CAPÍTULO 22

 

 

 

 

 

Después de ir a buscar a Lea a la universidad y de comer en un restaurante del centro, damos un paseo por Central Park. La brisa corre suave y el sol del mediodía baña nuestros rostros con una calidez tenue que invita a relajarse y a caminar hasta perderse.

La temperatura es excelente, así que me quito la chaqueta del traje y me la echo sobre el hombro con una mano mientras con la otra agarro la cintura de Lea, como si quisiera asegurarme de que no va a salir corriendo.

—Por cierto, se me había olvidado decírtelo. El otro día me llamó William Johnson, Margaret quiere que vayamos a comer o a cenar un día —le expongo—. Al parecer, está mañana, tarde y noche insistiendo a William para que me llame y concretar día. ¿Te apetece ir?

—Sí, mucho. Los Johnson me cayeron muy bien —responde Lea sin dudar—. Podemos ir cuando acabe los exámenes. Ya sabes que ahora estoy un poco liada.

—Perfecto. Hablaré con William y se lo comentaré, para que Margaret le deje tranquilo.

Lea sonríe y sacude la cabeza.

—Pobre Margaret —apunta—. Cualquiera diría que es un sargento de la marina.

Río ligeramente.

—Margaret es un encanto —afirmo.

—Eso me pareció el día de la recepción de la embajada Británica.

—Son bromas que hay entre ellos —me adelanto a decir   —. En realidad es un matrimonio muy bien avenido, pese a los años que llevan juntos.

—¿Cuántos años llevan casados? —curiosea Lea.

Hago memoria durante unos instantes.

—Creo que cuarenta y uno.

—Wow… —exclama.

—Toda una vida, ¿verdad? —anoto según caminamos por la pradera de intenso césped verde que se extiende delante de nosotros.

—Sí, toda una vida.

—Además, les he visto, y sé que no pueden vivir el uno sin el otro —añado—. No es un matrimonio de estos aburridos que están juntos por estar.

Antes no lo entendía, pienso en silencio. No entendía que eso a lo que llamaban amor pudiera durar tantos años entre dos personas, si es que existía. Sin embargo, ahora que he conocido a Lea, mil años de amor con ella se me quedan cortos. La misma eternidad se me queda corta. 

—A mí me gustaría estar contigo toda la vida, Darrell.

—A mí solo una vida contigo se me quedaría corta, Lea —afirmo con contundencia, atrayéndola más hacia mí—. Muy corta. Quiero que hagamos tantas cosas juntos… Todavía tengo que aprender tanto de ti. Tengo tanto por sentir aún a tu lado.

Lea se agarra fuerte a mi cintura.

Llegamos a una explanada rodeada de árboles con una enorme fuente en el medio. Decenas de grupos de amigos, de estudiantes y de parejas salpican la superficie verde aquí y allí. Lea se sienta en el suelo y recuesta la espalda en el tronco de un árbol. Me tumbo a su lado boca arriba y apoyo la cabeza en su regazo. De pronto me siento tonto y soñador mirando el cielo azul, pero no me importa. No me importa nada, ni siquiera estar tirado en el césped con mi traje de ejecutivo. Algo que jamás se me hubiera ocurrido antes.

—Ya he aprobado la adquisición de la empresa aeronáutica —le anuncio.

—¿Entonces es un buen negocio? —me pregunta Lea.

—La verdad es que es una oportunidad de oro —respondo—. La inversión no es elevada y los beneficios van a ser muy superiores a largo plazo.

—Defíneme que es para ti que una inversión «no es elevada» —dice.

Intuyo por dónde va.

—Quince millones de dólares —digo.

Alzo los ojos, esperando su reacción, y veo que pone los suyos en blanco. Me encanta ver ese tipo de expresiones al borde del horror en el rostro de Lea. No por vanidad o suficiencia. Nada de eso, sino porque son un verdadero poema visual. Igual que cuando la acompañé a comprarse el vestido para la recepción de la embajada Británica. Todo eran peros y resoplidos a consecuencia de los precios, y eso que le prohibí de manera tajante que mirara las etiquetas. Pero hizo que pasase una tarde francamente entretenida.

—¡Joder! —exclama.

—Lea, estamos hablando de una empresa aeronáutica —apunto con voz templada.

—Ya sé que para ti esas cantidades son… normales. Pero tienes que entender que no nos ocurre lo mismo al resto de los mortales. ¡Madre mía! Ni siquiera conseguiríamos ganar eso en toda una vida… ¿Qué digo? Ni en cien vidas —dice para sí más que para mí.

—Le he dicho a Paul, que es el que se va a encargar de tramitar la compra-venta, que no despida a los empleados —digo, cambiando de tema.

Lea sonríe con una mueca abierta que llena por completo su rostro.

—Gracias —dice, porque sabe perfectamente que lo he hecho por ella.

Suspiro y la miro vencido.

—Me estoy ablandando demasiado —afirmo en tono irónico—. Vas a ser mi perdición.

Lea suelta una sonora carcajada, después inclina la cabeza y me besa con toda la dulzura del mundo.

—Quiero comentarte otra cosa… —digo, acordándome de algo a lo que llevo dando vueltas varios días. Lea hunde los dedos en mi pelo y me acaricia suavemente—. ¿Qué te parece si cuando termines los exámenes nos vamos unos días a Florida? Quiero que conozcas a mi madre y a mis hermanos.

Lea detiene la mano y deja de acariciarme. Abre sus grandes ojos color bronce como platos.

