CAPÍTULO 3
—¿Por qué no vamos a tomarnos algo a algún bar? —sugiere Michael cuando termina la jornada laboral.
Tuerzo la boca.
—Sabes lo poco que me gustan los bares y estar rodeado de gente —alego en tono apático—. No puedes someter a esa tortura a un antisocial como yo.
—¡Venga, Darrell! Es viernes y hemos tenido una semana de trabajo muy dura. Vamos a darnos un respiro —insiste—. ¿Hace cuánto que no te corres una juerga?
—Hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo —respondo.
Michael alza las cejas en un gesto elocuente.
—No tienes excusa. Hay que recordar viejos tiempos.
Detesto la fiesta y la gente y ambas cosas juntas me provocan algo parecido a una reacción alérgica. Pero no sé si es peor que escuchar a Michael tratando de convencerme. Cuando quiere, puede ser muy persuasivo, hasta el punto de hacerte perder el conocimiento.
—Me rindo —digo con una expresión de resignación en la cara—. Prefiero un rato de fiesta y gente a seguir escuchándote.
—¿Tan cansino soy? —bromea Michael.
—No lo sabes bien —contesto.
Salimos de la oficina y nos vamos a cenar a un restaurante español que hay cerca del edificio. Cuando damos buena cuenta de los manjares que ofrece la gastronomía mediterránea, cogemos mi coche y nos dirigimos al centro de la ciudad en busca de un poco de marcha.
—No hace tanto que he venido por aquí, pero nunca había visto este bar —comenta Michael.
Alzo la vista y leo el cartel de elegantes letras que hay encima de la puerta: «Essence», pone. A mí tampoco me suena de nada. Aunque en mi caso no es de extrañar, porque apenas salgo de noche. Cuando bajo la mirada, Michael está hablando y haciendo de las suyas con el portero del local para que nos deje pasar sin necesidad de hacer cola. Desde luego, como abogado del diablo no tiene precio.
—Vamos —me dice, haciéndome una señal con la mano. Alguna de las personas que están esperando para entrar se quejan, pero ni Michael ni yo hacemos caso.
—¿Qué le has dicho al portero para que nos deje pasar? —le pregunto.
—No te gustaría saberlo —responde perspicaz—. Aunque pronunciar tu nombre ha sido como decir: «¡ábrete sésamo!».
Sacudo la cabeza y dejo de preguntar. Estoy convencido de que realmente no me gustaría saber lo que le ha dicho al portero del local.
Entramos y nos encaminamos directamente a una de las barras. De espaldas a ella y con el codo apoyado en el mostrador, paseo la mirada por el bar. No está mal; al menos es estiloso y el ambiente no está cargado todavía.
—¿Qué quieres tomar? —me pregunta Michael.
—Una cerveza.
Antes de que acabe de decirlo, alguien me empuja por detrás, dándome un golpe en la espalda. Me giro ligeramente y de reojo veo a un chico de unos veinte años, borracho y haciendo el payaso con sus amigos. Estoy esperando una disculpa cuando me da un segundo empujón. Aprieto las mandíbulas, conteniendo las ganas que me están entrando de darle una hostia.
—Vamos, guapa, ¿cuándo tienes pensado ponerme esa copa? —le oigo que dice con malos modales a la camarera—. Esta zorra lo que necesita es que le den un buen revolcón para que obedezca —farfulla a su grupo de amigos.
—¿Y se lo vas a dar tú? —le vacila entre risas uno de ellos—. Mira que la tía tiene pinta de no dejarse domar fácilmente.
El imbécil que me ha empujado estalla en sonoras carcajadas.
—Eso es porque no ha probado las virtudes de mi polla —se vanagloria con voz pastosa.
Sus comentarios cargados de desdén y de burla están haciendo que me hierva la sangre.
—Vamos, zorra, ponme esa copa de una puta vez, ¿o te lo tengo que pedir a golpes…?
En un impulso me giro, invadido por una rabia que no soy capaz de controlar, agarro el brazo del chico, se lo retuerzo y le empujo la cabeza contra la barra.
—¿Por qué no esperas tu turno, gilipollas? —rujo, apretando los dientes.
El chico gruñe y se revuelve de dolor mientras le mantengo la cara pegada al mostrador.
—Cabrón… —masculla.
Trata de zafarse de mí, pero está lejos de conseguirlo. Algunas de las personas que hay en el bar han dejado de bailar y de hablar entre sí y contemplan la escena atónitos.
—Darrell…
Levanto los ojos cuando escucho mi nombre entre el bullicio de la gente y me encuentro con la mirada de Lea clavada en mí. ¿Lea? ¿Es ella? Sí, claro que es ella. Algo salta dentro de mí.
—Lea… —alcanzo a susurrar.
