CAPÍTULO 66

 

 

 

 

 

—Son cuatrocientos quince dólares con diez centavos, señor Baker —me dice el recepcionista del hotel a la mañana siguiente.

Extraigo la tarjeta de crédito de la cartera y se la tiendo. El recepcionista la coge y la pasa por el datáfono.

—Gracias —dice.

—¿Darrell? —oigo una voz femenina que me llama.

Me giro porque en un primer momento no reconozco a quién pertenece. Alzo las cejas, ligeramente asombrado.

—Emily… —digo, al ver a la tía de Lea a un par de metros de mí, con su habitual cardado en el pelo y con una bolsa en la mano.

—¿Has pasado aquí la noche? —me pregunta.

—Sí —respondo—. ¿Y tú…? —dejo la frase en el aire, porque no sé muy bien qué puede hacer en el hotel a estas horas de la mañana.

—Trabajo aquí como cocinera —contesta con apremio. Asiento con una inclinación de cabeza—. ¿Te vas ya a Nueva York?

—Sí. Ya… ya no tengo nada que hacer aquí —digo, acariciándome la nuca.

—Darrell, Leandra no está bien —me dice de pronto en tono serio, incluso con una nota de preocupación en la voz.

—Yo no puedo hacer nada, Emily. Lea ha dejado de quererme, me ha olvidado, y frente a eso yo no puedo hacer nada —repito.

—Señor Baker, su tarjeta de crédito —nos interrumpe el recepcionista del hotel. Me giro y la cojo—. Espero que haya estado cómodo.

—Sí, gracias —respondo con prisa, guardando la tarjeta en mi cartera y volviendo a prestar toda mi atención a la conversación que estoy manteniendo con la tía de Lea.

—Darrell, Leandra no te ha olvidado —asegura Emily. Frunzo el ceño. Su afirmación me confunde y hace que el corazón me dé un brinco dentro del pecho—. Se ha pasado toda la noche llorando. Te aseguro que una persona que ha dejado de querer a otra, que ha olvidado a otra, no llora del modo en que Lea llora por ti.

Me paso la mano por la frente.

—Pero Lea no quiere verme, Emily, no quiere saber nada de mí. Anoche me lo dejó muy claro, pese a que le expliqué las verdaderas razones por las que la alejé de mí. —Me encojo de hombros, impotente—. ¿Qué puedo hacer?

—No hacerle caso —responde Emily como si fuera una obviedad.

—¿No hacerle caso? —repito.

—Sí, eso he dicho exactamente. Leandra está muy dolida, Darrell. Cuando rompiste con ella se sintió traicionada, decepcionada, el corazón se le hizo mil pedazos, y después cuando sufrió la amenaza de aborto… —La voz de Emily se apaga poco a poco—. Bueno, se desesperó con la posibilidad de que podía perder a los bebés. Se sintió muy sola y muy vulnerable. Por eso se vino a vivir conmigo. Necesitaba que la cuidaran.

Durante unos segundos me pongo en el pellejo de Lea y pienso que realmente tuvo que ser terrible para ella. Terrible. ¡Dios mío!, lo ha que ha tenido que sufrir mi pequeña loquita, y sola. Se me encoje el corazón.

—En vez de hablar, demuéstrale todo lo que sientes por ella —continúa diciendo Emily—. Siempre son mejores los hechos; las palabras se las lleva el viento, incluso las verdaderas. La intención no siempre es lo que cuenta, Darrell. A veces cuentan más los actos.

—Entiendo —digo.

Hasta mi mente llegan centenares de pensamientos.

—Demuéstrale lo que la quieres de tal manera que no pueda rechazarte, que no pueda decirte que no —me aconseja Emily en tono de complicidad, y me guiña un ojo.

Sonrío de medio lado.

—Creo que ya sé lo que voy a hacer —afirmo—. ¿A qué hora sales de trabajar? —le pregunto seguidamente.

—A las tres —responde.

—¿Y podrías acompañarme a comprar algunas cosas que voy a necesitar?

—Por supuesto —dice Emily de muy buena gana.

Amplío la sonrisa en mis labios.

—Voy a ir adelantando trabajo… —anoto.

—A las tres quedamos aquí mismo —me indica la tía de Lea—. Ahora tengo que irme, o me ganaré una bronca de mi jefe.

