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MIÉRCOLES, 2 de mayo

No sé si mis dos amigos lo habían planeado de antemano o si se les ocurrió sobre la marcha, pero la petición era imperativa y me di cuenta de que no podía eludirla.

Sus reproches no eran injustificados. Es cierto que desde que era pequeño tengo la costumbre de pedir a la gente que me cuente sus cosas sin dar casi nada a cambio. Es un defecto que estoy tanto más dispuesto a reconocer cuanto que nace de una virtud. Me gusta escuchar a los demás, embarcarme con el pensamiento en sus relatos, hacer míos sus dilemas. Pero escuchar, que es una postura generosa, puede convertirse en una postura predadora si nos nutrimos de la experiencia de los demás y les negamos la propia.

Ante la rebelión de mis viejos amigos, sólo me quedaba ceder. De todas formas, mi comportamiento nunca tuvo más motivo que la timidez y el pudor. Siempre me ha costado creer que mis historias pudieran interesarle a alguien. Cuando me afirman lo contrario y me instan a que las cuente, cedo gustoso. No tengo nada que ocultar. O, bien pensado, sí tengo cosas que ocultar, pero no en mayor grado a los demás que a mí mismo.

En el caso que nos ocupa, si siempre he eludido hablar de la casa de mi infancia ha sido, sencillamente, porque me esforzaba en no acordarme de ella.

Pero hoy he tenido que hacer un esfuerzo. Le he indicado a Semi por dónde se iba al pueblo y, luego, tras unos cuantos titubeos inevitables, acabé por localizar la silueta de «mi» casa.

 

Cuando mis amigos la vieron, abrieron unos ojos como platos. Era suntuosa, como si quisiera hacerme quedar mal. Semi no dejaba de decir: «Pero ¡si es un palacio. Y Naím: «¿De esto era de lo que te avergonzabas? ¿Ésta es la casa que llevas treinta años ocultándonos. Todo eso es cierto. Parece un palacio, debería haberme sentido orgulloso, pero estoy avergonzado porque la perdí.

Todo se trastocó cuando tenía doce años y medio. Hasta entonces, esa casa era para mí el centro del mundo. Todos mis amigos de infancia la conocían perfectamente, me gustaba invitarlos. Tenía la sensación de que así les enseñaba lo mejor de mí mismo. Había en ello vanidad, jactancia y también, seguramente, eso que no queda más remedio que llamar orgullo de clase. Pero, hasta la adolescencia, ésos no son sino pecados veniales; los necesitamos para notar que ocupamos un lugar en el mundo, que no somos unos intrusos.

¡Qué confortador resulta crecer notando que tenemos un país nuestro y el derecho de mencionarlo en voz alta! En esta casa tenía ese sentimiento, y, luego, dejé de tenerlo. Si esta casa hubiera seguido siendo mía cuando empezó la guerra, no sé qué habría sido capaz de hacer para no quedarme sin ella. No se planteó la cuestión, no tuve que enfrentarme al dilema. En vista de todo lo que sucedió, debería congratularme de ello, pero durante mucho tiempo lo viví como una maldición. Le tenía envidia a Mourad, que había conservado la casa de sus antepasados; ahora debería compadecerme de él. En última instancia, a quien mimó el destino fue a mí. Pero tardé mucho en caer en la cuenta.

 

Mis padres idolatraban esta casa. Podría decirse incluso que tenían dos hijos: la casa y yo.

Mi padre no la recibió, sin más, del suyo. Fue durante mucho tiempo la herencia indivisa de alrededor de veinte primos, ninguno de los cuales quería soltarla, pero tampoco hacerse cargo de ella. Así que mi padre la compró como si la rescatase, algo así como las almas piadosas rescataban antaño a sus correligionarios a los que habían sometido a esclavitud los infieles. Se entrampó para comprarles su parte a sus primos, y se entrampó más, luego, para hacer obras. Unas obras que no terminaban nunca. Era arquitecto y quería hacer de su casa la obra maestra de su carrera y también, hasta cierto punto, su tarjeta de visita. No podía caberle duda de que quienes la vieran querrían otra casa como aquélla.

La concibió en dos edificios semejantes que distaban entre sí alrededor de diez metros, uno antiguo y restaurado y el otro nuevo según el mismo modelo, los dos arropados de parra virgen. Esas dos alas se unían de tres formas diferentes: en el primer piso, por un salón colgante con ventanales que daban, de un lado, a la montaña y, del otro, al valle; en tierra, por un paseo florido, y, bajo tierra, por un túnel. Para mis padres y para mí, era más que una casa: era un reino y, sobre todo, un motivo de orgullo.

