CAPÍTULO 13

 

 

 

 

 

Hago un rápido repaso mental de los restaurantes que conozco y me doy cuenta de que ninguno puede catalogarse como romántico, ni como algo parecido. Todo lo contrario, a los que suelo ir con mis clientes son lugares sobrios con un ambiente lo suficientemente solemne para cerrar un acuerdo importante. Pero hoy me apetece que sea un sitio un poco más íntimo, más acogedor…

Me viene a la cabeza el Robert NYC, un restaurante del que me ha hablado alguna vez Michael, porque es allí donde lleva a sus conquistas. Según me ha comentado, es un lugar lujoso, moderno y con un estilo impecable, situado en uno de los últimos pisos del edificio del Museum of Arts and Design, en la plaza de Columbus Circle.

 

 

 

—¡Mira que vistas! —exclama Lea a media voz cuando el metre nos acomoda en una mesa al lado de las enormes cristaleras—. Son… maravillosas.

Y realmente lo son. Desde el Robert NYC puede contemplarse todo Central Park y la propia plaza de Columbus Circle.

—¿No te parecen maravillosas, Darrell? —me pregunta con los ojos llenos de chispas y de vida.

—Sí, son muy bonitas —respondo sin dejar de mirarla a ella.

No puedo apartar la vista de Lea. Me quedo embobado, observándola cómo contempla embelesada cada detalle de la panorámica que tiene delante.

—Por cierto, ahora que lo pienso, ¿cómo conseguiste mi dirección? —curiosea mientras degustamos los platos que hemos pedido.

—Soy un hombre de muchos recursos —alego.

—Ya, veo, ya…

—Además, cuento con un excelente grupo de informáticos que rastrearon tus direcciones hasta dar con la actual.

Lea alza las cejas, sorprendida.

—Vaya… —musita.

Cojo la copa de vino, me la acerco a los labios lentamente y doy un trago.

—No dejaré que escapes de mí tan fácilmente —afirmo, apoyando la copa en la mesa.

—Yo no quiero escapar de ti —me dice Lea mordiéndose el labio inferior—. ¿Y también tu excelente grupo de informáticos te facilitaron el lugar donde trabajo?

—No, eso fue una cuestión de suerte, más bien. Michael me animó para que saliera a tomar una copa con él y al ver que el Essence era un bar nuevo, entramos —le explico—. Jamás pensé encontrarte allí.

—No te agradecí lo que hiciste por mí con el chico que se estaba metiendo conmigo —saca a colación Lea—. Gracias.

—Fue un placer —digo—, y le hubiera partido la cara allí mismo de no ser porque el personal de seguridad me invitó a irme. —Corto un trozo de carne y me lo llevo a la boca—. ¿Tienes que aguantar ese tipo de groserías todas las noches? —le pregunto antes de comenzar a masticar.

No me gustaría que me respondiera que sí. No quiero que nadie la moleste, que nadie la importune, que nadie la toque.

—No… —niega. Respiro aliviado—. Siempre hay algún pesado que se pasa de copas y que te da la tabarra —continúa—, pero si vemos que van a más, o que tratan de sobrepasarse, podemos llamar al personal de seguridad para que los echen del bar.

—Estaría más tranquilo si trabajaras en otro sitio —digo —. No me gusta que tengas que estar aguantando a un montón de babosos.

—Darrell, trabajar en el Essence me viene muy bien —me responde—. Puedo ir a clase y pagar el alquiler de mi apartamento.

—No tendrás que pagar ningún alquiler si vienes a vivir al ático —sugiero.

Lea baja la cabeza y se muerde el interior del carrillo. Pasados unos segundos, sigo sin obtener una respuesta, así que le doy un empujoncito a su timidez.

—¿Qué quieres decirme, Lea?

—De momento prefiero seguir viviendo en mi apartamento —apunta al fin.

Frunzo el ceño, extrañado. ¿A qué viene esa respuesta? ¿Por qué no quiere volver conmigo al ático si ha estado viviendo allí hasta hace unos días?

—¿Qué significa eso? —le pregunto únicamente.

Mi tono de voz es serio.

—No quiero vivir de tu dinero, Darrell.

Me echo hacia atrás y recuesto la espalda en la silla.

—No vivirás de mi dinero.

