59
Los párpados se me cerraron de una forma tan hermética como persianas metálicas. En la boca notaba, asimismo, sabor a metal. Me resultaba difícil respirar, cada inhalación me desgarraba los pulmones y el dolor de cabeza me invadía como una nube escarlata, anaranjada y negra.
No había perdido el conocimiento, aunque estaba mareado. Traté de abrir los ojos, pero me pesaban demasiado. Distinguía olor a metal —mucho metal—; sentía, pensaba. Sentía que me levantaban y notaba presión en las muñecas y los tobillos. Lo cual significaba que por lo menos eran dos… Un traslado con muchas sacudidas.
Peldaños, la escalera que conducía al dormitorio.
Me sumergieron en algo suave. Perfumado.
El perfume de Zena; el lecho de Zena.
Nueva presión sobre mí. Muñecas, tobillos, vientre. Un peso… seco, cálido, aplastante, como un enorme perro sentado encima de mí.
El chasquido de abrazaderas. Ahora no podía moverme.
Sentía la parte posterior de la cabeza caliente y corrosiva, como si algo larvado y con colmillos se hubiera incubado en mi cráneo y estuviera abriéndose camino al exterior… y un dolor menor en el pliegue de mi brazo derecho.
Un pinchazo frío… una inyección.
Traté de abrir los ojos de nuevo. Distinguí un destello de luz antes de que volvieran a cerrarse.
No podía ocurrirme nada malo. Todo estaba en orden porque Milo y Daniel se hallaban al corriente. Daniel estaría escuchando.
Entonces comprendí que no se había producido un solo sonido desde que había entrado en la casa y había saludado a Zena.
¿Acaso suponían que Zena y yo habíamos comenzado a hacer el amor en silencio y de modo espontáneo?
¿O les era imposible oír nada a causa de un mal funcionamiento del equipo? Esas cosas sucedían. Los transbordadores espaciales también se desplomaban.
¿Estarían esperando que yo les hiciera alguna clase de señal?
No me funcionaban los labios.
Descansa, tranquilízate, recobra las fuerzas.
El plan consistía en que abriera las cortinas del salón. ¿No los habría alarmado aquel hecho?
¿Dónde estaban?
Necesitaba decir algo a través del micrófono.
Me costaba mucho respirar, parecía que tuviera cristales en la garganta… En aquel momento me desvanecí.
De nuevo estaba despierto sin tener idea de cuánto tiempo había permanecido ausente. Con los ojos muy abiertos, me dolían las pupilas al dilatarse para adaptarse a la viva luz del dormitorio.
El techo del dormitorio, poco más podía ver.
El techo blanco salpicado de destellos.
La luz procedía de un aplique barato de plástico. Blanco, circular, con un florón metálico en el centro, igual que el pezón de un seno grande y blanco. Los senos de Zena eran tan pequeños…
Incliné la cabeza contra mi pecho para ver cómo me habían atado y distinguí las correas gruesas características de los hospitales. Cuando yo era interno de la sala de psiquiatría me preguntaba qué debían de sentir los pacientes que estaban sujetos de aquel modo…
A la izquierda se percibían destellos de color. Me esforcé por conseguir una mejor visión y sentí un estremecimiento de dolor en la nuca.
Un dolor que seguía discurriendo por mi columna vertebral como si alguien hubiera pasado un cuchillo por el centro.
Debía decir algo por el condenado micro.
Pero mi lengua parecía un trapo blando e inservible.
Me esforcé un poco más y examiné el color que había a mi izquierda.
Eran ojos, ojos blancos con inexpresivos iris negros.
Ojos muertos, de plástico.
Animales de peluche, al parecer, montones de ellos apoyados contra la pared izquierda. Detrás, otra cortina, y detrás, sin duda, otra puerta corredera de cristal.
Ojos de osos de peluche, un panda enorme con cabeza colgante, personajes de Disney, una orea que probablemente sería un recuerdo de Sea World, más miraguano y fieltro que yo no lograba discernir claramente.
