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Cuando terminó de comer la otra mitad del bollo, Timothy salió de su despacho y fue a la recepción. Llevaba menos de media hora en el trabajo y ya le parecía un día muy largo.

Las oficinas de Osiris estaban en la planta 23 del edificio del Bank of America, el único rascacielos de Palo Alto. En un día claro como hoy, cuando todos los demás habitantes del condado de San Mateo estaban veinte plantas por debajo de él, Timothy podía ver todo su mundo sin moverse. Podía ver su casa, a diez calles al norte: una antigua construcción estilo Tudor rodeada de jardines muy cuidados y albaricoqueros. Al este, veía el campus de la Universidad de Stanford, con los edificios de tejados rojos estilo español y de ladrillos, donde cientos de investigadores de ciencias de la computación diseñaban los programas que él utilizaba para ganar dinero. Al sur estaba Sand Hill Road, con los bufetes de abogados y las empresas de capital riesgo y dinero a espuertas, donde los inversores estaban en sus oficinas informales, bebiendo lattes y sonriendo ante las cantidades de dinero que Timothy les hacía ganar. Veía hasta el puente de San Mateo y San Francisco, su conexión con Manhattan. Un billete de primera costaba ochocientos dólares pero, a cambio, podía disfrutar de todo el cabernet decente que pudiera ingerir en cinco horas y lo dejaba a media hora del Hotel Four Seasons.

Se apoyó en la pared de cristal, empañando con el aliento la vista de la bahía. Al fondo, el puente de San Mateo, un horroroso tubo de cemento, estaba cubierto por su propia niebla.

—Hace un día magnífico —dijo Tricia Fountain. Tricia era la recepcionista de Osiris. Estaba en la recepción, frente a una pared donde, con unas sencillas letras metálicas, se anunciaba «Osiris LP».

Timothy la había contratado hacía seis meses después de entrevistar a varios candidatos, entre ellos una mujer negra de mediana edad con dos hijos, un hombre chino de Stanford que Timothy sospechaba que era gay y dos mujeres gordas cuyos currículos no llegó a leer.

Ninguno de los demás candidatos reunía las aptitudes de Tricia. En primer lugar, tenía veintitrés años. En segundo lugar, sus ojos eran de un color azul intenso, el pelo moreno, la piel clara y las mejillas perfectamente delineadas. En tercer lugar, vestía muy bien. Hoy llevaba una americana azul marino encima de un jersey de cachemira, ceñido y azul, que exponía su cuerpo de una forma delicada y discreta. La primera vez que Timothy le miró los pechos pensó en los anillos de compromiso en el escaparate de Tiffany’s. No tiene sentido intentar resaltarlos. Hablan por sí solos.

—¿Magnífico? —dijo Timothy.

Tricia había nacido en Orange County y, debajo de la americana de Ralph Lauren, las refinadas gafas de bibliotecaria y el caro corte de pelo, Timothy descubrió esa orgullosa estupidez tan común en las personas que vienen del sur del estado. Por ejemplo, la forma en que decía «genial» cuando hablaba de algo que no era en absoluto genial. O aquel día que le confesó que no tenía ni idea de a qué se dedicaban Timothy y Osiris, pero que tampoco quería saberlo. O las veces que él la había visto mirarse en las brillantes letras metálicas de la pared sin ningún tipo de disimulo.

Supuso que nada de aquello era sorprendente, ya que la chica había querido ser actriz. Una profesión contra la que el padre de Timothy siempre lo había prevenido. La historia de cómo llegó a Silicon Valley, recién graduada en la Universidad de Los Ángeles de California, jamás le quedó clara. Cuando un hombre de cuarenta y siete años entrevista a una jovencita a quien dobla la edad hay que mantener cierto decoro. No puede aparentar un interés excesivo, sobre todo cuando puede caerle una denuncia como un martillazo de Thor por parte de la Comisión por la Igualdad de Oportunidades Laborales. Y era una lástima porque los pocos detalles que pudo descubrir parecían interesantes. Algo sobre su padre, que murió cuando ella tenía doce años, una carrera en el mundo de la interpretación que no salió bien, un repentino viaje al norte con un novio atontado por las drogas que ahora, por lo visto, se había perdido entre la niebla de la bahía y, por último, una tarde en la Stanford Coffee House, donde el Chico la había conocido y le había propuesto que acudiera a una entrevista de trabajo en Osiris.

