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JUEVES, 3 de mayo

Albert ha llegado hoy. Nuestro pequeño congreso de amigos empieza a tomar forma.

Lo llamé ayer al móvil. Ya estaba en Georgia, en Atlanta, a punto de tomar un avión para Londres, donde pensaba pasar la noche. Insistió tanto en que no fuera al aeropuerto a buscarlo que acabé por prometérselo.

No obstante, en el último minuto, me entraron remordimientos y fui de todas formas. Afín de cuentas, vuelve a este país porque se lo he pedido yo. Y además me ha quedado un regusto amargo de mi llegada, hace quince días, cuando no vino nadie a esperarme. Yo tampoco quería molestar a nadie, pero no me habría disgustado encontrarme con la sorpresa de ver, al salir de la aduana, algunos rostros conocidos.

Semi no vino conmigo. Se limitó a prestarme su coche, que conducía Kiwan, el chófer titular del hotel.

Ya en la amplia sala de llegada, me quedé apartado, para poder ver a los viajeros que salían sin que mi cara fuese la primera que se le pusiera a Albert delante de los ojos. El había hecho ya sus propios arreglos, según me había asegurado: iría alguien a esperarlo y lo acompañaría a su piso de antes, donde pensaba dormir aquella noche. Yo creía que lo habría vendido hacía lustros, ya que aseguraba que no pensaba volver aponer los pies en este país. Pero estaba claro que no se había desprendido de él. Hay que dar por hecho incluso que lo había cuidado, ya que, en caso contrario, ¿cómo iba a pensar en pasar la noche allí?

 

Cuando apareció, lo reconocí en el acto. Contrariamente a Naím, ha cambiado poco. Tiene, incluso, el pelo menos gris que yo. Además, con esa nariz puntiaguda suya, en el centro de la cara triangular, se le reconoce el perfil de lejos.

Lo estaba esperando una pareja. El hombre era rechoncho y tenía un matorral de pelo blanco en una calva arrugada; la mujer llevaba un vestido gris y, a la cabeza, un echarpe del mismo color. En cuanto apareció el viajero, se le echaron encima y lo cogieron cada cual por un brazo; y me di cuenta, como a la luz de un relámpago, de quiénes podían ser esas personas. Algo, en sus ademanes, acababa de recordarme la descripción que me hizo Mourad de su visita al dueño del taller de automóviles que secuestró a Albert.

No habría caído en la cuenta si no hubiera recordado esa historia la semana pasada para escribirla. Pero, así, fue una íntima certidumbre. El aspecto de esas personas y la forma en que movían los brazos procedían de otro universo, de aquel en que crecimos Albert y yo. Me acordé de los adioses de aquella pareja de quien fue primero rehén, tal y como me los había descrito Mourad, y me dije que la «.madre adoptiva» a quien mencionaba Albert en su mensaje en clave no podía ser sino ésa.

Sonreí y retrocedí un paso, ¡Por eso no quería el viajero que viniera nadie más a recibirlo! Si no le hubiese llamado yo, habría esperado para llamarme a estar ya en el país.

Retrocedí otros dos pasos y me oculté entre un grupo de hombres, ¿Me vio Albert? Quizá. O quizá no me vio. Aquellos improbables padres parecían tenerlo acaparado, le hablaban, lo escuchaban, le acariciaban el pelo, los brazos, los hombros.

El hombre ya le había arrebatado de las manos la maleta y la bolsa. Iba delante, apretando el paso, estaba claro, hacia su coche. Albert batallaba para recuperar al menos uno de los dos bultos, mientras la mujer los seguía con pasos menudos.

¿Debía yo intentar alcanzarlos? No; me esfumé. Me volví al coche que me estaba esperando. Respondí a Kiwan, que me preguntaba si mi amigo no había llegado, que todo estaba en orden y que podíamos volver al hotel.

 

De camino, tras dejar que transcurrieran unos veinte minutos, marqué el número norteamericano de Albert. Una grabación, una voz femenina, me informó de que no era posible establecer contacto con la persona a quien llamaba. No dejé ningún recado y preferí esperar a que me llamase él.

Que fue lo que hizo pasada una hora, cuando yo estaba ya entrando en mi habitación. Estaba claro que no se había enterado de mi presencia en el aeropuerto, ¡Mejor!

Me dijo que el viaje había ido bien, que ya estaba en su casa, que se iba en el acto a la cama porque estaba en pleno desfase horario y en Londres no pegó ojo. Me propuso que fuera a su casa al día siguiente por la mañana. Me preguntó si todavía sabía ir a su piso de antes. Acordándome de que, cuando éramos jóvenes, solía tomarle el pelo por su poco sentido de la orientación, le contesté que, si él había sido capaz de llegar, seguro que yo también llegaba. Se limitó a soltar una risita, sin hacer comentarios, y nos dijimos «hasta mañana».