La colección de Zena… Aquella mirada sorprendida que yo había interpretado como propia de un estado de excitación sexual…
El cable en su cuello, manchado de sangre y que se hundía en la carne a un leve paso de la decapitación.
Me moví y las correas me oprimieron el pecho, los antebrazos y las espinillas.
Pero así respiraba mejor.
—Bien —dije.
Sonó como una palabra apenas ininteligible.
¿Habría sonado lo bastante fuerte como para que la recogiera el micro?
Traté de relajarme. Debía mantener la calma, ahorrar energías para hablar.
Mientras me esforzaba por pronunciar otra sílaba, un rostro bloqueó la luz.
Unos dedos me pellizcaron el párpado izquierdo, lo levantaron y lo soltaron bruscamente mientras algo me cosquilleaba la nariz. Algo áspero, el rostro estaba tan próximo que no logré enfocarlo. Entonces se retiró.
Al levantarse, los pelos de una barba de sucio color rubio me rascaron la barbilla.
Una barba maloliente, con hedor a comida fermentada, cubría parte de un rostro de piel enrojecida, con múltiples escamas de caspa.
La boca enmarcada en pelo respiraba sobre mí, cálida y acre. Un grano purulento se albergaba en el pliegue entre la aleta de la nariz y la mejilla.
A mayor distancia distinguí a Wilson Tenney, vestido de nuevo con sudadera, en esta ocasión verde y con las palabras Illinois Arts Festival.
—Está despierto.
—Buena recuperación —dijo otra voz—. Rápida.
—Debe de estar en buena forma; recompensa de una vida virtuosa —repuso Tenney.
Entonces giró el rostro a la derecha y desapareció como si se moviera entre bastidores, y otro rostro recién afeitado, rojizo y tostado al sol, ocupó su lugar.
Wes Baker cruzó los brazos sobre su pecho y me examinó con cierto interés. Los cristales de sus gafas destellaban. Llevaba una camisa rosa abrochada, pulcramente lavada, e iba arremangado, exhibiendo sus fuertes antebrazos bronceados. No pude ver más allá del tercer botón.
En la mano derecha sostenía una jeringuilla hipodérmica que contenía un líquido claro.
—¿Cloruro potásico? —dije por el micro.
Pero no sonó muy claro.
—El habla retornará en unos minutos —comentó Baker—. Concédete un poco más de tiempo para que tu sistema nervioso central se recupere.
Se oyó una ronca carcajada detrás de mí. Era Tenney.
—Cloruro potásico —repetí.
Pensé que ahora había sonado más claro.
—No vas a relajarte, ¿verdad? —dijo Baker—. Evidentemente, eres un luchador, y por lo que he sido capaz de deducir, bastante brillante también. Es una lástima que nunca tuviéramos oportunidad de tratar cuestiones importantes.
¿Qué tal ahora mismo?, pensé.
Traté de decirlo. El resultado fue una serie de chillidos de ratón. ¿Dónde estarían Daniel y Milo?
¿Grabarían en busca de pruebas? Pero… ellos nunca me fallarían, probablemente verían, estarían dispuestos para…
—¿Ves qué aspecto más tranquilo tiene, Willy? —dijo Baker—. Hemos creado otra obra maestra.
Tenney se le acercó. Parecía enojado, pero Baker sonreía.
—Zena era… artística —dije—. Goya…
Sonaba casi perfectamente claro.
—Es alguien que sabe apreciarlo —dijo Baker.
—Posaba…
Como Irit, Latvinia y…
—Su vida fue una gran pose —comentó Tenney.
—¿No fue una… estrangulación suave?
Tenney frunció el ceño y miró a Baker.
—¿Por qué matarla? —dije.
¡Dios! La palabra había salido. Mi lengua se había encogido hasta recuperar su tamaño normal.
Baker se frotó la barbilla y se inclinó acercándose a mí.
—¿Por qué no matarla?
