CAPÍTULO 7

 

 

 

 

 

La tumbo sobre la cama y me pongo encima de ella. La incorporo ligeramente y le saco la camisetita por la cabeza. Su sujetador queda visible a mí, escondiendo sus pechos pequeños y tibios. Esos que comencé a adorar desde el primer día que los vi.

Paso el dedo por el borde una y otra vez, recreándome en el contacto. Meto la mano entre el colchón y la espalda y de un movimiento se lo desabrocho y se lo quito.

Las luces multicolores que iluminan la noche de Nueva York y que se cuelan en la habitación a través de la ventana, me permiten ver que las mejillas de Lea se han teñido de rojo cuando sus pechos han quedado expuestos completamente a mis ojos.

La miro unos instantes. No sé por qué, pero hoy quiero follarla de una manera suave y delicada. O quizás lo que quiero es hacerle el amor. Es la primera vez que voy a hacerle el amor a una mujer. Pero eso será luego, ahora me apetece jugar un poco.

Me llevo las manos a la corbata y deshago el nudo bajo la atenta mirada de Lea, que no pierde ni un solo detalle de mis maniobras. Le cojo las muñecas, se las junto y con la corbata se las ato al cabecero de hierro forjado de la cama.

—Darrell… —musita con los ojos entornados sin saber qué va a pasar.

No digo nada, la dejo con la incertidumbre y prosigo con mi tarea hasta que me aseguro de que está bien atada. Después bajo las manos a sus caderas y deslizo el pantalón corto y las braguitas por sus piernas, hasta que finalmente se lo quito y lo lanzo a un lado.

De pronto necesito más luz.

Me levanto y enciendo la lámpara que hay sobre la mesilla de noche. La habitación se colorea de una atmósfera anaranjada. Me ha parecido ver una silla al entrar. Me giro, cuando la localizo en el rincón del fondo, la cojo y la coloco al lado de la cama. Lea frunce el ceño intuyendo cual es mi intención.

Me desabrocho el botón de la chaqueta del traje y me siento cómodamente.

—¿Vas a quedarte ahí, mirándome? —me pregunta Lea muerta de vergüenza. El rostro le arde.

—Sí —respondo, poniendo la pierna derecha sobre la izquierda.

—¿Todo el rato?

—Hasta que me canse —digo con voz pausada y sensual.

—Pero eso no es justo —se queja Lea como una niña pequeña. No puedo negar que su actitud rezongona me divierte—. Yo estoy completamente desnuda y tú completamente vestido —alega.

—Nadie dijo que la vida fuera justa —asevero.

—¡Darrell!

Se retuerce sobre sí misma y trata de soltar los nudos mientras sigue ruborizándose y pese a que es consciente de que no podrá zafarse. Un minuto después resopla, vencida.

—¡Le odio, señor Baker! —bufa, y hace un mohín con la boca. Esa boca que, como siga así, voy a terminar devorando.

—Vaya… Ahora que yo la empiezo a querer, señorita Swan —afirmo.

Lea clava sus ojos en mí. Le oigo tragar saliva. Y de repente se queda muy quieta, como si se hubiera salinizado.

—Bueno, ya he conseguido que se quede quietecita —ironizo.

Lea no dice nada, solo aparta la mirada de mí y la dirige al techo.

Me recuesto en el respaldo de la silla y mis ojos repasan la línea de las curvas que dan forma a su cuerpo menudo. Observo su pecho, que sube y baja más deprisa de lo normal. Sé que siente vergüenza, una terrible vergüenza de verse expuesta a mí. Lo sé por el rubor que se extiende por su rostro y la respiración acelerada. Pero me gusta tenerla así, me hace sentir importante frente a ella, que es la persona que más me interesa en estos momentos. Además, estoy experimentando una suerte de sobrecarga sensorial que no quiero dejar de sentir por nada del mundo.

Todo es tan novedoso para mí… Para mí, que nunca he sido capaz de sentir nada por nadie.

Después de deleitarme un buen rato contemplando su cuerpo, como si fuera la escultura del mejor artista de la Tierra, me levanto de la silla. Lea gira un poco el rostro hacia mí, estudiando cuál va a ser mi siguiente movimiento. De pie y sin apartar los ojos de ella, me quito la chaqueta del traje y lentamente me remango la camisa.

Me acerco, le separo las piernas y me coloco entre ellas. Se las sujeto con las manos, me inclino y comienzo a besarle la cara interna de los muslos. Le mordisqueo con suavidad. Lea suspira. Voy subiendo por las caderas hasta que llego al vientre y jugueteo sensualmente con su ombligo. El contacto provoca que se le ponga la piel de gallina.

