XIII

Al principio, los fósforos encendidos bajo las uñas de los dedos de sus pies dolían como el mismo diablo. Zen no había experimentado nunca un dolor tan intenso. Luego olvidó los fósforos que ardían en sus pies. Empezaron a encenderlos bajo las uñas de los dedos de sus manos.

—¿Adonde han ido? —volvió a gritar Cuso—. ¿Cómo se han marchado?

Hacía mucho rato que Zen había cesado de intentar decir que no lo sabía. En vez de hablar, sacudió la cabeza. Era lo único que podía hacer. Cuso interpretó aquel movimiento como una obstinada negativa a contestar. Propinó un puntapié al coronel en pleno rostro.

Con el puntapié, pareció encenderse la mente de la raza. Aquél fue el efecto que Zen experimentó: como si una tercera persona hubiese entrado en juego súbitamente. El dolor del puntapié no le pareció ya tan importante. También el ardor de los fósforos bajo sus uñas pareció disminuir.

Y no por que el contacto con la mente de la raza anulara el dolor o lo hiciera menos real. El fuego continuaba siendo fuego. Pero dejaba de ser importante.

Otras cosas lo eran.

Zen trató de concentrar su atención en las otras cosas. La habitación, el aullante Cuso, los dos asiáticos que le sujetaban, el tembloroso Cal, el teniente que se desvivía en obedecer las órdenes de su jefe, todo aquello parecía brumoso y vago. Eran cosas reales, indiscutiblemente. Pero la mente de Zen estaba en contacto con otra realidad que hacía distintas aquellas cosas. El tiempo empezó a perder su significado.

Zen se preguntó si se estaba desmayando. Otra pregunta llegó a través de sus pensamientos, como un barco navegando a toda vela a favor del viento. ¿Se estaba muriendo?

La idea no le produjo la menor impresión. Si tenía que morir, estaba más que dispuesto.

—No te estás desmayando, ni te estás muriendo —le susurró la mente de la raza—. Acércate más a mí.

—¿Cómo puedo acercarme más a ti?

—Déjate ir. —La voz de la mente de la raza era como un susurro procedente del otro lado del infinito—. Déjate ir y acércate a mí.

Zen se preguntó vagamente cómo podía dejarse ir. La respuesta llegó con la pregunta. Las palabras querían decir exactamente lo que decían, el significado era literal: dejarse ir.

Mientras realizaba el acto que correspondía a las palabras, la amplia galería, Cuso, el teniente y los verdugos se desvanecieron para convertirse en parte de un mundo nebuloso que no parecía tener una existencia real. Incluso el dolor se desvaneció.

"Acércate a mí" —susurró la mente de la raza, y una y otra vez, una voz insinuante que le atraía irresistiblemente.

Bruscamente, se encontró de nuevo en la galería. Ignoraba cuánto tiempo había estado ausente, pero se dio cuenta de que debió ser el suficiente como para permitir a los asiáticos instalar una emisora portátil de radio. La emisora parecía muy potente. Un soldado de tez amarilla se afanaba en los mandos.

"En contacto con el cuartel general asiático" —pensó Zen. Sabía que no se equivocaba.

En alguna parte, fuera, se oyó un sonido significativo: una nave-cohete que aterrizaba o que se disponía a despegar. Probablemente esto último. Una larga hilera de asiáticos, cargados como acémilas, estaba cruzando la galería.

Zen comprendió inmediatamente cuál iba a ser el cargamento de aquella nave: el equipo del centro de la nueva gente. Vio algunas piezas del superradar en las espaldas de sudorosos soldados asiáticos, y supo dónde las llevaban.

Zen experimentó una sensación de indecible angustia. Con el superradar de West en su poder, los asiáticos se enterarían de todos los secretos americanos, a menos que se descubriera algún medio para bloquear las frecuencias utilizadas.

Aquel bloqueo podía dar resultado en lo que respecta a los laboratorios, pero no existía ningún medio para bloquear los movimientos de tropas, los despegues y los aterrizajes, los cuales serían tan públicos como un anuncio.

El rostro de Zen estaba empapado en sudor. No se dio cuenta de ello hasta que otro cubo de agua se estrelló contra su cuerpo. Un asiático inclinado sobre él vio que sus ojos estaban abiertos y gruñó, satisfecho.

El soldado que atendía a la emisora llamó a Cuso, dándole un mensaje. Zen no pudo entender sus palabras, pero vio que el caudillo asiático estaba sorprendido y contento al mismo tiempo. Gritó a los hombres que transportaban los bultos que se dieran más prisa.