—Ella era… una partidaria…
Alzó un dedo, recabando silencio como un profesor. Recordé lo que Milo había dicho acerca de cuánto le agradaba adoctrinar. Debía hacer que siguiera hablando, conseguir que todo aquello se grabara.
—Ella solo era un receptáculo —prosiguió—. Un condón con miembros.
Tenney se echó a reír y lo vi frotarse el ojo.
—Zena abría esta cremallera de manera salvaje —decía mientras se tocaba la bragueta.
Baker tenía la expresión de un padre cansado pero tolerante.
—Eso fue terrible, Willy.
Me sonrió.
—Tal vez esto pueda herir tu amor propio, pero era tan discriminadora sexualmente como una mosca de la fruta. Nuestra gallinita de corral.
Se volvió hacia Tenney y añadió:
—Dile el lema de Zena.
—Cualquier polla es buena —respondió el barbudo.
—¿Ella era un señuelo para Ponsico, para mí, para otros? —inquirí.
—Un señuelo —repitió Baker—. ¿Has ido alguna vez a pescar con mosca?
—No.
—Es un pasatiempo maravilloso. Aire fresco, aguas limpias y se atan los señuelos. Por desgracia, incluso los mejores se sueltan tras muchos mordiscos.
—Malcolm Ponsico perdió entu… —dije.
—No se comprometía —repuso Tenney—. Era una trucha débil, por así decirlo. Pronto resultó evidente que algo resultaba sospechoso.
—Willy —intervino Baker en tono reprobatorio—. Si sigues hablando de ese modo, el doctor Delaware te dirá que los juegos de palabras inapropiados e inveterados son un claro síntoma de trastornos del humor, ¿no es así, doctor?
—Sí.
La palabra había sonado perfecta, por lo menos a mis oídos. Tenía la cabeza más clara, había vuelto a la normalidad.
—¿Ya te sientes mejor? —me preguntó Baker, que también lo había advertido.
Hizo una floritura con la aguja hipodérmica y luego distinguí un sonido metálico al depositarla en algún lugar. Las correas me cortaban la circulación sanguínea en los miembros y sentía como si mi cuerpo desapareciera. O tal vez fueran los restos de droga que se depositaban en las zonas bajas.
—¿Qué tipo de trastorno? —me preguntó—. ¿Depresión o manía?
—Manía —respondí—. E hipomanía.
Se acarició la barba.
—No me gusta imaginarme como un hipo-nada.
De pronto sonrió.
—Tal vez hipodérmico, porque tengo la facultad de infiltrarme bajo la piel de la gente.
Se echó a reír. Baker sonrió a su vez.
—Quizá por ello estoy malhumorado. O acaso mi humor solo cambie por el halibut.
—¡Qué ingenioso! —dije.
El hombre se sonrojó y yo visualicé a Raymond Ortiz, raptado en el aseo del parque, con sus zapatillas ensangrentadas.
—Yo no lo enojaría —dijo Baker en un tono casi maternal—. No le sienta bien enojarse.
—¿Qué hizo Raymond Ortiz para enojarlo?
Tenney sonrió mostrando sus dientes amarillos. Baker se volvió de espaldas a mí.
—¿Deseas contárselo, Willy?
—¿Por qué molestarse? —repuso Tenney—. No tengo necesidad de aclarar mi único… Piensa lo que quieras. Para aliviar mi quisquillosa conciencia, sin duda, confesaría lo que le hice a ese estúpido cretino. Las balanzas de la justicia están equilibradas. No son perlas de sabiduría. Prefiero cerrar el pico.
De pronto su barba se cernió, amenazadora, sobre mí y me apretó el cuello con la mano.
—De acuerdo —dijo, escupiendo saliva—. Puesto que insistes. Lo que hizo ese gordo degenerado fue destruir mi calidad de vida. ¿Cómo? Ensuciando el aseo de modo inexorable. Cada vez que lo utilizaba, lo ensuciaba, ¿comprendes?
