CAPÍTULO 44
—Baker… —me nombra un funcionario de prisiones de la Metropolitan Detention Center—. Unidad tres, celda dieciséis.
Otro de los funcionarios, un hombre de mediana edad, alto, delgado, de ojos oscuros y con pronunciadas entradas en la cabeza, nos conduce a tres presos y a mí por un pasillo impoluto que muere en varias galerías que distribuyen las distintas celdas.
—Klifford… esta es la tuya. Celda dos —indica, como si fuera un robot.
Mientras avanzamos por el corredor, mantengo el semblante serio e incluso indiferente a todo lo que me rodea. Simplemente dejo que los acontecimientos pasen y punto.
—Ryan… la tuya. Celda diez —sigue diciendo el funcionario robotizado en tono formal—. Stanislas, celda catorce, como siempre —le indica a un hombre con el pelo moreno rapado y visibles rasgos de los oriundos de los países del este de Europa.
Los últimos metros los recorremos solos el funcionario de la prisión y yo.
—Baker… —Es mi turno cuando llegamos a la celda número dieciséis—. Tu… habitación —dice con cierta ironía indisimulada en la voz—. Celda dieciséis. Seguro que no es tan cómoda como los lugares lujosos a los que estás acostumbrado, pero… es lo que hay. Espero que te guste —afirma con desdén al cruzar el umbral.
Ignoro su comentario y entro en la celda. No es mucho mejor que la de la Jefatura de Policía. Echo un vistazo rápido. Las paredes están pintadas de un color que me resulta indescriptible. Hay una mesa y un par de sillas en una esquina. Un tabique de azulejos blancos separa un pequeño espacio en el que hay un wáter, un lavabo y una ducha. Cuando sigo paseando la mirada, me encuentro con una litera y delante con un brazo que se extiende hacia mí.
—Soy Ed Smith —se presenta un hombre de baja estatura, moreno, con el pelo por los hombros.
—Darrell Baker —digo secamente, pasando de su mano y dirigiéndome directamente hacia la mesa. Apoyo la bolsa de equipaje sobre una de las sillas y abro el armario.
—¿Darrell Baker? —repite el que intuyo que es mi compañero de celda—. ¿El multimillonario?
Abro la bolsa sin responderle y comienzo a sacar mis objetos personales y a colocarlos en el hueco del armario que queda libre.
—¿Qué hace Darrell Baker en la cárcel? —sigue interrogándome Ed.
Este hombre como paparazzi no tiene precio, pienso en silencio.
—He venido a pasar el fin de semana —ironizo.
—Por lo menos tienes sentido del humor… —comenta Ed, con una sonrisa de medio lado.
Lo miro de reojo y vuelvo a mi tarea como si nada.
—Mi litera es la de arriba —me dice—. La que tiene las fotos de esas dos preciosidades. Son mi mujer y mi hija… —sigue hablando, como si le hubieran dado cuerda.
—¿Hablas siempre tanto?
La pregunta sale de mi boca de forma involuntaria, casi sin que me dé cuenta.
—Aquí pasamos demasiado tiempo sin hacer nada —me responde—. Hablar es lo único que nos mantiene entretenidos y… en cierto modo, vivos. Te darás cuenta con el tiempo.
—Lo dudo —comento—. No me gusta hablar.
De pronto me vuelvo a sentir como antes de que Lea apareciera en mi vida. Una persona reservada, antisocial, extremadamente seria…
Pero mi compañero de celda no parece escuchar nada de lo que digo, ni intuir que lo que menos me apetece en estos momentos es mantener una conversación con él.
—¿Sabes que mi hermana trabaja en tu empresa? —me comenta.
Vuelvo a mirarlo sin decir nada, para ver si con un poco de suerte consigo que deje de hablar, pero está claro que la fortuna me ha dado totalmente de lado, porque no hay manera de hacerlo callar y no quiero empezar mi convivencia con él mandándole a la puta mierda.
—Mi hermana pertenece al personal de limpieza —continúa diciendo, ajeno a mi indiferencia—. Pero seguro que tienes contratadas a tantas personas que aunque te la describiera con pelos y señales no sabrías quién es, ¿verdad? —Sin darme siquiera tiempo a responder, aunque tampoco tengo ninguna intención de hacerlo, sigue con su sermón—. ¡Ya verás cómo se va a poner cuando le diga que comparto celda con su jefe!
Da un salto y se sienta en su litera.
»Mi hermana está enamorada de ti —afirma en un tono de voz distendido. Alzo una ceja en un gesto interrogativo, sin que me vea. ¿Su hermana enamorada de mí? Si ni siquiera sé quién es—. Eres una especie de amor platónico para ella. No pierde ocasión de decirnos lo guapísimo y elegante que eres, alguna de las veces que te ve de refilón por algún pasillo. Dice que te pareces a no sé qué modelo que sale en la televisión…
En esos momentos sonrío para mis adentros al recordar la vez que Lea me dijo que me parecía a ese modelo… ¿cómo se llamaba? Hago memoria. Ah, sí, Sean… Sean O´Pry, cuando estaba pagando el vestido que se compró para la recepción de la embajada Británica.
Me sorprendió que se atreviera a decírmelo, sabiendo lo tímida que es. Lo hizo sonrojándose, y verla ruboriza, por supuesto, me encantó. La comparación me pareció de lo más divertida. Además, a raíz de eso nos hemos echado algunas risas después. Supongo que es el mismo modelo al que dice que me parezco la hermana de mi compañero de celda.
Dobló una camiseta, abro uno de los cajones del armario y la meto dentro junto con otras dos.
—Y también dice que eres muy serio, muy reservado, incluso frío…
La voz de Ed me inmiscuye de nuevo en la realidad. Una realidad que está empezando a ponerme dolor de cabeza. Resoplo quedamente y me armo de paciencia.
—… Que no te gusta la gente —añade.
Camino hacia lo que se supone que es el cuarto de baño y dejo sobre una pequeña repisa el gel y las maquinillas de afeitar.
—Tu hermana es muy observadora —digo—. Tiene razón; no me gusta la gente.
—¿No me digas que eres uno de esos millonetis raros, con traumas infantiles que detestan al género humano? —me pregunta.
—Algo así —respondo, sin importarme mucho lo que piense de mí este tipo, al que creo que voy a llegar a aborrecer.
Me acerco a la litera baja y me dejo caer pesadamente en ella.
—En media hora nos llamarán para comer.
La voz de mi compañero de celda vuelve a tañer en mi cabeza como una molesta campana estropeada.
—Gracias —le digo secamente.