CAPÍTULO 50

 

 

 

 

 

—Baker, tienes visita —me anuncia uno de los funcionarios de prisiones.

Me levanto de la litera, en la que he pasado tumbado parte de la tarde, y camino por el pasillo haciendo un repaso mental de lo que tengo que decir y hacer. Cuando el funcionario abre la puerta de la sala de visitas y cruzo el umbral, Lea corre hacia mí y me abraza.

—¡Qué ganas tenía de verte, mi amor! —me dice cariñosamente, aferrándose a mi cuello.

Al ver que no correspondo a su abrazo con la misma intensidad con que lo hace ella, se separa un poco de mí.

—¿Cómo estás? —me pregunta.

—Bien —respondo escuetamente.

Lea frunce ligeramente las cejas.

—¿Ocurre algo, Darrell? —dice algo retraída, intuyendo que no todo va como debería.

Ruedo la vista hasta sus ojos. No sé si son imaginaciones mías, pero está más guapa que nunca. Con el pelo suelto, como sabe que me gusta, cayéndole en cascada por los hombros, la piel sonrosada, los labios jugosos, la mirada brillante…

Abro la boca.

—No quiero que vuelvas a venir a verme —digo, sin que me tiemble la voz.

—¿Qué? Pero, ¿por qué? —me pregunta Lea con una expresión de extrañeza.

—Porque no quiero volver a verte.

—Darrell, ¿estás de broma? Si estás de broma, te aseguro que no tiene ninguna gracia —me dice con voz seria.

—No estoy de broma, Lea —apunto—. Simplemente quiero romper con… lo que sea que tenemos —añado en tono despectivo.

—¿Lo que sea que tenemos? —inquiere—. ¿Acaso no tenemos una relación? ¿Acaso no somos novios?

—Ya no.

Lea traga saliva y su rostro pasa de la extrañeza al desconcierto. Guarda silencio unos segundos.

—¿Quieres romper conmigo por la sentencia? ¿Por qué te han declarado culpable? —En sus labios asoma una tenue sonrisa de alivio. Un alivio que aparece al darse cuenta de mis motivos—. Si es por eso no… Yo quiero estar contigo, Darrell. Me da igual si solo puedo verte un rato una vez a la semana o una vez al mes, pero quiero estar contigo —dice, como si las palabras salieran de su boca en torrente.

Da un paso hacia adelante y trata de abrazarme, pero le sujeto por las muñecas y rechazo su gesto. Aprieto los dientes mientras la miro a los ojos. Esto está siendo mucho más difícil de lo que pensaba, pienso para mis adentros mientras observo cómo su mirada se humedece.

—Darrell… —musita.

—Lea…

—Sé que esto lo estás haciendo porque te han condenado a diecisiete años de cárcel —me corta de golpe—, sé que lo estás haciendo por eso, pero…

Sonrío con ironía.

—Eres muy ingenua, Lea —la interrumpo, imitando un tono de burla—. ¿No has hablado con Michael?

—¿Con Michael? —repite—. No, no he hablado con él.

—Se ha impugnado el juicio —miento—. La policía ha descubierto nuevas pruebas y finalmente ha dado con las personas que están detrás de la red del narcotráfico tejida alrededor de mi empresa.

—¿En serio? Pero eso es maravilloso… —dice Lea con una explosión de alegría e inocencia al mismo tiempo.

—Es cuestión de días que salga de aquí. Lo que tarden los trámites burocráticos —arguyo, adoptando una actitud altanera.

—Si quedas libre, podemos volver a estar juntos…

Me está costando horrores hacer esto, pero tengo que ser más duro todavía, si quiero que mis palabras surtan efecto.

Ladeo un poco la cabeza.

—¿Sigues sin entenderlo? —le pregunto con aire de suficiencia—. Este tiempo que he estado aquí en la cárcel, he estado pensando mucho… Quiero empezar una nueva vida. Pero en esa nueva vida que quiero empezar no estás tú. Ya no me apetece seguir con esto, no me apetece seguir fingiendo. Estoy… cansado.

—¿Fingiendo? ¿De qué cojones hablas, Darrell? —dice Lea, conteniendo unas lágrimas que pugnan por salir.

—Vamos, Lea, ¿no pensarás que realmente estoy enamorado de ti? No puedes ser tan ingenua, ¡por Dios! —me mofo mientras me mira atónita—. Te recuerdo que sufro alexitimia, que no soy capaz de sentir, de amar…

—Pero tú dijiste… —balbucea incrédula—. Pensé que… Creí…

—¿Creíste que me había curado gracias a ti? —digo con ironía, sin dejarla terminar—. ¿Cómo en las novelas románticas? ¿Cómo en esas historias en que la protagonista salva al personaje masculino de todos sus traumas y de todos sus males?

