3

EL camino iba cuesta abajo, una cuesta empinada. En tiempo lluvioso habría estado resbaladizo, pero aquel día hacía calor y el tiempo era seco.

Los tres amigos se hallaron entre dos colinas, como en lo hondo de un valle pequeño. La vegetación era densa. No se veía ya ninguna carretera transitable, ni ninguna casa, ni siquiera campos cultivados. Sólo árboles frondosos y matorrales; y aquella calzada empedrada que las zarzas invadían por ambos lados, pero sin obstruirla.

Anduvieron en fila india; Adam, delante, apartando a veces una rama o pasando de una zancada por encima de una lengua de espinos. De vez en cuando, se daba la vuelta para comprobar que sus amigos seguían allí. Continuaban andando; Semi le iba pisando los talones y Naím iba detrás; pero no por eso dejaba de decirles: «¡Seguidme!»… Hubo un momento en que se detuvo y paseó la mirada en torno antes de dictaminar seguro de sí mismo.

—¡Ya estamos llegando!

—¡Pues menos mal! —jadeó Naím, secándose la frente y la nuca aunque apenas si llevaba andando cinco minutos.

Pero era cierto que el camino, que al principio iba cuesta abajo, ahora volvía a subir de forma muy abrupta. Tras andar unas cuantas decenas de metros, Adam, también jadeante, se detuvo y se volvió hacia sus acompañantes para decirles:

—¡Aquí es! ¡Mirad!

La voz era queda, casi un cuchicheo, seguramente por respetar la tranquilidad del lugar y, no menos, sus propios recuerdos.

Semiramis y Naím miraron a su alrededor. No había gran cosa que ver. Sólo una pared donde había una puerta vieja de madera.

Pero Adam no los habría llevado hasta allí si no hubiese tenido una historia que contarles precisamente en ese sitio.

La inició con un preámbulo.

—Lo que me llamó la atención la primera vez que vine aquí fue precisamente el hecho de que se interrumpiera el camino. Supones que va a bajar hasta el fondo del valle y, de pronto, vuelve a subir para llegar al pie de una pared. Una pared de piedras idénticas a las del camino y dispuestas de la misma manera. Con la única diferencia de que unas son horizontales y las otras verticales.

—¿Y qué hay detrás? —le preguntó Semiramis.

—Eso fue lo que me pregunté de niño. Pero la pared era tan alta y yo tenía las piernas tan cortas que me resultaba imposible ver qué había del otro lado.

»Me imaginé de todo, desde la bella durmiente del bosque hasta Barba Azul, pasando por el doctor Moreau. Y un día me entraron ganas de echar una ojeada.

«Necesitaba una escalera; o, mejor aún, una escalerilla plegable. Teníamos varias en casa. Me llevé una a escondidas. Traerla hasta aquí era toda una aventura.

—¿No queréis sentaros? —sugirió Naím, apoyando la espalda en un árbol—. Me da la impresión de que la cosa va para largo.

Seguía secándose el sudor.

Había a pocos pasos un tronco caído en que se acomodaron los tres, con la cabeza a la sombra. Adam siguió en el acto con la historia, señalándoles a sus amigos un lugar concreto al pie de la pared.

—Coloqué la escalerilla exactamente ahí, comprobé que estaba bien asentada y me subí. Apenas si era suficiente. La pared me llegaba aún a la barbilla. Tuve que ponerme de puntillas para ver qué había detrás.

»Lo primero que vi fue una cabeza envuelta en una toalla rosa. Luego vi de perfil a una mujer con albornoz rosa también. Estaba sentada en el borde de la ventana, con la espalda vuelta a medias hacia fuera, es decir, hacia mí. Miraba a la luz del día un papel que tenía en la mano y que parecía una carta. Pasó un rato. Estaba quieta; y yo estaba quieto y contenía el aliento. Luego dejó la carta, se quitó la toalla y movió la cabeza para sacudir la melena al viento. Era rubia como en el cine.

