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ADAM se levantó de la mesa para ir a sacar de la maleta una abultada carpeta azul cielo que había traído de París. Ponía en ella, con letra negra de rotulador grueso: «Correspondencia amigos». La dejó encima de la cama, se tendió junto a ella, apartó las gomas, sacó un montón de sobres y se puso a leer.
No se levantó hasta pasada una hora, con unas hojas en la mano, para ir a copiar ciertos fragmentos en la libreta.
«Se rumorea por aquí que te has ido para no volver…»
Extracto de una carta de Mourad fechada el 30 de julio de 1976 y que me llegó a París gracias a la diligente gestión de un viajero.
«Cada vez que alguien lo repite delante de mí, hago como que me enfado. Lo que me ahorra andarme argumentando, dado que, te lo comento entre nosotros, no sé ya qué decir. El año pasado te estuvimos esperando todo el verano y no viniste. Por lo visto, estabas trabajando. Yo creía que en Francia la gente en verano cogía vacaciones. O en julio o en agosto. O, como mucho, en septiembre. Pero, no; ¡tú no! ¡Tú trabajabas! Les eché una bronca a los amigos: "¿Os creíais que iba a volver como los de allí, que se pasan el año fingiendo que hacen algo, siendo así que no le quitan el ojo al calendario de las vacaciones? ¡No os preocupéis, que Adam no ha cambiado, y no cambiará nunca! Curra como un emigrante, de sol a sol, como un auténtico emigrante de esta tierra, haga sol o llueva, en todas las estaciones del año…".
»Pero, como dice el refrán, la mentira tiene las riendas cortas. Esta mañana tu abuela le ha dicho a todo el mundo que cogías un mes de permiso y habías alquilado una casa en los Alpes. Parecía la mar de orgullosa, que Dios la perdone, y me enseñó la carta que le habías mandado. Y por eso me he decidido a escribirte en el acto.
»No intento presionarte, pero si es verdad que no quieres volver a pisar por aquí, ¡por lo menos dímelo, so chacal, para que deje de hacer el ridículo intentando defenderte! ¡Si prefieres los Alpes a la montaña de este país, ten al menos el valor de decírmelo!
»Nuestra montaña ya la cantaba la Biblia cuando esos Alpes vuestros no eran aún más que un accidente geográfico, un "plegamiento" vulgar. Los Alpes no entraron en la Historia hasta que nuestro antepasado Aníbal los cruzó con sus elefantes para atacar Roma. Que además es lo que debería haber hecho, irse directo a esa ciudad y ocuparla antes de que ella viniera a ocuparnos a nosotros. Pero supongo que todo eso ya no te interesa; ya no debes ni saber quién era Aníbal.
«¿Una casa en los Alpes, traidor? ¿Cuando tantas casas te esperan aquí, empezando por la mía? ¡Vergüenza debería darte! […]
»Tania te manda besos. ¡Ella quizá, pero yo no! ¡No quiero saber nada de ti!»
Había en el mismo sobre otra carta.
Al principio, cuando vi esa hoja sonrosada, casi transparente, doblada en cuatro, y cuando reconocí la letra fina de Tania, supuse que la había metido sin que se diera cuenta Mourad. Pero no tardé en darme cuenta de que éste había accedido de forma manifiesta a que su mujer sumara sus palabras a las de él. Porque, de hecho, aunque parecía que rectificaba el tiro, los reproches más ásperos era ella quien me los hacía.
«Queridísimo Adam:
«Estoy segura de que sabrás ver en la carta que te escribe Mourad un gesto de cariño que el pudor masculino oculta tras una regañina agria.
»¿Es necesario decirte que has dejado en la vida de tus amigos un vacío que nada ni nadie han venido a llenar? ¿Y que tu ausencia la notamos aún con mayor dureza en estos años de extravío? Si me tuvieras delante, habrías fingido extrañeza, pero yo no te habría creído. Siempre he visto en tu aparente modestia una señal de buena educación más que auténtica humildad. Bajo unos modales afables, corteses y tímidos, eres el ser más orgulloso que conozco.