¿He mencionado el orgullo de clase? Ha sido, por mi parte, una autoflagelación injustificada y casi un insulto a la memoria de los míos. Lo que caracterizaba la casa no era el gran tamaño, ni los dorados: era la elegancia. No se trataba de una exhibición obscena, sino de un manifiesto estético. Mis padres tenían, ambos, un gusto atinado y sutil. Su casa era el fruto de su amor por la belleza, y de su amor, a secas.

Tenían una vida jubilosa, yo era el principal testigo, el principal admirador y el principal beneficiario. Más dura fue la caída.

 

Todo transcurrió en pocos minutos, sobre el mar de Omán. El avión en que iban mis padres se hundió en el mar, y mi vida se hundió en la estela que dejó.

Fue en agosto de 1970. Una compañía aérea decidió inaugurar un vuelo sin escalas hasta Karachi; y, para dar notoriedad al acontecimiento, invitaron a unas cuantas personalidades conocidas. Mis padres estaban muy ufanos de que los hubieran seleccionado; era un reconocimiento del lugar que ocupaban ahora en el país. Todavía los veo haciendo las maletas, alegres, encantados, maravillándose de antemano de lo que iban a ver, y sin la mínima aprensión ni el mínimo presentimiento.

Era un vuelo nocturno. Salía a última hora de la tarde y tenía que llegar a su destino con las primeras luces del día. Mi abuelo materno llevó a mis padres al aeropuerto y yo fui también. Nos quedamos hasta que despegó el avión y se perdió en el horizonte. Yo tampoco tenía el mínimo presentimiento. Sólo lamentaba que no me hubieran invitado a ir con ellos.

Al volver a casa, me pasé buena parte de la noche leyendo, como solía hacer en los meses de verano, y quizá algo más de lo habitual porque no estaban mis padres para vigilarme.

Al levantarme, muy entrada la mañana, oí ruidos inusuales. Era como si una muchedumbre zumbadora hubiera invadido la casa. Salí de mi cuarto, a ver quién había venido, y, por la forma en que me miraba la gente y, sobre todo, por la forma en que me abrazaban las mujeres del pueblo, me di cuenta de que había ocurrido una tragedia.

 

Como si no hubiera bastado con esa desgracia, ocurrió otra acto seguido: estaba arruinado. Me lo dijeron pasado un mes. Era, desde luego, como único heredero, dueño de una casa que valía «una fortuna», pero también le debía al banco el doble de esa «fortuna». Mi padre había pecado de imprudencia, ¿Por qué no iba a hacerlo, bien pensado? Tenía la agenda llena de encargos, ganaba mucho dinero, estaba en la flor de la vida. Al ritmo en que trabajaba, podría haber saldado esas deudas en dos o tres años. Pero, claro, en cuanto él desapareció, todo se vino abajo. Ningún ingreso ya, muy poco dinero en sus cuentas, sin seguro de vida…

Eché muchas pestes en la juventud contra los bancos y, por entonces, estaba loco de rabia; incluso debe de ser por eso, seguramente, por lo que empecé a los catorce años a decir que era marxista. Más adelante, se me ocurrieron justificaciones intelectuales, pero, en aquellos momentos, estaba rabioso, sin más. El abogado de la familia me explicó que no había más opción que darle la casa al banco para zanjar la deuda. También estuve rabioso con él y con todos los abogados del mundo, pero hoy sé que consiguió para miel mejor arreglo posible. Dejando de lado la casa, yo no tenía nada en absoluto. Sin mi padre, «nuestro» estudio de arquitectura no valía ya un céntimo; los locales no eran suyos y, dentro de nada, ya no se podría pagar el alquiler. Mi abogado consiguió del banco que diera por pagada una deuda de un millón doscientas mil libras con una casa que sólo valía la mitad. Y me consiguió incluso una cantidad modesta para que no me quedase en la miseria.

Pero por entonces yo no veía asilas cosas. Estaba indignado con los abogados y los bancos, contra los arquitectos, contra las compañías aéreas, contra el Cielo. De pura rabia no quise llevarme nada al irme de la casa, ni siquiera mis libros. Me fui a vivir a casa de mis abuelos maternos. No sé cuánto tiempo estuve llorando a mis padres, mi casa, mis sueños de futuro. Debía de estar insoportable, y fueron necesarios toda la paciencia, todo el estoicismo y todo el cariño de los dos «viejos» para que volviera a empezar a vivir.

Nunca quise hablar de todo eso. Y ni una vez intenté visitar «nuestra» casa, ni siquiera pasar por delante de ella. Cuántas veces di rodeos sólo para no divisarla. Para que aceptase volver a ella han tenido que presionarme Semi y Naím, han tenido que ocurrir la guerra y el exilio y también ha tenido que pasar un tercio de siglo y que la vida haya ido domando despacio al adolescente rabioso que me hervía por dentro.

