CAPÍTULO 43

 

 

 

 

 

Los días dentro de la celda de la Jefatura de Policía son largos y tremendamente tediosos. Hasta que llega el martes, cuando puedo volver a hablar con Michael, tengo la sensación de que ha pasado toda una eternidad.

—No tengo buenas noticias —me anuncia cuando tomo asiento.

—¿Qué cojones ocurre ahora?

—El juez ha dictado medidas cautelares y prisión preventiva. Te van a trasladar a la Metropolitan Detention Center, la cárcel que hay en Brooklyn.

Sacudo la cabeza con una expresión mezcla de indignación e impotencia.

—¡Joder! —exclamo.

—El juez dice que hay un alto riesgo de fuga —prosigue Michael—, y ha denegado estipular una fianza para que pudieras quedar libre con cargos hasta que se celebre el juicio.

Me detengo un momento, con el ceño fruncido.

—Ósea, ¿que ya da por hecho que soy culpable y que soy un puto traficante de drogas? —digo con rabia.

—No, Darrell —niega Michael—. Simplemente son eso, medidas cautelares. El juez sabe que puedes permitirte pagar cualquier fianza que ponga, así sea una cantidad astronómica. Es solo una medida de prevención.

Hundo el rostro entre las manos y lo froto tratando de calmarme. La sangre está a punto de entrarme en ebullición en el interior de las venas.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco…, empiezo a contar para mis adentros.

—¿Has conseguido averiguar algo? —pregunto, descubriendo mi rostro.

—He hablado con Robert Wyne, el encargado de los almacenes. No sabe nada, o dice no saber absolutamente nada —me responde Michael.

—¿Y Jeff Murray?

—No sabe más de lo que me contó cuando me llamó por teléfono para ponerme en conocimiento de lo que había descubierto a raíz del accidente de la grúa.

Chasqueo la lengua.

—¿Y los empleados? ¿Ninguno ha visto nada raro…?

—Los trabajadores de a pie ignoran qué hay dentro de las cajas. Se limitan a descargarlas o a cargarlas según toque.

—Tienes razón… —admito—. Ellos solo son unos mandados.

—He estado revisando los partes de las entradas y salidas de la producción de los últimos meses, he llamado a los lugares de destino a donde han ido a parar las cargas y en otros casos a los lugares de origen, y nadie sabe absolutamente nada, ni ha visto nada raro, ni sospecha nada. ¡Nada! —enfatiza Michael.

—Es como si esa media tonelada de cocaína hubiera aparecido en los almacenes por arte de magia —apunto con ironía—. ¡Media tonelada!, como si fueran simplemente un par de kilos.

—Eso parece —dice Michael—. Lo que me hace pensar tanto silencio, es que la red que hay tejida alrededor de esta trama es más amplia de lo que pensaba en un primer momento.

—Yo también lo pienso, pero tiene que haber un cabecilla. Alguien que se está encargando de manejar todos los hilos. —Miro a Michael—. Estoy seguro de que esa persona está dentro de la empresa.

—Estoy de acuerdo contigo. —Michael guarda silencio unos segundos—. Solo espero que la policía tenga más suerte que yo —concluye esperanzado.

—¿Cuándo se va a hacer efectivo el traslado a la cárcel de Brooklyn? —pregunto.

—Mañana miércoles por la mañana.

—¿Lo sabe Lea?

—Sí —me responde escuetamente Michael.

—¿Y cómo se lo ha tomado? —murmuro.

—Con resignación.

—Temo que todo esto afecte al embarazo —confieso con sinceridad—.  Que esta maldita jugarreta del destino… —Me interrumpo súbitamente, porque no me atrevo a terminar la frase.

—No va a pasar nada, Darrell —me alienta Michael.

—Pero es que ni siquiera han pasado tres meses. Apenas está de cinco semanas, Michael —arguyo—. Todavía puede pasar de todo. Estos sobresaltos no tienen que ser nada buenos.

—Pero Lea es una chica fuerte.

—Sí, pero hasta la persona más fuerte puede venirse abajo en cualquier momento. ¡Joder! —prorrumpo de pronto, dando un puñetazo en la mesa de madera que tiene la sala de visitas en la que nos encontramos.

—Darrell, tienes que tratar de calmarte —me dice Michael con sensatez—. Yo te entiendo, créeme que te entiendo. De verdad. Pero la situación no va a cambiar ni a mejorar porque tú pierdas los nervios. Todo lo contrario, quizás lo único que consigas es que empeore. Tienes que intentar mantener la cabeza fría…

—No puedo mantener la cabeza fría cuando se trata de Lea —interrumpo en tono serio. Michael suspira mientras me dedica una mirada de comprensión—. En cualquier otro tema puedo ser el hombre frío y templado que he sido siempre, pero con Lea no, con ella no puedo.

—Hay algo positivo en todo esto… —comenta Michael, cambiando de tema.

—¿Algo positivo? —repito con expresión de extrañeza—. ¿Puede haber algo positivo en toda esta mierda?

—El juez va a adelantar el juicio —dice Michael—. Lo que significa que, cuanto antes se celebre, antes podremos demostrar tu inocencia.

—Yo no estoy tan seguro —digo con escepticismo—. Todo esto es tan… extraño. Nadie sabe nada, nadie ha visto nada, nadie ha sospechado nada. Ni siquiera sabemos desde cuándo se está produciendo esto.

—Pero lo averiguaremos.

—Parece una confabulación en mi contra —asevero.

—La policía lo aclarará todo, Darrell. Tenemos que confiar en ellos, y todo esto se quedará solo en un mal sueño.

—Ojalá… ¿Cuándo podrá venir a verme Lea? —pregunto anhelante.

—En cuanto te trasladen a la Metropolitan Detention Center se fijarán unos horarios de visitas y Lea podrá ir a verte siempre que quiera dentro de ellos. No creo que pase de esta misma semana.

—Bien…

—Incluso, si queréis, y los dos estáis de acuerdo, puedo solicitar un vis a vis.

—¿Un vis a vis? —repito, como si fuera la primera vez que escuchara esa expresión.

—Es tu pareja… Así que no habrá ningún problema. A partir de ahora las visitas siempre tendrán la presencia de un funcionario de prisiones —afirma Michael.

La idea de tener sexo con Lea dentro de los muros de una cárcel, de poder solo estar con ella durante un tiempo determinado e impuesto, me resulta tan fría, tan indiferente… Niego imperceptiblemente para mí.

—Al menos os aseguraréis de poder hablar tranquilamente sin la presencia de extraños —añade Michael, intuyendo los pensamientos que están atravesando de lado a lado mi cabeza.

—Supongo —digo con pesimismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La petición del señor Baker
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