CAPÍTULO 11

 

 

 

 

 

Michael se adentra en el despacho con pasos determinantes, viene hacia el escritorio y toma asiento frente a mí con una sonrisa de medio lado en el rostro.

—He venido a verte a primera hora de la mañana y Susan me ha dicho que no habías llegado… —dice con suspicacia en la voz.

—Se me ha hecho un poco tarde —respondo. Aunque conozco a Michael y sé que no se va a dar tan rápido por vencido. No lo hará hasta que le cuente todo con todo lujo de detalles.

Michael arquea una ceja sin quitarme un solo segundo los ojos de encima.

—A ti nunca se te hace tarde, Darrell —apunta, acentuando su suspicacia—. Para ser estadounidense tienes una puntualidad británica. Jamás has llegado un minuto tarde. Todo lo contrario, siempre te vas el último y vienes el primero.

—Es mi empresa, Michael. Si no miro yo por ella, ¿quién coño lo va a hacer? —digo con un matiz de mordacidad.

—¿Ese buen humor es debido a lo que creo que es debido? —sigue preguntando.

Tal y como yo pensaba, no se va a dar por vencido tan rápidamente.

—¿A qué crees que es debido? —sondeo.

Michael se pasa la mano por la barbilla.

—A esa chica… A Lea —responde.

—Para no ser arquero, tienes muy buena puntería —bromeo.

Michael suelta una carcajada y se echa hacia atrás en la silla.

—¡Lo sabía! —exclama, apuntándome con el dedo índice repetidamente.

En su rostro se dibuja una expresión de triunfo. Niego para mí. Michael siempre ha sido demasiado teatrero. Además de abogado, debería de haber sido actor. Estoy seguro de que la alfombra roja de Hollywood se hubiera rendido a sus pies.

—¿La encontraste en la dirección que te consiguió John, el informático? ¿Te abrió la puerta?, ¿o has tenido que pasar la noche en su rellano? —me pregunta en batería.

—Eres muy gracioso, Michael.

—Vamos, Darrell, deja de hacerte el puñetero interesante y cuéntame cómo te fue con ella.

—Sí, la encontré en la dirección que me consiguió John, el informático, sí, me abrió la puerta y no, no he tenido que pasar la noche en su rellano —contesto finalmente—. Hemos pasado la noche juntos —añado, y lo hago porque sé que va a ser su siguiente interrogante.

El rostro de Michael cambia totalmente, adoptando una expresión de extrañeza.

—¿Has dormido con ella? —me pregunta ceñudo.

—Sí.

Suelta un pequeño silbidito y mueve la cabeza de una lado a otro.

—Pues sí que te ha calado hondo esa chica, sí —afirma.

—Dormiría con ella todos y cada uno de los días que me quedan de vida —digo contundentemente.

—Jamás pensé oírte decir algo así —dice Michael en tono serio.

—Ya había dormido con ella cuando la llevé a Atlanta para que viera a su padre —le explico—, pero fue distinto. Totalmente distinto. Lea necesitaba en esos momentos cariño… protección… y yo se lo ofrecí. Pero no dejó de ser un acto mecánico. Lo único que hicimos fue compartir cama. Aunque reconozco que no me desagradó en absoluto, y que quizás por aquel entonces yo ya empezaba a sentir algo por ella.

—¿Estás enamorado? —me pregunta Michael.

Apoyo los codos en el escritorio y junto los dedos de las manos delante de mi rostro. Me quedo pensativo unos instantes.

—Ya sabes que no soy bueno identificando lo que siento ni tampoco expresándolo —digo. En mi voz hay una visible nota de frustración—. Pero sé que adoro cada segundo que estoy con ella y que no lo cambiaría por nada de este mundo.

—Eso es más que suficiente, Darrell —apunta Michael, que ha dejado atrás su tono teatrero y ahora habla con semblante serio—. Quizás tú no puedes identificarlo al cien por cien por tu enfermedad, y que te cueste expresarlo, pero desde luego tienes todos los síntomas…

Tuerzo el gesto y Michael repara en ello.

—¿Qué ocurre? —me pregunta.

—También he empezado a experimentar el miedo —contesto.

—¿Miedo? ¿De qué?

Alzo la vista y la clavo en Michael.

—De perderla, de no verla nunca más, de que no quiera saber nada de mí, de que acabe gustándole Matt… —enumero. ¡De pronto son tantas cosas!

Michael sacude la cabeza.

—¿Quién es Matt? —curiosea.

Retiro la silla del escritorio y me levanto.

—Es un compañero de clase, un amigo… —contesto— y, desde luego, también un enamorado. El día del entierro del padre de Lea me fijé en cómo la miraba… Se la come con los ojos. —Contraigo los músculos de las mandíbulas—. Estoy completamente seguro de que está colgado por ella hasta las trancas. Y no me extraña, la verdad —concluyo, paseando por el despacho—. Ahora no me extraña nada.