—No nos queda mucho tiempo. Va a llegar la gran bomba.

"¿Qué bomba?" —pensó Zen.

Con la pregunta llegó la respuesta. Advertidos por Cuso de que sus preparativos eran probablemente conocidos, los asiáticos habían decidido disparar su superbomba inmediatamente. El cerebro de Zen se convirtió en un torbellino ante aquella idea.

Las puntas de sus dedos le dolieron terriblemente cuando los verdugos reanudaron su tarea.

"¿Quieres morir?" —le susurró la mente de la raza.

Aunque él no podía establecer contacto con ella, la mente de la raza podía alcanzarle.

"Ya has sufrido todo lo preciso. Has saldado tu cuenta con la ley. Ahora puedes unirte a mí, si lo deseas."

—Yo...

Zen se interrumpió bruscamente. Aquello era una fantasía, el producto de la tortura y de la proximidad de la muerte. Su propia imaginación le estaba engañando, pensó.

"No se trata de tu imaginación —le llegó la respuesta—. Esto es lo que tú llamas la mente de la raza."

—Pero...

"¿Cómo puedes saberlo? No puedes. Tienes que aceptarme. —Las ideas que afluían suavemente a su cerebro se interrumpieron unos instantes, y luego volvieron a hacer acto de presencia, con más intensidad que antes—. ¿Quieres morir? Has aprendido la verdad."

—No —respondió Zen. Gritó otra vez las palabras—: ¡No! ¡No!

"El camino que se extiende delante de ti será difícil."

—No me importa lo difícil que sea. ¡Hay una tarea a realizar!

Había gritado de nuevo las palabras.

"Muy bien. Ha sido elección tuya. Puedes permanecer entre los vivientes todo el tiempo que duren tus fuerzas."

La voz que susurraba en su mente se sumió en el silencio.

Kurt continuó gritando. El dolor volvió a penetrar en su conciencia. Mientras despertaba, se dio cuenta de que le gritaba al verdugo para que cesara de torturarle.

Se dio cuenta, también, de que el verdugo se había quedado quieto. En la galería había un sonido. Llenando el aire, parecía surgir de las mismas paredes de la montaña.

¡Una nota aflautada!

Cada átomo de las macizas paredes de piedra parecía recogerla y volverla a despedir. Las moléculas del aire parecían danzar acompasadamente con ella.

Simultáneamente, a unos diez pies encima del suelo, volvió a aparecer el rostro.

El rifle del teniente disparó contra él. Disparó una y otra vez, en una cacofonía de muerte.

El rostro se limitó a sonreír. Los labios se movieron.

—"Deja ya de disparar, amigo" —parecían decir los labios.

El oficial vació su rifle. En un desesperado estallido de miedo, lo arrojó contra la burlona faz.

El arma pasó a través del rostro sin dañarlo.

—¡Imbécil! ¡No es una persona real, sino una proyección! —gritó Cuso. Agarró al oficial por el hombro y le derribó—. ¿Quién eres tú? —le preguntó al rostro.

El rostro se limitó a sonreír.

Zen reprimió el impulso de gritar. Sabía lo que iba a suceder a continuación.

—He dicho Quién eres tú -volvió a gritar Cuso.

El ruido de un cuerpo que se desplomaba en la galería desvió su atención. Volviendo la cabeza, vio que uno de los soldados que transportaban el equipo de West hacia la nave con destino a Asia, había caído al suelo.

En circunstancias normales, Cuso hubiera dado la orden de ejecutar a aquel hombre. Pero, con aquel rostro sonriéndole desde la nada, las circunstancias no eran normales.

Zen, sabiendo lo que iba a suceder, olvidó el dolor de sus dedos abrasados. Cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, el verdugo estaba roncando a su lado. Todos los asiáticos que se encontraban en la galería estaban profundamente dormidos.

Una multitud le rodeaba. La nueva gente. Mirando a su alrededor, descubrió a todas las personas a las cuales había conocido allí, a excepción de Nedra, y no la vio de momento porque la muchacha estaba ocupada vendando sus manos. West le sonreía con una expresión paternal. Pero detrás de la sonrisa de West había cierta inquietud.

Zen trató de ponerse en pie y descubrió que aún no habían desatado las cuerdas que sujetaban sus piernas. Nedra le reprochó aquel gesto y le dijo que estaba herido. Zen dijo que aquello no tenía importancia. Le rodeaban unos rostros desconocidos. Tampoco aquello tenía importancia.

