CAPÍTULO 62

 

 

 

 

 

—¿Qué quiere? —me pregunta, y noto en el tono de su voz que está a la defensiva. La entiendo.

—Necesito hablar con Lea y… no sé dónde encontrarla —respondo con sinceridad.

Lissa suelta una risilla de medio lado cargada de ironía.

—¿Y para qué quiere hablar con ella? ¿Para que vuelva con usted? ¿No tiene a nadie a quien follarse? —me increpa.

—No es lo que…

Pero Lissa no me deja terminar.

—Es usted un cabrón —me espeta—. Un maldito cabrón de mierda.

Un par de chicas que pasan por detrás de nosotros se nos quedan mirando, pero Lissa continúa con su ofensiva.

—Lea me lo contó todo, ¿sabe? El modo tan cruel como la dejó, cómo jugó con ella el tiempo que estuvisteis juntos. ¿Cómo es posible que sea tan cabrón? —me reprocha—. ¡Y estando embarazada! ¡De mellizos! ¿Acaso esos hijos no son suyos? No es más que un mierda, como casi todos los hombres. No pensé que pudiera existir una persona tan fría, tan seria, tan irresponsable y calculadora como usted. Es lo peor.

—¿Has terminado ya? —le pregunto en tono grave.

Lissa se ruboriza y guarda silencio, en cierta manera intimidada por el tono de mi voz.

—Salí de la cárcel ayer —asevero, aprovechando que está callada.

Lisa frunce el ceño, sin entender.

—¿Ayer? Pero yo pensé que…

Su voz se apaga poco a poco.

—Mentí a Lea —le confieso—, le hice creer que saldría de la cárcel cuando en realidad iba a pasar dentro diecisiete años y medio.

—Pero, ¿por qué? ¿Por qué hizo eso? —me pregunta Lissa entre descolocada y confusa.

—¿Me dejas que te lo explique tomando un café? —le digo—. La calle no es un buen lugar para hablar de ello.

Lissa se me queda mirando fijamente durante unos instantes.

—Tenía razón Lea cuando decía que ninguna mujer era capaz de resistirse a sus encantos —comenta como un pensamiento en alto. Un segundo después vuelve en sí—. Tengo… Tengo media hora libre antes de entrar a las prácticas.

—Es tiempo más que suficiente —digo—. Y por favor, tutéame —le pido.

Lissa asiente con la cabeza.

 

 

 

Entramos en una de las cafeterías del campus, un lugar con nada destacable, de paredes pintadas en color beige, sin mucha decoración y llena de estudiantes hablando de matemáticas y de exámenes, como es lógico.

Nos acercamos a la barra. Lissa pide un té frío y yo un café solo sin azúcar.

—Enseguida os lo llevo a la mesa —nos dice el camarero.

Nos giramos y nos sentamos en una mesa situada al lado de uno de los ventanales.

—Creí que lo mejor era alejar a Lea de mí —digo, respondiendo a la pregunta que me ha hecho anteriormente.

—¿Por qué? No lo entiendo.

—Porque me declararon culpable de traficar con drogas y atentar contra la salud pública. Me iba a pasar diecisiete años y medio en la cárcel… ¿Cómo iba a permitir que Lea perdiera los mejores años de su vida esperando a que saliera? ¿Esperando a un hombre que iba a estar en prisión casi dos décadas? No era justo para ella —concluyo.

Lissa me mira con sus ojos azul oscuro.

—Lea te hubiera esperado —afirma.

—Lo sé. Sé que me hubiera esperado —digo—. Incluso mil años si fuera necesario. Por eso tenía que ser yo quien rompiera la relación, quien se sacrificara, quien le hiciera creer que no la quería, que había jugado con ella… De otro modo, Lea no se hubiera separado de mí jamás. ¿Y qué podía ofrecerle yo estando en la cárcel? —Mis labios esbozan el amago de una sonrisa—. Nada —me respondo a mí mismo—. Absolutamente nada.

El camarero se acerca y nos deja encima de la mesa las consumiciones que le hemos pedido.

—Gracias —decimos cuando se va.

—Entonces, ¿la sigues amando? —me pregunta Lissa, retomando la conversación.

No tardo ni una décima de segundo en contestar.

—Más que a nada en el mundo —asevero rotundamente.

Lissa suspira.

—¡Madre mía! Qué jugarreta más fea os ha hecho el destino —dice apesadumbrada—. Y ahora, ¿estás libre?