Se echó más encima de mí, aumentando la presión en mi cuello, y sentí arcadas. En aquel momento oí que Baker decía:
—Willy.
Mi campo visual se ennegreció por los bordes y entonces comprendí que algo no marchaba bien. Milo no debía haber permitido que las cosas llegaran tan lejos. Los dedos aflojaron su presión. Tenney tenía los ojos húmedos y enrojecidos.
—Aquel idiota era incapaz de imaginar cómo se utiliza el papel higiénico —prosiguió—. Por añadidura, era hiperproductivo, producía kilos y kilos de mierda que probablemente almacenaba durante días y esperaba a venir al parque para soltarla. Él y todos aquellos cojos y chalados tarados, un día y otro y otro.
Se volvió hacia Baker y prosiguió:
—Una perfecta metáfora para lo que va mal en la sociedad, ¿no es cierto sargento? Se cagan en nosotros y nosotros tenemos que limpiar su mierda. Les pagamos por cagarse en nosotros y luego los limpiamos.
—De modo que lo mataste en el aseo —dije.
—¿Dónde si no?
—Y las zapatillas ensangrentadas…
—Piensa —dijo Tenney—. Piensa lo que hacía con mis zapatos.
Hice lo más parecido a un encogimiento de hombros que mis ataduras me permitían. Me habían dejado solo… ¿qué podía hacer…?
—¡Acabé harto de pisarla! —gritó, salpicándome de saliva—. ¡No me pagaban por eso!
Volvió a agarrarme del cuello. De pronto retrocedió, se alejó y oí unas pisadas y una puerta que se abría y se cerraba.
Estaba a solas con Baker.
—Me duele el cuello —dije echando otro cable, pero mi fe decaía—. ¿No puedes aflojar estas correas?
Baker negó con la cabeza. Volvía a llevar la aguja hipodérmica.
—Cloruro potásico —repetí—. Igual que Ponsico.
Baker no respondió.
—Las zapatillas de Raymond —dije—. Nada era porque sí. Todo tenía sus motivaciones. El asesinato de Irit Carmeli simulaba un crimen sexual. Su madre te consideró un agresor sexual, por lo que la revancha debía tener matices sexuales. Pero necesitabas distinguirte de cualquier otro pervertido. Nolan y tú. Él se dedicó a dominar a jovencitas.
Baker volvía a darme la espalda.
—¿El caso de Irit fue cosa de Nolan principalmente o de los dos? Porque creí que compartías los gustos de Nolan. Jovencitas… morenas. Muchachas como Latvinia. ¿Te encargaste de ella tú solo o con la ayuda de Tenney? ¿O de alguien más a quien no tengo el gusto de conocer?
No se movió.
—Nolan carecía de voluntad, al igual que Ponsico —dije—. Pero, en el fondo, tenía alguna clase de conciencia y le pesó lo que hizo. Lo enviaste a Lehmann pero no sirvió de nada. ¿Cómo podías evitar que él te dominara?
Seguí sin recibir respuesta.
—La hermana —proseguí—. Le dijiste a Nolan lo que le harías a ella si destruía a cualquiera que no fuese él mismo. Y si su voluntad hubiera flaqueado de nuevo y no se hubiera comido su pistola, ¿te habrías encargado de él?
Se le movió nerviosamente el hombro derecho.
—Considéralo como una especie de eutanasia. Padecía una enfermedad terminal.
—¿Cuál?
—Remordimientos de conciencia.
Se echó a reír.
—De todos modos, ahora tendremos que ir a por su hermana, porque probablemente tú ya la hayas informado.
—No lo he hecho.
—¿Quién más está enterado aparte de Sturgis?
—Nadie.
—Bien —respondió—. Ya nos encargaremos más tarde de eso… Siempre me ha gustado Carolina del Norte, el país de los caballos. Pasé allí algún tiempo hace años, criando purasangres.
—¿Por qué no me sorprende eso?
Se volvió hacia mí, sonriente.
—Los caballos son enormemente fuertes. Cocean con energía.
—Más crímenes por diversión.