Zen levantó la mirada hacia West.

—¿Por qué no me llevó con usted cuando se marchó... al lugar donde se marchó?

—No podía hacerlo —respondió West—. No estaba usted adiestrado para acompañarme.

—¿Por qué ha regresado?

—Para rescatarle. Kurt...

Había algo que West deseaba decir.

—Nedra, ¿quiere dejarme en paz de una vez? Estoy perfectamente.

—Pero, sus pobres manos y pies...

—Ni siquiera los siento. Pienso en algo mucho más importante. ¿No se da cuenta? En alguna parte de Asia se disponen a disparar una superbomba. Si es que no la han disparado ya.

—No lo sabía —dijo la muchacha—. ¿Se refiere a la grande?

—Sí.

Una expresión de pesar se reflejó en el rostro de la muchacha. Sacudió la cabeza.

—Siempre me he preguntado cómo se viviría en una llanura fangosa.

—¿De qué diablos está hablando? —inquirió Zen.

—Después de que la bomba estalle —dijo la muchacha.

—¿Qué pasará?

—La mente de la raza tendrá que empezar de nuevo —explicó Nedra—. Tal vez seremos tortugas. Eso resultaría muy divertido ¡Una tortuga capaz de recordar cuándo era un hombre! A no ser...

—Conozco esa teoría.

—A no ser que la tortuga no conservara ningún recuerdo —continuó Nedra, como si no le hubiera oído—. Tendrá aletas y un pico, pero lo que necesitará serán manos. No las tendrá hasta que crezcan por sí mismas. Una tortuga con el recuerdo de que en otra época fue un hombre, sabiendo que el tuviera manos podría reconstruir la cultura humana. —En su rostro se dibujó una expresión pensativa—. Me pregunto cómo solucionará el problema la mente de la raza. —Meditó unos instantes—. Peor sería que fuéramos cangrejos. ¿No cree?

—¡Cállese! —gritó Zen—. Todavía no somos tortugas. Ni cangrejos. Y no vivimos en llanuras fangosas.

—Pero estamos a punto de hacerlo —insistió Nedra—. Un empujoncito más, y estaremos en ellas.

Zen se volvió hacia West.

—¿Qué diablos le ha ocurrido a Nedra?

—Nada —respondió West—. Posee cierto grado de clarividencia, aunque por desgracia no ha tenido tiempo de desarrollarla del todo.

—Tal vez la tortuga no desee reconstruir la cultura humana —continuó la muchacha—. Tal vez decida desarrollarse en otra dirección. En ese caso, es posible que no necesite manos.

Zen cerró deliberadamente los oídos a sus palabras. Se volvió hacia West.

—Van a disparar la superbomba —dijo.

—De eso quería hablar con usted —respondió West—. Ese es otro de los motivos de que hayamos venido a buscarle, para poder hablar con usted acerca de esa bomba.

—¿Conmigo? —inquirió Zen, sorprendido.

—Sí, con usted.

—¿Por qué?

—Porque es usted un coronel del servicio de información y tiene experiencia en tales asuntos. Y también porque es usted lo que ninguno de nosotros somos: un combatiente.

—No le entiendo —dijo Zen.

—Puedo llevarle a usted allí. Pero una vez allí, yo no sabría qué hacer. La lucha no va conmigo.

West extendió las manos en un gesto de indefensión.

—¿Llevarme dónde? —preguntó West...

—A Asia. A la cueva subterránea donde se encuentra la superbomba —explicó West.

El tono de su voz daba a entender que aquello resultaría fácil. Lo difícil sería saber lo que había que hacer, y ser capaz de hacerlo, una vez estuvieran allí.

—¿A Asia? —inquirió Zen, desconcertado. Tenía la impresión de que toda aquella escena era irreal, de que los asiáticos que roncaban en el suelo, Cal recostado contra la pared y la nueva gente que llenaba la galería se desvanecerían ¿te un momento a otro entre nubes de humo verdoso—. ¿Cómo diablos va arreglárselas para llevarme a Asia?

—¿Cómo escapamos de esta galería? —respondió West—. ¿Cómo nos desvanecimos? ¿Cómo se salvaron los hombres que tripulaban aviones a punto de estrellarse contra el suelo? ¿Quién hizo aterrizar felizmente el satélite espacial del coronel Grant? ¿Quién proporcionó la energía necesaria para ponerlo en movimiento? ¿Quién?...

—¿Sabía usted que yo estaba enterado de lo de Grant?

—En su calidad de coronel del servicio de información, tenía usted que saberlo.

