CAPÍTULO 37

 

 

 

 

 

Después de cenar el pavo con habas y pimientos que ha estado preparando mi madre durante la tarde, salimos al jardín que hay en la parte de atrás de la casa, a tomar el aire y a charlar un rato bajo el cielo estrellado.

Hay flores de colores y de todas las clases por todas partes y una pequeña rosaleda al fondo que es el orgullo de mi madre y que impregna el ambiente de un sutil aroma a perfume de rosas.

La ruidosa risa de la pequeña Jane lleva mi atención hasta ella y Lea. Durante unos segundos observo la escena que se está desarrollando en el columpio balancín que hay en mitad del jardín.

Lea está sentada de espaldas a Jane, que le está haciendo una especie de trenza en el pelo, si es que lo que le está haciendo se puede llamar trenza. La pequeña está maravillada con Lea y, sobre todo, con su larga melena, a la que ha hecho ya varios peinados, no siempre clasificables.

Centro mis ojos en Lea. Desde que cenamos, ha estado pacientemente atendiendo las demandas de Jane. Se nota a la legua que Lea adora a los niños. No ha dejado de sonreír ni un solo segundo desde que Jane prácticamente la secuestró para que jugara con ella.

Va a ser la mejor madre del mundo, pienso para mis adentros con una satisfacción infinita.

En esos momentos Lea gira la cabeza y se encuentra con mi mirada. Me sonríe y, como me sucede siempre, su sonrisa me desarma. Le guiño un ojo, cómplice.

—Tío Darrell, ¿has visto mi avión? —me interrumpe Jason.

Cuando lo miro, tengo delante de la cara un avión de juguete del tamaño de un guante de beisbol.

—Wow —exclamo, cogiéndolo en las manos.

—Es supersónico, súper veloz y súper meteórico —dice Jason.

—Vaya… ¿Todo eso es?

—Sí. Mira lo que hace…

Jason acciona un pequeño botón de la parte de abajo del avión de juguete y las alas empiezan a desplegarse mientras un ruido imitando el despegue de un avión real llena el aire del jardín.

—Yo de mayor voy a ser piloto —afirma Jason—. Para conducir un avión supersónico, súper veloz y súper meteórico como este.

—Y cuando seas piloto, ¿nos vas a dar una vuelta en un avión supersónico, súper veloz y súper meteórico como este? —le pregunto, siguiéndole el juego.

—Sí, os daré todas las vueltas que queráis —me responde.

Sonrío ante su inocencia. Entonces caigo en la cuenta de que tengo que comprar una casa baja con un enorme jardín para que puedan jugar nuestros pequeños. El ático tiene terrazas en las que podían divertirse sin problemas, pero prefiero una casa baja con jardín.

Cuando regresemos a Nueva York miraré alguna inmobiliaria que nos busque una residencia apropiada, un hogar en el formar una familia junto a Lea.

—Ya es hora de irnos —anuncia mi hermana Jenna, levantándose del sofá de mimbre del jardín—. Que para mí, mañana sábado todavía es día de trabajo. Niños, despediros de tío Darrell y de tía Lea.

—Jooo, mamá… Yo no quiero irme todavía —rezonga Jane—. Quiero seguir jugando con tía Lea.

—Jane, deja a tía Lea un poco tranquila. Que llevas toda la noche enredándole el pelo.

—¡Yo tampoco quiero irme! —se queja Jason.

Mi hermana suspira.

—Para una vez que estáis de acuerdo en algo… —interviene Josh, su padre—. Venga, anda, despediros de tío Darrell y tía Lea. Un día iremos a verlos a Nueva York.

—¿De verdad, papá? —pregunta Jane.

Josh inclina la cabeza en un ademán afirmativo.

—Sí.

—¡Bien! —gritan Jane y Jason a la vez, dando saltitos delante de nosotros.

 

 

 

—Ahora me voy a encargar de ti —le digo a Lea cuando estamos ya a solas en la habitación.

Lea se sonroja hasta la raíz del pelo al ver que camino hacia ella con pasos felinos, dispuesto a alargar la noche hasta el infinito.

—Ya sabes cómo me ponen los pantaloncitos cortos de tu pijama… —asevero con voz gruesa.

Subo a la cama y avanzo a gatas hasta alcanzarla. Me acerco a su rostro y apreso su boca con la mía. Durante un rato nos besamos y jugueteamos con nuestras lenguas.

—Darrell… —musita Lea, separándose unos centímetros de mí.

—¿Qué?

—Haces que te desee tanto —asevera.

—¿Y eso es malo? —le pregunto, pegado a sus labios.

—No lo sé… —duda—. Soy tan débil cuando estás cerca de mí que a veces tengo miedo.

—A mí me pasa exactamente lo mismo contigo —confieso—. Eres capaz de conseguir que haga cualquier cosa, y eso también me da miedo. Mucho miedo.

Lea sonríe. Alzo la vista y la fijo en sus preciosos ojos, perdiéndome en su insólita tonalidad bronce. Su mirada brilla de deseo. Me aproximo a ella y vuelvo a besarla.

