CAPÍTULO 38
El sonido de mi teléfono móvil suena avisándome de una llamada. Abro los ojos, extiendo la mano y a tientas lo cojo de la mesilla. Es Michael. ¿Qué coño quiere a las ocho de la mañana de un sábado?, me pregunto.
—¿No tienes otra hora a la que llamarme? —le digo cuando descuelgo—. ¿No ves que es sábado y que estoy de vacaciones? Al final voy a terminar despidiéndote, aunque seas mi mejor amigo.
—Darrell, no es momento de bromas —me dice Michael en un tono inusitadamente serio.
Me incorporo y me siento en la cama.
—¿Qué ocurre? —pregunto.
—Tienes que regresar a Nueva York cuanto antes —asevera.
—Michael, todavía no me has dicho qué ocurre.
—Prefiero no hablar de este asunto por teléfono —se limita a decir—. No… No estoy seguro de que no puedas tener el teléfono pinchado.
Alzo las cejas, atónito.
—¿Pinchado? ¿Mi teléfono? ¿De qué cojones hablas, Michael? —exclamo en voz baja, tratando de no despertar a Lea, que duerme apaciblemente a mi lado.
—Te lo contaré todo cuando estés de vuelta en Nueva York —me responde Michael—. Por favor, Darrell, regresa lo antes posible —me pide—. Cuando estés aquí, avísame para acercarme a tu casa…
—Está bien —me rindo, al ver que sea lo que sea que ocurre es un asunto grave y que Michael no está por labor de decírmelo por teléfono—. A primera hora de la tarde estaré en Nueva York.
—Bien.
—Hasta luego —me despido.
—Hasta luego.
Cuelgo con Michael y me quedo unos segundos pensando en lo que me acaba de decir. Fijo la mirada en el móvil que sostengo en la mano. ¿Puedo tener el teléfono pinchado? Pero, ¿pinchado por quién? Chasqueo la lengua. ¿Qué cojones sucede?
Vuelvo el rostro hacia Lea y me quedo un rato contemplándola. Me inclino y le doy un beso en el hombro, que tiene al descubierto entre las sábanas que cubren su cuerpo.
—Lea… —la llamo con suavidad—. Lea…
Lea abre un ojo y me mira, ligeramente desorientada.
—¿Qué pasa? —me pregunta, extrañada.
—Tenemos que irnos a Nueva York —anuncio.
—¿Por qué?
—Me ha llamado Michael —comienzo a explicarle—. No me ha podido contar lo que sucede pero tengo que regresar a Nueva York cuanto antes.
—¿Es algo grave? —me pregunta, desperezándose de golpe. Se incorpora y se sienta en la cama.
—Al parecer, sí.
—Vale, entonces recogemos las cosas y nos vamos. —Lea me mira—. Tranquilo… —me dice al ver mi expresión de preocupación. Me acaricia el brazo de arriba abajo—. Seguro que se puede solucionar.
Asiento en silencio. Aunque, sin saber el motivo —quizás sea producto de una intuición—, yo no estoy tan seguro de ello. Pero prefiero callarme y no preocupar a Lea. En su estado no creo que sean aconsejables los disgustos.
—Pero, ¿tan urgente es? —me pregunta mi madre cuando le digo que tenemos que marcharnos.
—Probablemente sea una tontería —respondo, quitándole importancia a la llamada de Michael, para que mi madre no se angustie—. Michael es muy exagerado a veces. Seguramente ha tenido un desencuentro con algún empleado y necesita que vaya para poner las cosas claras.
—Está bien —se conforma mi madre—. Tened buen viaje —nos desea mientras nos despide con un abrazo—. Ha sido un inmenso placer conocerte, Lea —le dice con complicidad—. Espero verte pronto por aquí.
—Para mí también ha sido un placer, Janice —responde Lea—. Gracias por todo.
—Cuídate, y cuida a esos pequeñines —le pide mi madre a Lea con voz maternal.
—Lo haré.
—Y tú, Darrell, cuida a los tres.
Sonrío.
—Sí, mamá, lo haré. No te preocupes.
Ya en Nueva York, llamo a Michael para que venga de inmediato a casa.
—Pasa —le digo, cuando abro la puerta.
—Hola.
—Hola.
—Siento haber actuado con tanta intriga, Darrell —se disculpa—, pero no he tenido más remedio.
—No te preocupes, Michael —le digo, todavía en el hall del ático—. Lo más importante ahora es que me cuentes de una vez por todas qué es lo que sucede—. Pero pasemos al salón, no vamos a hablar aquí.
—Sí, será lo mejor.
Al llegar el salón, Michael repara en la presencia de Lea, que se levanta del sofá en cuanto lo ve entrar.