—¿Y puede usted llevarme a Asia?

—A usted, y a todos los hombres que escoja para que le acompañen.

Acercándose al dormido teniente, Zen recogió su rifle y luego se volvió hacia el grupo.

—¿Quién quiere venir conmigo a Asia? —preguntó.

El grupo dio un paso al frente como un solo hombre.

En la garganta de Zen se formó una especie de nudo.

Sabía lo que aquella decisión significaba para la nueva gente. Habían sido adiestrados en los caminos de la paz, trataban de avanzar hacia un futuro distinto. Luchar significaba para ellos retroceder en el sendero que conducía al crecimiento, renunciar en cierto modo a lo que creían y esperaban. Sin embargo, estaban dispuestos a hacerlo, si era necesario.

Un hombre saludó perfectamente.

—Red-Dog Jimmie Thurman —se presentó a sí mismo.

Zen le cogió del brazo.

—¿Red-Dog Jimmie Thurman? Pero, si yo le conozco a usted...

—Es posible, señor.

Thurman hablaba con la cadencia característica del Sur.

—Un miembro de la nueva gente apareció en su avión y le salvó la vida —dijo Zen.

—Sí, señor. Exactamente.

—¡Pero usted desertó!

—Bueno, digamos que fui a unirme al bando que estaba en lo cierto.

—¿Cómo encontró este lugar?

—Me limité a pensar y a continuar pensando. En el momento oportuno, nos encontramos el uno al otro. Los psiquiatras trataban de hacerme creer que estaba chiflado. Pero yo sabía algo más que ellos. Sabía lo que había sucedido. Sabía que tenía que existir un motivo para ello. Y sabiendo todo eso, lo único que tenía que hacer era mantenerme a la expectativa. —Los ojos de Thurman sonreían—. A sus órdenes, señor.

—¿Sabe usted que ir conmigo puede significar la muerte?

—¿Qué es la muerte, señor? —inquirió Red-Dog Jimmie Thurman, sonriendo—. Mi muerte se produjo sobre el Polo Norte.

—Spike Larson —se presentó otro hombre.

—Usted iba en un submarino —dijo Zen.

Su optimismo crecía por momentos: iba a tener a su lado a verdaderos combatientes.

—Sí —respondió Larson—. Y consideraré un privilegio acompañarle.

Como soldados, desfilaron delante de él, el joven gordo, los jóvenes altos, delgados, morenos. Zen creyó que tenía que haber otro. Miró a su alrededor, buscándole. Grant estaba hablando con West.

Grant era el hombre cuyo rostro había aparecido en el aire, en el centro de la galería.

Al ver que Zen le miraba, interrumpió su conversación con West y se acercó al coronel.

—¿Qué tal lo pasó en aquel satélite? —preguntó Zen.

—Me encontraba muy solo, coronel —respondió Grant.

—¿Quiere usted venir conmigo a Asía?

—No hay ningún lugar en la Tierra al que prefiera ir. Y, tal como están las cosas, no creo que pueda elegir. Si los asiáticos disparan esa bomba...

Dejó la frase sin terminar.

Nedra se acercó al coronel y le miró a los ojos. Al verla, Zen experimentó la sensación de que el mundo quedaba repentinamente inmóvil. Sacudió la cabeza.

—¿Por qué? —inquirió Nedra.

—Porque te amo —respondió Zen.

—Entonces, ése es el motivo más poderoso para que me lleves contigo —dijo la muchacha.

—No entiendo...

—Si fracasas, no habrá mañana —dijo Nedra—. Además, no olvides que soy enfermera —añadió—. Si alguien resulta herido, puedo atenderle.

—Pero...

—El hecho de que me ames no tiene nada que ver con esta situación. Es una cosa aparte. Una cosa maravillosa —añadió apresuradamente, con la luz de las estrellas brillando en sus ojos—. Y me gustaría que ese amor fructificara para los dos. Pero, de momento, sólo tenemos una alternativa. Y por eso voy a ir a Asia contigo.

Contemplándoles, West sonrió. Zen extendió las manos en un gesto de derrota. Se volvió hacia West.

—No sé cómo lo ha hecho ni me importa demasiado, pero es evidente que dispone usted de un generador portátil que ha utilizado para sumir en el sueño a todos estos asiáticos.

—Sí —asintió West.

—Me gustaría que me lo prestara —dijo Zen.

—Con mucho gusto, coronel. Lamento no disponer de otras armas.

—Nos arreglaremos con lo que tenemos —respondió Zen.