—Sí. Se reabrió el caso porque aparecieron nuevas pruebas y declaró un testigo a mi favor, y finalmente descubrieron quiénes eran los verdaderos culpables —le explico.

Doy un sorbo a mi café solo sin azúcar.

—Menos mal… —comenta Lissa, sin disimular su alivio—. Porque tiene que ser horrible estar en la cárcel pagando por un delito que no has cometido.

—Han sido unos meses muy duros —digo—. Sobre todo porque he estado alejado de Lea. Eso ha sido lo peor de todo.

Lissa bebe un poco de su té.

—Lea también lo ha pasado muy mal estos meses. Muy, muy mal —dice, dejando la taza sobre la mesa. Oírle decir eso me parte el corazón—. Se quedó muy tocada cuando… cuando la dejaste. El mundo se le vino encima y luego tuvo la amenaza de aborto... Ha llorado lo que no he visto llorar a nadie.

—Me hace sentir tan mal todo lo que me estás contando —confieso con tristeza—. Mi pequeña loquita… —murmuro para mí—. ¿Cómo se encuentra ahora? —me intereso—. ¿Cómo está?

—Bien —responde Lissa—. Tranquila. Y eso es lo más importante, para ella y para los bebés.

Bajo los hombros con actitud abatida. De pronto me siento como si acabara de venir de luchar en todas las batallas del mundo.

—Me duele tanto estar lejos de ella —afirmo. Alzo la vista—. ¿Entiendes ahora por qué tengo que hablar con Lea? —pregunto a Lissa—. Tengo que contarle la verdad. Explicarle por qué hice lo que hice; cuáles fueron las razones que me empujaron a romper con ella y a alejarla de mi vida de la forma en que lo hice. No tuve otra opción.

Lissa se muerde el labio inferior, indecisa, sopesando si decirme dónde está Lea o no.

—Nos merecemos otra oportunidad —digo, tratando de convencer a Lissa—. Que sea Lea la que decida si quiere estar conmigo o no, sabiendo la verdad y sabiendo cuáles son realmente mis sentimientos hacia ella, sin mentiras.

—Yo, no sé si… —vacila—. Lea no quiere verte, no quiere saber nada de ti, no…

—Por favor, Lissa —le pido en tono casi suplicante, cortándole suavemente.

Lissa vuelve a morderse el labio inferior, nerviosa y dubitativa. Transcurre un rato antes de que finalmente decida dar respuesta a mi ruego.

—Está en Atlanta —me revela—. Se fue con su tía Emily y su tía Rosy después de sufrir la amenaza de aborto. Se sentía muy sola… terriblemente sola. Necesitaba y necesita que la cuiden mucho. Mucho —enfatiza—. No solo por su embarazo, sino también por todo lo que ha pasado en su vida.

—Gracias, Lissa —le digo de corazón, sonriendo aliviado —. No sabes lo que te agradezco que me hayas dicho dónde está Lea. Yo la voy a cuidar mucho y a mimar mucho. Te lo prometo. Dedicaré los días de mi vida a hacer felices los suyos.

Lissa sonríe.

—Jamás pensé que aquel hombre serio y frío, que se parecía asombrosamente a Sean O´Pry, y que vimos una tarde en el Gorilla Coffee acabaría perdidamente enamorado de mi mejor amiga —me comenta de pronto.

—Yo tampoco —le confieso—. Pero ya ves, Lea es capaz de hacer milagros.

—Sí, es muy capaz —me da la razón—, porque Lea es una de las personas más maravillosas con las que te puedes encontrar en la vida.

—Soy consciente de ello. Lea me ha cambiado como persona y ha cambiado totalmente mi vida, y te aseguro que conmigo no lo tenía fácil, nada fácil.

La sonrisa desaparece del rostro de Lissa.

—Solo espero que sepa entender los motivos por los que la alejaste de ti y te dé una nueva oportunidad —apunta. Se inclina ligeramente hacia mí—. Que quede entre nosotros —dice confidencialmente—: creo que hacéis una pareja estupenda.

—Me alegra saber que te caigo bien —digo.

—Mejor que bien. Tienes mi permiso para casarte con ella —bromea en un tono más distendido.

Sonrío ampliamente.

¿Casarme con Lea?, me pregunto. Desde luego es algo que no suena nada mal. Nada, nada mal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La petición del señor Baker
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