—Tienes razón en eso.
—De modo que la ideología, la eugenesia, no tenía nada que ver con ello.
Negó con la cabeza, alegre y tranquilo, como un ingenuo jefe de exploradores.
—Desecha lo que se supone como motivaciones y motivos, Alex, y subsiste la triste verdad: en su mayoría hacemos las cosas sencillamente porque podemos.
—Mataste a gente para demostrar que eras capaz de…
—No para demostrarlo. Simplemente porque podía. Por la misma razón por la que te hurgas la nariz cuando crees que nadie te ve.
Posó un dedo en mis labios para pedirme silencio.
—¿Cuántas hormigas has pisado durante toda tu vida? ¿Millones? ¿Cientos de millones? ¿Cuánto tiempo has pasado lamentando el hecho de haber cometido un genocidio de insectos?
—Hormigas y personas…
—Todo es materia orgánica… Un revoltijo de carbono. Tan sencillo hasta que aparecen unos monos perfeccionados y complican las cosas con supersticiones. Elimina a Dios de la ecuación y te quedará una reducción tan rica y deliciosa como la salsa más exquisita. Todo es orgánico; todo es temporal.
Se enderezó las gafas.
—Lo que no significa que no cree mis propias disculpas. Todos lo hacen, todos tienen un límite. En tu caso son las hormigas, tal vez perdonarías a una serpiente. Otra persona quizá no lo haría. Otros se negarían a matar vertebrados, mamíferos con pelo, según cualquier criterio arbitrario que defina lo adorable, lo lindo o lo sagrado.
Se irguió con aire melancólico.
—Tú, en realidad, no puedes entenderlo a menos que viajes y te expongas a diferentes modos de pensar. En Bangkok, una ciudad hermosa, putrefacta y espeluznante, conocí a un hombre, un maestro chef que era un artista con el cuchillo chino. Trabajaba en un hotel de lujo y preparaba banquetes para turistas y políticos, pero antes había dirigido su propio restaurante en un distrito portuario donde nunca acudían los turistas. Su fuerte consistía en cortar a lonchas, en dados o en juliana a una velocidad increíble. Fumamos opio varias veces y finalmente me gané su confianza. Me dijo que se había entrenado en su infancia superándose cada vez más con cuchillos más afilados. Durante treinta años había cortado de todo: holoturias, saltamontes, camarones, ranas, serpientes, ternera, cordero, monos, babuinos y chimpancés.
Sonrió.
—Ya conoces la conclusión: bajo el cuchillo todo se parte.
—¿Por qué molestarse entonces en escoger objetivos? —dije—. Si se trata simplemente de un juego, ¿por qué no atacar al azar?
—Descondicionar cuesta tiempo.
—Las tropas necesitan una razón fundamental.
—Las tropas —repitió, divertido.
—De modo que les diste una: materia orgánica inferior. Tus hormigas.
—Yo no le di nada a nadie —repuso—. La sordera es inferior a la audición, el retraso es inferior a un intelecto adecuado, ser incapaz de limpiarse el trasero es inferior a estudiar filosofía. Existe un valor intrínseco en limpiar la casa.
—La Nueva Utopía —respondí, esforzándome por expresarme con claridad, tranquilamente. ¿Me escucharía alguien?—. La supervivencia de los mejores.
Movió la cabeza, apesadumbrado. El señor profesor de exploradores demostraba a un torpe aprendiz por quinta vez cómo hacer un nudo complejo.
—Ahórrame la compasión sensiblera. Sin los mejores no habría supervivencia. Los retrasados no descubrirán remedios para enfermedades. Los espásticos no pilotarán jumbos. Hay demasiados ineptos y todos tendremos que soportarlos, al igual que Willy tenía que soportar que aquel idiota le ensuciara el lavabo.
Se quitó las gafas y las limpió con un pañuelo. La casa estaba en completo silencio.
—Una bonita mezcla —dije—. Filosofía popular y diversión sádica.