Su rostro esboza una profunda sorpresa. Supongo que exactamente igual que el mío. Tiene los ojos abiertos de par en par y las mejillas sonrojadas. De forma mecánica desliza la mirada hasta el chico, que sigue revolviéndose sobre sí mismo intentando soltarse de mí. Entonces reparo en que todavía lo tengo agarrado del brazo. De un impulso, tiro de él y lo incorporo.
—Tío, déjale… por favor. Le estás haciendo daño —me pide uno de sus amigos. Le ignoro.
—Discúlpate ante la señorita —le digo al chico.
—Eres un hijo de puta —me espeta.
—¿No has tenido suficiente? —le pregunto, amagándole con volver a ponerle contra la barra.
—Por favor, tío… Suéltale —me sigue suplicando el amigo—. Y tú cierra la puñetera boca, Charles —regaña al chico.
—Perdón —dice finalmente de mala gana el imbécil.
—Eso está mejor.
Cuando le suelto, se echa mano al brazo que le he retorcido y se lo frota de arriba abajo para restablecer la circulación.
—Vámonos, tío… —le dicen sus amigos, tirando de él hacia la salida.
—¿Este es el bar en el que trabajas? —pregunto a Lea, dejando a un lado el percance con el chico.
—Sí —afirma, inclinando al mismo tiempo la cabeza y metiéndose el pelo detrás de las orejas.
La observo en silencio durante unos segundos.
—¿Cómo estás?
—Bien.
Pero no lo dice nada convencida. Su mirada está apagada y sus ojos han perdido ese brillo que tenían cuando la conocí.
—Estás preciosa —le digo, en un intento de animarla, y porque verdaderamente lo está.
—Gracias —dice con timidez mientras trastea con unos vasos.
—Lea, me gustaría verte —me arranco a decir sin perder más tiempo.
Ella aprieta los labios hasta formar una línea.
—No es buena idea, Darrell —me contradice, echando unos hielos en los vasos.
—¿Por qué? —le pregunto.
Trato de buscar su mirada, pero no lo consigo.
—Porque no… Porque… —titubea sin mirarme y se mordisquea el interior del carrillo, nerviosa. Lanza al aire un suspiro—. Darrell, tengo que trabajar —corta en seco.
—Lea, tenemos que hablar… —digo, pero ella ya no me escucha, está en el otro lado de la barra, sirviendo a un nutrido grupo de chicas que se comportan como gallinas cluecas.
—Es este —oigo decir a mi espalda.
Me giro.
El chico con el que he tenido la trifulca está de pie a un par de metros, junto a dos individuos del personal de seguridad, que permanecen plantados delante de mí con cara de pocos amigos. Frunzo el ceño.
—Acompáñenos a la puerta —me pide uno de los fornidos hombres.
En esos momentos reparo en Michael, que me mira con gesto apaciguador. No me había acordado de él hasta ahora. Su expresión me da a entender que deje las cosas como están.
—Lo mejor será que nos vayamos —comenta.
Echo un último vistazo por encima del hombro para ver dónde está Lea. Continúa atendiendo al grupo de chicas, indiferente a mí.
—¡Joder! —exclamo como una maldición en voz baja. Aprieto los dientes y busco alguna fórmula que me ayude a resignarme, por lo menos por ahora.
Cuando el tipo de seguridad va agarrarme para invitarme a irme, al ver que no me muevo, alzo las manos y no dejo que me toque.
—Ya voy… —digo con malas pulgas.
Paso al lado del chico y lo miro de reojo. Contraigo la mandíbula. De buena gana le partiría la cara, pero hago un ejercicio de contención y paso de largo.
—Pues no se puede decir que hayamos empezado la noche con buen pie —dice Michael cuando salimos del bar, escoltados por el personal de seguridad.
Su voz suena entre sarcástica y divertida.
—La camarera era Lea —asevero, sin hacer ningún comentario antes.
—¿Qué Lea? ¿Tu Lea? —me pregunta extrañado Michael.
—Sí, mi Lea.
Michael enarca una ceja.
—Vaya… Entonces ha sido tu noche de suerte, pese al altercado con ese gilipollas y a que estos buenos señores nos hayan invitado a irnos —comenta, estirándose las solapas de la americana.
—Ni siquiera quiere hablar conmigo —asevero.
Michael me da una palmadita comprensiva en la espalda.
—Vas a tener que conquistarla —dice—, porque parece que no está mucho por la labor de ponértelo fácil.
Alzo una ceja, pero no me pronuncio en voz alta ante su afirmación. ¿Conquistarla? ¿Y cómo demonios se conquista a una mujer?, me pregunto en silencio. Resoplo. Creo que tengo un arduo trabajo por delante.
—Míralo por el lado bueno —me anima Michael—. Al menos ahora sabes dónde trabaja.