—Estás mintiendo —espeta de pronto—. El amor no se puede fingir. Yo sé cómo me besas, Darrell, cómo me acaricias, cómo me cuidas… Eso no se puede fingir —dice al borde del llanto.

Sus ojos, a punto de llorar, me destrozan el alma, pero tengo que seguir con esto; tengo que seguir con esto hasta el final. Lo mejor para Lea es que se olvide de mí para siempre, que comience una nueva vida, por mucho que me duela.

Lanzo una carcajada al aire, siguiendo con mi interpretación.

—Simplemente hacía lo que tenía que hacer, me comportaba cómo me tenía que comportar —digo—, cómo las mujeres esperáis que nos comportemos los novios. Tengo alexitimia; no puedo sentir, pero sé perfectamente lo que tengo que hacer…

—¿Lo que tienes que hacer para qué? —me pregunta Lea, confusa.

—Para tenerte a mi lado —respondo con obviedad—. Ya sabes que no me gusta perder el tiempo, y me aburre tener que estar cada dos por tres buscando una mujer a la que follarme.

La mirada de color bronce de Lea comienza a llenarse de dudas, lo que me da a entender que mis palabras están surtiendo efecto en ella.

—¿Para eso me querías, entonces? ¿Para… follarme? —dice, transcurridos unos segundos en los que un denso silencio ha llenado el lugar.

En su voz se advierte una nota de decepción. Una decepción que me parte el corazón en mil pedazos. Respiro hondo para coger fuerzas y no venirme abajo.

—Sí —afirmo, manteniéndome erguido para dar veracidad a mi monosílabo—. Eres receptiva, complaciente, apasionada... —Las lágrimas que Lea ha estado conteniendo en los ojos hasta ahora empiezan a rodar por sus mejillas—. Las mujeres, cuando estáis enamoradas, hacéis casi cualquier cosa. Incluso folláis mucho mejor cuando hay amor de por medio. Solo tenía que mantener encendida esa llama… la del amor —digo con burla.

Lea alza lentamente los ojos hacia mí sin decir nada. Hay tanto dolor y tanta desilusión en su mirada que por momentos creo que no voy a poder seguir con esto y que me voy a derrumbar.

—¿Qué va a pasar con nuestros pequeños, Darrell? —me pregunta angustiada y con la voz cargada de emoción.

—No te preocupes por eso —digo, y trato de mantener la compostura como buenamente puedo—. Hablaré con Michael para estipular una pensión y pasártela mensualmente —asevero—. No escatimaré en gastos; será cuantiosa. Así que no tendrás problemas.

Lea baja la mirada hasta el suelo. Observo cómo le tiembla la barbilla y no puedo evitar que se me haga un nudo en la garganta.

—Así, ¿sin más? —murmura a media voz, visiblemente indignada. Vuelve a levantar los ojos y los clava en mí como si fueran dos cuchillos con los que quisiera atravesarme—. ¡Eres un hijo de puta! ¡Un maldito hijo de puta! —exclama, desgarrada.

Por fortuna, la sala de visitas está completamente vacía, sin testigos que puedan ver la crueldad con que estoy tratando a Lea.

En un arrebato se abalanza sobre mí, con el rostro lleno de rabia y de desilusión, y me golpea el pecho mientras solloza:

—¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! —repite, golpeándome una y otra vez con sus pequeños puños—. ¿Cómo he podido ser tan idiota? ¿Cómo he podido confiar en ti? ¿Cómo he podido creer que habías cambiado? —se pregunta enfadada—. Eres un jodido cabrón.

Le cojo por los brazos y la aparto un poco de mí. Soy incapaz de mirarla a la cara. Incapaz. Pero tengo que terminar con esto de una vez por todas. Así que me obligo a hablar.

—¡Guardia! ¡Guardia! —grito.

En un abrir y cerrar de ojos, el guardia entra en la sala de visitas, ciertamente alarmado por mi llamada.

—Llévesela —le digo.

El guardia corre hacia nosotros.

—¡Te odio! ¡Te odio! —sigue diciendo Lea cuando el hombre la sujeta por los brazos y la aparta de mí—. Eres un hijo de puta. Un maldito hijo de puta. Te odio… —dice apenas sin fuerzas en la voz, que está tomada por el llanto—. Te odio…

Sus palabras me atraviesan el alma mientras el guardia la arrastra hacia la salida rota de dolor. Cuando la puerta se cierra, aprieto los dientes, cojo una de las sillas de madera y la lanzo contra la pared, haciéndola astillas. Cierro los ojos y me dejo resbalar por la pared hasta que quedo sentado en el suelo. Hundo el rostro entre las manos y rompo a llorar desconsoladamente, como un niño pequeño, como nunca he llorado en mi vida. Estoy destrozado.

 

 

 

 

 

 

 

 

La petición del señor Baker
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