Capítulo 10
Madrid, La Latina
Iris Gudrundóttir nunca había hecho algo así. Estaba tan nerviosa que, cuando llamó al timbre de la vieja casa que le habían indicado, le temblaban las rodillas.
«Acabo de cumplir treinta años. Ya soy mayorcita y puedo hacer lo que quiera. Incluso esto».
Se imaginó a Finnur diciéndole «Me has decepcionado». Desde luego, no so lo pensaba contar. Ni ahora ni nunca.
«No tienes por qué sentirte culpable», se repitió. A veces una mujer necesita algo distinto. Sobre todo si su pareja se empeña en no comprender lo que pide. «Estoy en crisis», se justificó, y la voz de su superyó le respondió: «Y por eso vas a gastarte cuatrocientos euros en algo que no te atreverás a confesarle a tu novio».
Volvió a llamar al timbre. Por fin, dentro de la vivienda se oyó el crujir de unos pasos sobre un suelo de madera y la puerta se abrió rechinando.
Al otro lado apareció un hombre de cuarenta y tantos años. Llevaba gafas, tenía entradas y lucía unas patillas largas y espesas. Debía medir cerca de uno ochenta y era muy corpulento. No habría sido correcto llamarlo «gordo», sino más bien fuerte, pero la camiseta de Lobezno se ceñía a una panza que sugería afición a la cerveza y a la comida rica en colesterol.
—¿Vienes a buscar a Ragnarok?
Iris suspiró aliviada. No era él.
—Sí.
—Pasa.
Entraron a un recibidor que comunicaba con un larguísimo corredor. El hombre abrió la primera puerta de la derecha y le cedió el paso.
Ragnarok. Si Iris se había decidido a contratar sus servicios era por el nombre que había elegido. Ragnarok, el Crepúsculo de los Dioses, el día del fin del mundo. La batalla definitiva entre los Aesir, los dioses que habitaban en la mansión celeste de Asgard, y los poderes del Caos.
Iris se había criado escuchando la mitología nórdica. Cuando se acostaba, su madre le leía relatos de una versión para niños del Edda de Snorri Sturlurson. Pero le gustaba mucho más cuando se los contaba su abuela Brynja, que se los sabía de memoria y ponía voces distintas a cada uno de los personajes: el sabio y poderoso Odín; el noble heraldo Heimdal; Loki, el astuto dios del fuego; Midgard, la aterradora serpiente mundial; la gélida Hel, soberana de la muerte…
Ya nadie le leía ni le contaba historias del Edda. Su madre y su abuela habían muerto. En cuanto a Finnur, no le gustaban los mitos, y cuando veía a Iris leyendo algo sobre los antiguos dioses le decía: «Cualquier día te vestirás de vikinga para juntarte con esos chalados del Ásatrúarfélagiδ[2]
—Espera aquí, por favor. Perdona, ¿cómo te llamas?
—Iris.
—¿Iris a secas?
Iris Gudrundóttir.
El tipo de las patillas hizo esfuerzos visibles y audibles para repetir y memorizar su nombre, y después le dijo:
Voy a ver si Ragnarok ya está disponible. Enseguida le aviso.
Iris se quedó a solas en la habitación. El mueble más llamativo era una enorme pantalla de televisión conectada a un par de consolas de videojuegos. Sobre la alfombra raída se veían varios mandos, volantes, sensores de movimiento y hasta una espada inalámbrica, todo ello tirado sin la menor pretensión de orden. Al lado había un sillón con ruedas y un puf, pero Iris estaba demasiado nerviosa para sentarse y prefirió examinar las estanterías que cubrían dos de las paredes.
En ellas tan sólo encontró cómics. Sobre todo de Marvel, aunque no faltaban algunos de DC como Batman o Sandman. Su dueño los había organizado por orden alfabético, Iris encontró a Thor en la T y, por curiosidad, sacó un ejempla r. «Qué inmadurez», pensó al ver al dios del trueno combatiendo contra villanos ataviados con ridículos disfraces. Pero cuando siguió hojeando y encontró una página doble en la que Asgard y el puente del arco iris se recortaban contra las estrellas, se quedó embobada.
—Ya puedes pasar.
Casi dio un respingo, porque estaba tan distraída que no había visto entrar a su anfitrión. Pasó a su lado para salir de la estancia, pero luego le oyó soltar un gruñido y se volvió.
Con las prisas, Iris no había metido bien el cómic en la estantería. El tipo corpulento de las patillas terminó de encajarlo y después alisó toda la hilera de tebeos con la mano para comprobar que quedaban al mismo nivel.
