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NO estaba seguro de que el hermano de Bilal se acordase de mí —escribió Adam en la libreta el domingo 29 de abril—. No lo había visto en mi vida más de tres veces; la última, hacía un cuarto de siglo, en el entierro del amigo desaparecido. Aquel día, Nidal parecía aún más afligido que su madre o que sus hermanas. Sollozaba sin recato. Todavía no había cumplido los diecisiete años y Bilal era su modelo, su guía, su ídolo. Además, se parecían tanto —la misma nariz corva, el mismo pelo muy negro y muy corto, la misma mirada de ciervo acosado— que, al mirar al hermano desconsolado, daba la impresión de que era el otro hermano que había resucitado y se lloraba a sí mismo.
—Nidal, soy Adam, no sé si te acuerdas de mí…
—¡No conozco a nadie más que se llame así, salvo nuestro antepasado común, que la paz sea con él! ¿Has regresado entre nosotros?
—Estoy de paso, efectivamente.—¿Por qué sólo «de paso»?
—Ahora vivo en Francia.
—Yo también viví varios años en Francia, pero volví para vivir entre los míos.
Había un claro reproche en lo que decía. Tenía que replicar.
—¿Fuiste a vivir a Francia y nunca se te ocurrió llamar al mejor amigo de tu hermano? ¡Vergüenza debería darte!
Soltó una risita, como para indicar que ya podíamos dejar el juego habitual de hacernos rabiar.
—Me alegro de oírte. Dime en qué puedo serte útil.
—Estoy intentando organizar un pequeño encuentro. Me gustaría hablarte de él…
—¿Una reunión política?
Tenía en la voz no menos ironía que incredulidad. Me apresuré a tranquilizarlo.
—No, un encuentro de viejos amigos. De amigos de Bilal…
No hubo respuesta. Un silencio prolongado. Notaba que Nidal tenía un nudo en la garganta. De hecho, cuando por fin habló, le había cambiado la voz y había perdido el aplomo.
—Un encuentro de viejos amigos…
Yo no sabía si, al repetir las mismas palabras que yo, despacio y en un susurro, mi interlocutor expresaba nostalgia o desconfianza. Para anticiparme a cualquier reacción negativa, tenía que salirle al paso.
—Me gustaría que pudiéramos vernos, tú y yo. Para hablar de este pequeño proyecto, pero también de lo que ha pasado en todos estos años.
—Sí, claro, ¿por qué no? ¿Dónde estás ahora?
Me había dicho a mí mismo, antes de llamarlo, que más valía no mencionar a Semi; no de inmediato, en cualquier caso.
—Estoy en la montaña, pero podemos quedar cuando quieras.
—¡Pues comamos juntos! ¿Quieres que mande un coche a buscarte?
Preferí mentir.
—No, gracias, ya tengo coche. Basta con que me des las señas y allí estaré.
Nunca habría puesto los pies espontáneamente en el restaurante popular donde me citó Nidal. No porque sea lúgubre ni eche para atrás, sino porque pertenece a esa categoría de sitios que parecen reservados para los parroquianos y donde un forastero siente que le espían cada bocado que toma; el «forastero» en cuestión no tiene por qué ser un europeo o un asiático, sino cualquier persona que no pertenezca al barrio.
Nidal parecía conocer a todos los clientes, pero cruzó el local conmigo limitándose a saludar desde lejos.
El dueño nos había reservado una habitación interior, apartada del barullo y que tenía una ventana que daba a un patinillo. Era, claramente, un trato de favor. Teníamos ya en la mesa aceitunas, pepinos, nabos en vinagre y panes redondos partidos en cuatro.
—Aquí suelo tomar el plato del día, y nunca me he llevado un chasco. Pero también hay cosas a la parrilla.
—¡Adelante con el plato del dial
—¡Espera, que todavía no sabes qué es!
—Da lo mismo. Lo voy a pedir, sed lo que sea.
