CAPÍTULO 57

 

 

 

 

 

—Baker, tienes visita —anuncia uno de los funcionarios de prisiones. Un tipo nuevo que ha comenzado a trabajar aquí hace un par de semanas.

¿Visita?, me pregunto para mis adentros. ¿Quién puede haber venido a visitarme hoy? Las únicas personas que vienen a verme son Michael, mi madre y mis hermanos y a veces, William y Margaret, y no espero que sea ninguno de ellos.

Atravieso el patio de la prisión y entro en el frío y apático edificio de la cárcel. No me molesto en preguntarle al funcionario quién es la persona que ha venido a verme porque lo voy a saber dentro de un par de minutos.

Cuando llego a la sala de visitas y cruzo el umbral, me sorprende ver a Gloria, la señora de la limpieza que tenía contratada, esperando sentada en una de las mesas. No sé si solo son impresiones mías, pero parece haber envejecido diez años en los meses en los que no la he visto. Tiene el rostro demacrado y unas ojeras violáceas colorean la piel de debajo de los ojos.

—Gloria… —digo, visiblemente extrañado.

—Señor Baker… —dice impaciente, levantándose de la silla.

—¿Qué hace aquí? —le pregunto—. Pero siéntese, por favor —le indico.

Gloria hace lo que le pido y vuelve a acomodarse mientras yo también tomo asiento frente a ella.

—He venido… —titubea nerviosa—. Oh, señor Baker…

—¿Qué sucede, Gloria? —insisto con voz suave, tratando de darle confianza.

Baja la cabeza, como si se avergonzara de algo.

—Es que… Es que no sé por dónde empezar…

—Gloria, ¿qué ocurre? Puede contarme lo que sea que suceda… —le animo. Pero parece que está bloqueada, como si las palabras se resistieran a salir de sus labios.

Cuando alza el rostro, sus pequeños ojos marrones están humedecidos. ¿Qué tiene que decirme Gloria tan terrible como para que la tenga en ese estado? Sinceramente, no logro hacerme una idea de qué puede ser.

—Señor Baker, yo… he hecho algo horrible.

—¿Horrible? —repito, frunciendo el ceño.

No quiero presionarla, pero de buena gana la zarandearía por los hombros para que hablara de una vez por todas. Verla así y la inquietud que ha comenzado a aguijonearme, me están matando.

—No puede ser tan terrible, Gloria.

—Yo llevé a su ático los paquetes de droga que aparecieron el día que lo registro la policía —confiesa al fin.

Abro los ojos de par en par.

—¡¿Qué?! —balbuceo.

Y durante un segundo pierdo la noción de la realidad.

—Señor Baker yo no quería, se lo juro. Le juro que no quería —se arranca a decir Gloria atropelladamente, tanto que apenas logro entender lo que dice—, pero me obligaron…

Levanto las manos para que se detenga.

—Espere, espere, Gloria —digo—. ¿Quién la obligó? —Gloria se interrumpe súbitamente y guarda silencio—. Gloria, ¿quién la obligó? —vuelvo a preguntarle, con un tono de voz algo autoritario.

Gloria saca un pañuelo del bolso y se limpia las lágrimas que resbalan por sus mejillas de piel blanca.

—No…, no lo sé, no me acuerdo de su nombre… Solo me lo dijo una vez…

—Trate de recordarlo, Gloria, por favor —le pido mientras intento procesar la información de la que me acaba de hacer partícipe. Tras pensarlo rápidamente, me aventuro y digo un nombre, para ver si con un poco de suerte suena la flauta—. ¿La persona que le obligó a dejar esos paquetes de droga en mi ático se llamaba Paul? ¿Paul Stiller?

Gloria frunce el ceño, haciendo memoria mientras yo contengo el aire en la garganta. De pronto, su cara se afloja, inspirada.

—Sí —responde, afirmando repetidamente con la cabeza —. Sí, sí, señor Baker, así mismo se llamaba.

Me recuesto en la silla y exhalo el aire que he estado reteniendo. Nunca me he sentido tan aliviado en toda mi vida.

—Señor Baker…, ese… ese hombre me obligó a hacerlo, se lo juro —repite angustiada, sin dejar de llorar—. Me amenazó con hacer daño a mis hijos. No supe qué hacer… No vi otra salida…

—Cálmese, Gloria —digo.