«Son de él, no de Ragnarok», pensó Iris con alivio. Mejor así. No estaba dispuesta a ponerse en manos de un hombre con complejo de Peter Pan que aún leía tebeos. Ella no era como su madre, que se había casado con un tuno golfo e inmaduro.
O eso quería creer.
Volvieron al pasillo y dejaron atrás un par de puertas. Su guía abrió otra habitación y le hizo un gesto.
—Pase, señorita Gutlun… Gudrundóttir. Suerte.
«Me llamo Iris», pensó ella. Para los islandeses, el nombre verdadero es el de pila. A veces usan también el apellido, que es el nombre del padre o en ocasiones el de la madre seguido de los prefijos son, “hijo”, o dóttir, “hija”. Por eso los apellidos van cambiando de generación en generación. Algo que despistaba a los amigos españoles de Iris y que disgustaba a su padre. «No entiendo esa manía de no querer llevar mi apellido», se quejaba a veces. Pero él debería saber de sobra que en Islandia Iris no podía empadronarse como Bermejo, ni menos como Bermejodóttir, porque no era un nombre oficial.
La puerta se cerró a sus espaldas. El tipo corpulento se quedó fuera.
Aquella estancia también tenía estanterías, pero éstas almacenaban libros de verdad, muchos de ellos encuadernados en piel. Iris no pudo distinguir mucho más, porque todo estaba bastante oscuro. Sólo había un flexo que proyectaba su foco sobre un escritorio y una silla vacía. Al hombre sentado al otro lado —¿Ragnarok?— se lo veía apenas perfilado contra la librería que tenía detrás. La luz del flexo deslumbraba ligeramente a Iris y no le dejaba distinguir sus rasgos. Aquello le recordó una sala de interrogatorios.
—Por favor, Iris. Siéntese aquí.
La voz de Ragnarok era profunda, bien modulada. Además, la había llamado de la forma adecuada, sólo por su nombre. Iris se acercó con paso cauteloso, y el viejo parquet crujió bajo sus pies. Olía a madera vieja y al cuero de las encuadernaciones, mezclado con el incienso de vainilla que ardía en un quemador de bronce. Sonaba una música oriental que en circunstancias normales habría sido relajante, pero Iris se sentía cualquier cosa menos relajada. Cuando se sentó, preguntó forzando un tono de broma que no sonó nada auténtico:
—¿Me va a doler?
* * *
—¡Tío, está como un queso! —le dijo Herman cuando vino a avisarle de que la clienta ya había llegado.
—Eso siempre es un incentivo —contestó Gabriel—. ¿Le has sacado el nombre?
—Iris Gurdu… Gudlun… Joder, qué nombrecito. Gudundótir o algo así.
A Gabriel le sonaba que aquel apellido debía ser islandés. Iris, hija de Gudrun. Según recordaba del Anillo de los Nibelungos, Gudrun era nombre de mujer. Lo cual significaba que su clienta había decidido tomar el apellido de su madre y no el de su padre. Eso tenía que revelar algo sobre su personalidad, así que Gabriel lo anotó mentalmente.
—¿Cuántos años le calculas?
—Treinta. Dos arriba, dos abajo. Bueno, me bajo al Luque. No te enrolles mucho.
—La gracia de este trabajo está en enrollarse. Por eso me pagan.
Da igual. No tardes, que me aburro. Encima que me echas de mi casa…
No era cierto del todo. Aquel piso no era de Herman, sino de sus padres. Desde que se jubilaron, pasaban casi todo el año en la Manga, de modo que Herman podía fingir que la vivienda era suya.
Mientras aguardaba, Gabriel reparó en un extraño cosquilleo en el estómago. Estaba nervioso, casi ilusionado. No sólo porque la clienta fuera atractiva, sino por la pincelada exótica del nombre islandés. Normalmente atendía a cuarentonas o cincuentonas aburridas, más o menos acomodadas y que casi siempre venían con las mismas historias y los mismos problemas.
Cuando entró Iris, Gabriel la examinó con detenimiento, parapetado tras la zona de sombra que creaba la lámpara. Era alta, tal vez uno setenta y cinco, y tenía buen tipo. No demasiado pecho. Vestía de forma práctica, con un toque algo masculino.
Cuando se volvió un instante para ver cómo Herman cerraba la puerta tras ella, Gabriel la estudió de perfil y comprobó que el pantalón militar se le ceñía al trasero de una forma muy tentadora. Era el único detalle que se acercaba a lo pecaminoso en una vestimenta de lo más decente: camiseta color limón de cuello cerrado y sobre ella una camisa azul desabrochada y suelta.