—Los domingos hay calabacines rellenos.
—¡Estupendo!
—¡Eres un hombre fácil de conformar! ¡Tus mujeres deben de estar encantadas!
—¿Mis mujeres?
—Quería decir tus mujeres sucesivas, no simultáneas.
—¿Tú tienes mujeres «simultáneas»?
—No, sólo una. Me avisó desde el principio: si me caso con otra me saca los ojos.
—¡Y te resignaste!
—¡Hacen buen servicio los ojos!
Sonrió, y era la misma sonrisa de Bilal.
—No andas equivocado —le dije—. Si te gusta leer, dos ojos resultan más útiles que dos esposas.
—Compruebo que ya estamos de acuerdo en un punto. No sé si habrá más.
Se acerca el dueño con un lápiz y un cuadernito. Apunta los dos platos del día y pregunta qué queremos beber. Nidal pide una gaseosa de limón y yo asiento mecánicamente para indicar que tomo lo mismo. No sin añadir, en cuando se esfuma el hombre:
—No tomo alcohol a la hora de comer porque luego me duele la cabeza.
Como tuve buen cuidado de no sonreír, a mi anfitrión le pareció necesario especificar:
—Aquí no sirven alcohol.
—Me lo imaginaba, ya ves tú; estaba de broma… ¿.
Sonreí. Nidal sonrió también a medias para no ser menos. Luego dijo, mirando para otro lado, como si les comentase algo a unas terceras personas:
—¡Bromas de emigrantes!
Preferí no preguntarle qué entendía por bromas de emigrantes y repetí:
—Estaba de broma…
Antes de añadir, sin haberle dado tiempo a contestar:
—Pero es cierto que nunca bebo a la hora de comer. Sólo por las noches.
—Si te hubiera invitado a cenar en vez de a almorzar, ¿qué habrías hecho?
—Pues sencillamente no habría bebido. Me gusta tomar algo de vino por las noches, pero puedo prescindir de ello perfectamente. En cambio, si alguien intentase prohibírmelo…
—¡Prohibido prohibir! —articula Nidal en francés y con tono sarcástico.
Hasta el momento habíamos hablado sólo en árabe. Y en árabe es como le contesto:
—Que una persona se abstenga de tomar una bebida o un alimento porque se lo imponen sus convicciones es una postura que respeto. Lo que no admito es que se intente imponer a los demás y, sobre todo, que los gobiernos se metan en eso.
—Porque, según tú, hay que dejar que cada ciudadano decida por su cuenta, y el cometido de los gobiernos no es prohibir, ¿verdad? ¿Acaso no prohíben el consumo de cocaína y de hachís? Pero supongo que, desde tu punto de vista, tampoco habría que prohibir esas drogas.
La conversación estaba tomando demasiado pronto un giro de duelo convencional entre el devoto y el libertino. Pero a lo mejor era necesario pasar por esa etapa antes de poder hablarnos de hombre a hombre. En cualquier caso, yo no pensaba deponer las armas sólo porque estuviera en el terreno del adversario. Todo lo contrario. En Levante, se supone que el anfitrión se amolda a los deseos del invitado y no lo somete a sus propias leyes. Al menos así eran los comportamientos en tiempos mejores.
—Nadie pretende que no haya que prohibir nada nunca. Pero a algunos de tus correligionarios se les da demasiado bien prohibir. Da la impresión de que rebuscan en los textos para dar con cuantas más prohibiciones mejor, y les falta tiempo para proclamarlas. Alguien dijo un día de los puritanos ingleses: «No es que sean fanáticos, en realidad; sólo quieren tener la seguridad de que nadie pueda pasárselo bien en ningún sitio».
