CAPÍTULO 14
—Señor Baker, le ha llamado el señor Johnson. Me ha dejado dicho que haga el favor de ponerse en contacto con él cuando pueda —me dice Susan nada más de llegar a mi despacho.
—Gracias, Susan —le agradezco sin ni siquiera detenerme un segundo.
Seguro que William ha llamado para invitarnos a Lea y a mí a comer con Margaret y con él en su casa, tal y como hablamos el día que tuvo lugar la recepción de la embajada Británica.
Entro en el despacho y me dirijo directamente al escritorio. Me desabrocho el botón del traje para estar más cómodo y me siento en la silla. Susan entra unos pasos por detrás de mí con un papel en la mano.
—Señor Baker, también le ha llamado el señor Roland, de Textliner —dice de nuevo, de pie frente a mi mesa de trabajo—, y el señor Wilfried para anunciar que se pasara por aquí a partir de las ocho.
¡Joder, hoy le ha dado a todo el mundo por llamarme!, pienso para mis adentros. ¿Es que no hay más días en la semana que tiene que ser precisamente hoy?
—¿A partir de las ocho? —pregunto en voz alta.
—Sí, eso me ha dicho.
—Cancele de inmediato la cita, Susan. A las ocho tengo cosas que hacer. Dígale al señor Wilfried que me ha surgido una reunión muy importante que tengo que atender con urgencia.
Susan me mira con expresión de extrañeza en su rostro redondo y maquillado al milímetro.
—Como quiera, señor Baker.
—Gracias, Susan. ¿Algo más?
—Sí, su amigo Michael llegará en unos minutos.
—Bien —digo—. ¿Alguna cosa más? —pregunto, al ver que Susan sigue de pie, como una estatua de piedra, al otro lado del escritorio.
—No, señor Baker. Ya está todo…
Alzo las cejas en un gesto de interrogación. ¿Qué hace entonces ahí parada como si tuviera los pies clavados al suelo?
—¿Se encuentra bien, señor Baker? —dice de pronto, arrugando nerviosamente el papel de notas que tiene entre las manos—. Perdone que… que me inmiscuya. No soy una cotilla, ya me conoce, pero es que usted nunca ha retrasado o cancelado una cita o una llamada… —añade después con apocamiento.
Me quedo unos segundos mirándola y noto que se ruboriza desde el cuello hasta la frente. No sé si eso confirma lo que Michael afirma acerca de Susan: que está enamorada de mí hasta las cejas. Siempre ha sido muy solícita en todos mis encargos, pero eso puede ser simplemente un signo de profesionalidad. Lo de los sonrojos, tartamudeos y demás, ya no estoy tan seguro de que se pueda ceñir al campo de su perfección en el trabajo.
—Sí, Susan, estoy bien. Gracias —respondo con voz neutra, sin darle más explicaciones. No creo que se sorprenda de mi escueta respuesta, ya sabe que soy muy parco en palabras.
—Vale… Pues… me voy ya…
Asiento con la cabeza, conforme. Susan se da la vuelta, camina hacia la puerta y sale de mi despacho. Cuando desaparece de mi vista y todo queda en silencio, la imagen de Lea aparece como un fogonazo en mi mente. No me gusta el tono en que ha derivado nuestra conversación ni el modo cómo hemos quedado, apenas sin hablarnos. Me ha dejado un extraño mal sabor de boca porque no sé qué demonios le pasa. ¿Por qué no quiere volver conmigo al ático?
Tengo la tentación de llamarla por teléfono para preguntarle cómo está. Miro el reloj. Seguro que ya se encuentra en las prácticas. Sacudo la cabeza para sacármela de la mente. Lo mejor será que me distraiga trabajando un poco, o esta va a ser otra de esas tardes infructuosas que tengo últimamente. Lea provoca que me pase la mayor parte del tiempo divagando.
Descuelgo el teléfono y llamo a William.
—William…
—Buenas tardes, Darrell.
—Buenas tardes.
—¿Cómo estás? —me pregunta.
—Bien, ¿y tú?
—Lidiando con este mundo huraño y cruel —responde con sentido del humor.
—Al final seremos los vencedores —digo con voz distendida—. ¿Cómo está Margaret?
—Insistiéndome mañana, tarde y noche para que os invite a Lea y a ti a comer o a cenar a casa —responde. William resopla—. Tenéis que venir sí o sí, si no queréis que acabe cortándome la cabeza. Conoces a mi mujer… no se dará por vencida hasta que no vengáis.
—Tranquilo, William. Tu cabeza está a salvo —digo—. Será un placer pasar una velada con vosotros.
—Entonces, ¿vendréis?
—Sí, claro —afirmo de buen grado—. Hablaré con Lea para ver cuándo le viene bien, pero contad con nosotros.
—¡Estupendo! —exclama William al otro lado del teléfono—. Margaret se va a poner muy contenta.
—Te llamo para concretar día, ¿ok?
—Ok. Pero no os demoréis demasiado, o Margaret me insistirá de nuevo para que me ponga en contacto con vosotros.
—Está bien. Trataremos de que sea lo antes posible. Incluso esta misma semana.
—Tengo muchas ganas de hablar contigo, Darrell, y de que me pongas al día de tus asuntos —me dice en un tono paternal, y es que William ha sido una especie de padre para mí, aunque nunca se lo haya dicho, ni demostrado—. Hace mucho que no mantenemos una conversación de las nuestras.
—Tienes razón, William. Pero lo vamos a solucionar pronto.
—Me quedo a la espera de tu llamada —dice William.
—Perfecto. Hablamos.
Cuelgo el teléfono justo en el momento en que unos nudillos llaman a la puerta.
—Adelante —digo.
La puerta se abre y entra Michael.
—¿Cómo ha ido tu cita con Lea, Casanova? —me pregunta nada más de sentarse en la silla. En un acto reflejo arrugo la nariz—. Uuuy… ¿No ha ido bien? —observa al reparar en mi gesto.
Aprieto los labios y niego con la cabeza.
—Creo que estamos enfadados…
—¿Crees que estáis enfadados? ¿Qué clase de respuesta es esa?
Me encojo de hombros.
—No lo sé… Pero es lo que creo.
—¿Qué ha pasado?
Resoplo.
—¿Por qué no bajamos a tomarnos un café y te lo cuento con más calma? —le propongo a Michael.
—Tú eres el jefe. Tú mandas —accede él.
Nos levantamos de las sillas y salimos del despacho. Visto que hoy todo el mundo está por la labor de llamarme, le pido a Susan:
—Susan, desvía todas las llamadas a mi móvil.
—Sí, señor Baker.
—Gracias.
No puedo dejar que el trabajo se me acumule.