CAPÍTULO 32
Durante la cena, trato por todos los medios de que Lea y mi madre se sientan cómodas la una con la otra. Pero no necesito esforzarme mucho porque, tal y cómo pensaba, congenian a las mil maravillas desde el primer momento.
—¿Qué tal están Andrew y Jenna? —pregunto, haciendo alusión a mis hermanos.
—Bien. Ya sabes cómo son. Andrew trabajando mucho, como siempre. No es capaz de darse un respiro —se queja mi madre—. Y Jenna loca con los niños.
Lea y yo nos miramos disimuladamente con ojos cómplices. Las sorpresas para mi madre no han terminado aún, pero creo que decirle que va a volver a ser abuela de mellizos es una noticia que puede esperar hasta mañana.
Mientras habla, observo que no ha cambiado nada. Que sigue siendo la persona sencilla que siempre ha sido. Con su pelo corto rubio y sus intensos ojos azules, de quién los he heredado. Quienes nos conocen, aseguran que yo soy casi un calco de mi padre, pero los ojos son indiscutiblemente de mi madre.
—Mañana les llamaré por teléfono para que se pasen a veros —continúa mi madre.
—Me encantará ver a los niños —digo.
—Y ellos a ti. Ya sabes que los mellizos de Jenna sienten devoción por ti.
Lea vuelve a mirarme, pendiente de si en cualquier momento voy a decirle a mi madre que vamos a ser padres de, precisamente, mellizos. Le ofrezco media sonrisa en los labios para que se tranquilice.
Me despierto con la luz azulada que entra por la persiana a medio bajar. Giro el rostro y me encuentro con la maravillosa imagen de Lea durmiendo sobre mi pecho. Le aparto con suavidad un mechón de pelo que le cae sobre el rostro y la contemplo durante un rato en absoluto silencio. Me inspira tanta ternura como tranquilidad me da.
Suspiro, rendido al encanto que destila por cada poro de su piel sonrosada. Creo que es más hermosa aún desde que está embarazada.
En el piso de abajo, mi madre trastea en la cocina con las tazas del desayuno. Me levanto de la cama con cuidado para no despertar a Lea y me pongo un pantalón y una camiseta ligeros mientras la miro embelesado con el rostro apoyado en la almohada y la melena de color bronce desplegada en abanico a su alrededor.
Antes de salir de la habitación, me acerco a ella, la arropo y le doy un beso en la cabeza.
—Buenos días —saludo.
Mi madre se da la vuelta y se seca las manos en el delantal.
—Buenos días, cariño —me responde, regalándome una sonrisa de oreja a oreja.
Me aproximo a ella y le beso en la mejilla.
—Darrell… —murmura, sorprendida.
Pasea su mano por mi rostro.
—Mamá, tengo que contarte muchas cosas —anuncio.
Mueve la cabeza de arriba abajo sin dejar de mirarme.
—Siéntate, cariño —me pide. Me acerco a la mesa y tomo asiento—. ¿Solo sin azúcar? —me pregunta mientras coge la cafetera.
—Sí, por favor —contesto.
—Estoy haciendo unas tortitas. ¿Le gustan a Lea? —comenta al tiempo que prepara la taza—. Si no le gustan puedo prepararle otra cosa.
—Sí, le gustan mucho.
—Bien…
Mi madre pone una bandeja sobre la mesa con el café y un enorme vaso de zumo de naranja natural. Ella se sirve un café con leche.
—Estás tan… —busca la palabra—… distinto —afirma, cuando se sienta frente a mí.
—Es que soy un hombre totalmente distinto —asevero, mirándola fijamente a los ojos.
—¿Es posible que…? —pregunta esperanzada. Aunque no se atreve a terminar la frase.
—Sí, mamá. Es posible —respondo.
Mi madre se lleva la mano a la boca. De pronto sus ojos azules se llenan de lágrimas.
—Dios mío… —susurra.
—No sé exactamente cómo ha ocurrido, pero Lea ha conseguido que mi corazón comience a sentir —le explico—. Primero a sentir algo por ella y después… Bueno, ahora soy una especie de montaña rusa de emociones. —Mi madre sonríe tenuemente, conteniendo el llanto—. Lea me está ayudando pacientemente a… gestionarlas.
—Entonces, ¿eres capaz de identificar lo que sientes?
Mi madre no deja de estar asombrada.
—Más o menos… Y estoy aprendiendo a empatizar. —Guardo silencio un momento y continúo—. Al principio no me di cuenta de que Lea me gustaba… Hasta que la perdí —le explico—. La idea de no volver a verla hizo que mi corazón… no sé… despertase de golpe. Aunque creo que ya había empezado a despertarse antes, cuando la fui conociendo.
—No me lo puedo creer, cariño —dice mi madre.
—Ni yo tampoco —anoto—. Es todo tan nuevo para mí… A veces parezco un adolescente.
Mis labios dibujan una sonrisa bobalicona.
—Ahora mismo es como si lo fueras, porque estás viviendo por primera vez el amor y todas las sensaciones que surgen al estar enamorado. —Mi madre se me queda mirando durante unos instantes—. Dios mío, me parece mentira verte sonreír, Darrell. —Alza la mano. Se la cojo y la aprieto contra mi mejilla—. Tienes una sonrisa preciosa —observa.
—Eso me dice Lea.
—¿La quieres?
Asiento con la cabeza.
—Sí.
—Entonces cuídala, Darrell —me aconseja mi madre en tono sensato—. Cuídala mucho.
—Eso hago, y ahora más que nunca… —Mi madre alza las cejas en un gesto interrogativo—. Está embarazada —digo sin rodeos y porque la noticia comienza a quemarme los labios—. Vamos a ser papás de mellizos.
—¡Dios santo! —exclama mi madre. Sus ojos azules vuelven a empaparse otra vez de lágrimas—. ¡Oh, Dios santo, cariño! —Sin mediar más palabra, se lanza a mí y me abraza.
—Felicidades, abuela —comento con voz distendida.
—En estos momentos soy la mujer más feliz del mundo —dice mi madre cuando se separa de mí—. ¿Y cómo se encuentra Lea? —me pregunta de pronto.
—Bien. Está apenas de cinco semanas…
—Oh, Dios mío… —murmura mi madre todavía con expresión de incredulidad en el rostro.
—Tiene alguna que otra náusea, pero está bien —termino de responder.
—Cuídala… Cuídala mucho, Darrell —me vuelve a decir, enfatizando las palabras—. Las mujeres cuando estamos embarazadas estamos más sensibles; tenemos las emociones a flor de piel y necesitamos los cuidados de nuestra pareja.
—Lo sé —le digo—. No te preocupes por eso. Lea sabe que no está sola en esto.
—Bien… ¿Y cómo estás tú con la idea de ser padre? Y nada menos que de mellizos.
—Feliz —respondo con contundencia—. Es cierto que no los hemos buscado, pero los deseamos y lo queremos, y tanto Lea como yo estamos felices.
—¡Las tortitas! —prorrumpe mi madre cuando se da cuenta de que tiene las tortitas en la vitrocerámica.