—Hola. Soy Lea —se presenta, acercándose a Michael.
—Hola, Lea. Encantado. Soy Michael —dice él amablemente.
—Encantada de conocerte, Michael.
Se dan un par de besos en las mejillas.
—Siento que nos tengamos que conocer en esta situación tan… poco agradable —apunta Michael.
—Siéntate —le pido.
Michael toma asiento en uno de los sofás. Yo me acomodo en el otro.
—¿Quieres tomar algo, Michael? —le pregunta Lea.
—Un… café con leche, por favor.
—Darrell, ¿tú un café solo sin azúcar?
—Sí, pequeña —le respondo.
—Voy a la cocina a prepararlo.
—Vale.
Cuando nos quedamos solos en el salón, le pregunto a Michael:
—¿Qué sucede? Suéltalo sin rodeos.
Michael mira hacia la cocina.
—No tengo secretos con Lea, Michael —apunto, leyendo sus pensamientos.
Michael asiente.
—Están utilizando las importaciones y exportaciones de la empresa para meter y sacar alijos de droga en el país.
—¡¿Qué?! —exclamo—. ¿Qué cojones estás diciendo?
—No sé quién es la persona que está detrás de esto, pero si la policía lo descubre, tú cabeza será la primera en caer —asevera Michael con rostro ceniciento.
Me levanto del sofá y doy vueltas por el salón, frotándome la nuca.
—¿Qué podría pasarme? —pregunto.
—Podrían caerte diecisiete años de cárcel por tráfico de drogas y por atentar contra la salud pública.
—¿Qué puta mierda me estás diciendo? —pregunto, completamente perplejo.
En esos momentos Lea entra en el salón.
—¿Qué…? —balbucea con los ojos entonados. La bandeja que trae tambalea ligeramente entre sus manos—. ¿Darrell…? —masculla, mirándome con expresión de desconcierto en el rostro.
—Lea, estoy tan sorprendido y confuso como tú —digo, sin saber qué más decir.
Estoy realmente descolocado. Mi empresa está siendo utilizada como tapadera dentro de una red de tráfico de drogas. ¡Eso es un delito! ¡Joder, puedo estar metido en un problema gordo!
Lea avanza hacia nosotros y apoya la bandeja en la mesa auxiliar.
—Yo estoy igual de sorprendido y confuso que vosotros —interviene Michael.
—¿Cómo lo has descubierto? —quiero saber.
—Me lo ha dicho Jeff Murray, el jefe de importaciones y exportaciones —contesta—. Ha tratado de contactar contigo, pero no tiene tu número personal, así que me ha llamado a mí. Según me ha contado, al descargar el cargamento proveniente de Brasil, una de las grúas se ha roto y ha caído las cajas. Al golpearse contra el suelo, algunas se han abierto y es cuando se han dado cuenta de que traían droga.
—¿Desde cuándo se supone que está ocurriendo esto? —pregunto.
—No lo sé —es la escueta respuesta de Michael.
Me paso la mano por la frente. Resoplo.
—Tenemos que averiguar quién o quiénes están detrás de este asunto, y desde cuándo está ocurriendo —asevero con voz rotunda.
—¿Quién puede ser tan hijo de puta como para hacerte cargar con un muerto de tal magnitud? —masculla Lea, que se ha sentado en el sofá en el que anteriormente estaba sentado yo.
—Alguien a quien le voy a romper todos y cada uno de los huesos cuando descubra quién es —sentencio, apretando los dientes.
Observo que Lea ha comenzado a mordisquearse el interior del carrillo, nerviosa.
—Pero eso tendrás que dejarlo para después —dice Michael—. Lo primero que tenemos que hacer es averiguar el punto de partida de este turbio asunto y quién o quiénes están autorizando el paso de los alijos de droga al país a través de las importaciones y exportaciones de tu empresa.
—Tienes razón —digo, haciendo gala de algo de sentido común—. Eso es lo primero que…
En esos momentos llaman a la puerta. Frunzo el ceño e intercambio una mirada muda con Michael y con Lea. ¿Quién puede ser?, me pregunto extrañado. No espero a nadie.
—Seguro que es algún vecino —siguiere Lea.
Salgo del salón y atravieso con pasos determinantes el hall, camino de la puerta. El timbre vuelve a sonar insistentemente como si quien estuviera al otro lado tuviera la pretensión de quemarlo.
—Voy —digo.
Agarro el pomo, lo hago girar y abro la puerta. Mi sorpresa y mi perplejidad crecen hasta cotas ilimitadas cuando veo delante mí a cuatro agentes de la policía con cara de pocos amigos.