CAPÍTULO 47
—¿Qué tal ha ido la visita con tu chica? —me pregunta Ed, sentándose en la misma mesa del comedor en la que estoy yo.
Levanto los ojos y me meto en la boca el trozo de filete que tengo pinchado en el tenedor, sin hacerle caso.
—¿Ha ido bien? —insiste.
—¿Sabes que como fiscal no tendrías precio? —ironizo cuando acabo de masticar.
—¿Tú crees? —bromea Ed que, como siempre, va a lo suyo. Suspiro para armarme de paciencia y afrontar lo que seguro va a ser uno de sus insoportables monólogos—. Tienes mucha suerte de que te haya tocado la cárcel de Brooklyn, de que tengas a tu chica cerca —comienza a decir, y mis sospechas se cristalizan. Acaba de dar comienzo uno de sus insoportables monólogos—. Mi mujer y mi hija apenas pueden venir a verme. Solo una o dos veces al año. Viven en Arizona y bueno, los billetes de tren y de avión no son nada baratos.
—Guaperas…
La voz de Stanislas se oye detrás de nosotros con un marcado acento extranjero.
—Pasa de él —me murmura inmediatamente Ed.
Sigo su consejo y me mantengo imperturbable ante la provocación de Stanislas.
—Guaperas… He visto a tu novia en la sala de visitas…
—¡Stanislas, cállate! —le amonesta el funcionario de prisión que vigila el comedor.
—Es todo un bombón —continúa diciendo Stanislas con su voz rota, ignorando la admonición del funcionario, que se ha metido en la cocina a coquetear con la cocinera auxiliar.
—Pasa de él, tío —me vuelve a decir Ed.
Mientras Ed habla, tratando de apaciguar mis ánimos, que han empezado a calentarse desde hace un rato, aprieto los dientes hasta que siento que se me van a romper en mil pedazos.
—¿Qué tal folla, guaperas? ¿Deja que se la metas por el culo?
—Déjale, Darrell. Solo te está buscando para meterte en un problema.
—Pues me ha encontrado —asevero con malas pulgas.
—Seguro que es una de esas putas que…
No dejo que Stanislas termine la frase. Todo sucede precipitadamente, en un abrir y cerrar de ojos. Me levanto, doy un par de zancadas, me abalanzo sobre él como un animal y retorciéndole el brazo en la espalda, le inmovilizo contra la mesa, pegando su rostro de rasgos rudos y vulgares a la madera.
—¡Ni se te ocurra decir una sola palabra más sobre mi novia, o te voy hacer tragar todos los dientes, cabrón! —le amenazo, contrayendo las mandíbulas con toda la rabia del mundo.
Stanislas se retuerce sobre sí mismo en un intento infructuoso por zafarse de la presión que estoy ejerciendo sobre él.
—¿Sabes que me la follaría hasta abrirla en canal? —me dice con burla.
Le agarro por la nuca, le levanto la cabeza y le golpeo contra la mesa con fuerza.
—Parece que no te ha quedado claro lo que te he dicho, cabrón de mierda —digo—. ¿Quieres quedarte sin dientes? ¿Eh? ¿Quieres quedarte sin dientes? —repito una y otra vez ante la atenta mirada del resto de presos, que contemplan la escena como si fuera una película de cine.
Stanislas bufa contra la superficie de la mesa, enrabietado.
—¡Eres un hijo de puta! —ruge.
—Sí, eso es lo que muchos dicen que soy —afirmo.
Stanislas se mueve, consigue liberar un brazo y me golpea la mejilla. Cuando va a pegarme una segunda vez, le atrapo la mano al vuelo y lo inmovilizo otra vez contra la mesa. Llevado por la ira, le golpeo contra la dura superficie. Oigo como la nariz cruje con un sonido espeluznante. Stanislas grita de dolor.
En esos momentos unas manos me aferran los brazos y tiran de mí hacia atrás.
—¡Ya basta! —chilla el funcionario de prisiones.
