CAPÍTULO 27
—¡No, no, no! —exclama Lea.
Lea hunde el rostro en las manos, horrorizada, y trata de ahogar un grito.
Ya es tarde.
Giro el rostro y la miro con el gesto torcido mientras sostengo la sartén.
—Ha sido una mala idea que yo lo dé la vuelta —comento.
Lea abre los dedos y mira el estropicio a través de ellos.
—Muy buena idea no ha sido, no —murmura.
Dejo la sartén en el único hueco que queda limpio encima de la encimera y paseo la mira a mi alrededor. En un momento me he venido arriba, he cogido la sartén e, imitando a los grandes chefs, he intentado dar la vuelta al revoltijo de verduras con tal mala pata que más de la mitad ha acabado esparcido por el suelo y sobre la vitrocerámica.
De pronto, las carcajadas de Lea me devuelven a la realidad. Niego moviendo la cabeza de un lado a otro.
—Soy un completo desastre —afirmo.
Lea no puede hablar porque le ha dado un ataque de risa que no puede contener.
—Es verdad, eres un completo desastre —apunta después de un rato, cuando finalmente consigue calmarse. O más o menos calmarse.
—La culpa es tuya —bromeo.
—¿Mía? —repite Lea entre las últimas risas.
—Sí. ¿Por qué me has dejado que diera la vuelta al revoltijo de verduras? —le reprocho divertido.
—Porque casi me lo has suplicado —me dice.
—Pues aún todo, me lo tenías que haber impedido —insisto.
Lea abre la boca hasta que la mandíbula se le cae casi al suelo.
—¡Tendrás valor! —dice, entornando los ojos con los brazos en jarra.
En lo que dura un latido, coge un puñado de harina de la que estamos utilizando para hacer la pasta de la lasaña y me lo lanza. Cuando me cae en pleno rostro, resoplo.
—Eso ha sido un golpe bajo, señorita Swan —digo, apuntándola con el dedo índice.
—No me hable de golpes bajos, señor Baker.
—Con que esas tenemos, ¿eh?…
Me limpio la cara con el dorso de la mano. Lea retrocede un paso al advertir mis intenciones. Meto el dedo en la bechamel y echo a correr detrás de ella.
—No se te ocurra mancharme —me amenaza, al tiempo que da vueltas alrededor de la mesa tratando de que no la atrape.
—Es lo justo —digo, poniendo una voz malévola—. Mira cómo me has puesto tú a mí.
Lea se detiene y tantea por dónde voy a ir.
—Te lo mereces. Mira cómo has puesto tú la cocina —me regaña.
—Vaya, vaya…
La engaño, haciéndole creer que voy a ir hacia un lado, pero me lanzo hacia ella por el otro.
—¡No, no, no! ¡No por favor! —grita cuando finalmente la alcanzo.
—¿Ahora suplicas? —le pregunto en tono irónico, y aprovecho para sujetarla y untarle la cara con la bechamel.
—Ya, ya… Para… —me pide entre risas.
En un descuido, Lea alarga el brazo, coge otro puñado de harina y me lo echa encima.
—Esto es la guerra —sentencio.
Alguien carraspea con fuerza a nuestra espalda para llamar nuestra atención. Lea y yo paramos de jugar en seco, sorprendidos y confundido al mismo tiempo, y nos giramos lentamente. Delante de nosotros está Gloria, de pie, mirándonos fijamente con los ojos entornados. En su rostro hay una mezcla de extrañeza y asombro.
—Hola, Gloria —dice Lea cuando logra reaccionar.
—Buenos días —responde ella.
Me enderezo.
—No sabía que venía hoy —comento, tratando de parecer el hombre serio e impasible de siempre.
—El jueves por la mañana no pude venir. Así que me he acercado hoy para recuperar el día. Le dejé una nota encima de la mesa del salón —me explica.
Asiento ligeramente con la cabeza.
—No la he visto —me excuso, limpiándome otra vez la cara con la mano para quitarme la harina.
Gloria pasea la mirada por la cocina, atónita por el desorden. Lea y yo intercambiamos una mirada muda, pero atestada de complicidad. A duras penas logramos reprimir la risa.
—No se preocupe —se adelanta a decir Lea—. Nosotros nos… nos encargaremos de limpiarlo. ¿Verdad, Darrell? —me pregunta, dándome un codazo en las costillas para hacerme reaccionar.
—Sí, sí, claro que sí. Ahora mismo nos ponemos a ello —digo, pasándome la mano por la nuca ante la mirada fiscalizadora de Gloria.
Gloria sacude la cabeza pesarosamente, aunque en el fondo ella se hace cómplice de nuestro juego.
—Jóvenes… —murmura mientras se da media vuelta.
Lea y yo volvemos a mirarnos y como buenamente podemos nos aguantamos la risa.
—Gloria… —la llamo. Gloria se gira hacia nosotras. Aprieto los labios—. Tómese el día libre —le digo—. Siento… Siento haberla hecho venir.
Gloria se nos queda mirando unos instantes. No es que me preocupe mucho, pero me pregunto qué estará pensando al verme de esta guisa. A mí, a una persona a la que jamás había visto sonreír antes de hoy.
—Está bien, señor Baker —aprueba—. Vendré el martes.
—Bien. Hasta el martes.
—Hasta el martes, Gloria —le oigo decir a Lea detrás de mí—. Y no se preocupe que lo encontrará todo como los chorros del oro.
Cuando la figura de Gloria desaparece tras la puerta de la cocina, me vuelvo y miro a Lea. Estamos a medio vestir y embadurnados de arriba abajo de harina y de bechamel. Me acaricio el pelo con la mano y trato de disimular la risa, pero no puedo, y estallo en una sonora carcajada grave y profunda que resuena en toda la cocina. Lea se contagia de mí y también rompe a reír.
—Acabo de perder todo el respeto como jefe —comento. Lea corre hacia mí sin decir nada, se lanza a mi cuello y me abraza efusivamente con la naturalidad y espontaneidad que la caracteriza—. Somos como un par de adolescentes —digo, agarrándola de la cintura.
—¿Y no te gusta?
Lea me mira a escasos centímetros del rostro con ojos relucientes de satisfacción y de amor.
—No me gusta, me encanta —afirmo.
—Creo que es hora de limpiar todo esto —sugiere, haciendo un mohín con la boca.
—Yo también lo creo, o Gloria nos cortará la cabeza.
—Pobre… —dice Lea—. ¿Has visto cómo nos miraba?
—Su cara era todo un poema —afirmo.
Durante unos instantes me quedo mirando a Lea. Tiene el rostro blanco de la harina que le ha salpicado y está llena de bechamel. Me acerco sigilosamente y le lamo la mejilla como si fuera un gato. Ella cierra los ojos y yo repito la acción. Cuando los abre, me mira sonriente.
—Me encanta que me lamas —dice.
Esbozo media sonrisa con aire travieso.
—Y a mí me encanta lamerte —asevero, pasando mi lengua por su nariz y sus párpados—. ¡Eres tan apetitosa! —exclamo con gula. Lea se acurruca en mi pecho—. Bueno, ¿por dónde empezamos a limpiar? —pregunto.