

—En Indianápolis; trabaja para un laboratorio de ideas.

—Ahora que lo dices, me acuerdo de que me lo habían contado. Por lo visto, es una persona muy influyente.

—Es posible. Fuere como fuere, es una persona muy respetada en los círculos académicos.

—No me extraña. En la época de la universidad, era ya un hombre reflexivo, sutil e imaginativo. La mayoría no se daba cuenta, porque era callado y reservado. Tuvo que ir a los Estados Unidos para poder desarrollar sus capacidades. ¿Estás en contacto con él?

—Sí, nos escribimos de vez en cuando. Es cierto que dice con frecuencia cosas inteligentes y sorprendentes. En cambio, no sé nada en absoluto de su vida privada. Ni siquiera sé si tiene mujer e hijos.

—De eso tengo mis dudas.

—¿Por qué lo dices?

Pareció que Ramez titubeaba. Pero, ante la mirada insistente y perpleja de Adam, acabó por hablar.

—Un día estábamos los tres solos, Albert, Ramzi y yo. Albert estaba callado, como de costumbre, con esa nariz puntiaguda suya y ese leve rictus irónico. Estábamos hablando de una chica. A mí me parecía atractiva, y a Ramzi, una presumida; o al revés. Charlas de chiquillos… Albert nos dijo de repente: «De vosotros dos, la gente piensa que sois pareja; y de mí en cambio nadie sospecha nada. Tiene gracia, ¿verdad?». Tardamos unos segundos antes de darnos cuenta de que nuestro amigo acababa de revelarnos su secreto más íntimo. Nos miramos con sonrisas cómplices. Luego, Albert dijo en francés: «¡No se lo digáis a los bárbaros!». Lo tranquilizamos asintiendo con la cabeza.

»Cuando nos quedamos solos, Ramzi y yo, nos prometimos no contárselo a nadie, fuera o no fuera "bárbaro". Eres la primera persona a quien le hablo de esto. Ya sé que no tienes prejuicios en ese terreno, e incluso, aunque hubieras podido tenerlos, seguramente los habrías perdido viviendo en Europa. Y él, supongo que, después de todos estos años en Norteamérica, no se esconderá ya como antes. Pese a todo, te aconsejo que no saques el tema tú; déjale libertad para que hable o no.

—Qué raro que nunca me lo haya contado —dijo Adam, algo extrañado y, desde luego, molesto—. ¿Crees que me incluía en la categoría de los «bárbaros»?

—No, seguramente no. Te quería mucho, probablemente eras su amigo más íntimo. Me parece, sencillamente, que no le revelaba su secreto a nadie y que, con nosotros, ese día, se le escapó aquella frase. Cuando ya estaba dicha, no podía retirarla, así que fingió desenfado. Sonreía, pero era una sonrisa forzada. Debía de estar molesto consigo mismo por haber bajado la guardia. Pero no tuvo que arrepentirse. Nosotros no lo traicionamos nunca; más bien nos hicimos más amigos.

Adam miró por la ventanilla. Sólo se veía ya la oscuridad de la noche. Como mucho, un resto de claridad difusa. Miró el reloj de pulsera.

—Falta poco para las ocho.

—Aterrizaremos en Ammán dentro de media horita. ¿Un whisky?

—No, gracias. Mejor un café.

El auxiliar de cabina se acercó para tomar nota. Volvió luego con una taza humeante, un vaso lleno de cubitos de hielo y una botella de whisky con un fuerte olor a turba.

—Así que en ese reencuentro vamos a ser unos diez —hizo constar Ramez, a quien estaba claro que el proyecto le importaba mucho—. ¿Y en qué va a consistir? ¿En un banquete? ¿En una ceremonia? ¿En un seminario?

—Todavía no he pensado en la forma. Hasta ahora me he limitado a sugerir la idea de un encuentro, para ver si a los amigos les apetecía de verdad y si significaba algo para ellos después de tantos años. De momento, las reacciones son positivas, pero está todo por hacer.

—No puedes hacer venir a la gente de todos los rincones del mundo para que el reencuentro consista en cenar y tomar un café sin azúcar.

—Tienes razón. Pero ¿qué hay que hacer? Yo no tengo talento alguno para organizar cosas.

—Lo de organizar no te corresponde a ti, Adam. Eres un profesor de universidad, un intelectual. Lo que te corresponde es pensar, y también ayudarnos a pensar a nosotros. ¡Olvídate de la logística! ¡Olvídate de la muerte de Mourad! ¡Olvídate incluso del reencuentro!

—Pero eso de que volvamos a vernos no deja de ser el punto de partida del proyecto.