—Perdóneme, señor Baker, por favor, perdóneme —me suplica—. Por haber dejado esa droga en su casa, por haberle metido en este problema, por no haber hablado antes… Lo he intentado… muchas veces. Se lo juro, pero el miedo a lo que ese hombre le pudiera hacer a mis hijos me lo impidió.

—¿Por qué no lo denunció? —pregunto, aunque mi voz no suena a reproche.

—Ese hombre me dijo que tenía muchos contactos en la policía, que si se me ocurría denunciarlo o decir algo acabaría en la cárcel. Él… es un hombre con dinero, señor Baker, con poder... ¿Qué iba a hacer yo frente a alguien como él? Yo solo soy una simple limpiadora.

—No es más poderoso que yo —asevero, apretando las mandíbulas con fuerza.

—Tengo tanto miedo, señor Baker, por mis hijos —se lamenta, echa un mar de lágrimas—. A mí me da igual lo que me pase, pero a ellos… Oh, Dios mío. Solo pensarlo…

Gloria no puede terminar la frase.

—Cálmese, Gloria. No va a pasarle nada a sus hijos. Se lo aseguro —digo.

—Apenas puedo dormir, señor Baker —afirma, con el corazón en la mano—. Desde que a usted le metieron en la cárcel, no puedo dormir. Mi conciencia no me deja, pero no he reunido suficiente valor hasta hoy —solloza—. No sabía qué hacer, así que he venido a verlo, para contarle toda la verdad y para que me perdone. Aunque sé que no me merezco su perdón. —Me coge las manos y me las envuelve con las suyas—. Por favor, señor Baker, créame que lo siento, lo siento mucho.

—Le creo, Gloria —digo sinceramente—. Sé que lo siente…

—¿De verdad? —pregunta Gloria con asombro en la voz—. ¿No está… enfadado conmigo?

—No —niego—. Solo hay que verla para saber que lo que está diciendo es verdad —alego comprensivo—. Además, conozco a ese hijo de puta de Paul y estoy empezando a darme cuenta de lo que es capaz de hacer. Usted solo estaba protegiendo a sus hijos. Yo hubiera hecho exactamente lo mismo.

Gloria se lleva las manos a la boca con el pañuelo y se echa a llorar de nuevo.

—Dios mío, es usted tan generoso. Tan generoso, señor Baker. Después de que por mi culpa está aquí metido —solloza, profundamente arrepentida.

—No estoy aquí por usted, Gloria. Estoy aquí por culpa de ese malnacido de Paul Stiller.

—Pero si yo hubiera hablado…

—Puede hablar ahora —le corto con suavidad.

—Dígame a quién debo acudir para contar todo lo que le he contado a usted —dice Gloria, servicial.

Durante unos instantes me quedo pensando.

—Lo mejor es que hables con un amigo mío que es abogado; Michael Ford.

—Hablaré con quién usted quiera.

—¿Sigue teniendo las llaves de mi ático?

—Sí.

—¿Le viene bien quedar mañana por la mañana a eso de las doce en el ático? —le propongo.

—Sí, por supuesto.

—Le pediré a Michael que se reúna allí con usted. Es el sitio más seguro. En cualquier otro lugar os pueden ver. —Miro fijamente a Gloria. Tiene los ojos rojos de tanto llorar y las ojeras se le han acentuado—. Cuéntele a Michael lo que me ha contado a mí. Detállele con pelos y señales cómo Paul la amenazó y la obligó a ocultar esos tres paquetes de cocaína en mi casa.

—A mis hijos no les pasará nada, ¿verdad, señor Baker? ¿Verdad?

—Se lo prometo, Gloria —asevero, dando seguridad a mis palabras—. Y a usted tampoco. Me encargaré personalmente de contratar a los mejores abogados del país para que la defiendan.

—Dios lo bendiga, señor Baker. Dios lo bendiga.

—Gracias, Gloria —le agradezco.

—No me tiene que dar las gracias. Las gracias se las tengo que dar yo a usted, por comprenderme y por perdonarme la atrocidad que he cometido.

—No se castigue más por eso. Es inútil.

—Tiene razón. De nada sirve lamentarse; ya no tiene remedio.

—En eso se equivoca —la contradigo—. Sí que tiene remedio.

Gloria me dirige una mirada esperanzada y al mismo tiempo esperanzadora y, por primera vez en meses, comienzo a ver la luz al final del túnel. Por primera vez en meses, pienso que quizá no todo esté perdido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La petición del señor Baker
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