Así que he vuelto hoy a la casa perdida, en una peregrinación forzada. Cuando la vi desde fuera, se me puso un nudo en la garganta. La señalé con la mano sin decir nada. «¿EsaAsentí con la cabeza. «¿De esto te avergonzabas? —me dijo Naím—. ¿Ésta es la casa que nos estabas ocultandoRompí en sollozos como un niño. Ahora los avergonzados eran mis amigos. Se disculparon por haberme presionado. Entonces se lo conté todo, o casi: mi vida anterior, el accidente de avión, el banco y cómo me fui de la casa, es decir, mi primer exilio.

—No lo sabíamos —me dijo Semi.

Me pasó la mano por el pelo. Luego se inclinó para darme un beso en la frente. Todavía estábamos en el coche. Yo estaba sentado a su lado, en el asiento del acompañante. Naím iba atrás. Me dijo:

—¿Y te has podido guardar todo eso dentro todos esos años?

Contesté, lacónico:

—He podido.

Y, sin motivo, me eché a reír. Mis amigos también. Los tres lo necesitábamos. Estábamos al filo del sentimentalismo y no nos apetecía nada caer en él. La risa tenía la ventaja de humedecernos los ojos sin ponernos en la necesidad de elegir entre las lágrimas de pena, de alegría, de nostalgia, de empatía o, sencillamente, de amistad.

Transcurrieron entonces unos cuantos minutos tumultuosos antes de que dijera yo, a modo de conclusión:

—Hasta ahora, los únicos que sabían mi historia eran mis abuelos, mi vieja aya, mi abogado y el banquero, y se han muerto todos. Nunca la había contado hasta hoy. Era la primera vez y será la última.

—De que sea la última no estoy tan segura —dijo Semi con implacable dulzura—. Ahora que se ha venido abajo la presa, ya no podrás impedir al agua que corra.

Ante esas palabras y esa imagen, me puse a llorar de nuevo como un bobo. Mi amiga no sabía ya cómo disculparse ni cómo consolarme. Me cogió la cabeza, se la apoyó en el pecho y otra vez me empezó a pasar los dedos por el pelo y por la nuca.

—Si hubiera sabido que el premio era ése, a mí también se me habría ocurrido un pretexto para llorar —refunfuñó Naím como para sus adentros.

Y otra vez pasamos de las lágrimas a la risa. Luego, seguí diciendo:

—No voy a contaros historias de paraíso perdido, pero eso es exactamente lo que siento. Un paraíso del que me expulsaron como a nuestro antepasado, mi homónimo. Pero no por un pecado, por un accidente.

»A mis padres daba gusto verlos. Los hacía felices vivir y me querían de forma inteligente, por decirlo de algún modo. Mi padre me hablaba de pintura y de arquitectura; mi madre, de telas, de flores y de música; compraba muchos discos y me llamaba para que fuera a oírlos con ella,

—Y eras hijo único —comentó Semi, a la que seguramente la había hecho sufrir el hecho de haber crecido entre dos hermanos adulados.

—No viví como una situación privilegiada el no tener hermanos. No tenía a nadie con quien jugar y lo echaba de menos, fugaba solo. Hasta los doce años todavía ponía enfila mis soldaditos de plomo. No dejé de jugar con ellos hasta que me fui de la casa.

—Yo que tú, Adam, eso no lo contaría en voz alta —dijo Naím.

—¿Y por qué?—intervino Semi—. Hay tipos que juegan toda la vida con soldados de plomo.

No estoy seguro de que intentase defenderme. Seguramente habría valido más que me callara.

—Y cuando llegaste a la pubertad, te compraste un regimiento con kilt…

Ese ataque asilvestrado de Naím me valió otra ración de caricias de Semi.

Todo el tiempo que llevábamos hablando, habíamos seguido dentro del coche delante de la verja cerrada de mi antigua casa, donde no parecía vivir nadie; e incluso se la veía abandonada y destartalada. Los pocos postigos que podían divisarse desde fuera, los de la primera planta del edificio más nuevo, estaban cerrados a cal y canto, y con la pintura descascarillado..

—¿Queréis que intentemos entrar?

Fue Semi quien lo sugirió.

—¡No!

Di un alarido tan fuerte que se sintió obligada a disculparse. Entonces fui yo quien se disculpó por haber gritado. Le cogí la mano para llevármela a los labios. Sonrió y añadió luego, en voz muy baja.

—Supongo que no sabes de quién es.

—No. Ni idea. Nunca he querido saberlo.

Había contestado mecánicamente. Se me acababa de pasar por la cabeza una idea diferente.

—¿Podrías adelantar el coche? Por ahí, pasada la casa.

Otros veinte metros, ¡Aparca debajo de ese árbol! Si no me falla la memoria, había un camino por aquí.

Todavía estaba, igual que en mi recuerdo. Un camino tapizado de piedras planas e irregulares, igual que una versión artesanal de las antiguas calzadas romanas.

En cuanto lo vi, salí del coche, haciéndoles señas a mis amigos para que me siguieran.