—Divertirse es bueno —repuso—. ¿Qué más tenemos que demostrar del tiempo que pasamos en este mundo?
Levantó de nuevo la jeringa. Nadie acudía en mi ayuda, pero debía ganar tiempo, el tiempo era lo único que tenía.
—Melvin Myers era un ciego que trataba de llevar una vida normal —dije—. ¿Cuál fue su pecado? ¿Enterarse de algo sobre Lehmann mientras tonteaba con los ordenadores? ¿Malversación? ¿Derivar dinero de subvenciones a Nueva Utopía?
Me obsequió con una gran sonrisa.
—¡Ah, qué ironía! —exclamó—. El dinero destinado a los inferiores finalmente utilizado de modo productivo. Myers, aquel lugar… Era algo patético.
—Myers era inteligente.
—Es lo mismo.
—Materia orgánica estropeada.
—La carne estropeada puede cortarse y saltearse pero sigue siendo no apta para el consumo. Un ciego no dirige a los ciegos. Un ciego es conducido como los animales de corral.
Dirigió la aguja al cielo y vertió un chorrito de líquido. Se oyó correr agua en un lavabo, y de nuevo, sonido de pisadas.
—¡Uf! No quiero nada más mexicano —oí decir a Tenney.
Baker le dio unos golpecitos a la jeringa.
No había salvación.
Daniel, Milo… ¿Cómo podéis abandonarme?
Comencé a temblar.
—No podéis confiar en que…
—La confianza no tiene nada que ver con esto —dijo Baker—. Lo que tú sabes corresponde a suposiciones, no a pruebas. Y lo mismo sucede con Sturgis. El juego tiene que acabar. Hay una auténtica prueba de tu sistema de creencias: ¿existe una vida más allá? Ahora lo descubrirás… O no —concluyó, sonriente.
—DVLL. ¿Sois los nuevos diablos?
La aguja captó la luz del techo y destelló en su blancura.
El hombre apretó los labios. Estaba irritado.
—¿Cuántos idiomas hablas?
—Algo de español. Aprendí un poco de latín en la escuela.
—Yo hablo once —dijo.
—Has viajado mucho.
—Viajar enriquece.
—¿A qué idioma corresponde DVLL?
—Al alemán —respondió—. Nadie mejor que los godos cuando se trata de cuestiones de principio. Son categóricos, nada que ver con la inútil lasitud gala.
Los mismos comentarios de Zena acerca de los franceses. Repetía como un loro las ideas del gurú.
La aguja descendió.
—Así pues, ¿qué significa? —inquirí.
No hubo respuesta. Adoptó una expresión grave, casi triste.
Daniel, Milo… Los límites de la amistad… Un error más…
—¿Cloruro potásico? —intenté por tercera vez—. Verdugo independiente. Por lo menos, el Estado ofrece un sedante.
—El Estado ofrece una última comida, oraciones y una venda porque el juego del Estado es hipócrita y simula ser humano —repuso Tenney.
Y soltó una sonora carcajada.
—El Estado incluso se molesta en esterilizar la zona de la inyección con alcohol. ¿Con qué objeto? El Estado es ridículo.
—No te preocupes —dijo Baker—. Tu corazón estallará. Será algo breve.
—Polvo al polvo. Carbón al carbón.
—Inteligente. Lástima que no tuviéramos la oportunidad de pasar juntos más tiempo.
—Voy a ser ejecutado —dije, casi incapaz de contener el grito que crecía en mi interior como un cáncer—. ¿Cuál es mi crimen?
—¡Oh, Alex! —repuso—. Me has decepcionado mucho. ¿Aún no lo comprendes?
—¿Comprender? ¿Qué?
Agitó la cabeza con tristeza.
—No se trata de crímenes. Solo de errores.
—¿Por qué te hiciste policía entonces?
La aguja descendió un poco.
—Porque el trabajo policial ofrece muchas oportunidades.
—Para alcanzar poder.