»Llegó un momento en que hizo un gesto como para quitarse el albornoz, pero entonces, como por un reflejo, miró hacia fuera y hacia arriba. Y me vio. Se nos cruzaron las miradas y se quedaron clavadas una en otra. Sabéis seguramente la historia de esos pájaros que están en una rama y una serpiente los mira fijamente desde el pie del árbol. Les bastaría con salir volando para escapar, pero ya no les obedecen los miembros y caen de cabeza en las fauces del predador.

 

Aquella mañana yo era exactamente como esos pájaros —refirió Adam en la libreta con palabras que no diferían mucho de las que habían oído de sus labios sus amigos—. Clavado en el sitio, hipnotizado, incapaz de mover los ojos o los músculos. Y la «predadora» fue por mí. Abrió la puerta como un relámpago y salió. Con el albornoz rosa, con el pelo mojado, con la toalla echada ahora por los hombros.

Me ordenó que bajase inmediatamente de donde estaba. Obedecí. No tenía miedo como si me fueran a arrojar al calabozo de un torreón, sólo estaba avergonzado, lo cual es también una forma de miedo.

Me hizo entrar, señalando la escalerilla con el dedo para que la cogiera. La cerré y me la metí debajo del brazo. Me siguió y cerró tras de sí la puerta del jardín con un pestillo.

Y me quedé como un bobo de pie delante de ella, como un soldado en posición de firmes, con la escalerilla debajo del brazo igual que si fuera una carabina tosca, mientras la señora me pasaba revista. Se lo tomaba con calma, seguramente porque no sabía qué hacer conmigo. Yo miraba al suelo. Llevaba unas zapatillas rosa también, de la misma tela que el albornoz, abiertas por delante.

Cuando acaba de mirarme de arriba abajo, me pregunta: «¿Te parece bonito lo que acabas de hacer. Digo que no con la cabeza. «¿Te gustaría que se lo contara a tus padresDigo que no. «¿Piensas volver todas las mañanas a mi casaVuelvo a decir que no sin despegar los labios y recorriendo con la vista el suelo, entre el césped y las zapatillas rosa, por cuya abertura asoman una uñas pintadas del mismo color. «¿Te han cortado la lenguaDigo otra vez que no con la cabeza. «¿Y por qué no abres la bocaEntonces hago de tripas corazón y le suelto: «¡Por cortesía. Se echa a reír y repite mis palabras en voz alta con tono de burla como si pusiera por testigo a un público de fantasmas. Luego me pregunta: «Supongo que es también por cortesía por lo que no dejas de mirar al suelo, ¿verdad. Me apresuro a decir que sí con la cabeza como si, por fin, nos estuviéramos entendiendo. «Haces bien en agachar la cabeza en presencia de una señora. Es señal de buena educación.» Ya empiezo a estar más tranquilo cuando añade: «Y también es señal de muy buena educación que un jovencito se suba a una escalerilla para espiar a las señoras por encima de la pared, ¿no.

Ahora no me arriesgo ya a contestar. Me limito a alzar la vista hacia ella como para recibir la sentencia de un juez. La señora sonríe y yo sonrío. Frunce el entrecejo para dejar de sonreír y me pregunta: «Si no me espías por cortesía, ¿por qué lo haces. Como he recobrado, con su sonrisa, cierto aplomo, le contesto: «Por curiosidad». Que era, por supuesto, la pura verdad.

Se calla sin quitarme ojo y mirándome de arriba abajo como para decidir qué castigo me va a imponer. «Si quisiera, podría quedarme con la escalerilla y pedirles a tus padres que vinieran en persona a buscarla.» Espera unos segundos antes de tranquilizarme. «No lo pienso hacer. Estoy segura de que vas a disculparte y a prometerme que no me volverás a espiar.»