Ella sí que estaba nerviosa. Sin duda, era la primera vez que hacía esto y se sentía algo tonta. Cuando se sentó, la joven se frotó las manos, aunque no hacía frío. Tenía las uñas cortas y no demasiado cuidadas. Gabriel sospechó que trabajaba con las manos.
—¿Me va a doler?
Sonrió con timidez, y se le formaron dos hoyuelos junto a las comisuras de la boca. Su pelo, muy corto, era de un negro intenso que parecía natural. ¿Herencia por parte de padre? Eso explicaría que una islandesa hablara español.
«Dios, qué ojos», se dijo. Los tenía algo rasgados, pero lo que más llamaba la atención era el color. Tal vez parecían incluso más azules por contraste con el cabello negro. Pero no podía ser sólo el color, se dijo Gabriel. Era lo que transmitían y a la vez escondían.
No era la primera vez que se enamoraba de unos ojos. En una ocasión había viajado a Francia haciendo autostop por perseguir los ojos casi negros de una mulata. Pero entonces era muy joven. Ahora no tenía edad para hacer esas tonterías.
Eso, al menos, quería creer.
Gabriel recordó su papel. Bajando el tono de su voz para hacerla más solemne, respondió:
—Depende de lo que traigas contigo, Iris. Pronto lo descubriremos. ¿Es tu primera vez?
Ella juntó las palmas, refugió las manos entre sus piernas y, encogiendo un poco el cuello, asintió con la barbilla.
Gabriel sacó el mazo y se lo tendió a Iris. Sus dedos se rozaron un instante, y se le aceleró el pulso.
«Esto es un negocio», se recordó. «Sólo un negocio».
—Por favor, baraja las cartas lentamente y piensa en las cosas que más te importan.
Tras barajar el mazo, Iris se lo devolvió. Gabriel repartió las cartas en tres montones, el pasado, el presente y el futuro, mientras observaba a la joven. Empezó por la primera carta del mazo del pasado. Era el cinco de bastos.
—Una carta reveladora. Te sientes dividida. En tu pasado hay dos raíces contradictorias que pugnan entre sí por tu espíritu. —Gabriel jugaba casi sobre seguro, convencido de que ella era hija de padre español. Sin embargo, llevaba el apellido de su madre. Allí debía existir un conflicto, soterrado o no—. ¿Lo que te he dicho significa algo para ti?
Iris asintió. Gabriel observó que tenía un labio inferior adorable. Sus mejillas eran altas, de huesos elegantes. Aquel rostro era hermoso por su propia estructura y lo seguiría siendo dentro de muchos años.
Por no hablar de aquellos ojos de zafiro.
«Como si fuese a volver a verla», pensó con tristeza.
Gabriel le dio la vuelta a otra carta. El Emperador boca abajo.
—Tus dos herencias son ricas, culturalmente hablando. No obstante, te sientes más identificada con el legado de tu madre. ¿Es correcto?
—Mi padre es… era español, y mi madre era islandesa. Pero yo me considero cien por cien islandesa. No es por ofender, también me gusta mucho España, pero… Bueno, mi lugar es Islandia. Es allí donde pertenezco.
Iris era de esas clientas a las que les gustaba hablar. Poco a poco, Gabriel fue tirando del hilo y le sonsacó la historia de su familia, arriesgándose de vez en cuando con algunas conjeturas.
Supuso, por ejemplo, que era más probable que Gudrun, la madre de Iris, hubiera conocido a su padre en España que en Islandia, y acertó. Resultaba más fácil imaginarse a una joven nórdica viniendo a disfrutar del sol y las playas del Mediterráneo que a un español viajando a Islandia.
Después, gracias a que Iris reconoció que su padre era un hombre divertido, que cantaba muy bien y tocaba la guitarra, Gabriel «pescó» un poco más y averiguó que era tuno. Precisamente había aprovechado un viaje de la tuna de Derecho para viajar a Islandia y devolver la visita a Gudrun. Y ya se quedó en la isla, como le contó Iris de buen grado. Que su madre se casó embarazada fue una suposición de Gabriel con la que dio en el clavo y se ganó varios puntos ante Iris.
—El cinco de copas. Hummm. Veo pérdida y ruptura.
Las pupilas de la islandesa se dilataron. «Pérdida» y «ruptura» eran términos muy genéricos. ¿Quién no las experimenta a lo largo de su vida? Pero la respuesta emocional de Iris parecía implicar que para ella habían sido muy inmediatas. Al hablar de su padre había vacilado. «Es… era español». Debía haber fallecido hacía poco, y ella aún no se había acostumbrado a cambiar de tiempo verbal.