—No, el poder es para los políticos. El cumplimiento de la ley presenta opciones, posibilidades. Orden y desorden, crimen y castigo. Juegas con las normas como un tahúr.
—Como cuándo abstenerse, cuándo robar… —dije.
Retrasar, alargar cada sección, no mirar la aguja, Robin.
—A quién arrestar, a quién dejar en libertad.
—Exactamente —repuso—. Es divertido.
—Quién va a vivir —proseguí—. Quién no. ¿A cuántos has matado?
—Hace tiempo que dejé de contarlos porque no importa. Esta es la cuestión, Alex: todo es materia y nada importa.
—¿Por qué molestarte en matarme entonces?
—Porque quiero hacerlo.
—Porque puedes.
Se aproximó más a mí.
—Ni a uno solo de ellos lo echaron de menos… No se produjo ningún cambio a su muerte. Eso me hizo comprender lo que debería haber sabido años atrás: la sensación es el todo. Uno pasa el tiempo del modo menos pesado posible. Me gusta limpiar la casa.
—Eres un barrendero —dije.
Y al ver que no respondía, añadí:
—La élite retira la basura.
—No existe la élite. Solo los que tienen menos defectos. Willy y yo acabaremos siendo comida para los gusanos como todos los demás.
—Pero gusanos más inteligentes —intervino Tenney.
Y se dirigió a mí con una sonrisa:
—Nos veremos en el infierno para jugar a ajedrez. Tú pondrás el tablero.
—La sensación es el todo —le dije a Baker.
Baker volvió a depositar la jeringuilla y se desabrochó la camisa.
Su pecho estaba bronceado, sin pelo, era un gigantesco plano de tejido lleno de cicatrices.
Múltiples cicatrices, algunas filiformes, otras hinchadas y con costurones.
Exhibió, orgulloso, su carne torturada y luego volvió a abrocharse.
—Me consideraba a mí mismo como un lienzo en blanco, decidido a dibujar. Por favor, no me hables de misericordia.
—Por lo menos dime qué significa DVLL.
—¡Ah, eso! —repuso, despectivo—. Es una cita de herr Schickelgruber. Pura mediocridad, el tipo con sus enfermizas acuarelas. Pero tuvo una frase muy lograda.
—¿Mein Kampf? —inquirí.
Se acercó mucho. Su aliento era dulzón, la piel le olía a agua y jabón. ¿Cómo podía soportar a Tenney?
—«Die vemichtung lebensunwerten Leben» —dijo—. «No vale la pena vivir la vida». Lo que me temo que te concierne a ti.
Tenney se adelantó y sostuvo mi mano derecha hacia abajo, con el codo sobre la colchoneta. ¡Oh, Milo, el bastardo tiene razón! ¡Al final nada importa! No es justo… El hombre tamborileaba los dedos en la articulación de mi brazo, buscando una vena.
Baker levantó la jeringa.
—Un rápido ataque al corazón —dijo.
Robin… Mamá… Debía partir con elegancia, sin gritar, no debía gritar. Me preparé para el pinchazo con el sistema nervioso hecho añicos, y en ese momento empezaron a sonar timbres de alarma.
Nada.
Baker se irguió, inquieto.
Seguía sonando la alarma.
Era el timbre de la puerta.
—¡Mierda! —exclamó Tenney.
—Ve a ver quién es, Tenney, y ándate con cuidado.
Un sonido metálico. La aguja desapareció y en su lugar Baker empuñó una ametralladora negra con la empuñadura en forma de plátano, caja rectangular y un desagradable y pequeño cañón.
Miró por la habitación, en derredor.
El timbre sonó de nuevo. Se detuvo. Tres golpes. Más timbrazos.
Oí que Tenney subía la escalera con rapidez.
Sonido de voces.
Una, la de Tenney, otra aguda.
¿Pertenecería a una mujer?
Su voz, la de Tenney, la de ella.
—No —oí que decía Tenney—. Está usted equivo…
Baker avanzó hacia la puerta con el arma en lo alto.
Sonó de nuevo airada la voz femenina.