Me faltó tiempo para prometérselo. Pero sólo me escuchaba a medias; todavía seguía pensando en la sanción adecuada. «Para merecerte el perdón —me dice por fin—, vas a dejar de momento la escalerilla esa aquí, contra la pared, y vas a ir a la cocina. Te encontrarás allí a una señora mayor que lleva un delantal azul. La llaman Oum Maher. Le dices que quiero mi café de por la mañana. Subiendo el tono de voz, porque oye fatal. Hace el mejor café turco del país, pero le cuesta andar. Tú, que tienes tan buenas piernas, podrías echarle una mano…»

La distribución de la casa era a lo largo. Desde la cocina al sitio en que estábamos había fácilmente treinta metros. La señora me pide que espere en la cocina hasta que esté el café y que, luego, se lo traiga en una bandeja sin tirarlo. «¿Quieres tomar uno tú también? ¿Qué edad tienes?» «¡Diez años y medio!» «¿Y medio?—me dice frunciendo el entrecejo como si ese medio año estableciera una diferencia capital—. En ese caso, ya eres mayor y puedes tomar café, ¿Te gusta con azúcarAsiento con la cabeza. «Entonces, de castigo, lo vas a tomar como yo, amargo.» Vuelvo a inclinar la cabeza. «Compruebo que te has vuelto a tragar la lengua. Ya no consigues decir ni sí ni no.»

Con ella me daba a un tiempo la impresión de tener cuatro años y de ser un adulto. Conseguí por fin pronunciar un tímido «¡Sil». Me corrige en el acto: «¡Sí, Hanum!¡Me llamarás Hanum. Hasta ese momento no había tenido yo ocasión de oír esa denominación pasada de moda; por lo visto, en la época otomana, era la forma cortés de dirigirse a una señora, pero en mi época, e incluso en la de mis padres, nadie la usaba ya, que yo supiera, salvo unos cuantos hombres de avanzada edad y muy solemnes.

Nuestra vecina me pregunta luego cómo me llamo. «Adam.» Pronuncio mi nombre como lo hacía entonces, antes de irme a Francia, acentuando la primera «A» y alargando la «m» final. Lo repite, como si quisiera entrenarse. «Adamm. Así te llamaré, Adamm, sólo Adamm porque eres joven. Pero tú me vas a llamar, educadamente, Hanum, como si no tuviera nombre, porque tengo la edad de tu madre.»

Contesto: «Sí, Hanum», con la mayor cortesía y la mayor docilidad y voy luego a la cocina, donde la denominada Oum Maher me pasa revista de arriba abajo con mirada torva, como si fuera un ladrón de higos. Cuando le digo a grito herido que la Hanum quiere dos cafés turcos sin azúcar, me berrea en toda la cara que no está sorda. Luego, como para castigarme también ella, me hace llevar una bandeja enorme con dos vasos de agua fría llenos hasta arriba, las tazas de café ya servidas, un plato de tomillo con aceite, otro de queso de cabra y una cesta de pan de pueblo. No es que la bandeja pesara mucho, pero era tan ancha que, llevándola con las dos manos, no podía ver dónde pisaba. Tuve que andar despacísimo para no tropezar.

Pero luego, como toda transgresión merece a un tiempo castigo y recompensa, mi carcelera me dijo que entrase. Estaba en su salón, ya vestida y maquillada, con el pelo recogido con una cinta plateada que parecía una diadema. Me señala con el dedo la mesa donde tengo que dejar la bandeja y luego la silla donde me tengo que sentar. Tardé en sentirme a gusto, pero estaba claro que había cambiado de categoría.. Ya no era el arrapiezo furtivo al que estaban a punto de castigar, sino casi un invitado.

Tras coger su taza, me indica la mía. Humedezco los labios en el café amargo intentado no hacer muecas. Ella observa mis gestos, mi mímica, frunciendo otra vez las cejas, y me hace sentirme torpe. Tengo que hacer un esfuerzo para que no se me caiga la taza.

Luego me pregunta: «¿ Y qué hace Adam cuando no está escalando paredes.

Le contesto: «Leo».

 

Se habla muchas veces del hechizo de los libros. No se dice lo suficiente que es por partida doble. Está el hechizo de leerlos y el de hablar de ellos. Todo el encanto de un Borges está en que leemos las historias que cuenta mientras sueña con otros libros inventados, soñados, fantasmagóricos. Y, en el espacio de pocas páginas, tenemos los dos encantamientos a la vez.