—¿A Florida? ¿A conocer a tu madre y a tus hermanos? —repite.

—Sí, y también verás a mis sobrinos.

—¿No es… demasiado pronto? —pregunta.

—Demasiado pronto, ¿para qué?

—Bueno, Darrell… no sé… —Su mirada baila de un lado a otro, nerviosa—. Todavía no somos novios y…

—¿Todavía no somos novios? —corto en seco.

Me incorporo, apoyando las manos en el césped, y fijo la vista en su rostro. Arqueo una ceja en un gesto interrogativo. Lea me mira sorprendida y se ruboriza de golpe. Antes de que me dé cuenta, está mordiéndose el interior del carrillo compulsivamente.

—Entonces, ¿qué somos? —le pregunto al ver que no responde nada.

—No sé… Nos… Nos estamos… conociendo —titubea tímidamente.

—¿Quieres que grite a los cuatro vientos lo que somos? ¿Qué se lo diga a todo el mundo? —digo, mientras una idea loca me viene a la cabeza.

—Darrell, no es neces… —comienza a hablar, pero no le dejo terminar. Me levanto, le cojo la mano y tiro de ella hacia arriba de un impulso—. Darrell, ¿qué vas a hacer? —me pregunta reticente y con el ceño frunciendo sus cejas de color bronce.

—Ya lo verás —digo en tono travieso. Doy unas cuantas palmadas fuertes para llamar la atención de la gente que nos rodea—. ¡Atención, atención! —exclamo—. ¡Escuchadme todos, por favor! —les pido, alzando la voz para que se me oiga alto y claro. Los rostros de los presentes comienzan a girarse hacia nosotros con expresiones de curiosidad en unos casos y de desconcierto en otros—. ¿Veis a esta chica? ¿La veis? —pregunto, señalando a Lea.

Algunos asienten con un ademán de afirmación.

—Darrell, por favor…  —me suplica Lea muerta de vergüenza—. Nos está mirando todo el mundo.

—Pues es mi novia —grito, ignorando su comentario y su vergüenza.

Lea agacha ligeramente la cabeza y se tapa el rostro con la mano. No sabe dónde meterse y me juego el cuello a que en estos momentos está pidiendo que le trague la Tierra. Pero ella solita se lo ha buscado, por decir que no somos novios y que nos estamos… conociendo. ¿Conociendo?

—Darrell… —susurra entre dientes.

Tira de mí para intentar detenerme, pero está muy lejos de conseguirlo.

—Y quiero pasar el resto de mi vida con ella —continúo, dispuesto a que todo Nueva York, todo EE.UU, todo el mundo se entere de lo que siento por Lea.

La gente rompe a aplaudir mientras sonríen, silban y corean vítores, contagiados por mi entusiasmo.

—Dios mío… —oigo murmurar a Lea detrás de mí.

Me giro, la cojo por la cintura y la levanto en alto al tiempo que comienzo a darle vueltas. Ella cierra los ojos y se deja llevar.

—¡Estás loco! —me dice cuando paro. Apoya las manos sobre mis hombres para no caerse.

—Sí, estoy un poco locamente enamorado de ti —afirmo sonriente.

Le alzo la barbilla y contemplo con fijeza su mirada chispeante y llena de vida. Sin soltarla, atrapo su boca y la beso, introduciendo despacio la lengua y degustando el sabor de sus labios. Segundos después estoy perdido en el hechizo magnético que Lea ejerce sobre mí. No tengo salvación.

—¡Dios santo! ¿Cómo se te ocurre hacer algo así? —me pregunta entre risas—. Casi me muero de vergüenza.

Deslizo las manos por su torso menudo y las apoyo en su cinturita, atrayéndola hacia mí.

—Para que te quede claro lo que somos —respondo—. ¿Ahora lo sabes?

—Sí.

—¿Qué somos? —insisto.

—Novios.

—Y ahora que te ha quedado claro qué somos, ¿quieres conocer a mi madre y a mis hermanos? —le pregunto de nuevo—. ¿O te parece demasiado… pronto?

—Sí —afirma Lea al tiempo que mueve la cabeza arriba y abajo repetidamente.

—Sí, ¿qué? —insisto de nuevo, juguetón—. ¿Sí que quieres conocer a mi madre y a mis hermanos? ¿O sí que te sigue pareciendo demasiado pronto?

—Que sí que quiero conocer a tu madre y a tus hermanos —le hago repetir—. Estaré encantada de conocer a la señora Baker —añade con una enorme sonrisa en los labios, dejándome ver sus perfectos dientes blancos.

—Eso está mejor —digo conforme.

Tuerzo el gesto cuando advierto que es hora de que me vaya a trabajar. Me tomaría la tarde libre, pero tengo reunión con el equipo de administración para hablar sobre la adquisición de la empresa aeronáutica y no puedo demorarlo.

—Tengo que irme a trabajar —anuncio—. ¿Quieres que te acerque a algún sitio? —le pregunto a Lea mientras me levanto. Ella imita mi gesto y también se incorpora.

—¿Podrías llevarme al Bon Voyage? He quedado allí con Lissa.

—Por supuesto. Tus deseos son órdenes para mí, mi pequeña loquita —digo, dándole un toque en la nariz.

—¡Ayyy, gracias! Así no tengo que coger el metro —dice Lea, rodeándome cariñosamente el cuello con los brazos.

 

 

 

La petición del señor Baker
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