Por otra parte Iris, que no se sentía española, se encontraba en Madrid. ¿Qué podía haberla traído allí sino un asunto familiar?
—Tus padres finalmente no consiguieron conciliar sus contradicciones, ¿me equivoco?
—No. Ni finalmente ni desde el principio. Lo poco que recuerdo de ellos juntos son discusiones. Se separaron cuando yo tenía seis años y mi padre volvió a España. Desde entonces, yo lo veía un mes en verano y dos semanas en Navidades.
—Hemos hablado de pérdida. Una de ellas es muy reciente. —Gabriel apoyó la mano sobre el cinco de copas como si la carta pudiera transmitirle alguna vibración—. Tu padre…
Ella aguardó sin decir nada, pero todo en su lenguaje corporal decía «Sí».
—Has venido a España a solucionar asuntos relacionados con su muerte.
—Sí.
—Él ha muerto hace menos de una semana.
—Aja.
—Intuyo un problema en la zona del pecho.
Gabriel no estaba arriesgando demasiado. La mayoría de la gente moría por problemas coronarios o cáncer. Un ex tuno, aficionado a la juerga, el alcohol y probablemente el tabaco, era un buen candidato a cualquiera de los dos males. Por otra parte, el pecho se hallaba a un palmo de distancia de todo lo demás —la cabeza, el estómago, los intestinos— por si tenía que rectificar. Pues una de las reglas de lo que estaba haciendo Gabriel, conocido entre los expertos como «lectura en frío», era que el vidente acertaba siempre de una manera o de otra. El único que podía equivocarse era el cliente.
—Tenía cáncer de pulmón —dijo ella.
Tenía. Eso parecía indicar un proceso largo.
—Tu padre resistió un tiempo…
—Cuatro años. Le hicieron un trasplante, pero… —Iris se llevó la mano al pecho y se apretó el esternón con la palma. Fue sólo un instante, pero Gabriel tomó nota. Opresión.
A Iris se le habían empañado los ojos, lo que los embellecía todavía más. No odiaba a su padre, aunque tal vez en algunos momentos de su vida sí había llegado a hacerlo. Con la ayuda de Iris, Gabriel trazó un retrato de aquel hombre: superficial, voluble, fantasioso, encantador pero poco de fiar.
Por alguna razón se sintió incómodo pensando en sí mismo. Aunque estaba oculto tras las sombras y protegido tras su papel de Ragnarok el Vidente, sospechaba que, si ella descubría quién y cómo era en realidad, no le gustaría. ¿Qué pensaría de alguien que había pasado años aprendiendo los trucos de los falsos videntes para desenmascararlos, y que ahora los aprovechaba para hacer una lectura en frío de su cliente y sacarle el dinero?
«No seas idiota», se dijo. «En primer lugar, no eres como su padre. En segundo lugar, no quieres gustarle». Pero ninguna de las dos negaciones acabó de convencerlo a él mismo.
Sobre todo la segunda. Cuanto más contemplaba a la islandesa, más adorable le parecía y más le apetecía perderse mirando aquellos ojos que le hablaban de la lejana isla de hielo y de fuego.
«A tu trabajo», volvió a recordarse.
—Ahora vamos a centrarnos en el presente —dijo, dándole la vuelta a la primera carta de la pila central—. Espero que no te parezca una grosería si te digo tu edad.
—No, claro que no.
—Eres muy joven —dijo Gabriel. Un comentario así nunca molestaba a nadie—. Pero los treinta están llamando a tu puerta.
—La verdad es que los cumplí el mes pasado.
—Se trata de una edad muy importante. Te hallas ante la encrucijada fundamental de tu vida.
Iris asintió muy seria. No podía ser de otra manera: para toda persona, el momento más importante os el que esta viviendo ahora mismo, en el presente. Gabriel podría haberle dicho que la crisis que ella estaba atravesando a los treinta no era nada en comparación con la que le espetaba cuando, como él, sobrepasara los cuarenta y entrara oficialmente en la «mediana edad».
—Últimamente sientes opresión en el pecho.
—¡Es verdad! ¿Crees que debo preocuparme?
—Tú no fumas.
—No, yo…
—No era una pregunta. Sé que no fumas. No debes temer que te pase lo mismo que a tu padre.
—Entonces, si no estoy enferma, ¿qué es lo que me pasa?
—Tienes angustia vital.
—No entiendo.