Stanislas se incorpora y se gira hacia mí con las manos tapándose la nariz. Un chorro de sangre se desliza por su rostro manchándole la ropa.
—Voy a matarte, guaperas —me escupe, apuntándome con el dedo índice amenazadoramente. Tiene los ojos inyectados de furia.
—Eso será si antes no te mato yo a ti —sentencio.
Y durante una fracción de segundo me doy cuenta de que sería capaz de matarlo con mis propias manos, si vuelve a hablar de Lea en esos términos, o en cualquier otro. Me da igual.
—¡Stanislas, a enfermería! —le ordena el funcionario de prisiones. Pero Stanislas no se mueve del sitio pese a que la nariz le está sangrando profusamente. Ni siquiera se inmuta—. ¡He dicho que a enfermería! —le repite, dándole un pequeño empujón—. Baker, ven conmigo.
Stanislas reacciona al fin y se da media vuelta, rompiendo el contacto visual, mientras que yo sigo con las mandíbulas contraídas, los ojos entornados y unas inmensas ganas de romperle la cara.
—Vamos, Baker —vuelve a decirme el funcionario, tirando de mí para que lo siga.
Diez minutos después, estoy sentado frente al alcaide de la cárcel, como cuando era niño y los maestros me mandaban al despacho del director del colegio por haber hecho alguna trastada.
El hombre que está delante de mí, mirándome con ojos fiscalizadores por encima de las gafas, tendrá unos sesenta años. Es orondo, calvo y con un cuello inexistente en el que apenas puede anudarse la corbata.
—Señor Baker, no voy a consentir de ninguna manera en esta cárcel este tipo de comportamientos —me dice, sin preámbulo alguno.
—Dígaselo a ese tal Stanislas —digo tajante.
—También se lo diré a él, no le quepa duda.
—Es él el que tiene un problema conmigo, y no al contrario —arguyo.
—Señor Baker…
—Que no vuelva a mencionar a mi novia y mantendrá la cara intacta —le corto en seco.
—Este suceso puede traerle consecuencias graves, señor Baker.
—Señor… —dirijo los ojos a la placa que descansa encima de su mesa—… Robinson —digo—. Lo que ha ocurrido hace unos minutos en el comedor, no ha sido culpa mía. Ese tal Stanislas me lleva buscando desde que he entrado aquí y al final me ha encontrado.
—Sé lo que ha ocurrido, me lo ha contado el funcionario que les vigilaba en el comedor.
—¿Y qué le ha contado exactamente? —pregunto con ironía—. Porque estaba muy entretenido ligando con la cocinera.
El alcaide de la cárcel hace caso omiso a mi comentario. Lo que me hace pensar que está más que al tanto de lo que le estoy contado.
—Me ha dicho que fue Stanislas el que le provocó y que usted se lanzó a él para pegarle —prosigue el alcaide—. Stanislas es un preso problemático.
—Pues entonces no me responsabilice a mí de lo sucedido —alego.
—No le estoy responsabilizando, señor Baker. Simplemente le quiero dar a entender que no se busque un problema por alguien como Stanislas.
—Que no mencione a mi novia…
—Baker… —me interrumpe, mirándome fijamente a los ojos—. Stanislas es la tercera vez que entra en la cárcel y probablemente no sea la última que lo haga a lo largo de su vida. Él no tiene nada que perder, pero usted sí, y él lo sabe. Por eso le busca.
Mientras le sostengo la mirada al alcaide, comprendo lo que me quiere decir.
—Sé que ha entendido perfectamente lo que le quiero decir y también sé que sabrá qué tiene que hacer —concluye el alcaide.
Y pese a que lo comprendo, no estoy dispuesto a dejar que ese bastardo mencione a Lea, solo por no encontrarme con un problema. Lo que sí tengo claro es lo que voy a hacer si vuelvo a escuchar el nombre de Lea en su boca.
—Y vaya a la enfermería a que le echen un vistazo a esa mejilla —me aconseja, dando por concluida nuestra conversación.
Asiento en silencio, me levanto de la silla y salgo del despacho.