Sin embargo, independientemente de cómo había acabado en Osiris, para Timothy lo importante era que era muy guapa y que las punzadas de energía sexual que sentía cada mañana al verla hacían más agradable el camino al despacho y le alegraban días que, de otro modo, serían grises.

Timothy se giró hacia ella.

Tricia sostenía en sus manos un bloc rosa de mensajes.

—Mientras estabas reunido, has recibido algunas llamadas —dijo. Arrancó las primeras hojas—. Ha llamado Tran. Hoy no va a venir. Va retrasado con otro cliente, así que vendrá el lunes. —Tran era su consultor informático. Venía una vez a la semana para pasarse horas arreglando los daños que Timothy había conseguido provocar en los siete días anteriores.

—De acuerdo —respondió él.

—Ha llamado Pinky Dewer —continuó ella—. Ha dicho que no era nada importante, que ya volvería a llamar.

—Fantástico —dijo Timothy. Dado que Pinky era el mayor inversor de Osiris y, ahora, quien más dinero había perdido, era vital no tener ningún tipo de contacto con él hasta que Osiris pudiera solucionar el asunto del yen. No quería tener que mentir sobre la situación. Y eso significaba que tendría que perder, accidentalmente, su mensaje. Quizá podría traspapelarlo entre los documentos de su mesa o quizá podría tirarlo a la basura directamente.

—Dame ese mensaje —se acercó a la mesa de Tricia e intentó cogerle los papeles de la mano. Ella no los soltó. Timothy le rozó los dedos con los suyos. Tricia arqueó una ceja.

—Y uno más —dijo ella—. Ha llamado tu mujer.

Timothy bajó la mano. Intentó hablar en un tono neutro.

—¿Ah, sí?

—Quería recordarte lo del viernes. Lo de Big Sur.

Katherine y él llevaban tiempo planeando un fin de semana largo en el Ventana Inn para celebrar su vigésimo aniversario de boda. Al principio, ella quería pasar dos semanas en Hawai pero, de alguna manera, con un guiño, una sonrisa y susurrando las palabras adecuadas, Timothy había conseguido convencerla para pasar tres días a unos escasos ciento cincuenta kilómetros de casa.

Si ayer tenía dudas sobre el viaje, hoy tenía pánico. Quería a Katherine. No podía imaginarse su vida sin ella. Pero que quieras a alguien no significa que te apetezca pasarte tres días encerrado en una cabaña de madera con esa persona. ¿Desde cuándo las celebraciones de los aniversarios se habían convertido en sentencias por un delito menor?

Ya sabía cómo saldría todo: tres días de miradas de culpabilidad y largos silencios, de sonrisas forzadas y de intentar ser el marido que sabía que tenía que ser, pero que no podía ser. Y ahora, por si aquello fuera poco, había que añadirle el pequeño detalle de que su hedge fund estaba al borde de la bancarrota, que toda su reputación y su carrera dependían de si una panda de japoneses en Tokio se levantaba de buen humor.

Tricia insistió:

—Dijo que no te olvides de llevarte el trabajo a casa esta noche. Que os vais mañana —bajarían hasta Big Sur con el coche el viernes y después Timothy se tomaría un fin de semana de tres días.

—Bien —dijo él.

—No pareces muy contento —comentó ella.

—Lo estoy —respondió él, muy serio.

—Ojalá alguien me llevara a Big Sur —dijo Tricia. Lo miró por encima de las gafas y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Yo te lo propondría —dijo Timothy—. Pero ¿qué diría mi mujer?

—¿Tendría que saberlo?

Ya habían flirteado así antes. Timothy se decía que era algo inofensivo. Sólo una distracción que ayudaba a que el lugar de trabajo fuera más interesante.

—Ya lo pensaré —dijo él. Le cogió los mensajes de la mano, esta vez ella no opuso resistencia, y se giró para volver a su despacho a contemplar el cambio del yen.