»¡No protestes! Sabes que es verdad y sabes que lo digo como una hermana cariñosa. Eres el ser más orgulloso, sí, y también —vas a protestar aún más— el más intolerante. ¿Que te decepciona un amigo? Deja de ser amigo tuyo. ¿Que te decepciona tu país? Deja de ser tu país. Y como eres fácil de decepcionar, acabarás por verte sin amigos y sin patria.
»Me gustaría muchísimo que esto que te digo causara en ti algún efecto. Que pueda convencerte para que seas tolerante con este país, para que lo aceptes como es. Será siempre un país de facciones, de desorden, de favores bajo cuerda, de nepotismo, de corrupción. Pero es también el país de la dicha de vivir, de la calidez humana, de la generosidad. Y de tus amigos más ciertos.
»Otra virtud de este país nuestro es que es posible crearse en él un oasis de despreocupación. Incluso cuando están en llamas todos los barrios de la ciudad, nuestro pueblo, nuestra antigua casa y su gran terraza siguen siendo iguales a como los conociste. Algunos amigos vienen a vernos de vez en cuando, como antes. Otros no vienen ya; los seguimos echando de menos y caigo en la debilidad de creer que también ellos nos echan de menos un poco.»Mourad no para de repetirme que ya no representas nada para él, lo cual quiere decir exactamente lo contrario. También me dice que te has vuelto un forastero y que, en el futuro, vas a serlo cada vez más, en lo cual es muy probable que no se equivoque. Pero pese a todo te mando un beso con todo mi cariño…»
He conservado estas cartas como oro en paño, pero no recuerdo haber respondido.
Por entonces era complicado recibir correspondencia de este país, pero era aún más arriesgado enviarla. Como ya no funcionaba el servicio de correos, había que echar mano de algún viajero para que la entregase en mano. Un cometido que podía resultar peligroso. El portador tenía que ir a veces a una zona de combate; y, si no quería correr riesgos, y pedía al destinatario que fuera personalmente a buscar su carta, era éste quien se ponía en peligro de muerte.
Por eso ya no escribíamos a los que se habían quedado. Llamábamos por teléfono. O, al menos, lo intentábamos. Sin conseguirlo, nueve veces de cada diez; pero a veces llegaba la llamada. Entonces nos dábamos prisa en decir lo esencial durante los primeros segundos, porque la línea podía quedarse muda de repente otra vez. Así que nos tranquilizábamos acerca de la salud de los nuestros; tomábamos nota de unas cuantas peticiones urgentes, sobre todo medicamentos que ya no se encontraban in situ; aludíamos a las cartas que habíamos recibido o enviado; mencionábamos a los parientes que se habían marchado o que estaban a punto de hacerlo. Luego, si las Parcas del teléfono se mostraban clementes y no se cortaba la línea, nos permitíamos el lujo de hablar de otras cosas.
Mourad aseguraba que en una de nuestras conversaciones le había dicho, respondiendo a sus reproches: «Yo no me he ido a ninguna parte, el que se marchó fue el país». Es posible que lo dijera. Lo decía a veces, por entonces. Me gustaba la frase. Pero no era sino un rasgo de ingenio. Por supuesto que fui yo quien se marchó. Tomé la decisión de irme como habría podido tomar la de quedarme.
Lo cual no quiere decir que tenga yo culpa alguna, en el supuesto de que haya culpa. Todo hombre tiene derecho a irse; es su país quien tiene que convencerlo para que se quede, digan lo que digan los políticos grandilocuentes. «No te preguntes qué puede hacer por ti tupáis, sino lo que puedes hacer tú por tu país.» ¿Es muy fácil decirlo cuando eres millonario y acaban de elegirte, a los cuarenta y tres años, presidente de los Estados Unidos de América! Pero cuando en tupáis no puedes ni trabajar, ni recibir cuidados médicos, ni tener donde vivir, ni estudiar, ni votar libremente, ni decir lo que opinas, ni tan siquiera ir por la calle como te apetezca, ¿de qué vale la sentencia de John E Kennedy? ¡De muy poca cosa!