Cuando mi lengua acaricia su clítoris de arriba abajo, Lea exhala un gemido y yo me excito más si cabe. Darle placer es una de las cosas más gratificantes de mi vida.

—Darrell… —musita con la voz llena de deseo—. Joder, Darrell…

Yo prosigo mi tarea con avidez. Su sexo es el mejor manjar del mundo. Lea se retuerce sobre sí misma y jadea, avisándome de lo que está por venir. Le sujeto los muslos contra la cama para que la presión aumente su placer y continúo lamiéndole el clítoris. Ahora mucho más deprisa. Sus músculos se tensan bajo mis manos y su cuerpo se sacude.

—Oh, Darrell… Darrell… —masculla entrecortadamente.

Acelero el movimiento y unos segundos después, Lea se corre. Alzo los ojos y veo como su rostro se contrae espasmódicamente mientras se muerde el labio inferior. Tensa los brazos, sacudiéndolos, y el catre de hierro forjado de la cama se mueve hacia adelante.

Cuando su cuerpo se afloja, me acerco a su boca y la beso. Es un beso suave, pero poniendo cada uno de los cinco sentidos. No quiero perderme ni una sola de las sensaciones que se están despertando en mi interior.

—Un día vas a matarme de placer —me susurra, aún con la voz entrecortada.

—¿Y qué mejor que morir de placer, mi pequeña loquita?

Lea me mira. En la expresión de su rostro hay un viso de desconcierto. Frunce ligeramente el ceño.

—¿Ocurre algo? —le pregunto.

—Me resulta raro que me llames así…

—¿Así, cómo?

«Mi pequeña loquita»

—Bueno, es que eres mi pequeña —digo, todavía encima de ella.

—¿Eso lo dices porque eres veinte centímetros más alto que yo? —bromea con su habitual sentido del humor.

—Claro, y porque peso treinta kilos más.

—¿Y lo de loquita? —repite, frunciendo aún más el ceño.

—Porque estás un poco loca.

—¿Un poco loca? —repite.

—Tienes que estarlo para revolucionar mi vida del modo en que lo estás haciendo —le contesto.

Lea sonríe con un gesto amplio y encantador.

Me aproximo a su boca y la beso de nuevo. ¿Por qué cojones no puedo dejar de besarla?, me pregunto en silencio. No lo sé, pero no voy a perder el tiempo tratando de responderme. No ahora; todavía hay algo con lo que me tengo que deleitar.

Bajo la cabeza y le lamo los pechos. Hago círculos con la punta de la lengua alrededor de los pezones y después soplo con suavidad un poquito de aire. ¡Cómo los echaba de menos! Lea siente un escalofrío, gime con un inmenso placer, y se estremece debajo de mi cuerpo.

Ufff…, bufo para mis adentros.

Aún atada al cabecero de la cama, me desnudo rápidamente y libero mi erección, que es casi dolorosa a estas alturas de excitación. Me inclino sobre ella, agarro mi miembro y tanteo la entrada de su vagina. Está empapada por el orgasmo que acaba de tener y eso me hace sentir como un Dios del Olimpo.

Sin empujar, y con los brazos a cada lado de su cabeza, me voy introduciendo poco a poco en Lea, recreándome unos instantes en la sensación que supone estar de nuevo dentro de ella. ¡Lo necesitaba tanto!

Su cuerpo tiembla, como cada vez que la hago mía, y eso me inspira una insólita ternura que me hace ir con más cuidado. Cuando he entrado completamente en ella, empiezo a moverme despacio de arriba abajo, observando en todo momento su rostro y cómo reacciona a mis envites. Mientras bombeo dentro y fuera, le doy besos por el cuello y por lo hombros, alternándolos con suaves succiones que le enrojecen ligeramente la piel y que a mí me ponen a mil.

Me hundo más y más en Lea hasta que siento que mis músculos comienzan a tensarse como las cuerdas de una guitarra. Antes de que me dé cuenta, algo estalla dentro de mí y me corro al tiempo que suelto un gruñido entre los dientes.

—Oh… Lea… Mi pequeña Lea… —jadeo con la voz entrecortada.

—¡Joder! —oigo que sisea.

Un latido después, un orgasmo la sacude con una imperiosa intensidad. Mientras su cuerpo se convulsiona, la beso frenéticamente, devorándola casi literalmente la boca. El cabecero de la cama vuelve a agitarse por el tirón que da Lea.

—Ya… Ya… —murmuro, juntando mi frente con la suya y arropándola con mi cuerpo hasta que los espasmos van disminuyendo. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La petición del señor Baker
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