3
YO llevaba más de un cuarto de siglo sin ver a Nidal y él, por así decirlo, no me había perdido nunca de vista. Me observaba sin que yo lo supiera, me vigilaba, me calibraba.
Todavía me estaba preguntando si debía reprochárselo cuando me salió él al paso.
—La primera vez que entré en el aula, tenía intención de hablar contigo al acabar las clases. Sabía lo íntima que era tu amistad con mi hermano y estaba convencido de que me recibirías con los brazos abiertos.
—Es probablemente lo que habría hecho ese día —le dije con frialdad, pues no quería corresponder a sus comentarios desagradables con muestras de amistad.
Siguió diciendo:
—Pero al oírte me dije: lo que menos quiere este árabe es que lo tomen por un árabe, ¿Para qué ponerlo en apuros?
¡Ya estaba bien! Mi anfitrión había rebasado todos los límites. Tenía que contestarle en el acto o levantarme e irme. Lo que me contenía para no armar un escándalo era que Nidal parecía muy conmovido. E incluso a punto de echarse a llorar. Es decir, que aquellas palabras no procedían de un frío sarcasmo, sino que eran reproches sinceros. Torpes, ofensivos, injustos y, no obstante, sinceros.
Tomo entonces la decisión de tratar al hermano pequeño de mi amigo como si fuera mi propio hermano pequeño. Severamente, pero con una severidad casi paternal.
—Para quien crea en el Más Allá, es posible que Bilal esté ahora sentado a esta mesa con nosotros, observándonos y oyéndonos. Algunas de las cosas que has dicho le habrán gustado, y otras, no. Y, ahora que voy a contestarte, a veces me dará la razón y, a veces, f uncirá el entrecejo. Este testigo invisible y benévolo, sin el que no estaríamos juntos ahora mismo, no sé qué opinaría si viviera aún. Pero de una cosa al menos estoy completamente seguro: no le habría gustado que dudase de tu sinceridad ni que tú dudases de la mía.
Me permito una pausa para separar este preámbulo afectivo de la argumentación. Y para comprobar con una ojeada que mi interlocutor, más calmado, está ahora en condiciones de oírme. Luego prosigo:
—Cuando digo que los agravios son mutuos, no quiero decir forzosamente que lo sean al cincuenta por ciento. Lo que quiero decir sobre todo es: intentemos entender por qué los otros ganaron y por qué perdimos nosotros. Me dices: invadieron nuestros países, los ocuparon, nos humillaron. La primera pregunta que se me ocurre es: ¿por qué no conseguimos impedírselo? ¿Somos acaso unos adeptos de laño violencia? No, no lo somos. Entonces ¿por qué pudieron invadirnos, someternos y humillarnos? Porque somos débiles, me dirás, porque estamos divididos y mal organizados y mal equipados. Y ¿por qué somos débiles? ¿Por qué somos incapaces de fabricar unas armas tan poderosas como las de Occidente? ¿Por qué esa deficiencia de nuestras industrias? ¿Por qué ocurrió la revolución industrial en Europa y no aquí? ¿Por qué nos quedamos en el subdesarrollo, la vulnerabilidad y la dependencia? Podríamos seguir repitiendo sin cesar: la culpa es de los demás, la culpa es de los demás. Pero al final no nos quedará más remedio que mirar de frente nuestras carencias, nuestros propios defectos, nuestras propias invalideces. No nos quedará más remedio que mirar de frente nuestra propia derrota, la gigantesca y clamorosa debacle histórica de esta civilización, de nuestra civilización.
He subido el tono de voz sin darme cuenta. Dos jóvenes entran en el acto en la habitación y se quedan, detrás de Nidal, a pocos pasos, con la espalda apoyada en la pared. El no se da cuenta de su presencia hasta que yo los miro; mi anfitrión se dala vuelta entonces y les hace una seña con la cabeza que quiere decir: «No pasa nada, estamos charlando, ¡Podéis dejarnos!». Y los jóvenes se marchan.
Sigo entonces, en voz más baja y en francés: —Los vencidos siempre tienen tendencia a presentarse como víctimas inocentes. Pero no es algo que corresponda a la realidad, no son inocentes en absoluto. Tienen la culpa de que los hayan vencido. Tienen la culpa ante sus pueblos y ante su civilización. Y no me estoy refiriendo sólo a los dirigentes; me refiero a ti, a mí, a todos nosotros. Si somos hoy los vencidos de la Historia, si estamos humillados ante los ojos del mundo entero y también ante nuestros propios ojos, la culpa no la tienen sólo los demás; para empezar, la tenemos nosotros.
—Dentro de treinta segundos vas a decirme que la culpa la tiene el islam.