Para empezar, es tupáis el que tiene que cumplir contigo una serie de compromisos. Que te consideren un ciudadano con todas las de la ley y que no padezcas ni opresión, ni discriminación ni privaciones indebidas. Tu país y sus dirigentes están en la obligación de garantizarte esas cosas; en caso contrario, no les debes nada. Ni apego a la tierra ni saludo a la bandera. Al país donde puedes vivir con la cabeza alta se lo das todo, se lo sacrificas todo, incluso la propia vida; al país en que tienes que vivir con la cabeza gacha no le das nada. Da igual que se trate de tu país de acogida o de tu país de nacimiento. La magnanimidad llama a la magnanimidad, la indiferencia llama a la indiferencia y el desprecio llama al desprecio. Tal es la carta de los seres libres y, en lo que a mí se refiere, no admito ninguna otra.
Así que me marché yo, por mi voluntad, o casi. Pero no estaba equivocado al decirle a Mourad que el país se había ido también, y mucho más lejos que yo. Bien pensado, en París estoy sólo a cinco horas de avión de mi ciudad natal. Lo que hice anteayer habría podido hacerlo un día cualquiera de los años pasados: tomar, por la mañana, la decisión de regresar a mi país y estar aquí esa misma noche. El antiguo piso de mi abuela estuvo mucho tiempo a mi disposición; me habría vuelto a acomodar en él y no me habría vuelto a marchar. Ni al día siguiente, ni al mes siguiente, ni siquiera al año siguiente.
¿Por qué no di ese paso? ¿Porque había cambiado el paisaje de mi infancia? No, no fue por eso, en absoluto. Que el mundo de ayer se vaya esfumando entra dentro del orden de las cosas. Que nos inspire cierta nostalgia entra también dentro del orden de las cosas. Es fácil consolarse de la. desaparición del pasado; de lo que no puede uno reponerse es de la desaparición del porvenir. El país cuya ausencia me entristece y me obsesiona no es aquel que conocí en la juventud; es aquel que soñé y que nunca pudo ver la luz.
No dejan de repetirme que nuestro Levante es así, que no cambiará, que siempre habrá facciones, favores bajo cuerda, dinero negro, un nepotismo obsceno, y que no tenemos más elección que apechar con ello. Y como me niego a hacerlo, me tildan de orgulloso e incluso de intolerante, ¿Es acaso orgullo querer que el país de uno llegue a ser menos arcaico, menos corrupto y menos violento? ¿Es orgullo o intolerancia no querer contentarse con una democracia aproximativa y una paz civil intermitente? Si tal es el caso, reivindico mi pecado de orgullo y maldigo la virtuosa resignación de los demás.
Pero esta mañana, en el hotel de Semi, vuelvo a descubrir la alegría carnal de sentirme en la tierra en que nací.
Escribo estas últimas palabras como si necesitase volver a aprenderlas. La tierra en que nací. Mi país. Mi patria. No desconozco ninguno de sus defectos, pero en estos días de reencuentros no me apetece acordarme continuamente de que estoy sólo de paso y llevo en el bolsillo un billete de avión con una reserva para el viaje de vuelta.
Necesito creer que vivo aquí por una temporada sin determinar, que no tengo un horizonte empantanado con fechas y obligaciones, y que voy a quedarme en esta habitación, en este hostal de montaña, todo el tiempo que precise.
Sé que llegará un momento —dentro de dos días, dentro de dos semanas, dentro de dos meses— en que volveré a sentir el impulso de encaminarme a la salida, bien sea por el comportamiento de los demás, bien sea por mis propias impaciencias. Por ahora, no obstante, me prohíbo pensar en ello. Vivo, respiro, recuerdo.