—Está bien. Nos vemos luego —me despido.

—Hasta luego.

Y mientras veo alejarse corriendo a Emily por el vestíbulo del hotel, con su cardado de pelo oscilando de un lado a otro, hago una lista mental de todo lo que tengo que hacer.

 

 

 

—Entonces, ¿te gusta este? —le pregunto a Emily.

—¡Por el amor de Dios, es precioso! —responde mientras lo observa con los ojos abiertos de par en par.

—¿Crees que le gustará a Lea?

—Por supuesto. ¿A quién no le gustaría?

—Tu sobrina tiene unos gustos muy especiales —digo en tono distendido—. No es nada amiga de las cosas ostentosas.

—Pero esto no es ostentoso, es simplemente… ¡Dios, no soy capaz de encontrar las palabras que lo describan!

Me echo a reír.

—¿Finalmente se lo lleva, señor? —me pregunta el dependiente.

—Sí —afirmo conforme.

—Ha hecho una buena elección —me elogia con una sonrisa.

—Gracias.

—¿Tienes todo lo demás? —me pregunta Emily.

—Sí. Me he pasado toda la mañana recorriéndome Atlanta de un lado a otro para que todo esté listo —comento.

—Bueno, el que algo quiere, algo le cuesta.

—Estoy totalmente de acuerdo. De todas formas, nada que sea para Lea supone un esfuerzo para mí. Todo lo contrario —alego.

—Estoy segura de que le va a encantar.

—Ojalá —digo en suspiro—. Porque creo que este es mi último cartucho.

—Dará resultado, ya lo verás —me anima Emily con voz optimista—. A las ocho tiene las clases de preparación al parto, así que a las ocho menos veinte sale de casa, y vuelve sobre las nueve y media. Por lo que tenemos una hora y tres cuartos para prepararlo todo.

—Es tiempo más que suficiente —señalo.

—Yo también creo que es tiempo más que suficiente. A las ocho menos diez ven al piso y comenzamos.

—Perfecto.

—Aquí tiene, señor —anuncia el dependiente, tendiéndome una bolsa.

—Gracias —digo.

Le entrego la tarjeta de crédito para que se cobre y cuando termina, Emily y yo nos vamos.

—Tengo que irme —anuncia, de pie en la puerta de la tienda—, o Leandra empezará a preocuparse. Nunca suelo retrasarme. 

—Es mejor que no sospeche nada —digo—. Que sea una sorpresa.

—Lo será. Ella cree que has regresado a Nueva York. Lo que menos piensa es que todavía sigues en Atlanta preparando lo que estás preparando.

—Muchas gracias, Emily, por ayudarme con esto. No… Nunca he sido muy romántico que digamos y bueno, nunca me viene mal que me aconsejen y que me echen una mano —explico, sin contarle realmente el problema que tengo con la alexitimia y mi incapacidad en ciertos momentos de expresar lo que siento.

—Para mí ha sido un auténtico placer, Darrell —dice Emily sonriente—. Mi hermano no se portó bien con Leandra ni con su madre y pese a que antes no he tenido mucho contacto con ella, la he querido y la quiero como si fuera una hija.

—Lo sé —asiento—, sé nota cuanto la quieres, y te agradezco enormemente que la hayas cuidado durante todo este tiempo. Durante el tiempo que yo no he podido hacerlo —digo con rostro sombrío. 

—Ya no pienses en eso. Ahora piensa en lo que vas a hacer esta tarde —me sugiere—. Además, si Leandra no quiere estar contigo, yo me presto voluntaria para… disfrutar de tus encantos  —bromea, poniendo voz coqueta.

Sonrío.

—Lo tendré en cuenta —digo, siguiéndole la broma.

Los dos nos echamos a reír al mismo tiempo. Emily consulta su reloj.

—Bueno, me voy, me voy… —dice apresuradamente.

—Hasta luego —digo.

Emily alza la mano y mientras se aleja calle abajo, la mueve de un lado a otro.

Me quedo unos segundos embebido en mis pensamientos hasta que Emily desaparece detrás de una esquina. Suspiro. Solo espero que lo que voy a hacer dé resultado y Lea entienda que la amo con todo mi corazón y que quiero pasar el resto de mi vida con ella.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La petición del señor Baker
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