De reojo veo la rosa que está encima de la mesilla, la que esta mañana le he traído con el desayuno, y una idea me cruza la cabeza.

Me levanto y ante la atenta y extrañada mirada de Lea voy hacia mi maleta. La abro y busco en su interior un pañuelo de seda de color turquesa con el que suelo adornar en alguna ocasión el bolsillo de las chaquetas de los trajes.

—¿Qué vas a hacer? —me pregunta Lea.

—Ya lo verás —digo con voz enigmática mientras camino de nuevo hacia ella—. Mejor dicho, no lo vas a ver, lo vas a sentir…

Me subo a la cama de rodillas y le vendo los ojos con el pañuelo de seda.

—¿Sabes que cuando no se puede ver, el resto de sentidos se agudizan? —le pregunto al tiempo que hago un nudo por encima de su nuca.

—Sí —me responde cautelosa.

No digo nada más. Le quito el pijama y las braguitas y la dejo tumbada encima de la cama. Cojo la rosa de la mesilla y me dirijo al cuarto de baño. Abro el grifo y la pongo debajo del agua para que se empape.

—No puedes tocarte —le ordeno cuando vuelvo a la habitación—. Si lo haces, pensaré en una forma de castigarte que sea lenta y dolorosa.

—Darrell… —dice Lea, poniendo voz de amonestación.

—Te lo digo en serio, Lea. Si te tocas, te lo voy a hacer pasar muy mal.

Sujeto la rosa unos centímetros por encima de su vientre y dejo caer unas cuantas gotas de agua sobre él. Lea se estremece cuando el agua se desliza lentamente por su piel.

—¿Qué te he dicho? —le pregunto al ver que alza la mano con la intención de pasársela por la tripa para evitar el cosquilleo.

—Que no me toque —me responde, bajando la mano.

—Que no se te olvide.

Muevo la rosa despacio hasta que unas cuantas gotas caen en su ombligo. Lea se estremece de nuevo. Sonrío para mis adentros, disfrutando del momento como lo haría un niño pequeño haciendo una travesura.

Subo la flor y la coloco sobre sus pechos. La agito ligeramente para que el agua caiga en sus pezones. Cuando las gotas resbalan hacia abajo, dibujando surcos sobre la piel, Lea suspira. Aprieta las manos contra el colchón para evitar la tentación de acariciarse. Se mueve un poco para acelerar el proceso, pero enseguida dejo caer otras cuantas gotas con la intención de seguir torturándola. El cosquilleo resulta atormentador.

—Darrell, ya… —me pide Lea.

—No —niego, vertiendo unas gotas sobre el cuello.

—Por favor…

—No —respondo tajante.

Lea respira hondo y suspira, dándose por vencida al advertir que no estoy dispuesto a parar.

Bajo la rosa y la coloco en el interior del muslo. El agua cae con una lentitud martirizadora. Lea vuelve a levantar las manos

—Shhh… Quietecita —le ordeno.

—Darrell…

Ignoro su tono de súplica y decido torturarla un poco más. Le separo suavemente los pliegues del clítoris y muevo un poco la rosa. Un par de gotas caen y comienzan a deslizarse por la piel. Observo atentamente la reacción de Lea. Se muerde el labio inferior con fuerza. Contrae los músculos y deja escapar un gemido.

—¿Qué tal estás? —le pregunto con voz burlona.

—Mal —dice agónicamente.

Un par de gotas más caen sobre su clítoris. Lea mueve las caderas mientras un escalofrío le recorre de la cabeza a los pies.

—¿Crees que aguantarás un poco más?

—No.

—¿No?

—No. Por favor, para ya…

Dejo la rosa a un lado, me sitúo entre sus piernas, me inclino y le lamo lentamente las gotas de agua que hay sobre su sexo. Lea gime.

Le cojo los muslos y hundo la lengua una y otra vez en su entrepierna, repasando los pliegues de arriba abajo. Introduzco el dedo en su vagina y lo muevo, dándole un doble placer.

—Oh, Dios… —murmura Lea.

Sigo con mi tarea hasta que precipitadamente, Lea se corre en mi boca, entre fuertes espasmos que hacen contraerse su cuerpo.

Me incorporo y la beso amorosamente sin quitarle el pañuelo. Después la giro, la pongo de medio lado y me sitúo a su espalda. Le levanto la pierna para tener más acceso a su sexo, la sujeto con la mano, y desde atrás la penetro.

Lea se acopla a mí. Paso la mano por su espalda y comienzo a moverme rítmicamente. Después de un rato de contoneo, subo la mano, le giro el rostro y la beso apasionadamente mientras entro y salgo de ella.

Me separo un solo centímetro y me quedo pegado a los labios de Lea, absorbiendo sus gemidos, sin dejar de penetrarla. La complicidad y la conexión del momento son tan brutales que me corro unos minutos más tarde. Llevado por la pasión, le muerdo el labio inferior justo en el momento en que las fibras nerviosas de mi cuerpo estallan en mil pedazos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La petición del señor Baker
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