—No, Nidal, no era eso lo que iba a decirte. La religión es sólo uno de los elementos de este expediente. Para mí no es el problema ni tampoco la solución. Pero no cuentes conmigo para que te tranquilice tan fácilmente. No me siento a gusto con todo lo que sucede a nuestro alrededor, ¿Tú crees que resulta agradable ver a todas esas mujeres tapadas de pies a cabeza, esas fotos gigantescas de personajes con turbante y esos bosques de barbas?
—¿Ya ti qué te importan nuestras barbas?
—Lo que lleves en el corazón no es cosa mía. Lo que llevas por fuera es una afirmación pública dirigida a terceras personas y, por consiguiente, sí lo es. Tengo derecho a aprobarlo y a no aprobarlo. Tengo derecho a sentirme con buen ánimo y tengo derecho a no sentirme a gusto. Pero no tengo intención de andar dándole vueltas a la barba. Sólo quería decirte que me reservaba el derecho de hablar de todo sin excepción y que te animaba a hacer otro tanto.
Mientras me escucha, Nidal se lleva instintivamente la mano a la barba y empieza a alisársela como si quisiera renovarle su voto de vasallaje. Por cierto, que no es una barba en realidad, es como si llevase diez días más o menos sin afeitarse.
—Cuando te conocí, a los dieciséis años, ya llevabas sotabarba, o más bien una pelusilla de sotabarba.
Sonríe ante ese recuerdo. Añado:
—Pero también llevabas una boina como la del Che, con una estrella roja.
—¡No era el único!
—Hoy tampoco eres el único que lleva una barba tupida.
—Quieres decir que siempre he seguido ciegamente la moda del momento.
—No te lo reprocho; todos somos así. Existe eso que los alemanes llaman Zeitgeist, «el espíritu de la época»; todos lo seguimos, de una forma o de otra. No tenemos por qué sentirnos ni avergonzados ni orgullosos; así es como funcionan las sociedades humanas.
—Quien habla es el profesor… —comenta Nidal con imperceptible sarcasmo.
—Sí, tienes razón, habla el historiador. En todas las épocas, los hombres expresan opiniones y adoptan posturas que creen nacidas de su propia reflexión, siendo así que, en realidad, proceden de ese «espíritu de la época». No puede decirse que sea exactamente una fatalidad; digamos que es un viento muy poderoso al que es difícil no ceder.
—Y yo he girado con ese viento, ¿no?
Sonrío.
—Estás empeñado en conseguir que parezca que te estoy ofendiendo, mientras que sólo intento describir un fenómeno común. Era lógico que fueras guevarista a principios de la década de los setenta, de la misma forma que es lógico que ahora seas islamista. Entre ambas actitudes existe cierta continuidad.
—¿Cuál?
—Sigues considerándote un revolucionario.
—Siendo así que desde tu punto de vista ya no lo soy…
—Digamos más bien que es la revolución la que ha cambiado de dirección. Durante mucho tiempo, la idea de revolución era una exclusividad de los progresistas; y un día se quedaron con ella los conservadores. Tengo un colega que está investigando esa cuestión. De vez en cuando comemos juntos para hablar del tema. Llama a ese fenómeno la «inversión». Está preparando un libro sobre ello y piensa llamarlo El año de la inversión…
—¿Es algo que vaya unido a un año concreto?
—Esa es la tesis que defiende. Opina que las cosas dieron un vuelco muy rápido en el mundo entre el verano de 1968 y la primavera de 1969 Aquel año hubo en Irán una «revolución islámica» socialmente conservadora. En Occidente empieza otra «revolución conservadora», a cuya cabeza se halla Margaret Thatcher en Inglaterra y que continúa Ronald Reagan en los Estados Unidos. En China, Deng Xiaoping inicia una nueva revolución china que se desvía del socialismo y desemboca en un espectacular despegue económico. En Roma, eligen a un papa nuevo, Juan Pablo II, que resulta ser, él también, a su manera, tan revolucionario como conservador… Mi colega ha recopilado así decenas de acontecimientos de la misma época que tienden todos a demostrar que hubo un vuelco que afectó a las mentalidades de forma duradera. La derecha se volvió conquistadora y la izquierda dejó de preocuparse por conservar lo conseguido. Y, pensando en eso, te he dicho que…
—… Que había cambiado de barba mientras me seguía considerando revolucionario, ¿Es eso?
—Sí, por ahí van los tiros.
—Mientras que, desde tu punto de vista, más bien me he convertido en un retrógrado consumado, ¿Es eso?
—Yo no lo habría dicho con esas palabras, pero sí, algo así es lo que opino.
—Por lo menos eres sincero —me dice con una levísima sonrisa de impaciencia, antes de añadir—. Esta conversación nuestra va a durar cien años.
—No tiene importancia si seguimos con ella en el paraíso.
—Si es que coincidimos en el mismo paraíso.
—Ah, ¿es que crees que hay varios? ¿O que nos van a repartir por naciones y por religiones?
—No tengo ni la menor idea. Tendrás que plantearles el asunto a tus amigos los bizantinos. Así es como os llamabais, ¿no?
