CAPÍTULO 25
El resto de la velada la paso pendiente de Lea. Algo en mi interior me impulsa a cuidarla, a protegerla, a tratar de que esté cómoda. Lo contrario me parece incomprensible. Para mi tranquilidad, intuyo que se está divirtiendo, porque está intercambiando confidencias y risas con Margaret mientras yo hablo de negocios con William.
—No la pierdes ojo —observa William en un impasse, mientras me sirve un poco de vino.
—Solo quiero asegurarme de que está bien —respondo.
—No te puedo negar que me sorprende verte… enamorado —me dice, sirviéndose también un poco de vino en una copa—. Siempre has sido muy reacio al amor.
—En honor a la verdad, yo mismo estoy sorprendido, William —afirmo en un arranque de franqueza—. Nunca pensé sentirme como me siento. Es algo que estaba totalmente fuera de mi alcance.
Me llevo la copa de vino a los labios y doy un sorbo.
—Bueno, para todo hay una primera vez —apunta William.
—Eso dicen…
—Lea parece una buena chica.
—Lo es —afirmo, dando vueltas al vino y centrando la mirada en la espiral que forma dentro de la copa—. Es la persona más especial que he conocido en mi vida, y la única que ha sido capaz de hacer que supere mis… —Busco la palabra adecuada. William no conoce mi enfermedad y explicárselo a estas alturas no tiene mucho sentido—… rarezas —digo finalmente en tomo de broma.
—Entonces no la dejes escapar, Darrell —me aconseja con voz paternalista.
—Te aseguro que no tengo ninguna intención de dejarla escapar —asevero.
Doy un sorbo de vino y miro a Lea con los ojos entornados por encima del borde de la copa. Y caigo en la cuenta de que nunca he dicho algo tan en serio en toda mi vida.
—Muchas gracias por una velada tan maravillosa —dice Lea a modo de despedida.
—Ha sido un placer —dicen William y Margaret casi a la vez.
—La próxima será en mi casa —digo.
—Estaremos encantados de ir y de probar una de las exquisiteces culinarias de Lea —comenta William, mirándola con una expresión cómplice en el rostro.
—Trataré de no envenenaros —bromea Lea con su habitual espontaneidad.
Nos echamos a reír.
—Cuídala —me susurra Margaret confidencialmente al oído, aprovechando que Lea y William se han adelantado un par de pasos—. Es preciosa, por fuera y por dentro —añade.
—La cuidaré —afirmo con media sonrisa dibujada en los labios.
—¿Estás bien? —le pregunto a Lea cuando pongo el coche en marcha.
—Sí.
—¿No te has vuelto a marear?
—No. Estoy bien, de verdad.
—¿Por qué no te quedas esta noche conmigo en el ático? —le propongo mientras circulamos por las calles de Nueva York—. Quiero cuidarte….
Lea ladea la cabeza y me mira con ojos sonrientes.
—¿Solo quieres cuidarme? —me pregunta con picardía.
—También quiero arrancarte el vestido a mordiscos y comerte a besos. Pero eso no es una novedad —digo con un suspiro.
El coche se llena de la risa de Lea.
—Ahora hablando en serio. Quiero asegurarme de que estás bien.
El rostro de Lea adopta un semblante más serio.
—Está bien, Darrell. Como quieras —accede, transcurridos unos segundos.
—Bob… —dice Lea cuando ve al portero del edificio.
Y antes de que me dé cuenta, lo abraza.
—Buenas noches, Lea —le saluda Bob con visible entusiasmo, aunque mantiene la compostura en todo momento. Me mira distraídamente y después regresa los ojos a Lea—. Me alegra verte aquí de nuevo —le dice en un tono que me parece cómplice, como si supiera todo lo que ha pasado.
—Yo también me alegro de verte, Bob —responde Lea con una sonrisa en los labios.
—Señor Baker.
—Buenas noches, Bob —digo con voz pausada.
—¿Estás bien? —le pregunta a Lea.
—Sí, muy bien. ¿Y tú?
—Bien. Trabajando un poquito.
Lea ensancha la sonrisa mientras Bob nos abre la puerta del edificio.
—Que pasen buena noche —nos desea.
—Igualmente, Bob —dice Lea.
Mientras el ascensor nos lleva a la última planta, soy incapaz de apartar los ojos de Lea.
—¿Por qué me miras así? —me pregunta, lanzándome una mirada de reojo.
—Así, ¿cómo? —digo pausadamente.