He podido, en mi vida, notar con frecuencia esa virtud de los libros. Pero fue ese día cuando la descubrí. Estás con una extraña, te pregunta qué estás leyendo, o se lo preguntas tú, y, si los dos pertenecéis al universo de los que leen, ya estáis a punto de entrar cogidos de la mano en un paraíso compartido. Y, como un libro llama a otro, vais a saber juntos de hazañas, de emociones, de mitos, de ideas, de estilos, de esperanzas.

En respuesta a mi «¡Leo!», la señora que me retenía en su casa no me preguntó vagamente qué solía leer, pregunta sin consecuencias, sino en qué libro andaba metido aquel día. Me acuerdo de que se trataba de una novela de aventuras que se llamaba El prisionero de Zenda. Ella estaba leyendo el libro de un arqueólogo alemán que se llamaba Schliemann, el que había descubierto Troya. No leíamos exactamente lo mismo,

pero se tomó el tiempo necesario para hacerme preguntas acerca de mi libro, me habló mucho del suyo, y encontramos ciertas semejanzas entre esas dos obras. Luego, me sugirió que los cambiáramos cuando los hubiéramos acabado.

A partir de ese momento, cada vez que escogía un libro pensaba de entrada en ella. Su pasión eran la historia, la arqueología y las biografías. Yo leía sobre todo tebeos y novelas de espías, los consumía sin moderación, igual que las bebidas gaseosas. Gracias a la Hanum, a quien no le habría gustado que me presentara en su casa con el trigésimo episodio de las aventuras de tal o cual agente secreto, tuve que empezar a ampliar el abanico de las cosas que me interesaban. Quería dejarla chafada o, al menos, merecerme su consideración. Para eso tenía que hacerle descubrir libros que ella no conociera. No sé si le enseñé gran cosa; pero, en cambio, aprendí muchísimo gracias a ella. Acerca del antiguo Egipto, de Grecia, de Bizancio y, sobre todo, de Mesopotamia.

Aquel verano, y el siguiente, y el otro, fui con gran frecuencia a su casa, a veces tres o cuatro días seguidos. Hablábamos mucho de todo, pero había también ocasiones en que nos sentábamos cada cual en nuestro rincón para leer en silencio nuestros libros.

No me quedé sorprendido cuando me dijo un día que había estado casada con un arqueólogo. Era iraquí, hecho que ya había adivinado yo por su acento, y su marido había trabajado en el museo de Bagdad. Cuando cayó la monarquía el 14 de julio de 1958, estaban de vacaciones en el extranjero, lo que quizá les salvó la vida. Era sobrina de un primer ministro del antiguo régimen y los recibían con frecuencia en palacio.

Asesinaron a muchos de sus parientes en los días posteriores al golpe de Estado. Habría sido imprudente por su parte, e incluso suicida, regresar a Irak. Así que construyeron aquella casa; pero su marido murió poco después. Creí entender que era mucho mayor que ella.

Un día me enseñó su colección de monedas antiguas, explicándome su origen. En algunas se veían cabezas de emperadores romanos; en otras, lemas otomanos. «Sultán de las dos tierras y Soberano de los dos mares.» Yo estaba impresionado y me prometí que más adelante yo también tendría una colección de monedas antiguas. No la he tenido, por supuesto. No tengo temperamento de coleccionista, se necesita mucha más perseverancia de la que poseo yo. En cambio, estoy seguro de que la historia empezó a interesarme gracias a la Hanum.

Hasta entonces, por influencia de mis padres, quería ser arquitecto. No es que hablásemos de eso, yo era demasiado pequeño, pero para mí la cosa caía por su propio peso. El accidente de aviación, la desaparición del estudio y la pérdida de nuestra casa me apartaron de ese camino trazado de antemano. Quise encarrilarme por una dirección diferente del todo, y fue la historia. Hasta cierto punto, mi encuentro casual con nuestra vecina rubia fue el origen de la carrera que escogí.