—Sí, eso es. El «círculo de los bizantinos». Pero ¿por qué lo dices en segunda persona del plural? Tú también participaste en nuestras reuniones.
—Muy poco. Una o dos veces, con mi hermano.
—Con tu hermano, sí. Me acuerdo de él muchas veces.
Nada más decir la frase, tuve la sensación de que estaba usurpando un papel que no me pertenecía porque no fui amigo íntimo de Bilal más que al final de su vida. Añadí entonces, a modo de disculpa: <;
—Tú has tenido que acordarte de él mil veces más que yo.
Como siempre que mencionaba a su hermano, Nidal se quedó callado y pensativo. Se bebió el último sorbo de gaseosa y luego se le escapó la mirada por la ventana, y aún más allá.
—Había prometido llevarme a la barricada. Nuestra madre se puso a protestar a voces. Decía que yo era muy pequeño y que lo que tenía que hacer era estudiar. Bilal intentó convencerla, diciéndole que no se separaría de mí, que me pondría en un puesto en que no corriera peligro y que, a la vuelta, me ayudaría con los deberes. Pero ella no quiso saber nada del asunto. Decía: «¡Los dos, no! ¡Los dos a la vez, no!». Como si presintiera lo que iba a suceder. Entonces Bilal me susurró que me llevaría la próxima vez. Y se fue. Una hora después llamaron a la puerta para decirnos que estaba herido.
»He pensado miles de veces en esa escena, imaginando otras salidas. O que mi hermano renunciaba también a ir; o que él y yo nos íbamos juntos y yo lo obligaba aponerse a cubierto en el portal de un edificio. O también que la misma bomba nos liquidaba a los dos. Soñé varias veces que el mártir era yo, que me envolvían en una mortaja, y mi madre y mis hermanas lloraban y Bilal estaba a mi lado, me tenía cogido de la mano hasta el último momento y sollozaba como sollocé yo en su entierro.
» Y, al despertarme, siempre me sentí chasqueado de que se tratase sólo de un sueño engañoso, de que mi hermano siguiera en la tumba y yo fuera de ella, desdichado entre los vivos…
Mientras hablaba, los dos hombres que habían entrado un rato en la habitación pocos minutos antes entraron otra vez para apostarse a ambos lados de la cortina que nos separaba de la sala grande del restaurante. No obstante, esta vez era Nidal el que estaba hablando, y en voz baja; no había nada que pudiera preocupar a los militantes.
Vuelvo la mirada hacia ellos y otra vez la mirada de mi anfitrión sigue a la mía. Veo que se pone de pie en el acto y, en ese mismo momento, entra un personaje con turbante negro. Nidal lo saluda con deferencia, nos presenta someramente y, luego, lo invita a sentarse. Estaba claro que tenían cosas de que hablar y me apresuré a dejarlos, afirmando, por guardar las formas, que precisamente estaba a punto de irme.
Lo que era mentira, por supuesto. Me habría quedado a gusto una hora más; Nidal y yo teníamos aún cosas que decirnos.
Al dejar al hermano de Bilal, e irme de su restaurante, su barrio y sus amigos, noté cierta incomodidad; pero no estaba descontento de haber vuelto a verlo. Tantas cosas nos separan, y sólo nos une la memoria del desaparecido, ¿ Un hilo tenue? Sin duda. No bastará para menguar nuestras divergencias, pero no pienso tomar la iniciativa de quebrarlo.
Semi tiene razón, claro; Nidal ha cambiado. E incluso aunque esa metamorfosis no me agrade, la comprendo como individuo y, sobre todo, como historiador. He tenido buen cuidado de no recordarle, por ejemplo, que su hermano, por entonces, no creía ni en Dios ni en el Diablo y que, dada esa circunstancia, era un «mártir» muy peculiar. Noté que el recuerdo de Bilal era un santuario donde no debía entrar sino con infinitas precauciones verbales. Todo cuanto pudiera tener un aire de sarcasmo o de mofa habría sido descortés, injurioso y casi sacrílego. Así que me pareció preferible abstenerme.
Desde que he regresado a esta tierra, me esfuerzo por volver a anudar los hilos, no por liquidar cuentas, ¿Qué cuentas, por lo demás? ¿Podría reprocharle en serio a Nidal que no tenga ya, a los cuarenta años, las mismas ideas que a los dieciséis? Ha cambiado, yo he cambiado, el país ha cambiado, nuestro mundo ya no es el mismo. La vanguardia de ayer está arrumbada y la retaguardia ha avanzado hasta las primeras líneas. Puedo seguir lamentándolo, pero no puede ya extrañarme. Ni puedo reprochárselo al hermano de Bilal. El va con su tiempo, y el que es de otra época, prematuramente extinguida, soy yo. Pero —por mucho que se burlen de mi empecinamiento— sigo convencido de que soy yo quien tiene razón y que la que va por un camino errado es la humanidad.