Nidal sonríe como si hiciera una mueca, sin decir palabra. Yo prosigo:
—Pero, por responder más directamente a esa pregunta que me haces, digo que sí, que claro, que hay sustancias que son venenos y comprendo que las prohíban. Pero ¿el vino? ¿El vino que cantaron tantos poetas árabes, persas y turcos? ¿El vino, que es la bebida de los místicos? Juntarse con los amigos por la noche es un placer noble e inocente; reír, debatir y arreglar el mundo alrededor de una botella de buen vino, ¿Debo aceptar que una autoridad cualquiera me prive de ello porque haya personas que beben demasiado? ¿O porque lo prohíban algunas tradiciones religiosas?
—¡Sólo ves un aspecto de la cuestión! —me espeta Nidal.
Come unos cuantos bocados para tomarse tiempo de ordenar las ideas antes de añadir:
—Lo que no quieres ver es que en Occidente todo cuanto proceda de nosotros se mira con hostilidad. Todo el mundo está de acuerdo en que el alcoholismo es una calamidad social, pero en cuanto el islam denuncia el alcohol, basta con eso para que lo convierta en símbolo de la libertad individual. Incluso personas como tú.
Llegó un camarero con las fuentes humeantes y las botellas ya abiertas. Nos preguntó si queríamos que echase el yogur por encima de los calabacines rellenos o si lo ponía al lado. Espolvoreó luego el plato con menta seca y empezó a servir la gaseosa en un vaso. Pero Nidal le indicó con un gesto que ya se hacía cargo él y, en cuanto el hombre se fue, siguió con sus argumentos en el punto en que los había dejado.
—Muchos europeos tienen una mujer y una amante e hijos de las dos; pero, si el islam dice que es posible casarse con las dos mujeres, esa idea de un matrimonio por partida doble se convierte en escandalosa, indignante e inmoral, y lo que se convierte en respetable es la relación ilegítima.
—¿No te parece que eso sucede quizá porque, en lo referido a la mujer, el balance de la situación en nuestros países deja que desear? Si las mujeres de aquí pudieran trabajar libremente, vestirse libremente…
—¿Tú crees de verdad que la razón es ésa? ¿Tú crees de verdad que lo que le interesa a Occidente es la emancipación de nuestras mujeres? ¿No te parece que, desde hace siglos, existe una hostilidad sistemática hacia todo lo que procede de nosotros? Antaño, les reprochaban a nuestros países de Oriente sus efebos y sus mujeres lascivas; y ahora nos reprochan nuestro exceso de pudor. Desde su punto de vista, hagamos lo que hagamos, siempre lo hacemos mal.
Esperé hasta haber tomado unos cuantos bocados antes de decir, con tono de titubeo:
—No estás del todo equivocado, existe esa hostilidad, y a veces parece sistemática. Pero no va en dirección única. Por decir las cosas crudamente, ellos nos aborrecen tanto como los aborrecemos nosotros a ellos.
Nidal soltó el tenedor y el cuchillo en el acto para empezar a mirarme con desconfianza y quizá, incluso, con una pizca de hostilidad.
—Cuándo dices «nosotros» ¿a quiénes te estás refiriendo?
La pregunta no era ni anodina ni inocente. Y para mí, el invitado, era terriblemente descortés. Lo que Nidal me estaba diciendo, en sustancia, era que me «había pasado al enemigo». Me sentí tanto más insultado cuanto que el ataque no carecía del todo de fundamento, ¿De qué lado estoy yo, el árabe cristiano que lleva tanto tiempo viviendo en Francia? ¿De parte del islam o de parte de Occidente? Y, cuando digo «nosotros», ¿a quiénes me estoy refiriendo? En la frase que acababa de usar —«ellos nos aborrecen tanto como los aborrecemos nosotros a ellos»— se traslucía, a pesar mío, toda aquella ambigüedad. A decir verdad, ni yo sabía ya a quién me refería en mi frase con «ellos» y «nosotros». Para mí, esos dos universos rivales son a la vez «ellos» y «nosotros».