Pero vuelvo a la colección de monedas, porque dio lugar a un incidente que no puedo olvidar. Me tenía tan fascinado lo que me había enseñado la Hanum que no podía ya evitar ir mirando al suelo mientras andaba, como si bastase con estar atento para encontrar por los suelos monedas antiguas. No era tan absurdo como parece, porque en este pueblo hay restos romanos y bizantinos y han aparecido aquí estatuas enterradas, capiteles esculpidos y seguramente también monedas.

Y un día me fijé, efectivamente, entre dos piedras, en lo que me pareció una moneda antigua. La recojo, la froto un poco y aparecen el contorno de una cabeza y también unas letras medio borradas. Me voy corriendo a casa de la Hanum, bajando por el camino a toda velocidad como si fuera cosa de vida o muerte. Debían de ser las tres o las cuatro de la tarde. Yo sabía perfectamente que la mayoría de las personas echaban la siesta, sobre todo en pleno verano; pero estaba tan entusiasmado que no me acordé ni por un instante.

Me cuelo por la puerta de fuera, que no estaba cerrada; cruzo el jardín y, luego, el salón. Nadie. Salgo a una veranda grande donde a veces nos poníamos los dos con nuestros libros y que daba al valle. Nadie.

Al final de la veranda, había una puerta acristalada. Entro como una exhalación y me doy de bruces con la Hanum. Sin ropa, muy blanca, casi desnuda. Era su cuarto, pero yo no lo sabía, nunca había entrado en él. Estaba claro que acababa de levantarse de la siesta, se había duchado y estaba empezando a vestirse.

Al verme entrar de golpe, suelta un grito de sorpresa, se tapa el pecho con los brazos y retrocede un paso. Yo, más sorprendido que ella, e incluso aterrado, balbuceo no sé qué, me doy media vuelta violentamente para echar a correr otra vez, tropiezo y me caigo cuan largo soy.

Estoy tan apurado, tan desvalido, que no me muevo. Me hago el muerto. Ella se inclina sobre mí; no reacciono. Dice mi nombre, no contesto. Me da cachetitos en las mejillas y repite, preocupada: «¡Adam! ¡Adaml». Abro despacio los párpados, como si despertase de un largo sueño y no supiera ya dónde estaba. Entonces me dice: «¡Vuelve a cerrar los ojos, que todavía no estoy vestida. Obedezco, pero ella ya me había tapado los ojos con la mano. «¿Me das tu palabra de hombre de que los vas a tener cerrados tres minutosDigo: «¡Sí. Se esfuma y vuelve luego con una bata puesta. «Ya está, ya puedes volver a abrirlos.» Y es lo que hago. Luego, me incorporo. «¿ Te duele algoDigo que no con la cabeza. «¡Mejor! Ya me quedo más tranquila, ¡Vete a esperarme al salón! Me visto y ahora mismo voy.»

Mientras la espero y preparo unas disculpas, me doy cuenta de que ya no tengo en la mano la moneda por la que había echado a correr. Se me debía de haber caído en la veranda. Cuando la Hanum se reúne conmigo en el salón, vestida, maquillada y perfumada, le pido permiso para ir a buscarla moneda perdida. No la encuentro, ¿Habría saltado por encima de la balaustrada? ¿Habría rodado hasta el canalón? No podía saberlo. La llevaba en la mano y la solté al tropezar. En aquel momento, me quedé destrozado. Porque estaba orgulloso de mi hallazgo y, sobre todo, porque era la «pieza de convicción» que disculpaba mi conducta grosera.

Dicho lo cual, la Hanum no me lo tuvo en cuenta y no volvió a mencionar el incidente. Me parece incluso que aquella metedura de pata mía, al introducir en nuestra relación un episodio secreto del que nadie más en el mundo tenía que enterarse, estableció entre ella y yo unos lazos de intimidad.

Los adolescentes pasan a veces por experiencias iniciáticas tórridas. La mía no lo fue. Pero, por su dulzura e incluso por su sutileza, me dejó marcado. Cuando me acuerdo, la palabra que se me viene a la cabeza es clemencia. Yo cometía tonterías de adolescente y tenía cerca a una extranjera hermosa que correspondía a mi turbulencia con benevolencia y me enseñaba paciente, sutil y tiernamente a convertirme en un hombre.