Sé a qué se refiere. Siempre me dice que soy intimidante, incluso alguna vez me ha dicho que le parezco amenazador. Jamás le haría nada malo, pero de vez en cuando me gusta hacer uso de esa sensación que le produzco, porque consigo ponerla nerviosa y me gusta recrearme en la lista de tic que despliega cuando se pone nerviosa. Soy malo, lo reconozco, pero es que resulta tan deliciosa…
—Ya sabes, de la manera que lo estás haciendo, Darrell… —contesta.
—No puedo dejar de admirarte.
Lea arruga la frente.
—¿Admirarme? —repite, como si no me hubiera oído bien.
—Sí, admiro tu capacidad para relacionarte con la gente. Tu carisma… Eres jodidamente encantadora —respondo.
Lea se sonroja de golpe.
—Simplemente me gusta ser amable —se justifica, jugueteando con la coleta—. Nunca está de más una sonrisa. Además, son gratis.
—¿Sabes que yo nunca había sonreído antes de conocerte a ti? —digo.
—¿Nunca? —dice Lea con un asomo de extrañeza en el rostro. Niego lentamente con la cabeza—. ¿Ni siquiera cuando eras niño?
—No.
Lea baja la cabeza y mira al suelo, pensativa.
—Vaya… —dice a media voz.
Las puertas metálicas del ascensor se abren. Me echo a un lado para cederle el paso. Cuando entramos en el ático, advierto que se siente ciertamente cohibida, como los primeros días que estuvo viviendo aquí después de firmar el contrato. Sus ojos van disimuladamente de un lado a otro. Es la primera vez que viene después de que decidiera marcharse.
—¿Todo bien? —le pregunto, curioso, dejando las llaves sobre la mesa.
—Sí, todo bien. —Hace una pausa—. Es que… bueno… no he podido evitar que mi mente evoque algunos recuerdos… —deja la frase suspendida en el aire.
—Es normal —alego—. Esta ha sido tu casa durante un tiempo.
Asiente mordiéndose el interior del carrillo. Alargo el brazo y le tiendo la mano.
—Vamos —digo, sacándola de sus pensamientos.
Lea toma mi mano y subimos escaleras arriba, hasta que llegamos a mi habitación. Al entrar doy la luz. La estancia se llena de un tenue resplandor anaranjado que sumerge todo en una atmósfera íntima.
Lea se deshace la coleta y se deja caer sobre la cama mientras yo me quito la chaqueta del traje y la camisa. Me giro hacia ella y advierto en su rostro una expresión que me parece soñadora. Me acerco y me tumbo a su lado.
—¿En qué piensas? —le pregunto.
Me levanto un poco y me apoyo en un codo.
—En la primera vez que…
—Que fuiste mía —termino la frase por ella.
Lea asiente en silencio.
—Sí —afirma después.
—Temblabas como una hoja —observo, enroscándome en el dedo índice uno de los mechones bronce de su melena—. Se te veía tan vulnerable, tan delicada, tan indecisa…
—Y a ti tan seguro —interviene Lea mientras yo sigo jugando con su pelo—. Y te enfadaste tanto cuando te diste cuenta de que era virgen.
—Tenías que haberme dicho que nunca habías tenido relaciones sexuales, Lea —le reprocho en tono serio—. Es algo que tenía que haber sabido.
—Lo sé, pero no me atreví.
La contemplo unos segundos con ojos vibrantes.
—Y pese a que me enfadé, en el fondo me gustó tanto ser el primero.
Lea abre mucho los ojos.
—¿Sí?
—Sí —me reafirmo—. Desde el principio has sido una caja de sorpresas para mí —añado.
Me inclino, acerco mi cara a la suya y la beso con suavidad, deseando detener el tiempo en este instante de placer. Lea pasa las manos por mi cabeza, hunde los dedos en mi pelo y me aprieta contra su boca, haciendo que el beso sea más intenso.
Me incorporo y me coloco encima de ella para acoplar mi larga figura entre sus piernas. Entonces la excitación empieza a hacer de las suyas y a privarme de todo dominio sobre mí mismo, para sumergirme en ese deseo animal donde solo manda el placer.
Le quito el vestido y la despojo del sujetador. Ágilmente voy descendiendo por su cuerpo, dejando un rastro de besos que finalizo en su sexo, lugar en el que me propongo torturarla con la lengua. Porque me gusta oírla suplicarme más, susurrar mi nombre con las sílabas llenas de deseo y retorcerse de placer sobre sí misma…
Lea inspira hondo y gime, y yo me preparo para hacer de esta noche una jornada interminable de sexo, pasión y amor.