—¡Olvídate del punto de partida! Siempre se necesita un pretexto para arrancar, pero no hay que quedarse mucho tiempo pegado al pretexto porque entonces nos olvidamos de lo esencial.

—¿Y para ti qué es lo esencial?

—Lo esencial es que acaba de terminar un siglo que ha sido una calamidad y que empieza un nuevo siglo que, según se anuncia, va a ser una calamidad aún mayor; y que me gustaría mucho saber por dónde nos van a hacer la vida imposible.

—¿Y tú crees que nuestros amigos de antes te lo van a poder decir?

—Vaya usted a saber; pero necesito hablarlo con alguien. De preferencia con personas con quienes tenga afinidad, que tengan empatía y cierta capacidad para la reflexión. Eso fue lo que me sedujo en nuestro círculo de estudiantes, y no tanto las ideas políticas. Decíamos, por entonces, que éramos marxistas porque era lo que se llevaba. Pero nunca entendí lo del materialismo dialéctico, lo de la lucha de clases ni lo del centralismo democrático. Repetía como un loro las cosas que leía o que les oía a los que habían leído. Si decía que era de izquierdas, era porque no me resultaba indiferente lo que les pasaba a los pobres y a los oprimidos. Y nada más. Y si estaba en nuestro grupo era porque a las personas que lo componían las interesaba el ancho mundo y no sólo su propia vida de poca monta. Hablaban del Vietnam, de Chile, de Grecia y de Indonesia. Sentían pasión por la literatura, por la música, por la filosofía y por discutir ideas. Sobre la marcha, podía pensarse que la gente en conjunto compartía ampliamente esas preocupaciones. Pero, cuando nosotros éramos jóvenes, aquel tipo de tertulia no era frecuente; y hoy lo es aún menos. Hace más de veinte años que no asisto más que a reuniones de negocios o a reuniones mundanas. La mayoría de los hombres cruzan por la vida, desde la cuna hasta la sepultura, sin perder nunca el tiempo en preguntarse hacia dónde va el mundo y cómo va a ser el porvenir.

»Esto que te digo es, casi palabra por palabra, lo que me dijo un día Ramzi. Por entonces, le di la razón sin saber qué decisión le estaba madurando en la cabeza. Yo no pienso apartarme nunca del mundo por mi voluntad; más que asustarme, las conmociones me fascinan. Pero en un punto al menos estoy completamente de acuerdo con él: a veces hay que elevarse por encima de la vida cotidiana para hacerse preguntas esenciales. No es que espere que nuestros amigos nos revelen verdades inauditas, pero siento sed de oírlos contar sus trayectorias, pensar en alta voz, manifestar sus esperanzas y sus angustias. Estamos en la frontera de dos siglos y de dos milenios. ¡2001! Sé que la numeración de los años no es más que una convención de los hombres, pero un año que lleva un número tan simbólico es una buena ocasión para detenerse y meditar. ¿No te parece?

Una amplia sonrisa le iluminó la cara a Adam. Su amigo le lanzó una mirada suspicaz.

—¿Qué es lo que te divierte tanto de lo que acabo de decir?

—Llevo desde esta mañana preguntándome qué le podía decir a Ramzi cuando fuera a verlo. Y acabas de proporcionarme la respuesta. Voy a repetirle tal cual lo que acaba de salirte de los labios. Si lo invito a un banquete de amigos, seguro que no va. Pero si se trata más bien de un retiro para meditar…

Ramez sonrió a su vez:

—Prueba; pero sigo siendo escéptico.

—En cualquier caso, es la única carta que podemos jugar.

—Si consigues convencerlo, te regalo un avión como éste.

—No, gracias, no sabría qué hacer con él.

—Pues entonces un coche..

—¡Eso ya es más sensato!

—¿De qué marca?

—No, Ramez, era una broma, no necesito ni un avión personal ni un coche. En París sólo voy a pie o en metro, o en taxi o en autobús. O a veces, incluso, en bicicleta. En cambio…

—¡Sí, adelante!

—En cambio, si cumples la promesa de mandarme todos los años dos cajas de albaricoques blancos…

—Eso ya está prometido.

—Y si añadieras una caja de mangos de Egipto, de esa variedad que se llama hindi, alargados, con la pulpa de un color oxidado…

—¡Concedido!

—Y una caja de chirimoyas y otra de naranjas maghrabi…

—Y dátiles, supongo.

—No, ahora ya encuentro dátiles en París.

—No como los que te voy a mandar yo.

Aún quedaban en la fuente dos albaricoques. Los dos amigos cogieron uno cada uno para saborearlo extraordinariamente despacio.