—Sí lo haré si dejo de trabajar en el Essence y me voy a vivir contigo —me rebate Lea sin mirarme, jugueteando con la comida del plato—. Ahora no hay un contrato de por medio; no tengo que cumplir ninguna cláusula…

—Ya sé que no hay ningún contrato —le corto con severidad—. Pero quiero que te vengas a vivir al ático.

Lea se muerde el interior del carrillo insistentemente. Lo hace con tanta fuerza que comienzo a temer que se haga una herida. Está nerviosa, pero no voy a aflojar la cuerda. Quiero que se venga a vivir conmigo y nada me va a hacer cambiar de idea.

—Darrell, no puedes pretender que las cosas se hagan siempre cuándo tú quieres y cómo tú quieres…

—¿Por qué no? —pregunto.

Muevo la cabeza ligeramente buscando su mirada. Lea apoya el tenedor y el cuchillo en el plato y alza los ojos. Sus pupilas vibran.

—Porque esto no es un negocio —arguye con vehemencia—, porque yo no soy una de esas empresas que adquieres y con la que haces y deshaces a tu antojo.

—Lea, ¿no crees que estás dramatizando demasiado este tema?

Me fulmina con la mirada.

—¿Dramatizando? —repite, y el tono de la conversación comienza a subir unas cuantas octavas—. ¿Estoy dramatizando solo porque te estoy llevando la contraria? ¿Porque te estoy diciendo que prefiero seguir viviendo en mi apartamento?

—Es que no entiendo por qué no quieres que vivamos juntos cuando es lo que hemos estado haciendo hasta hace unos días —arguyo, tratando de hacerla entrar en razón, aunque parece que no voy a tener mucho éxito.

—Ya te lo he dicho, Darrell; no quiero vivir de tu dinero —dice, intentando mantener la voz en un tono en el que no se nos gire el restaurante entero—. No quiero ser una mantenida y no quiero sentirme como me sentía antes de irme de tu casa. —Sus ojos echan chispas—. ¿Para qué quieres que vuelva al ático? ¿Para tenerme otra vez disponible para ti veinticuatro horas al día?

—No —niego rotundamente—. No solo te quiero para follarte.

En estos momentos se acerca el camarero, interrumpiéndonos.

—Los… postres —dice con voz retraída, apoyando en cada lado de la mesa dos enormes bolas de helado con una ingente variedad de frutos silvestres.

De reojo advierto que nos mira alternativamente, supongo que asombrado, pero yo no le hago el menor caso. Continúo observando a Lea, que se sonroja al percatarse de que el camarero probablemente me haya oído.

—Gracias —le agradece, sin apenas levantar la voz ni la vista del plato.

—Que les aproveche.

Lea acerca un poco más el helado hacia ella, coge una pizca con la cucharilla y se lo lleva a la boca mecánicamente. Respira hondo y suspira quedamente.

—Quiero irme a casa —dice de pronto.

La miro sin decir nada. Está haciendo un verdadero esfuerzo por no llorar.

—Lea…

Pero no me deja seguir.

—Darrell, por favor…

Aprieto los labios formando una línea. Hay algo que no termina de decirme. No sé lo que es, pero no es el momento de presionarla para que me lo cuente. Está al borde del llanto y no quiero hacerle llorar, porque cuando llora se parte el corazón.

—Está bien…

Levanto la mano y le hago al camarero una señal con los dedos.

—La cuenta, por favor —le pido cuando se acerca a nosotros.

—Enseguida, señor —responde con suma solicitud.

Salimos del Robert NYC en silencio, y en silencio hacemos el camino hasta el apartamento de Lea. No logro saber qué está pasando por su cabeza y eso me desespera en cierta manera. Ahora entiendo perfectamente lo que yo he provocado tantas veces en ella.

—¿Te llamo luego y hablamos? —le pregunto, cuando detengo el coche enfrente del edificio donde está ubicado su piso.

—Esta tarde tengo prácticas —me dice—. Salgo a las ocho...

—Vale, entonces te llamo a partir de las ocho.

Lea asiente en silencio. Me acerco a su rostro y deposito un beso en su mejilla. Trato de que el contacto se dilate unos segundos, pero Lea se separa.

—Hasta luego —se despide.

Abre la puerta, sale del coche y huye portal adentro.

—Hasta luego… —murmuro al aire.

 

 

 

 

 

 

 

 

La petición del señor Baker
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