Mi interlocutor había dado en el clavo y había puesto el dedo en la llaga de mi fragilidad. Pero yo no pensaba darle la razón ni tolerar sus insinuaciones hirientes. Me revestí de dignidad callada, aparté ostensiblemente la vista para mirar por la ventana o el plato y, en una ocasión incluso, el reloj de pulsera.
Al ver mi actitud, Nidal comprendió que se había excedido. Tachó mentalmente la pregunta ofensiva y se puso a comentar mi frase en otro tono. Al hacerlo así, evitaba desdecirse, pero en sus palabras, aunque polémicas, había disculpas implícitas.
—Es posible que nos aborrezcan tanto como nosotros a ellos, como dices. Pero, como historiador, deberías reconocer que la relación entre ellos y nosotros no es hoy en día igualitaria en absoluto. Hace cuatrocientos años que no invadimos países en Occidente; son siempre ellos los que nos invaden, los que nos imponen su ley, los que nos tienen sometidos, nos colonizan y nos humillan. No dejamos de soportar, y soportar, y soportar… Pero tú, historiador, y a quien preocupan la verdad y la objetividad, no te decantas ni por unos ni por otros. «Ellos nos aborrecen tanto como los aborrecemos nosotros a ellos.» Agravios mutuos, ¿no?
»Los franceses se plantan en Argelia, anexionan el país, asesinan a todos cuantos se les resisten, trasladan allí a una población europea que se porta como si la tierra le perteneciera y como si la población local sólo existiera para obedecer y estar a su servicio. Agravios mutuos, ¿no? Recurren a lo que sea para obligar a los habitantes a dar de lado la lengua árabe y a apartarse del islam. Luego, al cabo de ciento treinta años, se marchan, dejando tras ellos un país contusionado y asolado que nunca ha conseguido recuperarse. Pero, según tú, los agravios son mutuos, ¿no?
»Los judíos emigran en masa a Palestina, colonizan la tierra y expulsan a los habitantes, que se convierten en apátridas de la noche a la mañana y llevan, desde entonces, más de medio siglo en campos de refugiados. Pero, según tú, los agravios son mutuos.
Otra vez me estaba atacando, pero, en esta ocasión, yo no podía reaccionar de la misma forma. El blanco al que apuntaba Nidal no era yo, sino mis opiniones de historiador. En ese terreno, toda contradicción es legítima. Así que, en vez de encerrarme en la postura del invitado ofendido, decido cruzar el acero con mi anfitrión.
—¿Me vas a dejar contestarte?
Nidal se interrumpe de golpe.
—Adelante, te escucho.
—De entrada, no he sido yo quien ha dicho que «los agravios sean mutuos». Sólo he dicho: «Nos aborrecen tanto como los aborrecemos nosotros a ellos». No he dicho nada de «agravios». Me has atribuido esa frase y la estás usando para atacarme. Es un procedimiento discutible.
—¡A lo mejor no has dicho esa frase hoy, pero la dices continuamente!
—¡Ahí ¿Es que grabas mis charlas? —le digo en tono de broma, para descargar el ambiente.
Mi interlocutor no sonríe.
—No, Adam, no grabo tus charlas, pero a veces te he oído. He ido varias veces a la universidad. Me sentaba en la parte de atrás del aula para oírte. Esa frase no me la he inventado, es tuya, la has repetido cien veces. «Los agravios son mutuos.» Pueden invadir nuestros países, echarnos de nuestras casas, bombardearnos, quedarse con nuestras riquezas, pero para ti siempre son mutuos los agravios. El historiador tiene que ser neutral, ¿verdad? Entre agresor y agredido, entre predador y presa, entre asesinos y víctimas, tú eres neutral. Lo principal es que no te vean como defensor de los tuyos, ¿Eso es objetividad? ¿Eso es para ti honradez intelectual?
Me quedé callado un buen rato, como si me hubiese quedado sin argumentos. Acababa de caer en la cuenta de pronto de que aquella reunión con el hermano de mi amigo no iba a limitarse a ser un sencillo reencuentro, sino un arreglo de cuentas en toda regla.