—No me puedo creer que el duro, serio, impasible y antisocial Darrell Baker esté celoso…

Michael Ford ha vuelto con sus ironías.

¡Bienvenido de nuevo, cabronazo!, exclamo para mis adentros.

Me detengo en seco.

—Si querer que ese chico esté como más cerca de Lea en Sebastopol y que ni siquiera se atreva a mirarla, sí, entonces estoy celoso —digo, abriendo los brazos en un gesto elocuente.

—Darrell, piensa un poco —me pide Michael, que parece el único que mantiene algo de cordura—. Si Lea hubiera querido liarse con él, ya lo hubiera hecho. Por lo que me dices, le conoce antes que a ti.

—Es igual —espeto—. No tiene nada que ver con a quién de los dos conoce primero, o desde hace cuánto tiempo. No lo quiero cerca de ella —asevero.

Michael suelta una risilla. Giro el rostro y lo fulmino con la mirada.

—Deberías verte —me dice.

—Verme, ¿cómo?

—Verte siendo y actuando como un humano normal y corriente.

—¿Qué era antes? ¿Un marciano? —le pregunto, enarcando una ceja.

—Casi, casi… Solo te faltaban las antenas en la cabeza y el color verde de la piel —bromea Michael. Guarda silencio durante unos instantes—. Ya sabes a qué me refiero… —señala.

—Sí, lo sé.

A mi enfermedad, a mi incapacidad de sentir, de amar, de emocionarme, pienso para mis adentros.

—Tener celos es tan humano como amar u odiar, así que no te preocupes…

—Qué filosófico estás.

—Es que me he comido un libro de Freud —se burla Michael—. ¿O era de Paulo Coelho? —se pregunta a sí mismo. Pongo los ojos en blanco y sacudo la cabeza. Este hombre es imposible—. Bueno, ¿entonces todo salió bien? —se interesa.

—Sí, al principio Lea estaba a la defensiva y un poco reacia a hablar conmigo, y me reprochó que para qué había ido a verla —digo—. De hecho, tal vez si hubiera sabido que en realidad quien estaba detrás de la puerta era yo y no Matt, no sé si me hubiera abierto.

—Pues tienes que darle las gracias al tal Matt.

Ignoro el comentario de Michael, estiro el brazo para dejar al descubierto mi reloj de muñeca y lo consulto. Son las dos menos cuarto.

—Tengo que irme —me apresuro a decir—. Voy a ir a buscar a Lea a la universidad. He quedado con ella para comer.

—¡Ay, el amor! —exclama Michael, poniendo voz de ensoñación.

Me abrocho el botón de la chaqueta del traje y me recoloco los gemelos.

—Por cierto, he estado echando un vistazo al informe que me ha pasado Paul esta mañana sobre la adquisición de la empresa aeronáutica… —comento, cambiando radicalmente de tema.

—¿Y qué te parece? —me pregunta Michael.

—Quiero mirarlo más detenidamente —respondo serio. En circunstancias normales ya lo tendría listo, pero con Lea dando vueltas por mi cabeza y distrayéndome, me ha sido imposible concentrarme y darle a este asunto la aprobación final—. Nos vendría bien adquirirla para tener nuestra propia flota de aviones de carga y no tener que contratar constantemente empresas externas —continúo—. Pero quiero analizar en qué condiciones se encuentra realmente, qué inyección de capital necesita para reflotarse y si merece la pena.

—Tenemos que asegurarnos muy bien de que la inversión no va a caer en un saco roto, de que va a servir para algo —apunta Michael en tono sumamente profesional—. Aunque es evidente que, a priori, adquirir esa empresa parece una ganga.

—Por eso quiero analizarlo detalladamente —subrayo—. No me apetece descubrir que al final el collar sale más caro que el perro, o de que nos están metiendo gato por liebre.

Michael se levanta de la silla y se estira la chaqueta de su traje marrón oscuro.

—Si te surge alguna duda, solo tienes que llamarme; a la hora que sea… —se ofrece.

Me acerco a él y le doy una palmadita en la espalda, conforme. Michael es uno de los mejores abogados de Nueva York, si no es el mejor. No ha habido un solo caso que se le haya resistido de cuantos han caído en sus manos. Por eso lo contraté cuando supe de su existencia. Quería al mejor; y él lo era. Un auténtico tiburón de las leyes. Le pago seis veces más que a cualquier otro, pero es que Michael lo vale, sin duda.

—Pásate esta tarde por aquí y comentamos todo esto, ¿vale? —le pido.

—Aquí me tendrás —dice—. Y, por favor, sé puntual —anota con ironía—. O me veré en la obligación de hablar con Lea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La petición del señor Baker
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