—Cuando eras pequeña estabas protegida de la gran amenaza por dos barricadas: tus abuelos y tus padres. Luego, poco a poco, las murallas fueron cayendo y sólo te quedó una, tu padre. Ahora has perdido la última línea de defensa y te encuentras cara a cara con el mayor enemigo.
—¿A qué enemigo te refieres?
—Tú lo sabes.
«Como yo mismo lo sé», se dijo Gabriel, porque por primera vez desde el fallecimiento de su madre estaba expresando en voz alta pensamientos a los que ni siquiera se había atrevido a dar nombre.
Para desenmascarar a falsos psíquicos y mentalistas, Gabriel había aprendido algo de prestidigitación. Tenía una carta en la manga, literalmente. Ahora, aprovechando que Iris miraba hacia su rostro en sombras, la sacó de allí y la puso sobre el mazo del presente como si acabara de darle la vuelta.
—La Muerte.
Al ver al caballero de la armadura oscura y el pendón negro, Iris se estremeció.
—¿Me voy a morir pronto?
¡No, claro que no! El azar ha hecho que te encuentres en primera línea de cómbate demasiado pronto. Pero eso no quiere decir que tu tiempo se agote. Simplemente que debes afrontar antes de lo esperado la verdad desnuda y abandonar las falsas ilusiones de tu infancia.
»Pero la carta de la Muerte significa también otras cosas. Transición. Al cerrar la puerta de esas ilusiones abres otra puerta, la que te enseña el verdadero camino.
—¿Y cuál es ese camino?
—Debes hallarlo dentro de ti. Las cartas sólo ponen ante tus ojos lo que ya sabes en el fondo de tu corazón.
Gabriel dio la vuelta a la primera de las cartas de la pila del futuro. Era el tres de copas, y estaba al revés. Se quedó pensando en cómo utilizarlo.
—Comunidad y amistad, pero puestas al contrario.
Gabriel volvió a mirar las manos de Iris. No llevaba ningún anillo. Sin embargo, sospechaba que tenía pareja o la había tenido hasta hacía poco. Era demasiado atractiva para estar sola mucho tiempo.
—Hay una persona importante en tu vida. Muy importante. Pero la relación que tienes con esa persona no es satisfactoria para ti, al menos en este momento.
—¿Cómo lo sabes?
Había muchas respuestas posibles para la pregunta de Iris.
Primera: de estar satisfecha no habría acudido a un vidente.
Segunda: según la estadística, a los treinta años las probabilidades de ser infiel a la pareja se multiplican, y también es cuando se producen más divorcios.
Tercera: por alguna estúpida razón, Gabriel no quería que la relación de Iris con su pareja fuese satisfactoria.
Nada de esto le dijo, por supuesto.
—Eres tú quien lo sabe, Iris, y quien me lo está contando por medio de las cartas. Yo soy un simple intermediario.
Gabriel descubrió otra carta. La Gran Sacerdotisa.
—En tu interior se alberga un gran potencial latente. Pero no lo has desarrollado del todo porque ciertas personas a tu alrededor te coartan.
—Gabriel acababa de recurrir a una «afirmación Barnum» que prácticamente podía aplicarse a cualquier persona.
—Eso es verdad.
La Gran Sacerdotisa sugiere que ese potencial latente…
—¡Qué gracia! Él me llama así. Es increíble… «Y tan increíble», pensó Gabriel, decidido a aprovechar su suerte.
—Tu pareja…
—Es mi novio.
—Así que tu novio te llama «Gran Sacerdotisa».
—Dice que tengo ideas muy místicas, y que parece mentira que me dedique a la ciencia. Bueno, también me llama «Madre Gaia», aunque lo que menos soporto es que me diga «kanina».
—Hablábamos de tu potencial dormido. En realidad, creo que eres muy buena en lo que haces.
Ella acababa de decir que se dedicaba a la ciencia. ¿A cuál en concreto? No tenía aspecto de ratita de laboratorio ni de biblioteca, sino de moverse al aire libre. «Su novio la llama Madre Gaia». Gabriel pensó que aquel comentario debía referirse a la llamada «hipótesis Gaia», según la cual la Tierra era un sistema complejo que se autorregulaba y conseguía mantener las condiciones necesarias para la vida. Para algunos la propia Gaia, a su manera, era un ser vivo.
De modo que el trabajo de Iris guardaba relación con la ecología. Mientras pensaba, Gabriel le dio la vuelta a otra carta.
—Tu trabajo es interesante. Te mueves al aire libre… —Normalmente sí.
—Estás muy unida a la tierra, y te relacionas con la Naturaleza. Veo un lugar que…