—Le estoy diciendo que esto… —dijo Tenney.
Entonces se oyó un sordo y sofocado tartamudeo que solo podía significar algo. Más pisadas corriendo mientras Baker apuntaba con su ametralladora hacia la puerta, dispuesto.
Un trueno a su espalda, rotura de cristales, estrépito desde detrás de las cortinas, luego el arpegio de flauta del tintineo de cristales mientras las cortinas se abrían y unos hombres irrumpían disparando.
Más tartamudeo, mucho más ruidoso.
Baker no tuvo la oportunidad de verlos. La espalda de su camisa rosa se empapó de rojo y la parte posterior de su cabeza se deshizo en una niebla rojizo-amarronada.
A continuación, siguió la parte frontal, sus rasgos faciales se cubrieron de un rojo oleoso y blanca gelatina mientras se desintegraba su infraestructura y las facciones perdían intensidad, convirtiéndose en vino de Oporto. Se fundía igual que una figura de cera.
A continuación le estalló el pecho, del que brotaron unas materias blandas que se estrellaron, húmedas, contra la pared.
Uno de los tiradores corrió hacia mí. Era joven, de rasgos afilados y cabellos negros. ¿Se trataba de uno de los guardias que había visto en el consulado o solo se le parecía? Detrás de él apareció un negrazo, alto y corpulento, con sudadera. Era mayor, por lo menos debía de tener sesenta años. Observó el cadáver de Baker y luego me miró a mí.
El joven de rostro aguileño comenzó a desatar mis correas pero alguien lo apartó a un lado bruscamente.
Era Milo. Desastrado, con los ojos húmedos, sudoroso y respirando dificultosamente.
—Señor —dijo el joven, con el brazo todavía sujeto por la manaza de Milo.
—Piérdete. Haz tu trabajo y yo haré el mío.
El joven vaciló un segundo y luego se marchó. Milo me liberó de mis ataduras.
—¡Oh, Alex, qué estupidez, que condenada estupidez! Me siento tan… ¡Oh, amigo mío, por poco te perdemos…! Realmente era una situación horrenda. ¡Nunca más, jamás en esta condenada vida!
—Siempre has sido aficionado a dramatizar —le dije.
—¡Cállate! —exclamó—. ¡Cállate y descansa…! ¡Oh, amigo, lo siento tanto! Jamás volveré a permitir que me convenzas…
—Cállate ya.
Me cogió en brazos.
Pasamos junto a Baker, que yacía sobre un charco de sangre, y cruzamos la blanca habitación, a la sazón a franjas escarchadas, con fragmentos de sesos y huesos en un collage de caprichosa configuración.
Afuera, en la escalera, el cadáver de Tenney se extendía en lo alto.
—Vamos a subir.
Respiraba con demasiada intensidad y rapidez. Me sentía bastante fuerte para andar y así se lo dije.
—De ningún modo.
—Estoy bien, déjame en el suelo.
—De acuerdo, pero salgamos ahora mismo de este infierno. Ve con cuidado, no pises esa porquería.
Apareció una mujer en lo alto de la escalera. Era muy bajita, recia, de mejillas sonrosadas y nariz bulbosa.
Se trataba de Irina Budzhyshyn, propietaria de la escuela de idiomas Hermes, que empuñaba una pistolita, un arma corriente.
—No hay nadie más en la casa —dijo con marcado acento ruso—. Sáquelo de aquí y luego traeremos al equipo de limpieza.
Detrás de ella se veía a un hombre vestido de negro. Rondaba la treintena pero ya le clareaba la cabeza en lo alto y lucía bigote castaño y perilla.
También él jadeaba. Todos lo hacían.
—He conseguido transporte —dijo con escasa claridad.
No pareció reconocerme, aunque nos habíamos visto con anterioridad.
Era el casero del edificio de Irina. ¿Qué nombre había utilizado? Laurel. Phil Laurel. Como Laurel y Hardy.
Todos eran unos comediantes.